La República miope

Teodulo Lopez MelendezLos vene­zo­la­nos no han apren­dido que la única vida no es la per­so­nal, que con­for­man un entra­mado más amplio que se deno­mina cuerpo social. Este otro cuerpo tiene tam­bién vida y hay que cui­darlo como al pri­mero. De allí que frente a nues­tros ojos mio­pes haya cre­cido una pobla­ción, mayor­mente en la mar­gi­na­li­dad, sin edu­ca­ción ni cul­tura, una masa harta de su con­di­ción que pro­dujo el sacu­dón polí­tico que padecemos.

La his­to­ria per­so­nal de vida es per­ci­bida como un con­junto de suce­sos sobre los cua­les hemos ejer­cido nues­tro poder y sobre el cual seres indi­vi­dua­les han tam­bién ejer­cido la suya, sin que admi­ta­mos que el orga­nismo social ha sido deter­mi­nante en lo que acos­tum­bra­mos a lla­mar nues­tra pro­pia historia.

Ese cuerpo social fue des­aten­dido, cre­ció frente a nues­tros ojos como si se ocul­tara imper­cep­ti­ble­mente de nues­tra coti­dia­nei­dad ego­cén­trica. Puede haber habido cari­dad, soli­da­ri­dad cris­tiana y hasta algún plan empre­sa­rial para aten­derlo, pero nunca exis­tió una con­cep­ción glo­bal, y menos un movi­miento in avanti, para pro­cu­rar una acción pro­pia­mente polí­tica de bús­queda de la justicia.

La señora que colocó el car­te­lón, ante la mani­fes­ta­ción estu­dian­til, pidiendo la expul­sión del país de todos los extran­je­ros, es un pro­ducto de la desidia nacio­nal. Esa señora no entiende nada de nada, ni de his­to­ria, ni de emi­gra­cio­nes, ni de asi­mi­la­ción pobla­cio­nal ni de inter­en­la­ces cul­tu­ra­les. No tuvo escuela y menos maes­tros. El odio no surge así sólo por la bocaza desatada de un cau­di­llo mili­ta­rista; es a la inversa: el cau­di­llo tiene audien­cia y par­ti­da­rios por­que la socie­dad vene­zo­lana no hizo lo que tenía que hacer, ni direc­ta­mente ni a tra­vés de sus gober­nan­tes de turno.

Esta repú­blica miope repro­duce el pasado cau­di­llista no por­que sea válida alguna teo­ría deter­mi­nista de la his­to­ria sino por­que es una espe­cie de para­rra­yos que atrae las fábu­las con­ver­ti­das en his­to­ria. Esta repú­blica miope ha vivido per­ma­nen­te­mente en una dis­tor­sión que se con­vierte en engen­dros. Cuando la reali­dad recon­ver­tida de nues­tro pro­pio ima­gi­na­rio y desde nues­tra psi­co­lo­gía par­ti­cu­lar nos abruma, o nos enco­ge­mos de hom­bros o corre­mos a recon­quis­tar la fan­ta­sía. Otra cosa que fan­ta­sía no eran las mani­fes­ta­cio­nes de la clase media con sus com­bos y sus gri­tos de “se va, se va”, una espe­cie de paseos colec­ti­vos donde des­ta­ca­ban las muje­res bellas con sus ombli­gos al aire, tal como en la colo­nia se iba a pasear con tra­jes lar­gos y para­guas a las hacien­das veci­nas cer­ca­nas a Caracas.

De allí viene el odio de esa clase media en buena parte con­ver­tida en extrema dere­cha sifrina y que sólo se nutre de los colum­nis­tas que insul­tan y que eya­cu­lan poniendo en los foros de las pági­nas web “350 ya” o “todos a la calle inme­dia­ta­mente”. Esto es, la pro­funda incul­tura polí­tica, y gene­ral, de una pobla­ción sin fun­da­men­tos, fabrica la dis­tor­sión de la mirada, lo que aquí estoy lla­mando la mio­pía de la república.

La gene­ra­li­dad no sabe como viven los mar­gi­na­les, como es la pobreza, como es el com­bate dia­rio con la vida. La gene­ra­li­dad no sabe como fun­ciona un par­la­mento, o como se pro­cesa en una Fis­ca­lía gene­ral de la Repú­blica. Lo que quiero decir es que des­co­noce el fun­cio­na­miento de las ins­ti­tu­cio­nes polí­ti­cas. Pro­duce un rechazo hacia los par­ti­dos polí­ti­cos y jamás, hasta que se pro­dujo el sacu­dón, había recla­mado a esas par­ti­do­cra­cias podri­das su com­por­ta­miento alta­nero y su uso indis­cri­mi­nado para la explo­ta­ción de los votos que les rega­la­ban. Mucho menos se plan­teó jamás inci­dir en la vida pública, mirar a su país como un todo, per­dida la noción de que no nos basta el pro­pio cuerpo como pro­tec­tor envol­vente y que el pro­tec­tor envol­vente mayor es el cuerpo social al que pertenecemos.

