Sobre la importancia del léxico político

Pedro-TrujilloEs intere­sante obser­var cómo nos comu­ni­ca­mos o pre­ten­de­mos hacerlo, en dis­tinta “sin­to­nía o fre­cuen­cia men­tal”. La última vez escri­bía sobre el con­cepto “demo­cra­cia” y como llega a ser enten­dido, inter­pre­tado y hasta dis­tor­sio­nado por muchos. Lo más lamen­ta­ble es que cuando se emplea damos por hecho que aquel que lo hace está uti­li­zán­dolo en la misma direc­ción que noso­tros lo enten­de­mos, o vice­versa. Des­afor­tu­na­da­mente, en la mayor parte de las oca­sio­nes, eso no ocu­rre. Entre el emi­sor y el recep­tor, fluye el men­saje sobre la base de con­cep­tos que no siem­pre son igual­mente enten­di­dos, pero no pone­mos aten­ción en ello.

Esta espe­cie de farsa acep­tada o impre­ci­sión peli­grosa en la diná­mica comu­ni­ca­tiva dia­ria, se puede per­ci­bir, inten­cio­na­da­mente, en la arena polí­tica y ahí, si que tiene prin­ci­pio y fin deter­mi­nado y con­creto. Lo que en con­ver­sa­cio­nes entre per­so­nas no ter­mina por tener ese fondo malé­volo, si tiene tras­cen­den­cia de orden jurídico-político, en mani­fes­ta­cio­nes públi­cas de man­da­ta­rios de gobier­nos o de orga­ni­za­cio­nes inter­na­cio­na­les. La tras­cen­den­cia puede ser de tal cali­bre que merece la pena una somera refle­xión en torno a ello.

Al igual que enten­de­mos, aun­que no emplee­mos el léxico ade­cuado, lo que está ocu­rriendo en Irak y habla­mos de “una gue­rra”, cuando real­mente es un con­flicto bélico puesto que nunca hubo decla­ra­ción forma, no siem­pre ocu­rre lo mismo. La refle­xión apunta, en esta oca­sión par­ti­cu­lar, a los gru­pos terro­ris­tas y delin­cuen­cia­les que pre­tende ven­derse como orga­ni­za­cio­nes de libe­ra­ción nacio­nal. Con­cre­ta­mente, la FARC.

En la toma de pose­sión del nuevo pre­si­dente de Gua­te­mala, el pasado día catorce del pre­sente, tanto el pre­si­dente Chá­vez, como su homó­logo colom­biano, se posi­cio­na­ron en torno al tema del con­flicto en este último país. Para el pri­mero, esen­cial­mente, la temá­tica pasa por reco­no­cer a las FARC como un movi­miento de libe­ra­ción nacio­nal, lo que Uribe, como no podía ser de otra forma, rechazó fron­tal y tajantemente.

Este juego de pala­bras, tal y como decía­mos al inicio, pasa, en oca­sio­nes, desa­per­ci­bido por la mayo­ría de la pobla­ción que no ter­mina de per­ci­bir la dife­ren­cia sus­tan­cial y sola­mente se queda en la super­fi­cie. Es por ello que las decla­ra­cio­nes y hasta la acti­tud del man­da­ta­rio vene­zo­lano ter­mina por tener una cierta buena aco­gida en los espec­ta­do­res, por­que trans­mite una deter­mi­nada volun­tad de que­rer solu­cio­nar los pro­ble­mas de los secues­tra­dos, algo que es muy fácil ven­derlo desde una posi­ción basada, fun­da­men­tal­mente, en los sentimientos.

La reali­dad es otra. Acep­tar que las FARC es un movi­miento de libe­ra­ción pasa por otor­gar­les una legi­ti­mi­dad y lega­li­dad, de las que abso­lu­ta­mente care­cen. Se tra­ta­ría de reco­no­cer que el gobierno incum­ple cier­tos aspec­tos fun­da­men­ta­les y bási­cos de su ges­tión polí­tica y que la vía de la lucha armada está jus­ti­fi­cada en situa­cio­nes como esta. Sería darle alas al movi­miento mafio­sos y pasarlo a ocu­par otro plano, donde el pro­ta­go­nismo polí­tico es un ele­mento importante.

