A las patadas

Nestor Kirchner¿A quién quiere aga­rrar a pata­das el pre­si­dente? ¿Es ésa una forma repu­bli­cana de poner las cosas en su lugar? ¿Cuál es el ejem­plo que tras­mite a los que para ser vio­len­tos no nece­si­tan más incen­ti­vos que los de su pro­pia incul­tura? ¿Es la Argen­tina un país vio­lento por­que tiene un pre­si­dente vio­lento o tiene un pre­si­dente vio­lento por­que es un país vio­lento? ¿En el caso de las con­ce­sio­nes ferro­via­rias, por citar sólo un ejem­plo, no sería más elo­cuente, efi­caz y civi­li­zado apli­car la ley?

Por otro lado, la aspi­ra­ción de creer que la demo­cra­cia per­mite a los pue­blos corre­gir sus erro­res sufre una enorme desilu­sión cuando se escu­cha la misma alti­so­nan­cia en labios de un hom­bre mode­rado como Lavagna. Si el triste espec­táculo que ofrece, prác­ti­ca­mente todas las sema­nas, el pre­si­dente Kir­ch­ner, insul­tando a medio mundo, des­ti­lando vio­len­cia en cada acto, en cada pala­bra, fuera, efec­ti­va­mente, una “ano­ma­lía” tem­po­ral que el país debe aguan­tar hasta que acabe su período y que la ciu­da­da­nía puede corre­gir eli­giendo mejor la pró­xima vez, ten­dría­mos una espe­ranza. Sin embargo, cuando uno com­prueba que esta manera de enten­der la con­vi­ven­cia es una cul­tura gene­ra­li­zada de la socie­dad, no puede menos que preo­cu­parse, aun cuando, al mismo tiempo, que­den cla­ras las expli­ca­cio­nes de muchas de las cosas que ocu­rren en el país.

El pre­si­dente Nés­tor Kir­ch­ner, luego de los des­ma­nes en la esta­ción Cons­ti­tu­ción hace 10 días, dijo que había lle­gado el momento de “pegar algu­nas pata­das”. Unos días des­pués, el hasta ahora prin­ci­pal aspi­rante a la pre­si­den­cia desde la opo­si­ción, el ex minis­tro Roberto Lavagna, afirmó que había que “echar a pata­das a los inú­ti­les”, en rela­ción al manejo que el Gobierno había tenido en el caso Skanska.

La recu­rrente uti­li­za­ción de estas “metá­fo­ras” explica por sí sola una manera de enten­der la con­vi­ven­cia que tene­mos los argen­ti­nos. Nada menos que el pre­si­dente y una altí­sima figura de la polí­tica nacio­nal, cuyos prin­ci­pa­les obje­ti­vos debe­rían ser la defensa de la ley, del orden jurí­dico y de la paz social, no tie­nen mejor idea que invo­car las pata­das como manera de resol­ver con­flic­tos y de bus­car soluciones.

El gran avance de la civi­li­za­ción en los últi­mos 400 años ha con­sis­tido, pre­ci­sa­mente, en pasar de un sis­tema vio­lento de reso­lu­ción de los con­flic­tos a uno racio­nal, en donde la vigen­cia de un orden jurí­dico igua­li­ta­rio, cono­cido de ante­mano y apli­cado por un poder judi­cial impar­cial, garan­tiza la paz y la con­cor­dia social.

Que los acto­res socia­les víc­ti­mas de pasio­nes momen­tá­neas ten­gan arran­ques pasio­na­les de regre­sión a la Edad Media puede ser más o menos enten­di­ble, pero que aque­llos que tie­nen que con­du­cir los des­ti­nos del país apli­quen los prin­ci­pios de la bra­vu­co­nada para encen­der los más bajos ins­tin­tos de las per­so­nas es algo que no puede tolerarse.

La Argen­tina atra­viesa por bol­so­nes de vio­len­cia nunca antes vis­tos. Desde las carac­te­rís­ti­cas que han tomado los deli­tos comu­nes hasta las expre­sio­nes calle­je­ras de pique­te­ros, sin­di­ca­lis­tas, acti­vis­tas polí­ti­cos y la pro­pia gente común en sus tra­tos coti­dia­nos, todo demues­tra un nivel de agre­sión que pone en ver­da­dero peli­gro la mis­mí­sima con­vi­ven­cia y la exis­ten­cia de una ver­da­dera sociedad.

El pre­si­dente debe­ría con­tar entre sus pri­me­ros debe­res con­tri­buir a la con­cor­dia, ser el ejem­plo de todos los argen­ti­nos y ape­lar al sosiego y a la refle­xión. Estar per­ma­nen­te­mente echando leña al fuego con dis­cur­sos cris­pa­dos, fra­ses alti­so­nan­tes y expre­sio­nes bur­das que inci­tan a la vio­len­cia de unos con­tra otros no con­tri­buye a que la Argen­tina recu­pere la tran­qui­li­dad de espí­ritu nece­sa­ria para cre­cer y vivir mejor.

