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El conflicto Georgia
La región bolivariana se pronuncia contra la OTAN

“Estamos con Rusia, apoyamos la posición digna de Rusia, nosotros haríamos lo mismo si alguien se atreviera a agredirnos. Apoyamos a Rusia y públicamente reconocemos la independencia de Abjasia y Osetia del Sur. La apoyamos pues tiene razón y está defendiendo sus intereses”, acaba de proclamar el presidente de Venezuela, según informa la Agencia Bolivariana de Noticias, reiterando lo que ya adelantara informalmente durante el show unipersonal “Aló Presidente” —medio que televisa el cotidiano monólogo del teniente coronel Hugo Chávez— durante la noche del 17 de agosto último. El mandatario venezolano indicó que “… la Rusia de hoy no es la de (Boris) Yeltsin ni la de la Perestroika que se entregó (…) al mandato del imperialismo”.
A miles de kilómetros de Georgia y Chechenia, también Nicaragua asumió un papel idénticamente bolivariano y protagónico en el conflicto del Cáucaso, cuando el presidente Daniel Ortega reconoció públicamente la independencia de Osetia del Sur y Abjasia. La nación centroamericana se convirtió así en apenas el segundo país en otorgar reconocimiento internacional a estas regiones separatistas georgianas, después de que Rusia lo hiciera el pasado 25 de agosto.

ales indicios regionales permiten inferir la posición diplomática que habrían de adoptar inminentemente países como Ecuador, gobernado por Rafael Correa, la Bolivia aymará de Evo Morales y —posiblemente— la República Argentina al garete, decididamente alineada con las anteriormente citadas potencias de la Unión Sudamericana, regida por la incontenible y verborrágica Cristina Elisabet Fernández de Kirchner.
Claro que la mayor parte de los habitantes de la comarca —con la salvedad de la genialidad geopolítica del venezolano y sus satélites— seguramente desconocen la etiología del conflicto ni por qué el Cáucaso, región de conflictos internacionales es materia de interés de la diplomacia sudamericana.
Si bien desconocemos este último factor, procuraremos desarrollar la génesis de la nueva contienda europea, a efectos de intentar desentrañar la incomprensible conexión bolivariana con esos tan remotos parajes.
La guerra de Georgia
El siete de agosto, el gobierno de la República de Georgia, —que conduce el presidente Mijail Saakashvili— bombardeó Tsjinvali, la capital de Osetia del sur, una pequeña región aún bajo la soberanía del Kremlin.
De inmediato, Rusia repelió el ataque bajo el pretexto de querer cobijar a esa región y concederle la independencia (como estado satélite de Rusia), pero no sólo se limitó a hacer retroceder las fuerzas atacantes, sino que se adentró profundamente en el territorio de Georgia.
La relación entre Rusia y Georgia por Osetia del Sur está definida porque la OTAN tiene a Georgia como uno de sus candidatos esenciales para asociarla, dentro del actual mapa de conflictos en el escenario mundial.
En efecto, Osetia del Sur es una pequeña nación del Cáucaso, la cadena montañosa que sirve de paso entre Asia y Europa, compartida por cuatro países: Rusia, Azerbaiján, Armenia y Georgia, habitada por poblaciones de múltiples estirpes, donde —por más de 200 años— los zares, los generales y los secretarios generales rusos han decidido el destino de la región.

