Cuba — Sin pecado concebidos

Es un mila­gro. Los hijos de la Revo­lu­ción Cubana nacie­ron libres de pecado; cre­cie­ron sin pecado y en con­se­cuen­cia, como jus­tos, pue­den absol­ver o con­de­nar, sin que impor­ten prue­bas ni razo­nes. Su padre y madre fue­ron la Revo­lu­ción. Les edu­ca­ron en un mundo per­fecto donde sur­gi­ría un “Hom­bre Nuevo” odia­ron al que aten­tara con­tra el régi­men, des­pre­cia­ron al que aban­do­nara el paraíso Castro-Cuba.

Este indi­vi­duo cre­ció y se formó en el tota­li­ta­rismo. Edu­cado entre el blanco y el negro; ali­men­tado y ves­tido en la esca­sez y las difi­cul­ta­des. Su infan­cia fue difí­cil pero en la tem­prana ado­les­cen­cia dis­frutó de una inde­pen­den­cia per­so­nal aus­pi­ciada por el pro­pio régi­men, que se ase­me­jaba al pan (poco, por supuesto) y circo, de los empe­ra­do­res romanos.

Cre­ció en la leyenda revo­lu­cio­na­ria, en la lírica cas­trista, en la anéc­dota del sacri­fi­cio ajeno por el bien común y en el odio a quie­nes osa­ran aten­tar con­tra el edén que se cons­truía en la isla. La ver­dad ofi­cial le ganó el alma. Creía, si no en todo, en la mayor parte de lo que le decían y actuaba, no sólo por sus con­vic­cio­nes, sino por­que la leal­tad le podía con­fe­rir pri­vi­le­gios y bene­fi­cios veda­dos para el resto de los isleños.

La adul­tez le trajo res­pon­sa­bi­li­da­des polí­ti­cas. Nin­gún indi­vi­duo, salvo que tenga incli­na­cio­nes de anaco­re­tas, se salva de esos com­pro­mi­sos en la isla. Unión de Jóve­nes Comu­nis­tas y el Par­tido, diri­gen­cia sin­di­cal o admi­nis­tra­tiva ó la posi­bi­li­dad de un lide­razgo inte­lec­tual, que lo mismo se ejerce como pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio, con­fe­ren­cis­tas o escritor.

Estos hijos de la Revo­lu­ción, nada tiene que ver con la edad o con el ins­tante del alum­bra­miento, se carac­te­ri­zan por su agu­zado sen­tido de la opor­tu­ni­dad y nota­ble capa­ci­dad de sobre­vi­ven­cia. Adqui­rie­ron ins­truc­ción pero no edu­ca­ción. No res­pe­tan al pró­jimo y menos las ideas que pue­dan ser con­tra­rias a sus intere­ses, son hijos de la into­le­ran­cia, y sus con­vic­cio­nes cam­bian al influjo de la con­ve­nien­cia. El ambiente de anatema les acompaña.

Como el régi­men cubano tuvo en sus orí­ge­nes más de secta reli­giosa que de tolda polí­tica, le tras­mi­tió a sus vás­ta­gos atri­bu­tos divi­nos como la infa­li­bi­li­dad y la omnis­cien­cia. Todo lo saben, todo lo cono­cen y en con­se­cuen­cia están en capa­ci­dad para pon­de­rar sobre lo divino, la revo­lu­ción cubana y lo humano, la opo­si­ción al régimen.

La madu­rez bio­ló­gica les generó opor­tu­ni­da­des pro­fe­sio­na­les o polí­ti­cas. Cum­plían celo­sa­mente lo que les enco­men­da­ban. Algu­nos lle­ga­ron a ser aban­de­ra­dos cien­tí­fi­cos, inte­lec­tua­les, agen­tes depor­ti­vos y/o artís­ti­cos del Pro­yecto. Hacían bien su tra­bajo, le ponían entu­siasmo y todo el talento y lus­tre que les era posible.

Los resul­ta­dos de su fe en el pro­yecto fue­ron muy bene­fi­cio­sos. Via­jes al extran­jero, cur­sos de post­grado, con­fe­ren­cias inter­na­cio­na­les, auto­mó­vi­les, acceso a infor­ma­cio­nes veda­das al resto de los ciu­da­da­nos, bie­nes mate­ria­les y de con­sumo de los que el resto de la pobla­ción igno­raba su exis­ten­cia o nunca había disfrutado.

Pero un día cual­quiera como reno­va­dos Rip van Win­kle des­pier­tan de su sueño, las cau­sas del des­per­tar pue­den ser muchas y cho­can con una pesa­di­lla que siem­pre exis­tió pero en la que nunca habían repa­rado: dis­cri­mi­na­ción, abu­sos de auto­ri­dad, esca­sez, falta de liber­ta­des per­so­na­les, en fin, esta­ban limi­ta­dos en el desa­rro­llo de sus capa­ci­da­des y opor­tu­ni­da­des y por lo tanto había que bus­car una solu­ción al problema.

No deci­die­ron esco­ger el camino más difí­cil aun­que con­ta­ban con el ejem­plo de cien­tos de hom­bres y muje­res de su gene­ra­ción, que tuvie­ron el coraje de no dor­mir sobre lau­re­les aje­nos y con­ver­tir en pareja y meta los barro­tes de una celda. Hacerlo era peli­groso, por eso cuando la “Pri­ma­vera Negra”, “Con­ci­lio Cubano” o la “ Carta de los Diez”, nega­ron sus vie­jas amis­ta­des, no solo tres veces como Pedro a Jesús, sino hasta que logra­ron salir de la isla. En el exte­rior, no exi­lio, los siguen igno­rando y son inca­pa­ces de un gesto de soli­da­ri­dad para quie­nes pade­cen los horro­res de las pri­sio­nes cubanas.

