Estamos en la fase del relativismo agresivo”

introvigneEntre­vista al direc­tor del Cen­tro de Estu­dios sobre las Nue­vas Reli­gio­nes Mas­simo Intro­vigne (Cola­bo­ra­ción de Pablo López Herrera)

–¿Europa sufre una cri­sis de identidad?

El Santo Padre en dos oca­sio­nes –en el dis­curso a la Curia romana con motivo de la feli­ci­ta­ción navi­deña del 22 de diciem­bre de 2006 y el 24 de marzo de 2007 con motivo del cin­cuen­te­na­rio de los Tra­ta­dos de Roma– usó una expre­sión más fuerte, afir­mando que Europa «parece que­rer des­pe­dirse de la historia».

«Des­pe­dirse de la his­to­ria» sig­ni­fica echar el telón, decir adiós a los espec­ta­do­res y admi­tir que la repre­sen­ta­ción ha ter­mi­nado. Ha sido bonita mien­tras ha durado, pero ahora se ha aca­bado. ¿Es posi­ble? Cier­ta­mente, a dife­ren­cia de las per­so­nas huma­nas, las civi­li­za­cio­nes no tie­nen un alma inmor­tal. Empie­zan y aca­ban en la his­to­ria, y la euro­pea no es una excep­ción. ¿Está suce­diendo? Muchos polí­ti­cos lo negarían.

Sin embargo, Bene­dicto XVI puso de relieve tres aspec­tos –enu­me­ra­dos como tales en los dos dis­cur­sos que he citado– que corres­pon­den a datos de hecho que es muy difí­cil negar.

El pri­mero es «la apos­ta­sía de sí misma» por parte de Europa, el rechazo a reco­no­cer las pro­pias raí­ces –que son tan obvia­mente cris­tia­nas que hacen cap­ciosa cual­quier dis­cu­sión sobre el tema– y la pro­pia his­to­ria, que lleva luego a una debi­li­dad y a una falta de iden­ti­dad res­pecto a cual­quier ata­que o acon­te­ci­miento externo. Que Europa no logra hablar con un sola voz lo vemos toda­vía hoy a pro­pó­sito de la cues­tión de Kosovo.

El segundo aspecto es la sepa­ra­ción de las leyes de la moral. No se trata del sim­ple ale­ja­miento de la polí­tica, o de algún hom­bre polí­tico, de la moral pri­vada y pública, que no es un pro­blema ni reciente ni sólo euro­peo, sino que se ha veri­fi­cado en toda la his­to­ria humana. No, se trata de la auto­no­mía pri­mero teo­ri­zada y luego fatal­mente prac­ti­cada de las leyes de la moral. De la ética, no de la reli­gión, así que las crí­ti­cas de «inje­ren­cia» con­tra la Igle­sia no tie­nen a su vez nin­gún sen­tido, tra­tán­dose aquí de la moral natu­ral y de las reglas del juego lla­mado socie­dad –el Papa habla de «gra­má­tica de la vida social»– que no son en cuanto tales ni cris­tia­nas ni ateas ni budis­tas, y que todos debe­rían compartir.

–¿Y esta gra­má­tica de la vida social no se respeta?

Bien, hoy en Europa se afirma que estas reglas del juego exis­ten, y que el legis­la­dor debe limi­tarse a hacer de nota­rio y a for­ma­li­zar lo que ya sucede en la socie­dad (o los medios le hacen creer que así es). ¿Hay pare­jas homo­se­xua­les? El legis­la­dor toma nota y las equi­para a las fami­lias. ¿Hay musul­ma­nes que viven en poli­ga­mia? Que los regu­la­rice el legis­la­dor o quizá que apli­que la cha­ria (ley islá­mica), como que­rría algún per­so­naje euro­peo incluso influ­yente. ¿En los hos­pi­ta­les se prac­tica la euta­na­sia? Que el Estado nota­rio la regule por ley, como acaba de suce­der en Luxemburgo.

El ter­cer aspecto es la cri­sis demo­grá­fica, el hecho dra­má­tico de que en Europa nacen cada vez menos niños. Sobre este punto, los hechos se opo­nen obs­ti­na­da­mente a las teo­rías de quien dice que Europa no está en cri­sis. En este sen­tido, los resul­ta­dos apa­ren­te­mente en ten­den­cia con­tra­ria de algu­nos paí­ses a menudo deri­van de sim­ples nor­mas nue­vas sobre la ciu­da­da­nía, que cuen­tan entre los ciu­da­da­nos tam­bién a los hijos de los inmi­gran­tes naci­dos en esos países.

–Lai­cismo agre­sivo y anti­cris­tiano, rela­ti­vismo… ¿esta­mos en tiem­pos oscuros?

