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¿Navidad sin Cristo?
Si efectivamente recordamos un nacimiento, constituye una exigencia elemental en orden a la coherencia de nuestra conducta, preguntarnos sobre quién ha nacido y porqué ha venido al mundo, al punto de constituir –lo que a priori sería un hecho común– un acontecimiento que ha conmocionado la historia del hombre, al instalar las bases para una nueva vida –de la humanidad toda– causada en la recomposición del vínculo filial con el Creador, y en la promesa de la vida eterna, con lo que se derogan, definitivamente, las limitaciones impuestas por el tiempo.
Se la predica como la fiesta del amor. Sin embargo, la naturaleza de esta importante disposición hacia nuestro prójimo, no se manifiesta en las conductas comunes que observamos en este tiempo tan especial.-
Las sensaciones son las que prevalecen. Todo es determinante de lo emocional. Por tanto el ánimo de las personas se caracteriza “por una conmoción orgánica consiguiente a impresiones de los sentidos, ideas o recuerdos, la cual produce fenómenos viscerales” que al ser percibidos por el sujeto, se traduce con frecuencia en gestos, actitudes u otras formas de expresión. (Confr. D.R.A.E.).-
El mundo actual es el ámbito del ruido, del color, de sabor, del olor, del tacto. Pero estas manifestaciones de la realidad son tan intensas, que marcan de tal manera el campo de la experiencia, que impiden que el dato impresione en el alma dando lugar al proceso de abstracción que permite avanzar en la consecución del universal y, por tanto, de las esencias.-
Somos sujeto del simple impacto de las enumeradas causas externas. Giramos en el vacío que nos impone el “marketing”. Nos movemos acorde lo disponen quienes persiguen el mayor rédito de sus planificaciones comerciales. Todos, incluso estos, ofician para quién, en realidad persigue se ignore la verdadera causa de la celebración.-
Todo es exteriorización, que por carecer de sustento conceptual, a poco de transcurrir se torna en fastidio. Es el malestar físico y anímico por la comida y bebida ingeridas en exceso, pues a eso se ha reducido la festividad. Es algo que, lejos de gozar, nos vemos compelidos a soportar.-
Saludamos con efusividad, como si de este modo pudiésemos suplir la falta de sentido de la muestra de afecto, que no se referencia a nada.-
Nos deseamos felicidad, y no podemos ofrecer a nuestro prójimo el bien que determine la complacencia del ánimo por la dicha y la paz que aquel brinda.-
Nos entregamos a consumir, mirando un pino, árbol de zona fría, que nada significa y escuchando variadas historias de un barbado carpintero del polo, que fabrica juguetes que reparte en un trineo tirado por renos. Un personaje llamado “Papa Noel”, que no significa otra cosa que el esfuerzo por suplir en la navidad al auténtico protagonista de dicha conmemoración.-
Es la inmanencia, que en tanto “inherente al ser o unido de un modo inseparable a su esencia”, sin la trascendencia, aprisiona a la persona, angustiándola en un cada vez mayor interrogante sobre su destino.-
Si efectivamente recordamos un nacimiento, constituye una exigencia elemental en orden a la coherencia de nuestra conducta, preguntarnos sobre quién ha nacido y porqué ha venido al mundo, al punto de constituir –lo que a priori sería un hecho común– un acontecimiento que ha conmocionado la historia del hombre, al instalar las bases para una nueva vida –de la humanidad toda– causada en la recomposición del vínculo filial con el Creador, y en la promesa de la vida eterna, con lo que se derogan, definitivamente, las limitaciones impuestas por el tiempo.-
Se ha dicho, con absoluto rigor esencial, que Jesús es el Amor de Dios. Esto es una manifestación de la generosidad del Padre, que envía a su Hijo, para –desde la cátedra de una docencia inigualable– nos enseñe el amor y lo que es amar.-
Es Jesús, nuestro Cristo, el protagonista exclusivo y excluyente de la Navidad, y precisamente por ello es que la Navidad es amor, porque el Nacido se entregó hasta la muerte –y muerte de cruz– por el bien de los hombres.-
Dice el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus Caritas Est, (Ediciones Paulinas. Pág. 15): “El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podrá ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad.……”.-
Es la entrega de la vida a nuestro prójimo para ganarla. Esa es la enseñanza del Cristo cuyo nacimiento esperamos en esta Navidad, mientras el Niño reposa en la calidez y seguridad del seno de María.-
Porque el amor es darse, dando sentido a nuestra vida, y conforme al mismo, ordenarla hacia su destino, que es la eternidad. “El que pretende guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda la recobrará” (Lc. 17,33). La generosidad es el motor de esta dación y en ella, imitando al Maestro, obtenemos el enriquecimiento propio de una acción que en sí misma perfecciona, y por tanto nos enriquece en el orden del ser.-
Para poder dar es necesario recibir, esto es elevarse a las fuentes de donde obtener la mayor participación en la Verdad, la Bondad y la Belleza supremas, propias del Absoluto.-
Así nutridos por esa participación que Cristo nos ha ganado, podemos descender en acción de amor oblativo hacia nuestro prójimo.-
