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México — El rostro de la intolerancia
Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra. Cicerón
(Hasta cuando Catilina continuaras abusando de nuestra paciencia.)
Aullando y atropellando todo lo que tenían enfrente, una turbamulta de cerca de doscientos enfurecidos patanes al servicio del ex candidato a la Presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador, ingresaron a la Catedral Metropolitana de la Cd. de México, al inicio de la misa dominical de las 12 horas del dia 18 de noviembre ¿El motivo?, se celebraba un mítin del PRD en el Zócalo y el sonido de las campanas llamando a misa contaminaba el discurso de la monotemática Rosario Ibarra.
Las imágenes han sido vistas en todo el mundo. Los rostros de los agresores recuerdan la tipología de Lombroso. No viene al caso repetir las características y detalles de la agresión. Importa mas, mucho más, precisar de origen de todo. El “huevo de la serpiente”, los nombres y apellidos de los verdaderos culpables que, al agredir ahora a algo sumamente visible se han puesto en la mira de medio mundo. Recordemos, no es la primera agresión de estos grupos. Tanto la Iglesia como las instituciones y la sociedad en su conjunto han sido agraviadas repetidamente por estas gentes, lo que pasa es que una agresión en Catedral, durante la celebración del más importante rito del catolicismo adquiere una resonancia tal que la intolerancia y estupidez de los obradoristas no alcanzaron a considerar.
Estos siniestros especímenes, con el cuento de que fueron despojados de un triunfo electoral el dos de julio, fantasía que no se sostiene con ningún argumento sólido, entelequia que se alimenta exclusivamente de los dogmas que lanza López Obrador y un grupo de iluminados que, a semejanza de Goebbels y su familia, han decidido inmolarse conjuntamente con su Führer tropical. Con ese cuento, insisto, el agresivo grupo ligado a López Obrador conjuntamente con el segmento más cavernario del PRD, se han propuesto causar la mayor cantidad posible de daño a la sociedad mexicana. No les importa o no pueden entender que a consecuencia de sus reiteradas agresiones las simpatías por su partido disminuyan y que se encuentre ya en caída libre en las preferencias de los electores en la República al grado de virtualmente desaparecer de varios estados.
Azuzar a esas hordas obradoristas que se encontraban en el Zócalo ese domingo era algo relativamente sencillo. No se necesita ser un experto en psicología de las masas para saber que con una multitud con esas características, cargada de profundos resentimientos, sometida a una continua desinformación por la prensa facciosa al servicio del peje, reunida en el Zócalo en una especie de versión aldeana del Congreso de Nuremberg, proyectando ese documental de Mandoki, deficiente imitación del conocido “Triunfo de la voluntad” de Leni Riefenstahl y con un rencor largamente fomentado, con todos esos ingredientes, repito, la posibilidad de una agresión era bastante real.
Desagrada la cobardía de los capitostes perredistas después de la agresión. Nadie es culpable. Dice Rosario Ibarra que ella no incitó a la violencia. Oficialmente el Partido de la Revolución Democrática afirma que ellos no tienen nada que ver con la violencia. Dice Marcelo Ebrard, alcalde perredista de la Ciudad de México que el no permitió la violencia y no tiene mejor ocurrencia que rebuznar sentenciando que el clero no tiene autoridad para cerrar la catedral. Dice Fernández Noroña, impresentable vocero del PRD, que sobredimensionaron el episodio: que no hubo violencia. Dice Guadalupe Acosta Naranjo, Secretario General del PRD que fueron personas ajenas al PRD quienes incitaron a la violencia. Total, nadie tiene la culpa.
Claro, ellos estaban en paz, ellos solo respondieron a una “provocación”, ¿qué ocurrencia esa de tocar las campanas de Catedral justo cuando hablaba la senadora Rosario Ibarra? ¿Que no saben que el ruido ajeno los pone de mal genio cuando celebran su “Convención Nacional Democrática”? Fue su culpa, por haberlos hecho enojar. Por lo tanto los asistentes a misa tuvieron que atenerse a las consecuencias. Por eso entraron los perredistas a catedral repartiendo patadas y vociferando que es un honor estar con Obrador (!¡) y de paso insultando al Cardenal Norberto Rivera llamandolo “pederasta” por indicaciones de sus guias, aunque ciertamente muchos de ellos ni idea tienen de lo que gritan.
Pero llamemos a las cosas por su nombre, Evidentemente, la causa primaria de la violencia y la intolerancia tiene nombre y apellido: Andrés Manuel López Obrador. Ese Mesías que desde hace cuatro años viene incitando a los mexicanos a enfrentarse unos contra otros, fomentando una demencial “lucha de clases”. Ese individuo que con su versión del “compló”, que ahora incluye a una “mafia”, descalifica e insulta a quienes no comulgan con su mentira. Ese patológico personaje que agrede a la sociedad permanentemente con marchas, descalificaciones, acusaciones e insultos. Ese “político” que ordena a sus vasallos legisladores que tomen la tribuna si las cosas no son como él ordena. Ese aspirante a caudillo que por medio de sus mendaces y amorales columnistas y caricaturistas del bautizado “periódico objetivo” y los infaltables “tontos útiles” en otros periódicos, se dedica a insultar, agredir, descalificar, mentir y fomentar el odio entre sus crédulos lectores en contra de todos aquellos que, en su delirio, considera que le “robaron” el triunfo.
Pero no es el único, la violencia también tiene otros nombres: Marcelo Ebrard, Leonel Cota, Guadalupe Acosta, Ricardo Monreal, Jesús Ortega, por justificar y hacerse tontos frente a toda la violencia e intolerancia que López Obrador ha generado, no desde el 2 de julio, sino desde hace ya varios años. En corto reconocen que ya es un lastre, admiten su insania mental.…. pero no hacen nada por frenarlo.
Un respetado columnista político, insospechable de simpatía por el gobierno federal, al escribir sobre este tema cabeceó su columna: “Radicales o estúpidos”. Para mí que son las dos cosas.
Autor: Alejandro Vázquez Cárdenas
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