Un inte­lec­tual no cató­lico, al con­tra­rio comu­nista, como Anto­nio Gramsci [polí­tico, filó­sofo y teó­rico mar­xista ita­liano (1891–1937), ndr.] decía que cuando hace mal tiempo se tiene la ten­den­cia a enfa­darse con el baró­me­tro, mien­tras que «si abo­li­mos el baró­me­tro, no por ello abo­li­mos el mal tiempo».

Hoy en Europa asis­ti­mos a este fenó­meno: dado que Bene­dicto XVI es el único, o casi el único, en denun­ciar la dra­má­tica situa­ción de cri­sis sobre los tres aspec­tos a los que he alu­dido –quizá por­que no tiene que pre­sen­tarse a nin­guna elec­ción, en la que los elec­to­res nor­mal­mente no pre­mian a quie­nes anun­cian malas noti­cias– en el ima­gi­na­rio de un cierto lai­cismo euro­peo acaba con­vir­tién­dose en una espe­cie de baró­me­tro de Gramsci.

Pero impi­diendo que hable el Papa –como suce­dió en Roma en la Uni­ver­si­dad «La Sapienza»– no hace que los pro­ble­mas des­apa­rez­can como por encanto. Hay otros que pien­san que los pro­ble­mas denun­cia­dos por el Papa son en reali­dad recur­sos: que la cri­sis de la fami­lia tra­di­cio­nal, el aborto, la euta­na­sia, la nega­ción del con­cepto de ley natu­ral, el mul­ti­cul­tu­ra­lismo sin freno según el cual la opo­si­ción a la lega­li­za­ción de la poli­ga­mia en una socie­dad donde hay musul­ma­nes es una forma de racismo…, son fenó­me­nos posi­ti­vos, que hay que pro­mo­ver, que nos lle­va­rán a una socie­dad con meno­res conflictos.

Para éstos el con­flicto nace de la pre­ten­sión de quien cree que existe una ver­dad; mien­tras que donde se acuerda que no existe la ver­dad el con­flicto desaparece.

Esta uto­pía ha sido tan a menudo des­men­tida por la his­to­ria que sos­te­nerla debe­ría resul­tar ya ridículo: pero no es así.

Donde las socie­da­des son com­ple­jas –y la Europa de hoy lo es– no hay modo de evi­tarlo: o se encuen­tra, entre per­so­nas que tie­nen cul­tu­ras y reli­gio­nes diver­sas, una «gra­má­tica de la vida común», reglas comu­nes que per­mi­tan con­vi­vir –que pue­den deri­var sólo de la razón y de la ley natu­ral que la razón puede cono­cer– o que­da­mos redu­ci­dos al con­flicto de todos con­tra todos.

O las cues­tio­nes con­flic­ti­vas se resuel­ven con el recurso a un dere­cho natu­ral válido para todos, o se resuel­ven a golpe de vio­len­cia y bombas.

–Usted habla de diver­sas fases de rela­ti­vismo. ¿Dónde esta­mos hoy?

Esta­mos en la fase del rela­ti­vismo agre­sivo. El anti­guo rela­ti­vista teo­ri­zaba, aun­que no siem­pre prac­ti­caba, la máxima de Vol­taire según la cual «yo no com­parto tu idea pero estoy dis­puesto a dar la vida para que la pue­das sos­te­ner libremente».

Como sabe­mos, Vol­taire era el pri­mero que no ponía en prác­tica esta máxima cuando se tra­taba de la Igle­sia católica.

Pero había, y hay toda­vía, vie­jos vol­te­ria­nos que creen de ver­dad en lo que dicen y que, aún siendo per­so­nal­mente rela­ti­vis­tas, no piden al Estado que cas­ti­gue a quien no es relativista.

Los nue­vos rela­ti­vis­tas agre­si­vos, en cam­bio, quie­ren que el rela­ti­vismo se con­vierta en la ley ofi­cial del Estado, con la con­si­guiente repre­sión penal de los no rela­ti­vis­tas. Un sim­ple ejem­plo: los vie­jos rela­ti­vis­tas afir­ma­ban que «la alcoba de un homo­se­xual es su cas­ti­llo» (adap­tando una vieja máxima inglesa: el cas­ti­llo es el lugar en el que ni siquiera el rey con sus leyes puede entrar). Según esta visión, el estado no debe ocu­parse de los homo­se­xua­les, al igual que de los hete­ro­se­xua­les, Todos deben poder ser libres de hacer todo lo que quieren.

