Ecuador – Asamblea ‘Des’ Constituyente

Hernan Perez LooseCon el correr de los días las aspiraciones, hasta ilusiones, que el país puso en la Asamblea Constituyente comienzan a enrarecerse. Los cimientos del palacio que se nos ofreció iba a ser nuestra nueva morada –en realidad se trata del intento número 20 que hacemos en nuestra historia– comienzan a agrietarse. Unas fisuras son más evidentes que otras, pero todas juntas ya han comprometido la estructura.

Las fuerzas y actores de esta destrucción son de diversa naturaleza y origen. Pero en común tienen el haber contaminado el anhelo de toda una nación por un cambio profundo en sus instituciones públicas y en la cultura política de sus dirigentes, con intereses de coyuntura y patrones de conducta propios de las élites que en el pasado dominaron. Bastante ya significó el haber escogido convocar una Constituyente cuando los poderes ya estaban, y están, constituidos. Pero a ello le siguió la salvaje destitución de la mitad de los diputados elegidos democráticamente; el desacato a una sentencia del Tribunal Constitucional restituyendo a esos diputados, y la destitución de los jueces constitucionales por haberse atrevido a sentenciar en derecho.

Pero más grietas vinieron. El dichoso estatuto aprobado por el poder constituyente ordena que los asambleístas se dediquen exclusivamente a preparar una nueva Constitución y que esta, más los cambios institucionales que la Asamblea resuelva, solo tendrán validez si son aprobados en un referéndum.

A pesar de la claridad de este mandato –que contempla implícitamente la posibilidad que el país diga “no” en ese referéndum– se lanzó enseguida el dogma de que la Asamblea no tiene que esperar el referéndum sino que “gobernará” desde el día uno. Luego se añadió algo peor: que el Congreso Nacional –en castigo por no ser alfombra del Ejecutivo– deberá ser disuelto por la Asamblea, y que sea esta o una “Comisión” suya, hará sus veces.

No hay mejor fórmula para arruinar la labor de una Asamblea Constituyente –ya de por sí compleja– que darle a ella, o a un engendro de ella, las funciones políticas propias de un Congreso, o promoverla como la futura señora “gobernante”, o andar diciendo que la dignidad de Presidente será puesta a su disposición, como si dicha dignidad fuese una camiseta deportiva.

Hay más. El sistema de asignación de escaños escogido no refleja el aprobado en la consulta; la resolución prohibiendo el derroche de dinero de propaganda oficial no se la hace cumplir, pues, al parecer eso sucede solamente cuando un millonario es candidato; y acaba de apresarse a un candidato a pesar de la inmunidad que goza.

Así las cosas, era de esperarse la peor plaga: la cansina avalancha de las ofertas más disparatadas. La Constituyente dejó de ser lo que debió ser.

Bajándola a la arena de la política ordinaria la han destruido. Eso no impide que algunos sigan debatiendo sobre las “grandes reformas constitucionales y políticas”. De seguro que esos debates e ideas servirán cuando después de poco discutamos la Constitución número 21.

Fuente: El Universo

Autor: Hernán Pérez Loose

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