¿Navidad sin Cristo?

Juan Carlos Grisolia Si efec­ti­va­mente recor­da­mos un naci­miento, cons­ti­tuye una exi­gen­cia ele­men­tal en orden a la cohe­ren­cia de nues­tra con­ducta, pre­gun­tar­nos sobre quién ha nacido y por­qué ha venido al mundo, al punto de cons­ti­tuir –lo que a priori sería un hecho común– un acon­te­ci­miento que ha con­mo­cio­nado la his­to­ria del hom­bre, al ins­ta­lar las bases para una nueva vida –de la huma­ni­dad toda– cau­sada en la recom­po­si­ción del vínculo filial con el Crea­dor, y en la pro­mesa de la vida eterna, con lo que se dero­gan, defi­ni­ti­va­mente, las limi­ta­cio­nes impues­tas por el tiempo.
Se la pre­dica como la fiesta del amor. Sin embargo, la natu­ra­leza de esta impor­tante dis­po­si­ción hacia nues­tro pró­jimo, no se mani­fiesta en las con­duc­tas comu­nes que obser­va­mos en este tiempo tan especial.-

Las sen­sa­cio­nes son las que pre­va­le­cen. Todo es deter­mi­nante de lo emo­cio­nal. Por tanto el ánimo de las per­so­nas se carac­te­riza “por una con­mo­ción orgá­nica con­si­guiente a impre­sio­nes de los sen­ti­dos, ideas o recuer­dos, la cual pro­duce fenó­me­nos vis­ce­ra­les” que al ser per­ci­bi­dos por el sujeto, se tra­duce con fre­cuen­cia en ges­tos, acti­tu­des u otras for­mas de expre­sión. (Confr. D.R.A.E.).-

El mundo actual es el ámbito del ruido, del color, de sabor, del olor, del tacto. Pero estas mani­fes­ta­cio­nes de la reali­dad son tan inten­sas, que mar­can de tal manera el campo de la expe­rien­cia, que impi­den que el dato impre­sione en el alma dando lugar al pro­ceso de abs­trac­ción que per­mite avan­zar en la con­se­cu­ción del uni­ver­sal y, por tanto, de las esencias.-

Somos sujeto del sim­ple impacto de las enu­me­ra­das cau­sas exter­nas. Gira­mos en el vacío que nos impone el “mar­ke­ting”. Nos move­mos acorde lo dis­po­nen quie­nes per­si­guen el mayor rédito de sus pla­ni­fi­ca­cio­nes comer­cia­les. Todos, incluso estos, ofi­cian para quién, en reali­dad per­si­gue se ignore la ver­da­dera causa de la celebración.-

Todo es exte­rio­ri­za­ción, que por care­cer de sus­tento con­cep­tual, a poco de trans­cu­rrir se torna en fas­ti­dio. Es el males­tar físico y anímico por la comida y bebida inge­ri­das en exceso, pues a eso se ha redu­cido la fes­ti­vi­dad. Es algo que, lejos de gozar, nos vemos com­pe­li­dos a soportar.-

Salu­da­mos con efu­si­vi­dad, como si de este modo pudié­se­mos suplir la falta de sen­tido de la mues­tra de afecto, que no se refe­ren­cia a nada.-

Nos desea­mos feli­ci­dad, y no pode­mos ofre­cer a nues­tro pró­jimo el bien que deter­mine la com­pla­cen­cia del ánimo por la dicha y la paz que aquel brinda.-

Nos entre­ga­mos a con­su­mir, mirando un pino, árbol de zona fría, que nada sig­ni­fica y escu­chando varia­das his­to­rias de un bar­bado car­pin­tero del polo, que fabrica jugue­tes que reparte en un tri­neo tirado por renos. Un per­so­naje lla­mado “Papa Noel”, que no sig­ni­fica otra cosa que el esfuerzo por suplir en la navi­dad al autén­tico pro­ta­go­nista de dicha conmemoración.-

Es la inma­nen­cia, que en tanto “inhe­rente al ser o unido de un modo inse­pa­ra­ble a su esen­cia”, sin la tras­cen­den­cia, apri­siona a la per­sona, angus­tián­dola en un cada vez mayor inte­rro­gante sobre su destino.-

Si efec­ti­va­mente recor­da­mos un naci­miento, cons­ti­tuye una exi­gen­cia ele­men­tal en orden a la cohe­ren­cia de nues­tra con­ducta, pre­gun­tar­nos sobre quién ha nacido y por­qué ha venido al mundo, al punto de cons­ti­tuir –lo que a priori sería un hecho común– un acon­te­ci­miento que ha con­mo­cio­nado la his­to­ria del hom­bre, al ins­ta­lar las bases para una nueva vida –de la huma­ni­dad toda– cau­sada en la recom­po­si­ción del vínculo filial con el Crea­dor, y en la pro­mesa de la vida eterna, con lo que se dero­gan, defi­ni­ti­va­mente, las limi­ta­cio­nes impues­tas por el tiempo.-

