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Sobre la importancia del léxico político
Es interesante observar cómo nos comunicamos o pretendemos hacerlo, en distinta “sintonía o frecuencia mental”. La última vez escribía sobre el concepto “democracia” y como llega a ser entendido, interpretado y hasta distorsionado por muchos. Lo más lamentable es que cuando se emplea damos por hecho que aquel que lo hace está utilizándolo en la misma dirección que nosotros lo entendemos, o viceversa. Desafortunadamente, en la mayor parte de las ocasiones, eso no ocurre. Entre el emisor y el receptor, fluye el mensaje sobre la base de conceptos que no siempre son igualmente entendidos, pero no ponemos atención en ello.
Esta especie de farsa aceptada o imprecisión peligrosa en la dinámica comunicativa diaria, se puede percibir, intencionadamente, en la arena política y ahí, si que tiene principio y fin determinado y concreto. Lo que en conversaciones entre personas no termina por tener ese fondo malévolo, si tiene trascendencia de orden jurídico-político, en manifestaciones públicas de mandatarios de gobiernos o de organizaciones internacionales. La trascendencia puede ser de tal calibre que merece la pena una somera reflexión en torno a ello.
Al igual que entendemos, aunque no empleemos el léxico adecuado, lo que está ocurriendo en Irak y hablamos de “una guerra”, cuando realmente es un conflicto bélico puesto que nunca hubo declaración forma, no siempre ocurre lo mismo. La reflexión apunta, en esta ocasión particular, a los grupos terroristas y delincuenciales que pretende venderse como organizaciones de liberación nacional. Concretamente, la FARC.
En la toma de posesión del nuevo presidente de Guatemala, el pasado día catorce del presente, tanto el presidente Chávez, como su homólogo colombiano, se posicionaron en torno al tema del conflicto en este último país. Para el primero, esencialmente, la temática pasa por reconocer a las FARC como un movimiento de liberación nacional, lo que Uribe, como no podía ser de otra forma, rechazó frontal y tajantemente.
Este juego de palabras, tal y como decíamos al inicio, pasa, en ocasiones, desapercibido por la mayoría de la población que no termina de percibir la diferencia sustancial y solamente se queda en la superficie. Es por ello que las declaraciones y hasta la actitud del mandatario venezolano termina por tener una cierta buena acogida en los espectadores, porque transmite una determinada voluntad de querer solucionar los problemas de los secuestrados, algo que es muy fácil venderlo desde una posición basada, fundamentalmente, en los sentimientos.
La realidad es otra. Aceptar que las FARC es un movimiento de liberación pasa por otorgarles una legitimidad y legalidad, de las que absolutamente carecen. Se trataría de reconocer que el gobierno incumple ciertos aspectos fundamentales y básicos de su gestión política y que la vía de la lucha armada está justificada en situaciones como esta. Sería darle alas al movimiento mafiosos y pasarlo a ocupar otro plano, donde el protagonismo político es un elemento importante.
Algo así ya ocurrió con la ETA, cuando Bélgica no terminaba de reconocerlo como grupo terroristas o con otros movimientos como el IRA. Lo que no es aceptable es que a estas alturas de la vida política con todos los conflictos que se han tenido que superar y los obstáculos encontrados en el camino, un país (Venezuela) se cuestione la forma plural, democrática y participativa de su vecino: Colombia. En estos momentos, ya debería darse por supuesto y hecho que los regímenes que nos rodean, con escasas excepciones, o son democráticos, o están dentro de ese amplio patrón que mide la democracia. En cualquier caso, no es necesario entrar por la fuerza y con violencia a modificar determinadas líneas de conducta y actuación de la mayoría (por no decir todos) los gobiernos latinoamericanos.
El señor Chávez quiere acercarse a la FARC y hasta jugar con ella, para poder destruirla en un determinado momento, cuando políticamente lo pueda rentabilizar. Esto ocurrirá cuando Venezuela ya toque fondo (si todavía le queda alguna forma de descender más) y aquel deje de hacer declaraciones banales. Mientras tanto tendrá “capturado” al gobierno del país vecino, contará con la aclamación de millares de ignorantes que pensarán que su fin es noble y seguirá contando con páginas de prensa escrita y minutos de aire en radio y televisión.
Si reflexionamos sobre las actuaciones, exigencias y peticiones de la FARC, la respuesta es corta y clara: no quieren nada. Ese movimiento mafioso únicamente subsiste con el propósito de generar pingües ganancias por medio del tráfico de drogas. No hay, absolutamente, nada más que lo justifique, promueva o sostenga. Es por ello que el movimiento ni es de liberación nacional, ni de reivindicación de derechos de grupos, ni nada que se le parezca. Sencillamente es una mafia internacionalizada que pretende seguir haciendo lo que le venga en gana en un determinado territorio y, si le resulta conveniente, extenderse a donde, igualmente, le de la gana. Eso no puede permitirse en un estado de derecho.
Por otra parte, denominar a ese grupo de criminales con el término preciso: criminales, supone aplicarles marcos legales nacionales e internacionales que tienen determinadas consecuencias y ser buscados y extraditados en y desde países en los que se puedan refugiar, así como aplicar las medidas policiales y militares que sean necesarias.
Por ello, el juego del discurso político mediante el empleo de palabras que parecieran no tener ningún trasfondo, es necesario desenmascararlo. Lo que parece no tener importancia, realmente la tiene. Estemos pendientes, especialmente de cuanto promueven todos estos populistas que terminan por querer ser tan mafiosos como aquellos que pretenden defender.
Autor: Pedro Trujillo
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Un comentario en “Sobre la importancia del léxico político”
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“La prueba que la historia no enseña nada es la supervivencia de los ideales democráticos”. “Es tan sólo mientras predominan en la conducta del individuo los elementos antidemocráticos que las democracias no culminan en despotismo” NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA (“Sucesivos escolios a un texto implícito”, págs. 101 y 40, ed. Ediciones Áltera, Barcelona, 2002).