Ellos sabían que inten­tar cam­biar las cosas sig­ni­fica repu­dio público, pri­sión y hasta la muerte. Eso no era pru­dente por­que el man­dato de su hedo­nismo era huir, bus­car refu­gio en algún rin­cón capi­ta­lista donde reha­cer la vida usando todas las ense­ñan­zas que el pue­blo de Cuba, con su tra­bajo esclavo les había pagado. Pusie­ron en fun­cio­nes su mejor cono­ci­miento revo­lu­cio­na­rio, un des­pia­dado espí­ritu de super­vi­ven­cia que se carac­te­riza, entre otros fac­to­res, por la leal­tad al nuevo conductor.

Por supuesto que la rup­tura con el pasado les afectó por­que como el Viz­conde de Italo Cal­vino, están divi­di­dos por la mitad. Para ellos, Cas­tro, su Olimpo y la Revo­lu­ción fue­ron obli­ga­dos a incu­rrir en exce­sos y abu­sos por sus enemi­gos, Esta­dos Uni­dos entre ellos, lo que no ha obs­ta­cu­li­zado sus deseos de vivir y ser­vir al tan vitu­pe­rado imperialismo.

La mayo­ría de estos indi­vi­duos no arries­ga­ron nunca su exis­ten­cia ya que no par­ti­ci­pa­ron en la insu­rrec­ción, no cons­tru­ye­ron la Revo­lu­ción, no inte­gra­ron los ejér­ci­tos mer­ce­na­rios del cas­trismo y mucho menos asu­mie­ron posi­cio­nes heré­ti­cas con­tra el nuevo orden. Su vida fue siem­pre fácil, sin riesgo y por eso se ajus­tan ple­na­mente a la ley del menor peligro.

Los hijos de la Revo­lu­ción son infa­li­bles, con moral y cono­ci­miento para juz­garlo todo. Son jue­ces seve­ros. No se esfuer­zan por enten­der el dolor, frus­tra­ción y resen­ti­miento de quie­nes fue­ron víc­ti­mas y sufren esos pade­ci­mien­tos. Recla­man borrar y olvi­dar, hasta un pedido de jus­ti­cia y equi­dad, en la Cuba de mañana, es para ellos un san­griento grito de ven­ganza. La visión de ellos no llega a ser la del Per­dón y el Olvido, que deben ser deci­sio­nes indi­vi­dua­les en la socie­dad cubana del futuro.

Pero entre esos vás­ta­gos del cas­trismo resi­den­tes en el exte­rior, en esta nota no hay refe­ren­cia a los par­ti­da­rios del régi­men, hay quie­nes han cam­biado de ban­dera con velo­ci­dad ver­ti­gi­nosa. De pronto son más defen­so­res de Esta­dos Uni­dos que George Washing­ton, más reli­gio­sos que el Papa y más con­tra­rios al cas­trismo que los que se fue­ron para las mon­ta­ñas en los leja­nos 60.

Con­si­de­ran que la opo­si­ción en el exi­lio es fas­cista y que padece un odio vis­ce­ral, por lo que la des­truc­ción de Cuba y lo cubano es su meta. Se con­si­de­ran víc­ti­mas dis­cri­mi­na­das y recla­man pri­vi­le­gios como los que tenían en Cuba en rela­ción al resto de la pobla­ción. Juz­gan al exi­lio como un todo, como si fuese un blo­que que fun­ciona bajo una sola auto­ri­dad. Cali­fi­can nega­ti­va­mente a quie­nes enfren­tan al régi­men y los denun­cian, les cali­fi­can de ton­tos, de ins­tru­men­tos de sec­to­res intere­sa­dos en man­te­ner la hos­ti­li­dad con­tra el gobierno de la isla. Eso hay que enten­derlo, a su manera, son agradecidos.

No obs­tante, estos indi­vi­duos, que no son capa­ces de agi­tar el tota­li­ta­rismo insu­lar ni con el clá­sico pétalo de una rosa, inju­rian a los que les pre­ce­die­ron en tie­rras extra­je­ras y no reca­ban que muchas de las opor­tu­ni­da­des de que dis­fru­tan fue­ron gene­ra­das por los que lle­ga­ron al país antes que ellos. En las Uni­ver­si­da­des, en los medios infor­ma­ti­vos, en la admi­nis­tra­ción pública y en la empresa pri­vada, encon­tra­ron tra­bajo que sus pares insu­la­res ocu­pa­ron pre­via­mente con éxito. Esa hue­lla les abrió la ruta, no debe­rían olvidarlo.

Sin embargo son cie­gos ante lo posi­tivo rea­li­zado por quie­nes, cuando ellos defen­dían el pro­yecto, esta­ban con­tra la revo­lu­ción. Sus crí­ti­cas siem­pre son nega­ti­vas, no hay nada bueno en esta viña que cre­ció en con­tra de la volun­tad de su señor, pero esa es una deuda que, ojala, no ten­gan que pagar con los que les suce­dan, por­que es de espe­rar que los nie­tos del tota­li­ta­rismo ten­gan toda­vía menos res­peto al dere­cho ajeno que sus padres.

Autor: Pedro Corzo

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