¿Cambio de paradigma?

Carlos-MiraPor un lado, los argen­ti­nos que quie­ren un cam­bio frente a tanta insen­sa­tez. Por el otro, quie­nes siguen con­fun­diendo los valo­res de la jus­ti­cia, la igual­dad y la mis­mí­sima demo­cra­cia con con­cep­tos que nada tie­nen que ver con nin­guna de las tres.

El jue­ves de la semana pasada, la Poli­cía Fede­ral, en una acción coor­di­nada por el Gobierno de la Ciu­dad, desa­lojó al con­junto de car­to­ne­ros que se había asen­tado en Barran­cas de Bel­grano en los vere­do­nes de la esta­ción Lisan­dro de la Torre del ferro­ca­rril Mitre en La Pampa y Virrey Vertiz.

La ope­ra­ción ter­minó con nueve dete­ni­dos, un basu­ral dise­mi­nado por las inme­dia­cio­nes y una serie de decla­ra­cio­nes de un lado y otro que vale la pena comentar.

Los car­to­ne­ros se habían apos­tado allí con car­pas, calen­ta­do­res, ropa col­gada, chi­cos semi­des­nu­dos corriendo por la calle, es una espe­cie de tol­de­ría urbana que ellos con­si­de­ra­ban la res­puesta a la deci­sión extra­or­di­na­ria­mente sen­sata de la empresa de TBA de can­ce­lar el ser­vi­cio del lla­mado “Tren Blanco” que cum­plía el reco­rrido gra­tis, lle­vado y tra­yendo car­to­ne­ros entre la Capi­tal y la zona norte del Gran Bue­nos Aires. TBA deci­dió ter­mi­nar con el ser­vi­cio, en gran medida, apo­yada en razo­nes de segu­ri­dad ya que el con­voy había sido des­truido por sus pro­pios bene­fi­cia­rios y el estado en el que se encon­traba era fran­ca­mente lamen­ta­ble. Otro tanto merece ano­tarse para las esta­cio­nes desde donde el tren salía y adonde lle­gaba: en ambas los des­per­di­cios y sucie­da­des que los car­to­ne­ros pro­du­cían y deja­ban espar­ci­das por los pisos, los baños y otras ins­ta­la­cio­nes eran fran­ca­mente inad­mi­si­bles, incluso para los pasa­je­ros de las otras for­ma­cio­nes que pagan sus bole­tos y que no tie­nen nin­guna obli­ga­ción de codearse con las inmun­di­cias de aque­llos a quie­nes nada les importa.

En Barran­cas de Bel­grano tam­bién el esce­na­rio iba camino de con­ver­tirse en un foco de peli­gro, con gente que hacía sus nece­si­da­des en la calle, con chi­cos sin ton ni son, corriendo, limos­neando y en muchos caso metiendo miedo a la gente que no comete otro pecado que no sea el de trabajar.

Luego del más que jus­ti­fi­cado desa­lojo, se desata­ron una serie de comen­ta­rios dig­nos del cho­que entre una Argen­tina que quiere un cam­bio de para­digma frente a tanta insen­sa­tez, y otra que sigue con­fun­diendo los valo­res de la jus­ti­cia, la igual­dad y la mis­mí­sima demo­cra­cia con con­cep­tos que nada tie­nen que ver con nin­guna de las tres.

Obvia­mente, tam­bién los car­to­ne­ros apor­ta­ron lo suyo diciendo que “ellos tenían dere­cho” a que­darse allí por­que “la empresa había can­ce­lado el ser­vi­cio del tren”; tam­bién que “tenían que darle de comer a sus chi­cos”. La mara­bunta de decla­ra­cio­nes de per­so­na­jes polí­ti­cos supues­ta­mente más y mejor for­ma­dos que aqué­llos, no dife­ría dema­siado en el dis­pa­rate. Ape­la­cio­nes a la “jus­ti­cia social” y san­de­ces seme­jan­tes fue lo único que se les ocu­rrió a quie­nes apa­ren­te­mente apa­ñan un pro­yecto de país que con­vierta de a poco a sus ciu­da­des en una toldería.

La ocu­pa­ción del espa­cio público por per­so­nas que se arro­gan el dere­cho de apro­piarse de él por­que “tie­nen nece­si­da­des” es un argu­mento inad­mi­si­ble en un Estado de Dere­cho y el mero intento de uti­li­zarlo debe ser con­si­de­rado un absurdo. Todos tene­mos nece­si­da­des, pero no por eso sali­mos a con­ver­tir la ciu­dad en un baño público regán­dola con depo­si­cio­nes y orín. Todos debe­mos darle de “comer a nues­tros hijos” pero no por eso nos ins­ta­la­mos en un espa­cio pagado y man­te­nido por toda la socie­dad, para col­gar nues­tra ropa a la intem­pe­rie. En mayor o menor medida todos pade­ce­mos de pri­va­cio­nes pero no por eso sali­mos a la calle muni­dos de calen­ta­do­res para hacer nues­tra comida allí.

Es más, a todas las per­so­nas hon­ra­das que solo ven en el tra­bajo el camino para mejo­rar su con­di­ción, la socie­dad no le pone un ser­vi­cio gra­tuito de tre­nes a la con­ve­nien­cia de su iti­ne­ra­rio. Tam­bién, dicho sea de paso, si tanto nece­si­ta­ban de ese trans­porte no lo hubie­ran des­truido como lo hicie­ron, redu­cién­dolo a una cha­ta­rra con ruedas.

A estas con­duc­tas y a estas per­so­nas hay que poner­les un freno. Y un ejemplo.

