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Política, forma exigente de la caridad
Cardenal Renato R. Martino
[Conclusiones del seminario internacional del Consejo pontifical Justicia y Paz, Roma, 20–21 de junio, 2008]
Amigos muy queridos,
En el momento de concluir nuestro seminario internacional sobre «la política, la forma exigente de la caridad», me siento el deber de expresar mi gratitud más sincera hacia todos los que participasteis en este encuentro, con pasión y competencia, contribuyendo a su buen desarrollo. Un gracias particular a los oradores que, a través de sus alocuciones, nos ayudaron a poner al día tantos desafíos como los que deben asumir los cristianos —culturales, sociales, económicos— viendo en la política una forma exigente de la caridad.
En el curso de la rica reflexión que se desarrolló durante estos dos días de trabajo, se proyectaron perspectivas esclarecedoras para el futuro del compromiso político de los cristianos. Por mi parte, me es imposible resumir en las breves palabras de una conclusión, la riqueza temática de nuestro encuentro. Me limitaré por consiguiente a subrayar algunos puntos que me parecen ser de particular interés.
1) Nuestro seminario puso en evidencia una visión equilibrada de la política. Frente a las posiciones, hoy minoritarias, de los que afirman que la política es el todo de la existencia, y frente a las posiciones, hoy mayoritarias, de los que tratan a la política como a una realidad que hay que poner de lado, nuestro seminario subrayó que la política permanece como un espacio esencial y un medio fundamental para la construcción de una sociedad digna del hombre.
Si es siempre de actualidad el rechazo cristiano a toda forma de totalitarismo y mesianismo políticos, que atribuya a la política la solución de todos los problemas humanos, se vuelve todavía más actual y hasta urgente para los cristianos negar las actitudes, mucho más difusas hoy en el ethos colectivo, del desprecio de la política, identificada solamente como una ambición donde florecen el cinismo, la corrupción, el poder demoníaco. El cristiano está más bien llamado a dar a la política un rol auténticamente humano, liberándola constantemente de ilusiones mesiánicas y a la que devuelve el papel fundamental que es el suyo. La política sigue siendo para él un asunto grave: sabe que puede enriquecer su misión con el conjunto formidable de principios y de valores propuesto por la doctrina social de la Iglesia.
2) La tarea de los cristianos es purificar y enriquecer la “razón política”, como nos lo recuerda el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, elaborado por el Consejo pontifical Justicia y Paz en 2004. Espero no equivocarme, pero me parece que el trabajo de nuestro seminario consolida nuestra conciencia que la doctrina social es un ” medio estratégico ” fundamental en el empeño político de los cristianos y en la aproximación cristiana a la política. Esta doctrina une la política con la caridad, en una conjugación de conexiones — teológicas, espirituales, éticas y culturales — de extraordinaria y estimulante actualidad.
Debemos estar convencidos de ser los protagonistas y los testigos del valor y de la importancia de la doctrina social. Difundir la doctrina social es verdaderamente una de las grandes prioridades pastorales de nuestras Iglesias llamadas a evangelizar también la política, a iluminar con la luz del Evangelio todo lo que toca la política, de una manera o de otra. Esta doctrina tiene palabras simples, esenciales, pero fundamentales, para devolver el impulso de la esperanza a la política. Recuerdo algunas de ellas:
- Una política que coloque a la persona humana siempre en el centro, en el respeto de sus derechos fundamentales, y sobre todo del derecho a la vida;
- Una política como un servicio al bien común;
- Una política inspirada en un humanismo íntegral y solidario;
- Una política que, según el principio de subsidiariedad, valoriza los cuerpos intermediarios, sobre todo a la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer;
- Una política enriquecida por los valores de la verdad, de la justicia, de la libertad y de la caridad;
- Una política capaz de reglamentar con justicia y equidad las relaciones económicas, sobre todo el mercado, con una elección preferencial por los pobres;
- Una política capaz de darle una orientación humanista a la técnica;
- Una política que se detiene delante de los valores que no dependen de ella y que son no-negociables;
- Una política que no niega la trascendencia porque sabe que una sociedad sin Dios corre el peligro de volverse una sociedad contra el hombre;
- Una política de paz y para la paz.
3) Nuestro seminario se dio cuenta de grandes desafíos con los que la política debe enfrentarse en nuestro mundo globalizado. Me parece que pueden ser sintetizados alrededor de la cuestión de la verdad y de la cuestión de la autoridad. Desgraciadamente, la ignorancia desde hace tiempo de estas dos cuestiones en el pensamiento político de la comunidad, no deja de provocar numerosos daños. Ambas cuestiones son consideradas pasadas de moda, consideradas, la primera demasiado comprometida con la época de la metafísica y la segunda poco adaptada a una sociedad orientada hacia la mejoría de las posibilidades de la vida.