Algo así ya ocu­rrió con la ETA, cuando Bél­gica no ter­mi­naba de reco­no­cerlo como grupo terro­ris­tas o con otros movi­mien­tos como el IRA. Lo que no es acep­ta­ble es que a estas altu­ras de la vida polí­tica con todos los con­flic­tos que se han tenido que superar y los obs­tácu­los encon­tra­dos en el camino, un país (Vene­zuela) se cues­tione la forma plu­ral, demo­crá­tica y par­ti­ci­pa­tiva de su vecino: Colom­bia. En estos momen­tos, ya debe­ría darse por supuesto y hecho que los regí­me­nes que nos rodean, con esca­sas excep­cio­nes, o son demo­crá­ti­cos, o están den­tro de ese amplio patrón que mide la demo­cra­cia. En cual­quier caso, no es nece­sa­rio entrar por la fuerza y con vio­len­cia a modi­fi­car deter­mi­na­das líneas de con­ducta y actua­ción de la mayo­ría (por no decir todos) los gobier­nos latinoamericanos.

El señor Chá­vez quiere acer­carse a la FARC y hasta jugar con ella, para poder des­truirla en un deter­mi­nado momento, cuando polí­ti­ca­mente lo pueda ren­ta­bi­li­zar. Esto ocu­rrirá cuando Vene­zuela ya toque fondo (si toda­vía le queda alguna forma de des­cen­der más) y aquel deje de hacer decla­ra­cio­nes bana­les. Mien­tras tanto ten­drá “cap­tu­rado” al gobierno del país vecino, con­tará con la acla­ma­ción de milla­res de igno­ran­tes que pen­sa­rán que su fin es noble y seguirá con­tando con pági­nas de prensa escrita y minu­tos de aire en radio y televisión.

Si refle­xio­na­mos sobre las actua­cio­nes, exi­gen­cias y peti­cio­nes de la FARC, la res­puesta es corta y clara: no quie­ren nada. Ese movi­miento mafioso única­mente sub­siste con el pro­pó­sito de gene­rar pin­gües ganan­cias por medio del trá­fico de dro­gas. No hay, abso­lu­ta­mente, nada más que lo jus­ti­fi­que, pro­mueva o sos­tenga. Es por ello que el movi­miento ni es de libe­ra­ción nacio­nal, ni de reivin­di­ca­ción de dere­chos de gru­pos, ni nada que se le parezca. Sen­ci­lla­mente es una mafia inter­na­cio­na­li­zada que pre­tende seguir haciendo lo que le venga en gana en un deter­mi­nado terri­to­rio y, si le resulta con­ve­niente, exten­derse a donde, igual­mente, le de la gana. Eso no puede per­mi­tirse en un estado de derecho.

Por otra parte, deno­mi­nar a ese grupo de cri­mi­na­les con el tér­mino pre­ciso: cri­mi­na­les, supone apli­car­les mar­cos lega­les nacio­na­les e inter­na­cio­na­les que tie­nen deter­mi­na­das con­se­cuen­cias y ser bus­ca­dos y extra­di­ta­dos en y desde paí­ses en los que se pue­dan refu­giar, así como apli­car las medi­das poli­cia­les y mili­ta­res que sean necesarias.

Por ello, el juego del dis­curso polí­tico mediante el empleo de pala­bras que pare­cie­ran no tener nin­gún tras­fondo, es nece­sa­rio des­en­mas­ca­rarlo. Lo que parece no tener impor­tan­cia, real­mente la tiene. Este­mos pen­dien­tes, espe­cial­mente de cuanto pro­mue­ven todos estos popu­lis­tas que ter­mi­nan por que­rer ser tan mafio­sos como aque­llos que pre­ten­den defender.

Autor: Pedro Trujillo

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Un comentario en “Sobre la importancia del léxico político”  

  1. 1 MARTIN POUYSSEGUR

    La prueba que la his­to­ria no enseña nada es la super­vi­ven­cia de los idea­les demo­crá­ti­cos”. “Es tan sólo mien­tras pre­do­mi­nan en la con­ducta del indi­vi­duo los ele­men­tos anti­de­mo­crá­ti­cos que las demo­cra­cias no cul­mi­nan en des­po­tismo” NICO­LÁS GÓMEZ DÁVILA (“Suce­si­vos esco­lios a un texto implí­cito”, págs. 101 y 40, ed. Edi­cio­nes Áltera, Bar­ce­lona, 2002).

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