El sofisma del bienestar”

Aristoteles Para Aris­tó­te­les “estar bien” era la “eude­mo­nia” , una sen­sa­ción dura­dera que nace del alma y se nutre con bie­nes exter­nos, bie­nes cor­po­ra­les y psí­qui­cos.
Los polí­ti­cos argen­ti­nos, sin excep­ción, tie­nen un con­cepto de bie­nes­tar para apli­car a ellos mis­mos y otro muy dis­tinto para incul­car a toda la ciu­da­da­nía y lograr que esta lo crea y lo entienda como válido.

Para todos ellos “estar bien” con­siste en enri­que­cerse en la fun­ción pública a una velo­ci­dad que debe ser fun­ción inversa de su dura­ción en el cargo. Esto es, a menor dura­ción mayor velo­ci­dad… y vice­versa
Pero vea­mos lo que quie­ren que noso­tros acep­te­mos:
“Estar bien”, para la ciu­da­da­nía argen­tina, deberá ser una con­je­tura pura­mente com­pa­ra­tiva y refe­ren­cial.
Jamás puede ser un valor abso­luto, ni algo que tenga, para nada, un peso y una defi­ni­ción pro­pia.
Sur­girá sólo de comparaciones.

Estar bien es enton­ces, según ellos, el mero resul­tado de com­pa­rar nues­tro estado actual con los esce­na­rios de la peor cala­mi­dad que exis­tan en nues­tra memoria.

Ade­más, la com­pa­ra­ción tiene que estar hecha con­tra épocas real­mente trá­gi­cas pro­pias y, en lo posi­ble, muy recien­tes.
Esta­mos bien, según ellos, por­que esta­mos mejor que cuando yacía­mos en el “fondo del pozo” y no por­que exista un esce­na­rio ideal de bie­nes­tar al cual aspi­rar hones­ta­mente y en cuyo camino ascen­dente poda­mos reco­no­cer­nos tran­si­tando, logrando, de tal manera, esti­mar el esfuerzo que nos falta para abordarlo.

Esta enga­ñifa, hecha a medida para los inge­nuos, con­siste pues, en decir­nos a todos, sin pudor, que “se mira hacia ade­lante” pero ponién­do­nos las nari­ces y los ojos en el espejo retro­vi­sor para enfo­car cual­quier pará­me­tro que uno quiera tomar como refe­ren­cia, en hechos de un pasado de desas­tres impresionantes.

De tal suerte… esta­re­mos siem­pre arras­trando la roca como Sísifo y tra­tando de “salir del infierno”
Esta­mos bien, por­que natu­ral­mente todos debe­mos con­ven­cer­nos una recu­pe­ra­ción refleja a la que debe­mos lla­mar “cre­ci­miento” pero que nunca debe dejar­nos con­tem­plar mode­los de cali­dad de vida obje­ti­va­mente excelentes.

Les con­viene siem­pre, hablar­nos del mejor “tiro” y ponerlo en una espe­cie de con­traste vio­lento con la ges­tión del des­ce­re­brado Fer­nando De La Rúa ó con la catás­trofe de Alfonsín.

El obje­tivo del polí­tico es, enton­ces, en estas épocas preelec­to­ra­les, pri­mero crear la sen­sa­ción fic­ti­cia de que “esta­mos bien” en base a esas com­pa­ra­cio­nes y luego, por cual­quier medio que se pueda, con­ver­tir esa sen­sa­ción en una con­vic­ción que dure un tiempo razonable.

El meca­nismo con­siste, como se ha dicho, en hacer una con­ti­nua refe­ren­cia a los esce­na­rios del infierno y jamás salir de ese juego.
Nunca se les ocu­rri­ría nom­brar un ejem­plo bri­llante de algún país vecino al que le va muy bien. Algo así como un “invest­ment grade”o algún para­digma de diri­gen­cia polí­tica y de res­peto per­ma­nente por las ins­ti­tu­cio­nes republicanas.

Por cuanto mirarse en ese espejo sería arries­garse a que­dar pegado con el costo polí­tico del marco glo­bal en el que tran­sita tal país, tanto por sus ami­gos y alia­dos, cuanto por sus polí­ti­cas socia­les de “exce­siva racio­na­li­dad” ó de “exce­siva pru­den­cia”. Mirarse en esos espe­jos sería, sin duda, arries­garse a que se sos­pe­che la inten­ción de copiar tales vir­tu­des como la voca­ción de aho­rro, la inde­pen­den­cia de pode­res, la ausen­cia de polí­ti­cas pupu­lis­tas y acaso tam­bién el marco impo­si­tivo racio­nal no distorsivo.

Sería que­dar en la trampa de tener que hacer refor­mas que están fuera por com­pleto del límite ideo­ló­gico estre­cho que les per­mite su cota de com­pro­miso en el dis­curso far­sante de sus pro­cla­mas coti­dia­nas y en las pala­bras del atril, que ya fue­ron dichas.
No les gusta que mire­mos a Chile y ahora mucho menos a Bra­sil. Ni hable­mos de alguna potencia.

Quie­ren que mire­mos nues­tras peo­res épocas de ver­güenza y, en última ins­tan­cia, que enfo­que­mos todo nues­tro esfuerzo en los ejem­plos de Vene­zuela, de Boli­via y de Cuba.

Esta­mos bien. Todo va muy bien.
Debe­mos estar muy con­for­mes con todo lo her­moso, pro­mi­so­rio y cómodo que esta­mos “logrando”.
El camino que tran­si­ta­mos es el correcto y nos espera un esce­na­rio de bue­na­ven­tu­ranza espec­ta­cu­lar.
El empu­jón para reno­var su man­dato que nece­sita el Gobierno tiene esta inau­dita litur­gia como esencia :

El con­for­mismo, la cata­lep­sia de metas, el care­cer de ellas y la con­mo­ve­dora obse­sión por el igualitarismo.

El infierno, del que sal­dre­mos única­mente cuando sea decre­tado por el Supremo, quien nos avisa cada día que esta­mos cada vez más cerca, es un incen­tivo de adhe­sión al escape y nunca de la mirada al mérito.
Como que, ni ebrios ni dor­mi­dos se nos vaya a ocu­rrir pen­sar alguna vez en la eude­mo­nia de Aris­tó­te­les
Todo eso es pues, lo único que abona y lo único que sos­tiene nues­tra insó­lita, plá­cida, infame y medio­cre “sen­sa­ción de estar bien”, un sofisma que pue­bla la fan­ta­sía de los ilu­sos en el que están igual­mente pros­crip­tos la dig­ni­dad y los ideales.

Es el sofisma del bie­nes­tar. Dise­ñado a medida para los invá­li­dos mora­les o para los mer­ce­na­rios.
Una alfom­bra de falsa vir­tud, bajo cuya super­fi­cie se han barrido una y mil cosas que alcan­za­rían para estre­me­cer­nos .
Sobre ella, una sorda impa­vi­dez social espera las urnas sin atre­verse siquiera al más tibio y pre­ca­vido escepticismo.

Autor: Gustavo Adolfo Bunse

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