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Despenalización y derechos humanos
El reciente caso de pedido de aborto de los familiares de una joven discapacitada, supuestamente violada por un pariente, volvió a poner en la agenda algo que el Gobierno nacional, ayudado por algunos medios de comunicación, quiere instalar: la despenalización del aborto. Da pena ver cómo este doloroso caso se transformó en campo de batalla de diversas posiciones. El problema de esta familia ya es demasiado serio y grave como para utilizarlo como bandera. Una pena, pero eso sucedió y, una vez disipados los hervores, es imprescindible hacer algunas reflexiones.
Los que defienden la despenalización comienzan inmediatamente a blandir unos datos que hablan de hasta 80 mil madres que mueren por año por esta causa. Nadie explica de dónde salen esos datos si el aborto es ilegal y, por lo tanto, los casos son muy difíciles de registrar. Se dice que esas cifras se suponen de los casos que se atienden de infecciones pos aborto. ¿Será así? No hay datos confiables, ni parecen confiables los que los exponen tan vehementemente.
Paradójicamente, quienes defienden la despenalización suelen presentarla asociada a la causa de la defensa de los derechos humanos. Es difícil entender cómo se puede defender los derechos humanos legalizando el aborto, que es –en la práctica– la interrupción de una vida. Hay una incoherencia porque o se defienden todos los derechos, y los derechos de todos, o hay una mirada arbitraria.
Algunos de los que defienden tan a ultranza la vida desde la concepción, por lo general desde la Iglesia Católica, en muchos casos pareciera que defienden un postulado teórico y no personas concretas que están por nacer. Eso no ayuda. Indudablemente sería más creíble esta defensa a ultranza si se hubiera visto siempre a nuestra Iglesia más comprometida con todos los derechos humanos de todas las personas. No ha sido así en épocas no muy lejanas. Algunos grupos dentro de ella aún hoy son negativamente “selectivos” a la hora de defender derechos.
Pero no se puede descalificar lo genuino de la defensa de la vida desde la concepción. Porque la cuestión de fondo es clara: ¿es un ser humano ese ser que ha sido concebido después de la fecundación del óvulo? Si la respuesta es sí, lo demás se sigue solo: ¿por qué, entonces, dar permiso para que se lo elimine?, ¿hay derecho a hacerlo?
Ojos que no ven…
Lo que se ve pesa mucho a la hora de formular juicios o formar opinión. Más en nuestro tiempo, en el que los medios de comunicación nos sensibilizan con multitudes de imágenes. A los niños por nacer no se los ve. Se ve a la madre que quiere quitárselo, se ve la pobreza, se ve a los defensores de una y otra postura. Lo que no se ve son las intenciones no declaradas. No se ven las familias que esperan adoptar hijos, ni los que tienen los hijos a pesar de todo, contra todos los riesgos.
Al final, alentando la despenalización se repite el esquema de injusticia general: el hilo se corta por lo más débil. Lo más fácil es eliminar al que no se puede defender. Decir que permitir el aborto es proteger el derecho humano a la vida es –cuando menos– muy contradictorio. Los inocentes pierden una vez más. Aquí el punto de vista está sesgado por una visión inmediatista: pareciera que las víctimas son las madres embarazadas sin desearlo. Y no es así. Al menos no sólo así.
En muchos casos son jóvenes de familias con recursos los que buscan esta penosa salida. Doloroso, porque por lo general esos embarazos no son fruto de una violación sino de relaciones consentidas de las que no se quieren asumir las consecuencias. Es doloroso un embarazo no deseado, pero se soluciona asumiendo la responsabilidad, no matando.
Los pobres, se dice, no tienen acceso a las clínicas privadas que realizan estas prácticas ilegales en las sombras. Entonces, pareciera que la “igualdad de oportunidades” hace que debamos admitir que todos gocen de los mismos “derechos”. ¿Y el derecho del que ya es una persona y no se le va a permitir nacer?
No se trata aquí de señalar con el dedo a nadie, se trata de que dejemos de defender ideas y nos ocupemos realmente de las personas: de las que están por nacer y de las que tienen miedo y quisieran abortar, para ofrecerles ayuda eficaz, contención y campañas serias que prevengan los embarazos no deseados.
Creo que primero hay que mirar a las personas, a todas las personas, a las que desean abortar y a las que no pueden pronunciar sus argumentos y serán los principales afectados: los niños por nacer, e inclinarse por la protección de éstos que son los más indefensos. Es clarísimo que la defensa de la vida humana desde la concepción no es una cuestión de fe. Es una cuestión objetiva: ¿hay vida humana? Entonces hay que defenderla y proteger sus derechos; como se deben proteger los derechos de los sectores más vulnerables y vulnerados de la sociedad, de los excluidos, las minorías, los desplazados.
Los que estamos contra la despenalización del aborto deberíamos acompañar nuestra posición con una defensa más decidida de todos los derechos humanos, de todas las personas sin distinción, por sobre las ideas y posiciones prefijadas, sin demonizar al que piensa diferente. Decir esto es hoy políticamente incorrecto, porque hay muchos intereses afectados, intereses inconfesados e inconfesables que se disfrazan de argumentos que ciegan la mirada y no dejan ver –más allá de lo inmediato– el rostro silenciado de los inocentes.
Fuente: La Voz del Interior Cdba.
Autor: P. Rafael Velasco
sj Rector de la U.C.C.
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