Un ejem­plo que debe­ría comen­zar por la Jus­ti­cia que se podría haber aho­rrado su dema­gó­gico fallo que obliga a la empresa ferro­via­ria a repo­ner el ser­vi­cio, deci­sión que TBA ha anti­ci­pado, con toda cla­ri­dad, que no cum­plirá, por­que el tren fue des­gua­zado luego de que fuera vil­mente arrui­nado por aque­llos a los que ser­vía, y por­que no con­si­dera que nin­guna norma la obli­gue (lo que es per­fec­ta­mente cierto) a entre­gar una for­ma­ción a gente que ade­más de no pagar por ella, la des­truye sin miramientos.

La idea de enten­der la Jus­ti­cia Social y la igual­dad como un per­miso para que los que se dis­fra­zan de indi­gen­tes le metan miedo a la gente hon­rada y tra­ba­ja­dora yén­dola de malos y con una apa­rien­cia que asusta, debe ter­mi­nar en la Argen­tina. Basta de apo­yar apro­pia­do­res, ocu­pas, intru­sos, ile­ga­les. Basta de poner la ley del lado del que en lugar de tra­ba­jar vive a expen­sas de los que trabajan.

El gobierno de la Ciu­dad ha dado un paso en el buen sen­tido; en el sen­tido de la ley, el orden y las cosas en su lugar. Gran parte de la socie­dad ate­mo­ri­zada que, por lo menos hasta ahora, veía per­pleja como las pro­pias ins­ti­tu­cio­nes se ponían del lado de los inde­sea­bles tam­bién ha salido a res­pal­dar lo actuado.

Solo resta espe­rar que la dema­go­gia de siem­pre, ins­ta­lada en el poder polí­tico y el la Jus­ti­cia no des­haga este camino hacia un cam­bio de para­digma en la Argen­tina. Solo resta espe­rar que, por una vez, el preo­cu­parse por ser una per­sona de bien, tra­ba­ja­dora, que no anda metiendo miedo por la calle a sus veci­nos y que solo aspira a pro­gre­sar por la vía del esfuerzo, valga más para la Jus­ti­cia y para las auto­ri­da­des que un con­junto de atro­pe­lla­do­res pro­fe­sio­na­les que con el curro de la pobreza han ganado, en los últi­mos años, el espa­cio público que pagan todos menos ellos.

Fuente: Economía para todos

Autor: Carlos Mira

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Un comentario en “¿Cambio de paradigma?”  

  1. 1 roberto

    Don Car­los, no existe la Jus­ti­cia en el Virrey­nato de Argen­zuela. Jue­ces, Fis­ca­les y demás deu­dos entie­rran la cabeza en el pozo para no ver ni escu­char nada, para seguir cobrando en forma ver­gon­zante las nada esca­sas remu­ne­ra­cio­nes que per­ci­ben y que paga­mos noso­tros los con­tri­bu­yen­tes. Esos cobar­des tie­nen MIEDO, desde que Kun­kel & Konti & Kon­sejo de la Magis­tra­tura liqui­dan de un plu­mazo al que mues­tre un jeró­nimo de amor por la Ver­dad y por la Jus­ti­cia. Los fun­cio­na­rios judi­cia­les no actúan de ofi­cio, segu­ra­mente por­que esa mate­ria no la kur­sa­ron en la Facultad.

    Recor­de­mos que el tal Loren­zetti, que detenta el cargo de Pre­si­dente de la Suprema Korte, se ha foto­gra­fiado abra­zado con la cerda que defeca en nues­tra Sagrada Cate­dral. Y eso, señor Loren­zettti, le inhibe a Ud. para siquiera inten­tar opi­nar — no ya admi­nis­trar su “jus­ti­cia” — en casos en que la gorrina en cues­tión es parte, lo mismo que quie­nes la sos­tie­nen. Igual­mente válido es lo pre­ce­den­te­mente expre­sado para con el inefa­ble señor que le akom­paña en la Korte, ese que fue fun­cio­na­rio del “odiado Pro­ceso”, que juró su cargo por el Esta­tuto que enton­ces reem­plazó a la Cons­ti­tu­ción Nacio­nal, que tra­bajó para la Fuerza Aérea Argen­tina en la Regla­men­ta­ción del Código de Jus­ti­cia Mili­tar — ese mismo que los ban­di­dos y anal­fa­be­tos que pro­fi­tan en el ex– Con­greso dero­ga­ron sin hesi­tar, sim­ple­mente por­que el Tuerto lo ordenó (obe­dien­cia debida, cobar­des?); es el mismo señor que “olvidó” incluir una pro­pie­dad en su decla­ra­ción patri­mo­nial jurada; es el mismo señor que dictó in fallo dis­pa­ra­tado al esta­ble­cer que un auto esta­cio­nado en la vía pública es un auto aban­do­nado, y con­se­cuen­te­mente, quien lo roba no comete delito.

    Y si no alcanza con los ciru­jas — per­dón, reci­cla­do­res urba­nos — tam­bién tene­mos a los pique­te­ros de vario­pinto espec­tro, desde el Barba y la Nina hasta un cobarde empleado de una aero­lí­nea que intro­du­cía una suerte de lanza en un vehículo donde había niños aterrados.

    Y tam­bién tene­mos a los mato­nes sin­di­ca­les, pato­te­ros sin moral, esos que dis­pa­ran armas de fuego o esgri­men garro­tes y cade­nas en actos pro­pios y aje­nos. Y tam­bién a los mato­nes “estu­dian­ti­les”. Y tam­bién a los mato­nes del chori y el tetra, que no saben a dónde van ni por quien pelean por­que sus peque­ños cere­bros han dejado de fun­cio­nar por la ingesta de tanto paco.

    Don Car­los, este es el virrey­nato de Argen­zuela, donde ser decente, honesto, y patriota cons­ti­tuye un delito “social”. Pero vol­verá a ser nues­tra Patria Argen­tina, por­que la recuperaremos.

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