La cuestión de la verdad se volverá cada vez más importante en el futuro, aún en un futuro próximo, en razón de la demanda dramática de sentido planteada a todos por el lugar ocupado por la técnica. La cuestión de la técnica toma hoy tres dimensiones: en el terreno político, con el riesgo de la tecnocracia; en el terreno de la manipulación de la vida, con la confianza ciega en las biotecnologías; en el terreno de la comunicación, con los dramáticos cambios provocados por la tecnología informática. No hay duda que del justo desarrollo en estos tres terrenos, o no, dependerá en gran parte el futuro de la humanidad. Realmente, la techne planmtea con fuerza el problema de la verdad, ya que una democracia que no se refiera a ella se reduce a una técnica de procedimiento, la biotecnología se transforma en “fabricación” de la vida y del hombre, y las tecnologías de la información en la producción de un mundo virtual. Es evidente que todo esto abre las puertas a formas inéditas de avasallamiento del hombre por el hombre.
La cuestión de la autoridad también va a imponerse como decisiva en un futuro próximo, debido a las dificultades crecientes de gobierno humano, en un contexto de fragmentación debida a la multiplicación de las libertades. La autoridad deberá ser ciertamente pensada y articulada según una nueva forma, más horizontal y más flexible, en más fuerte coherencia con principio de subsidiaridad: todo esto reclamará una capacidad nueva de aprehender la complejidad de las situaciones. La cuestión de la verdad, como instancia de garantía de la cœxistentia membrorum, se nos planteará inevitablemente, si queremos vencer las dinámicas centrífugas de la sociedad de hoy, y desarrollar en cambio una dinámica de alianzas y de solidaridad. El problema con el que la política deberá enfrentarse será desatar el disfuncionamiento (discrasia), por una parte entre la técnica y la conciencia ética, y por la otra, entre los egoísmos y el bien común.
4) Para concluir, permítame señalar la exigencia y hasta la urgencia que ustedes subrayan en nuestro seminario, de un empeño más generoso de nuestras Iglesias en el terreno de la educación y en el terreno de la formación al compromiso social y político. La Iglesia no hace política; la Iglesia no es una política; la Iglesia, sin embargo, debe formar y educar para el compromiso social y político, inspirándose en el tesoro de su doctrina social. Estamos totalmente convencidos de eso. Esta misión es el mejor servicio que la Iglesia puede dar para volver a dar impulso y esperanza a la política.
Al respecto, debemos valorizar toda una serie de medios, ya experimentados, que pueden contribuir eficazmente al desarrollo de la formación y de la educación: pensamos en la instrumentación de Semanas sociales, presentes en varios países, y en las escuelas de formación para el compromiso social y político instituidas en numerosas diócesis. Los Institutos de doctrina social, los seminarios y las universidades católicas están así llamados a desempeñar su papel en este terreno, dejando atrás cierta reticencia en utilizar la doctrina social de la Iglesia.
La Iglesia se interesa por la política no para defender sus intereses, sino para que la política esté enriquecida en valores al servicio del bien del hombre. Y el cristiano que se compromete en política, también puede encontrar allí el camino de su santidad. Mi predecesor, el venerado Siervo de Dios, cardenal Van Thuan, propuso una vez un breve, pero estimulante texto que resume las “bienaventuranzas de la política», que deseo repetir como conclusiones de nuestro seminario:
1. Feliz el hombre político que está conciente de su papel.
2. Feliz el hombre político que ve su honorabilidad respetada.
3. Feliz el hombre político que trabaja para el bien común, y no para el suyo.
4. Feliz el hombre político que procura ser siempre coherente y respeta sus promesas electorales.
5. Feliz el hombre político que realiza la unidad y, haciendo de Jesús su centro, la defiende.
6. Feliz el hombre político que sabe escuchar el pueblo antes, durante, y después de las elecciones.
7. Feliz el hombre político que no experimenta el miedo, y en primer lugar el miedo de la verdad.
8. Feliz el hombre político que no teme a los medios de comunicación porque únicamente es a Dios que deberá rendir cuentas a la hora del juicio.
Fuente: www.libertepolitique.com
Autor: Cardenal. Renato R. Martino,Presidente del Consejo pontifical Justicia y Paz
Traducido Por Pablo López Herrera
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