Nos enseña el Papa Benedicto XVI: “Por otro lado el hombre……No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto –como nos dice el Señor– que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn. 7,37–38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn. 19,34)”(Deus Caritas Est. Citada, pág. 18).-
Por eso es que debemos invitar a nuestra mesa a aquél cuyo nacimiento celebramos, como una forma de reconocerle, ya que –a diferencia de lo que ocurre en el mundo– el que celebra su “cumpleaños”, es el que nos brinda el regalo.-
Jesús es la Navidad. Sin Él ésta no existe.-
Se me ocurre que el Hijo de Dios, es el mensajero de la parábola, pues nos invita al gran banquete que simboliza la vida en el Reino.-
Dice el evangelio: “Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas, te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’. Regresó el ciervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal enseguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor: ‘sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Por os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena” (Lc. 14,16–24).-
El Padre manifestó el intenso amor que tiene por sus criaturas cuando decidió que existieran. Las ama mediante una entrega permanente, que incluyó la de su propio hijo. Nos eligió para ser partícipes del Reino, y vivir en la visión beatífica que es la contemplación intelectual de su Ser Necesario. Y nos hizo libres, aún para rechazar su paternidad, pues era imposible que no respetara su orden, aquél que exigía seres dotados de la vida intelectiva y volitiva, expresiva del espíritu que insuflara a cada uno de sus hijos, en el personalísimo acto de la concepción.-
Esto explica que estemos dispuestos a rechazar al Creador abrazándonos a la criatura y a lo creado, para quedarnos definitivamente esclavizados a ello.-
Decía el padre Torres Pardo: “¿Queréis sólo criaturas?, pues bien, la tendréis para toda la eternidad en las profundidades del infierno”.-
Y a la invitación del señor de la parábola, a la cena del reino, muchos de quienes fuimos elegidos por el Señor, optamos por la posesión, el placer, el poder. Los espejismos del mundo.-
Cristo en el seno de María, ya próximo a nacer, nos invita en el nombre de su Padre.-
Dice Romano Guardini (Der Herr. Pág. 277): “El banquete es el símbolo de la magnanimidad y generosidad de Dios, de la comunidad en la gracia que abarca a todos. ¿A qué banquete se hace referencia aquí?. A aquél al cual se invitó por primera vez por medio de Moisés. El pueblo había aceptado confirmando la alianza. Pero luego se realiza la segunda invitación, en la que se dice: ‘Todo está preparado’. Pero el mensajero de tal invitación es despreciado, ya que para quienes son invitados todo lo demás les parece más importante que el banquete divino……”.-
Cristo es el mensajero. No rechacemos su convite. Permanezcamos en la lista de los invitados de su Señor y así, llenos de la promesa de su gloria, seremos verdaderas fuentes de agua viva para brindar la entrega perfectiva a nuestros hermanos.-
Comamos y bebamos en honor del nacido. Que sea la templanza, la virtud que morigere el apetito concupiscente. Rodeemos la mesa con nuestra mirada puesta en el pesebre.-
La navidad, que es Cristo, será entonces verdadera fiesta de genuino amor y por ello – recibiendo a su Hijo — la respuesta que daremos al Creador, que nos quiere en su Reino, viviendo la plenitud de una vida que no se extingue.-
Así, entonces, Feliz Navidad en la presencia de Jesús Niño, junto a María y José.-
En la ciudad de Rosario, a los diecisiete días del mes de Diciembre del año del Señor de 2006. Tercer Domingo de Adviento.-
Autor: Juan Carlos Grisolia
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2 Comentarios en “¿Navidad sin Cristo?”
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Muchas gracias al autor por su escrito. Le deseamos una cristiana Navidad junto a sus afectos.
las distracsiones del mundo nos sobre llevan la malloria de las veses gente como yo que a salido de los problemas del mundo y de las cosas que mas se deleitan en este mundo es difisil seguir al señor ya que la tentacion esta a la vuelta de la esquina tales como drogas, halcol, prostitucion ‚mujeres faciles vanidad.
Y las tentaciones son faciles de tomarlas y perder el sentido de la vida
a tal grado de no importar nada mas que el ego personal que consume a las personas y las lleva a la muerte y ala destrucion espiritual º
pero el amor a cristo lo supera todo y es cuando devemos demostrar el verdadero amor a cristo
y pedir misericordia a dios por los que no esta en cristo pero mi dios es la fortalesa que siepre busque dios es el camino la verdad y la vida y es donde se cumple la palabra de dios
a todas aquella persona que tengan estas luchas y aun luchas mas fuertes vale la pena seguir el camino y demostrar el verdadero amor asia nuestro salvador
no por lo que nos da si no por lo que tenemos que pelear y lo que nos esta por quitar
como el personage de job
demostrando verdadero amor amandalo apesar de las sircunstancias
vale la pena pelear la buena batalla
ya que solo dios da la paz que tratamos de esncontrar en los espegismos del mundo.