Otra del populismo…

Fer­nando Lugo, el para­guayo de 57 años de edad, que fuera obispo cató­lico, el de las difi­cul­ta­des con el Vati­cano por su empeño en par­ti­ci­par en la polí­tica, ya es el pre­si­dente de su país, luego de haber triun­fado en las elec­cio­nes del 20 de abril de 2008, fina­li­zando así 61 años de pre­do­mi­nio del poder del Par­tido Colorado.

Lugo, que com­parte la “teo­lo­gía de la libe­ra­ción”, en un pri­mer momento de su incur­sión en la polí­tica, se declaró per­te­ne­ciente al “cen­tro polí­tico”. Sin embargo, en sep­tiem­bre de 2007, anun­ció sus sim­pa­tías hacia el socia­lismo, aun­que no pre­cisó si se tra­taba del “socia­lismo del siglo XXI”, que fue inven­tado por Heinz Die­te­rich Stef­fan para el ideo­ló­gi­ca­mente extra­viado Hugo Chá­vez Frías.

El triunfo del ex obispo y ahora pre­si­dente Fer­nando Lugo en las elec­cio­nes del 20 de abril pasado, fue salu­dado por muchos en Amé­rica Latina, Algu­nos por­que se ter­mi­na­ban más de seis déca­das de un régi­men que tuvo de todo, como la pro­lon­gada y férrea dic­ta­dura de Alfredo Stroess­ner y el dra­ma­tismo que le puso a la polí­tica para­guaya el gene­ral Lino César Oviedo Silva, a quien se le res­pon­sa­bi­lizó por un intento de golpe de estado y por el mag­ni­ci­dio del vice­pre­si­dente Luís María Argaña. Lino Oveido, en la últi­mas elec­cio­nes, ya libe­rado de las acu­sa­cio­nes que pesa­ban en su con­tra, se pre­sentó tam­bièn como can­di­dato, obte­niendo un  lejano ter­cer lugar.

El triunfo de Fer­nando Lugo causó una embria­gante eufo­ria en el eje Mana­gua, Cara­cas, Quito y La Paz, y aún en Tegu­ci­galpa –el último esla­bón: el del recien­te­mente con­verso al popu­lismo– y sus líde­res se apre­su­ra­ron a par­ti­ci­par de los actos de pose­sión del  nuevo pre­si­dente gua­raní. Lle­ga­ron, junto a Chá­vez, la abo­llada man­da­ta­ria argen­tina, la pre­si­denta de Chile, Inácio Lula da Silva, Tabaré Vás­quez y, cuando no,  Evo Mora­les, que siem­pre queda como segun­dón del autó­crata de Cara­cas. Para escán­dalo, el gran ausente fue, Daniel Ortega, el san­di­nista de Nica­ra­gua. “No es per­sona grata –se dijo-  para orga­ni­za­cio­nes rela­cio­na­das con la mujer y los dere­chos huma­nos, este hom­bre acu­sado de vio­lar sis­te­má­ti­ca­mente a su hijas­tra con la com­pli­ci­dad de su esposa, la madre de la víc­tima, como se puede leer en el crudo relato de la hija. Martha Colmenares”.

Con­fieso que guar­daba espe­ran­zas en que este reli­gioso, que había lle­gado a una alta jerar­quía ecle­siás­tica, de hablar suave y pru­dente, pese, a sus incli­na­cio­nes polí­ti­cas hacia el popu­lismo que no com­parto, actua­ría como un gober­nante sen­sato, tole­rante, veraz­mente demo­crá­tico, sin estri­den­cias y, sobre todo, ajeno a los escan­da­le­tes y sai­ne­tes, como los de Chá­vez y de sus acó­li­tos Evo Mora­les y Rafael Correa.

Muy pronto, sin embargo, salió la intem­pe­ran­cia de los par­ti­da­rios del nuevo pre­si­dente, como la anu­la­ción –¿ven­ganza?- del jura­mento de un sena­dor –el ex pre­si­dente Duarte– que tenía dere­cho a ejer­cer esa repre­sen­ta­ción, según las leyes para­gua­yas. Mal comienzo es des­co­no­cer reglas jurí­di­cas. Pero vino lo peor: siguiendo los recu­rren­tes que­ji­dos de cons­pi­ra­cio­nes, aten­ta­dos, inten­tos de des­es­ta­bi­li­za­ción de sus pares boli­viano y vene­zo­lano, Fer­nando Lugo acaba de denun­ciar que exis­ten “inten­cio­nes gol­pis­tas de sec­to­res anti­de­mo­crá­ti­cos”, por una reunión en la casa de Lino Oviedo para ave­ri­guar “el pare­cer de las Fuer­zas Arma­das ante la cri­sis par­la­men­ta­ria” (la ile­gal anu­la­ción de la pose­sión de un sena­dor). ¿No hay, acaso, un nota­ble pare­cido con la pata­leta de los popu­lis­tas boli­via­nos por­que el emba­ja­dor de los Esta­dos Uni­dos en Boli­via se reunió con el Gober­na­dor de Santa Cruz, dán­dole un cariz conspirativo?

El buen camino de un gobierno es el de la serie­dad y la tole­ran­cia, que debe­ría seguir el nuevo pre­si­dente para­guayo, aban­do­nado la cha­ba­ca­ne­ría y la irres­pon­sa­bi­li­dad que induce el popu­lismo desenfrenado.

Autor: Marcelo Ostria Trigo

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