Una repú­blica miope de este tipo sólo se orga­niza bajo el poder de la dádiva, del regalo ofi­cial, de la com­pra disi­mu­lada o no de las con­cien­cias. Si se seña­laba con sorna que los par­ti­dos de la era pasada rega­la­ban tapas de cinc ahora ven la sofis­ti­ca­ción de un Estado mani­rroto que regala enga­ña­da­mente. Esto es, care­ce­mos de expe­rien­cia de orga­ni­za­ción social sobre las bases de la mora­li­dad y del sen­tido colec­tivo, care­ce­mos por­que los par­ti­dos que tuvi­mos comen­za­ron por mon­tarse sobre una ideo­lo­gía para ter­mi­nar con­vir­tién­dose en sim­ples bus­ca­do­res de poder y en agen­cias de corrup­ción. Nues­tro abso­luto des­co­no­ci­miento de cómo fun­cio­nan las socie­da­des –ni siquiera como fun­cio­nan las tri­bus socia­les que apa­re­cen como nuevo fenó­meno– nos con­duce a la queja impro­duc­tiva, al llo­ri­queo imper­do­na­ble. Ahí están los par­ti­dos, los vie­jos y los nue­vos, com­por­tán­dose como siem­pre, con las vie­jas prác­ti­cas y los mis­mos pro­ce­di­mien­tos, para obte­ner como res­puesta o la soli­ci­tud de pacien­cia o la rati­fi­ca­ción de que así es la enfer­me­dad y es incurable.

Así ter­mi­na­mos siem­pre como ter­mi­na­mos, des­ga­rrán­do­nos. Hay que comen­zar por la com­pren­sión de la reali­dad, echar a la basura los extre­mis­mos (los nues­tros, por­que así cae­rán los de los otros), desechar por inú­ti­les los esca­pis­mos, olvi­dar­nos de que la pan­ta­lla de tele­vi­sión nos con­cede las res­pues­tas, meter­nos en la cabeza que los cam­bios siem­pre son posi­bles si ter­mi­na­mos de enten­der que son pro­ducto de deci­sio­nes indi­vi­dua­les y colec­ti­vas. Debe­mos con­cien­ci­sar­nos que el país se nos ha ido de las manos sólo momen­tá­nea­mente y que el futuro será dife­rente, por nues­tra deci­sión y por nues­tra volun­tad. La repú­blica miope tiene por cos­tum­bre sólo pegar el grito de ham­bre de los recién naci­dos en lugar de fabri­car como adul­tos nues­tro pro­pio ali­mento espi­ri­tual y polí­tico. Eso de que somos una nación joven es una gran men­tira. Tene­mos más de 500 años y para nada entra que ten­ga­mos un alto por­cen­taje de pobla­ción joven. Esa manida frase de que nues­tros jóve­nes son el futuro es una gran­dí­sima men­tira. Lo mismo escu­chaba yo cuando era joven y heme aquí inmerso, como todos los lec­to­res, en esta reali­dad. La única ver­dad es que el futuro nos alcanzó y nos sobre­pasó. Las fra­ses con­so­la­to­rias no sir­ven de nada.

Aquí se trata de per­ci­bir la reali­dad de nues­tro pre­sente y lan­zar el las­tre y apren­der de nuevo el arte de la nave­ga­ción en alta mar. Pare­ciera que la repú­blica, ade­más de miope, no supiera mirar sino por hue­cos en las pare­des. Hay que darle man­da­rria­zos a las pare­des para abrir ven­ta­nas y así nos des­po­ja­re­mos de las grín­go­las y no nece­si­ta­ría­mos ante­ojos tri­fá­si­cos ni ilu­mi­na­dos que nos ven­gan a decir para donde debe­mos cami­nar con nues­tro bas­tón o con nues­tras mule­tas por­que ya las habría­mos lan­zado al fardo de cosas inútiles.

La repú­blica miope nece­sita ende­re­zarse y eso es posi­ble. El futuro existe si sabe­mos verlo, bus­carlo y con­so­li­darlo por encima de la can­ti­dad de mio­pes que nos echan a per­der cada día con una per­se­ve­ran­cia que debe­mos quebrar.

Autor: Teódulo López Meléndez

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Un comentario en “La República miope”  

  1. 1 alberto garanton

    teodulo,excelente articulo y estoy total­mente de acuerdo con​tigo​.si segui­mos asi ‚dios nos coja confesados.saludos

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