El nuevo rela­ti­vista pre­tende en cam­bio que el Estado cons­truya al gay los muros del cas­ti­llo y arreste a quien se acerca o incluso sim­ple­mente quien expresa opi­nio­nes crí­ti­cas. Este es el sen­tido de las leyes sobre la «homo­fo­bia», que no cas­ti­gan a quien mal­trata o insulta tri­vial­mente a los homo­se­xua­les (para esto están ya las leyes ordi­na­rias) sino que, según la fór­mula de la ley pro­puesta por el Gobierno ita­liano ahora dimi­sio­na­rio, repri­men a quien expresa «jui­cios de supe­rio­ri­dad», es decir con­si­dere la unión hete­ro­se­xual intrín­se­ca­mente supe­rior a la unión homo­se­xual, o piense –como hace la Igle­sia– que esta última es intrín­se­ca­mente desordenada.

–Y enton­ces, ¿cuál es el secreto de Europa?

El secreto de Europa es su his­to­ria mile­na­ria, en la que entran cier­ta­mente otras com­po­nen­tes –por ejem­plo, es del todo imbo­rra­ble la apor­ta­ción de las comu­ni­da­des judías–, pero que en su iti­ne­ra­rio de fondo es cris­tiana. Aun­que recu­bier­tos por los detri­tos de un enorme cor­ta­fue­gos abierto por el lai­cismo y el rela­ti­vismo, los valo­res de esta his­to­ria están toda­vía vivos y presentes.

Cier­ta­mente están más vivos en algu­nos paí­ses que en otros: por ejem­plo, sobre Ita­lia, Bene­dicto XVI dijo en el con­greso ecle­sial de Verona, el 19 de octu­bre de 2006, que «la Igle­sia aquí es una reali­dad muy viva, –¡y lo vemos!– que con­serva una pre­sen­cia capi­lar en medio de la gente de toda edad y con­di­ción» y que «las tra­di­cio­nes cris­tia­nas están a menudo toda­vía arrai­ga­das y siguen pro­du­ciendo frutos».

Ahora, se podría decir que el mismo Bene­dicto XVI, por una parte, habla de una Europa «dis­puesta a des­pe­dirse de la his­to­ria» y, por otra, ve «tra­di­cio­nes cris­tia­nas toda­vía arrai­ga­das», al menos en algu­nos paí­ses: ¿no habrá quizá una con­tra­dic­ción? La res­puesta es no.

El Papa hablando de la cri­sis de Europa no nos con­voca a un fune­ral sino a la cabe­cera de un enfermo. Un enfermo grave, del que es inú­til escon­der la gra­ve­dad de su con­di­ción. Pero un enfermo que tiene toda­vía en sí –escon­di­das en alguna parte– las poten­cia­li­da­des para curarse. Como el buen médico, Bene­dicto XVI por una parte no se calla ante los peli­gros de que la enfer­me­dad pueda con­ver­tirse en mor­tal y por otra escruta con aten­ción y valo­riza sis­te­má­ti­ca­mente cada pequeña mejo­ría, cada atisbo de curación.

Si en el desierto de vez en cuando brota una plan­tita, no hay que arran­carla sino cul­ti­varla para que se con­vierta mañana en un árbol y pasado mañana en un bos­que. Pero para cul­ti­var la plan­tita hay que regarla, y no basta el entu­siasmo: que incluso, cuando este se dirige al Papa, a sus inter­ven­cio­nes y sus via­jes, es siem­pre un buen punto de par­tida. Se nece­sita el agua sólida de la doc­trina y del magisterio.

El libro «El secreto de Europa» nace de la expe­rien­cia de treinta y cinco años de acti­vi­dad que he rea­li­zado en la Alianza Cató­lica, una agen­cia de lai­cos cató­li­cos que tiene como fin prin­ci­pal el estu­dio, la difu­sión y la apli­ca­ción de la ense­ñanza del magis­te­rio pontificio.

Pero, al igual que en estos años y sin abso­lu­ta­mente des­pre­ciar a quien en la Igle­sia tiene otras voca­cio­nes o actúa con moda­li­da­des diver­sas, la obra de difu­sión de las ense­ñan­zas del Papa (pienso por ejem­plo en el mag­ní­fico fresco de la his­to­ria pro­fana y de la his­to­ria de la sal­va­ción en la Spe Salvi, des­a­pa­re­cida del radar de los medios de comu­ni­ca­ción tras pocos días de su publi­ca­ción) me parece indis­pen­sa­ble y urgente.

Por Miriam Díez i Bosch, tra­du­cido del ita­liano por Nie­ves San Martín

Fuente: ZENIT.org

Enviar a un amigo





Enviar a un amigo


No hay comentarios en “Estamos en la fase del relativismo agresivo””  

Deje un comentario