Se ha dicho, con abso­luto rigor esen­cial, que Jesús es el Amor de Dios. Esto es una mani­fes­ta­ción de la gene­ro­si­dad del Padre, que envía a su Hijo, para –desde la cáte­dra de una docen­cia inigua­la­ble– nos enseñe el amor y lo que es amar.-

Es Jesús, nues­tro Cristo, el pro­ta­go­nista exclu­sivo y exclu­yente de la Navi­dad, y pre­ci­sa­mente por ello es que la Navi­dad es amor, por­que el Nacido se entregó hasta la muerte –y muerte de cruz– por el bien de los hombres.-

Dice el Papa Bene­dicto XVI, en su encí­clica Deus Cari­tas Est, (Edi­cio­nes Pau­li­nas. Pág. 15): “El amor engloba la exis­ten­cia entera y en todas sus dimen­sio­nes, incluido tam­bién el tiempo. No podrá ser de otra manera, puesto que su pro­mesa apunta a lo defi­ni­tivo: el amor tiende a la eternidad.……”.-

Es la entrega de la vida a nues­tro pró­jimo para ganarla. Esa es la ense­ñanza del Cristo cuyo naci­miento espe­ra­mos en esta Navi­dad, mien­tras el Niño reposa en la cali­dez y segu­ri­dad del seno de María.-

Por­que el amor es darse, dando sen­tido a nues­tra vida, y con­forme al mismo, orde­narla hacia su des­tino, que es la eter­ni­dad. “El que pre­tende guar­darse su vida, la per­derá; y el que la pierda la reco­brará” (Lc. 17,33). La gene­ro­si­dad es el motor de esta dación y en ella, imi­tando al Maes­tro, obte­ne­mos el enri­que­ci­miento pro­pio de una acción que en sí misma per­fec­ciona, y por tanto nos enri­quece en el orden del ser.-

Para poder dar es nece­sa­rio reci­bir, esto es ele­varse a las fuen­tes de donde obte­ner la mayor par­ti­ci­pa­ción en la Ver­dad, la Bon­dad y la Belleza supre­mas, pro­pias del Absoluto.-

Así nutri­dos por esa par­ti­ci­pa­ción que Cristo nos ha ganado, pode­mos des­cen­der en acción de amor obla­tivo hacia nues­tro prójimo.-

Nos enseña el Papa Bene­dicto XVI: “Por otro lado el hombre……No puede dar única­mente y siem­pre, tam­bién debe reci­bir. Quien quiere dar amor, debe a su vez reci­birlo como don. Es cierto –como nos dice el Señor– que el hom­bre puede con­ver­tirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn. 7,37–38). No obs­tante, para lle­gar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siem­pre de nuevo de la pri­mera y ori­gi­na­ria fuente que es Jesu­cristo, de cuyo cora­zón tras­pa­sado brota el amor de Dios (cf. Jn. 19,34)”(Deus Cari­tas Est. Citada, pág. 18).-

Por eso es que debe­mos invi­tar a nues­tra mesa a aquél cuyo naci­miento cele­bra­mos, como una forma de reco­no­cerle, ya que –a dife­ren­cia de lo que ocu­rre en el mundo– el que cele­bra su “cum­plea­ños”, es el que nos brinda el regalo.-

Jesús es la Navi­dad. Sin Él ésta no existe.-

Se me ocu­rre que el Hijo de Dios, es el men­sa­jero de la pará­bola, pues nos invita al gran ban­quete que sim­bo­liza la vida en el Reino.-

Dice el evan­ge­lio: “Un hom­bre dio una gran cena y con­vidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invi­ta­dos: ‘Venid, que ya está todo pre­pa­rado’. Pero todos a una empe­za­ron a excu­sarse. El pri­mero le dijo: ‘He com­prado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dis­pen­ses’. Y otro dijo: ‘He com­prado cinco yun­tas de bue­yes y voy a pro­bar­las, te ruego me dis­pen­ses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’. Regresó el ciervo y se lo contó a su señor. Enton­ces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal ense­guida a las pla­zas y calles de la ciu­dad, y haz entrar aquí a los pobres y lisia­dos, y cie­gos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que man­daste, y toda­vía hay sitio’. Dijo el señor: ‘sal a los cami­nos y cer­cas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Por os digo que nin­guno de aque­llos invi­ta­dos pro­bará mi cena” (Lc. 14,16–24).-

El Padre mani­festó el intenso amor que tiene por sus cria­tu­ras cuando deci­dió que exis­tie­ran. Las ama mediante una entrega per­ma­nente, que incluyó la de su pro­pio hijo. Nos eli­gió para ser par­tí­ci­pes del Reino, y vivir en la visión bea­tí­fica que es la con­tem­pla­ción inte­lec­tual de su Ser Nece­sa­rio. Y nos hizo libres, aún para recha­zar su pater­ni­dad, pues era impo­si­ble que no res­pe­tara su orden, aquél que exi­gía seres dota­dos de la vida inte­lec­tiva y voli­tiva, expre­siva del espí­ritu que insu­flara a cada uno de sus hijos, en el per­so­na­lí­simo acto de la concepción.-