¿A quién quiere aga­rrar a pata­das el pre­si­dente? ¿Es ésa una forma repu­bli­cana de poner las cosas en su lugar? ¿Cuál es el ejem­plo que tras­mite a los que para ser vio­len­tos no nece­si­tan más incen­ti­vos que los de su pro­pia incul­tura? ¿Es la Argen­tina un país vio­lento por­que tiene un pre­si­dente vio­lento o tiene un pre­si­dente vio­lento por­que es un país vio­lento? ¿En el caso de las con­ce­sio­nes ferro­via­rias, por citar sólo un ejem­plo, no sería más elo­cuente, efi­caz y civi­li­zado apli­car la ley?

Por otro lado, la aspi­ra­ción de creer que la demo­cra­cia per­mite a los pue­blos corre­gir sus erro­res sufre una enorme desilu­sión cuando se escu­cha la misma alti­so­nan­cia en labios de un hom­bre mode­rado como Lavagna. Si el triste espec­táculo que ofrece, prác­ti­ca­mente todas las sema­nas, el pre­si­dente Kir­ch­ner, insul­tando a medio mundo, des­ti­lando vio­len­cia en cada acto, en cada pala­bra, fuera, efec­ti­va­mente, una “ano­ma­lía” tem­po­ral que el país debe aguan­tar hasta que acabe su período y que la ciu­da­da­nía puede corre­gir eli­giendo mejor la pró­xima vez, ten­dría­mos una espe­ranza. Sin embargo, cuando uno com­prueba que esta manera de enten­der la con­vi­ven­cia es una cul­tura gene­ra­li­zada de la socie­dad, no puede menos que preo­cu­parse, aun cuando, al mismo tiempo, que­den cla­ras las expli­ca­cio­nes de muchas de las cosas que ocu­rren en el país.

Este camo­rre­rismo barato, de cuarta cate­go­ría, pro­fun­da­mente inope­rante y que busca exal­tar dema­gó­gi­ca­mente los más oscu­ros cos­ta­dos de la natu­ra­leza humana (ade­más de no ser­vir para nada y de ser esen­cial­mente anti­so­cial) cons­ti­tuye un aten­tado a la vida demo­crá­tica y a las posi­bi­li­da­des futu­ras del desa­rro­llo argentino.

¿Qué dueño de capi­ta­les lle­gará a un país en donde las cosas se arre­glan a las pata­das como en la Roma de Calí­gula? ¿Cuál será la con­fianza en una admi­nis­tra­ción que, en lugar de ape­lar a la apli­ca­ción de la ley, sueña con cal­zar unos bue­nos boti­nes para chan­flear el tra­sero de aquel a quien tomó por enemigo?

El eslo­gan pre­fe­rido del gobierno del pre­si­dente Kir­ch­ner, aquel que uti­liza como remate en todos sus anun­cios publi­ci­ta­rios, es el que dice que la “Argen­tina es un país en serio”. Un país en serio no hace alha­raca de la vio­len­cia. Un país en serio no aga­rra a pata­das a la gente. En un país en serio, pre­va­lece el dere­cho, no la pre­po­ten­cia. En un país en serio, a los inú­ti­les se los echa, pero no a pata­das. En un país en serio, los inú­ti­les esca­sean en el gobierno. En un país en serio, se vive en paz. En un país en serio, los pre­si­den­tes lo son de todos los ciu­da­da­nos y no sólo de algu­nos. En un país en serio, el gobierno es el pri­mer con­tri­bu­yente a la tarea inago­ta­ble de la con­vi­ven­cia y la con­cor­dia. En un país en serio, gobierna el dere­cho y no los hechos. En un país en serio, la ciu­da­da­nía puede aspi­rar a enmen­dar el error de una vota­ción ante­rior, votando a mejo­res can­di­da­tos. En un país en serio, se es edu­cado. En un país en serio, se es serio.

Siem­pre la vio­len­cia empieza por la len­gua. Su embrión es el verbo, no la acción. Y la vio­len­cia nunca ha ser­vido para solu­cio­nar nada. El pre­si­dente y Lavagna debe­rían tomar nota de que el rol que cum­plen en la socie­dad es mucho más ele­vado que el de dos camo­rre­ros de baja estofa. Su ejem­plo cunde. Y la socie­dad los mira.

Fuente: Economía para todos

Autor: Carlos Mira

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Un comentario en “A las patadas”  

  1. 1 Liliana Thomas

    No nos enga­ñe­mos .Éste no es un país edu­cado .
    Ana­li­zando el total de la pobla­ción (país) que vota , ¿que nivel de edu­ca­ción real­mente existe ?Gana ” el gran her­mano”, “bai­lando por un sueño “y cual­quier par­tido de fut­bol.…
    Liliana

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