Otras dos Botnias

Rubén BenedettiCreo que era la época del tercer gobierno de Perón, cuando entre atentados y desbarajustes económicos crecientes, apareció el fantasma de las represas brasileñas. Los vecinos del norte iban a lanzar la construcción de Itaipú, y entonces iban a tener la llave para controlar “la canilla” del río Paraná.
Por aquellos años la preocupación no era ambiental sino que en el marco de lo que los cráneos de turno veían como la gran disputa geopolítica del país (Ratzel y Hausshofer mediante) se discutía en los diarios y en las revistas de actualidad qué cota debían tener las presas argentinas aguas abajo, para contrarrestar la sevicia brasileña, que seguramente nos dejaría en seco.

El llenado de Itaipú comenzó hace 25 años. Yaciretá recién se terminó en los años de Menem, y aún no llegó a su cota de diseño. Corpus quedó en el limbo de las obras nunca realizadas. Sin embargo, el Paraná sigue corriendo como siempre.

No pasó mucho tiempo hasta que nos enteramos que el enemigo no estaba en el norte, donde nos contaban que acechaba con radios que por las noches inundaban de portugués el éter, minando los cimientos de la argentinidad radioeléctrica, sino en el lejano Sur. Ahí, los chilenos estaban por consumar el peor de los despojos, al pretender tres islas que, ahora nos contaban, eran la llave para el control del Atlántico.

Si el país perdía las islas Picton, Lennox y Nueva, ibamos camino a resignar Mar del Plata, y prácticamente no habría manera que los buques argentinos pudieran acercarse siquiera al estrecho de Magallanes.

Ni hace falta recordar que por las tres islas, estuvimos a un tris de ir a una guerra, aunque finalmente privó la cordura -o la cobardía, no sé- y la cosa se zanjó definitivamente con el Tratado de Paz y Amistad de 1984.

A veintitrés años, Punta Mogotes sigue siendo argenta, y los tremendos males para el país que predicaban desde el Senador Saadi en el ‘84, hasta un ignoto geopolitólogo que algún coronel trasnochado llevó de gira por los colegios rosarinos allá por el ‘77 no pasaron a concretarse.

Vale la pena acordarse de esos dos episodios, ahora que nuestros prohombres de la defensa del ambiente pronostican penares interminables, enfermedades bíblicas y la deshonra nacional para el caso que Botnia logre terminar su planta en Fray Bentos.

Fuente: Blog Bis

Autor: Rubén Benedetti

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