Esto explica que este­mos dis­pues­tos a recha­zar al Crea­dor abra­zán­do­nos a la cria­tura y a lo creado, para que­dar­nos defi­ni­ti­va­mente escla­vi­za­dos a ello.-

Decía el padre Torres Pardo: “¿Que­réis sólo cria­tu­ras?, pues bien, la ten­dréis para toda la eter­ni­dad en las pro­fun­di­da­des del infierno”.-

Y a la invi­ta­ción del señor de la pará­bola, a la cena del reino, muchos de quie­nes fui­mos ele­gi­dos por el Señor, opta­mos por la pose­sión, el pla­cer, el poder. Los espe­jis­mos del mundo.-

Cristo en el seno de María, ya pró­ximo a nacer, nos invita en el nom­bre de su Padre.-

Dice Romano Guar­dini (Der Herr. Pág. 277): “El ban­quete es el sím­bolo de la mag­na­ni­mi­dad y gene­ro­si­dad de Dios, de la comu­ni­dad en la gra­cia que abarca a todos. ¿A qué ban­quete se hace refe­ren­cia aquí?. A aquél al cual se invitó por pri­mera vez por medio de Moi­sés. El pue­blo había acep­tado con­fir­mando la alianza. Pero luego se rea­liza la segunda invi­ta­ción, en la que se dice: ‘Todo está pre­pa­rado’. Pero el men­sa­jero de tal invi­ta­ción es des­pre­ciado, ya que para quie­nes son invi­ta­dos todo lo demás les parece más impor­tante que el ban­quete divino……”.-

Cristo es el men­sa­jero. No recha­ce­mos su con­vite. Per­ma­nez­ca­mos en la lista de los invi­ta­dos de su Señor y así, lle­nos de la pro­mesa de su glo­ria, sere­mos ver­da­de­ras fuen­tes de agua viva para brin­dar la entrega per­fec­tiva a nues­tros hermanos.-

Coma­mos y beba­mos en honor del nacido. Que sea la tem­planza, la vir­tud que mori­gere el ape­tito con­cu­pis­cente. Rodee­mos la mesa con nues­tra mirada puesta en el pesebre.-

La navi­dad, que es Cristo, será enton­ces ver­da­dera fiesta de genuino amor y por ello – reci­biendo a su Hijo — la res­puesta que dare­mos al Crea­dor, que nos quiere en su Reino, viviendo la ple­ni­tud de una vida que no se extingue.-

Así, enton­ces, Feliz Navi­dad en la pre­sen­cia de Jesús Niño, junto a María y José.-

En la ciu­dad de Rosa­rio, a los die­ci­siete días del mes de Diciem­bre del año del Señor de 2006. Ter­cer Domingo de Adviento.-

Autor: Juan Carlos Grisolia

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2 Comentarios en “¿Navidad sin Cristo?”  

  1. 1 Roberto Eduardo Guitián

    Muchas gra­cias al autor por su escrito. Le desea­mos una cris­tiana Navi­dad junto a sus afectos.

  2. 2 armando arroyo

    las dis­trac­sio­nes del mundo nos sobre lle­van la mallo­ria de las veses gente como yo que a salido de los pro­ble­mas del mundo y de las cosas que mas se delei­tan en este mundo es difi­sil seguir al señor ya que la ten­ta­cion esta a la vuelta de la esquina tales como dro­gas, hal­col, pros­ti­tu­cion ‚muje­res faci­les vanidad.

    Y las ten­ta­cio­nes son faci­les de tomar­las y per­der el sen­tido de la vida

    a tal grado de no impor­tar nada mas que el ego per­so­nal que con­sume a las per­so­nas y las lleva a la muerte y ala des­tru­cion espiritual º

    pero el amor a cristo lo supera todo y es cuando deve­mos demos­trar el ver­da­dero amor a cristo

    y pedir mise­ri­cor­dia a dios por los que no esta en cristo pero mi dios es la for­ta­lesa que sie­pre bus­que dios es el camino la ver­dad y la vida y es donde se cum­ple la pala­bra de dios

    a todas aque­lla per­sona que ten­gan estas luchas y aun luchas mas fuer­tes vale la pena seguir el camino y demos­trar el ver­da­dero amor asia nues­tro salvador

    no por lo que nos da si no por lo que tene­mos que pelear y lo que nos esta por qui­tar
    como el per­so­nage de job
    demos­trando ver­da­dero amor aman­dalo ape­sar de las sir­cuns­tan­cias
    vale la pena pelear la buena bata­lla
    ya que solo dios da la paz que tra­ta­mos de esn­con­trar en los espe­gis­mos del mundo.

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