Después de la revolución de 1917, se conformó una República del Cáucaso, que rápidamente se desintegró cuando las pequeñas nacionalidades fueron incorporadas a los cuatro países actuales, y absorbidos por la URSS de Lenin y Stalin.
Aún antes de la caída del muro de Berlín en 1989, todos estos conflictos vecinales subyacentes empezaron a estallar, siendo el primer indicio cuando en 1987 el enclave de Nagorno Karabaj, ubicado en Azerbaiján, se rebeló contra el imperio soviético que se apagaba, con la exigencia de su anexión, por razones étnicas, a la República de Armenia.
Pero con la desaparición de la Unión Soviética en 1991 las disputas nacionales reverdecieron, las rivalidades se profundizaron y las diferencias escaldaron, saliendo del arcón los viejos litigios reprimidos.
Tal vez el más importante fue el de Chechenia, una república de etnia musulmana que era parte de la URSS, y que declaró la independencia en 1992. El Kremlin la negó y le declaró la guerra en 1994, y luego en 1999. Volcán apagado en superficie pero que se mantiene en ebullición.
Por otra parte Osetia quedó dividida en dos partes: el Norte, que mantuvo Rusia y el Sur, georgiano. Osetia del Norte no obtuvo su independencia para unirse a la del Sur, en razón de su cauce petrolífero subterráneo.
Y, precisamente, una situación similar se vive en Abjasia, una región que —por la misma razón— Rusia le quitó administrativamente a Georgia cuando Moscú le concedió pasaporte ruso a los osetios.
Georgia
Georgia, de cinco millones de habitantes, sin recursos naturales, fue una de las repúblicas que más sufrió la desaparición de la Unión Soviética. La falta de gas y de luz era su característica más notoria, el único activo de Georgia seguía siendo su ubicación geográfica, entre las gigantescas reservas de petróleo del Mar Caspio y Europa. En la era postsoviética las compañías petroleras occidentales han utilizado el territorio de Georgia como corredor internacional de un oleoducto y un gasoducto —que traen hidrocarburos iraquíes del Golfo Pérsico—, con la idea de disminuir su dependencia de los hidrocarburos y oleoductos rusos. En el año 2003 estalló un episodio que se dio en llamar “la revolución de las rosas”, donde se desplazó al régimen de Eduard Shevardnadze, que buscaba mantener un equilibrio con Rusia, ascendiendo al poder Mijail Saakashvili, un graduado en una universidad norteamericana, que prometió restaurar la integridad del país, el retorno de las dos provincias rebeldes, Osetia del Sur y Abjasia, y se alineó con Occidente y la OTAN.
La OTAN en la recomposición europea
La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) fue la alianza militar occidental que se creó en la posguerra para oponerse al “Pacto de Varsovia” (la alianza militar de la Unión Soviética y los países del Este europeo). Al desaparecer el Pacto de Varsovia, la OTAN no se disolvió, sino que, —por el contrario— se expandió a medida que surgieron nuevas independencias en el escenario europeo, incorporando a los ex países socialistas de Polonia, República Checa, Hungría, al tiempo que Georgia y Ucrania —dos ex repúblicas soviéticas— son las candidatas más próximas a ingresar a la Alianza Atlántica.
La OTAN intervino en territorio de la ex Yugoslavia en 1999 para defender la autodeterminación de Kosovo, e imponer su control sobre el territorio de los Balcanes, donde en fecha reciente se ha reconocido la independencia de Kosovo.
El ataque de Georgia a Osetia del Sur se enmarca en ese juego de guerra donde el presidente Shaakashvili debió defender la integridad territorial georgiana de la amenaza de Rusia. Estados Unidos no dudó en posicionarse a favor de Georgia, y la secretaria de estado Condoleeza Rice viajó a Tiflis para expresar la solidaridad de su gobierno con Saakashvili.
Enmarcando este conflicto, la Casa Blanca aceleró la firma de un acuerdo con Polonia para instalar un sistema antimisiles a las puertas de Rusia, otorgándole al ejército polaco misiles defensivos del tipo Patriot, y se apresta a instalar un complejo sistema de radarización continental en territorio de la República checa, también vecina de Rusia, a efectos de consolidar el control regional europeo.
El imperio contraataca
Georgia ingresó a Osetia del Sur, afín a Moscú —que aparentemente “exige su independencia”— para atomizar a la propia integridad del estado georgiano, y ocupó la ciudad de Tsjinvali, capital del estado. Decidido a aplastar a Georgia el gobierno del primer ministro Vladimir Putin, el presidente Dmitri Medvedev, con el pretexto de “la defensa de la autodeterminación nacional”, invadió rápidamente a Georgia.
Recordemos que Putin también fue el autor intelectual de la segunda guerra contra Chechenia en 1999, y todavía domina la región, tras un conflicto de miles de muertos, millares de desplazados, en el más estricto ritual stalinista para impedir todo vestigio de autonomía o autodeterminación. Rusia creyó poder contener el avance de la OTAN haciendo gestos conciliadores —compartiendo sus bases en la guerra contra el terrorismo global, y otorgándole colaboración para la invasión de Afganistán— pero su predisposición no alcanzó para obtener la recompensa georgiana. Vencido y desmembrado el imperio soviético, casi por “la fuerza de las cosas”, Boris Yeltsin confundió la democracia con la debilidad, y el capitalismo con la cleptocracia. (Del griego klépto kl p’t крадец robar y cratcia κρατία: gobierno) Y aunque las grandes empresas del Estado pasaron a manos de particulares, a veces los gerentes de aquéllas se convirtieron en los dueños de las mismas, ya que Rusia ahora estaba librada al hambre feroz de un capitalismo naciente, cayendo de a poco en poder de un sistema pandillero subyacente, más conocido como “la mafia rusa”.
Ante ese caótico desorden el General Putin llegó al poder con la clara intención de restaurar el poder de la gran Moscovia. El es heredero de Iván el Terrible, de Pedro el Grande, de Stalin. En ese orden Putin es predecible. Cuando la revista Time, al declararlo “el hombre del año”, le preguntó cuáles son sus mayores deseos, a lo que Vladimir Putin contestó: “Aquí en Rusia no deseamos: aquí trabajamos”.
Cuando se alejó de la Presidencia de Rusia, se mantuvo tras la acartonada figura del nuevo mandatario “democrático”, con más poder que nunca. Cuando se sintió amenazado por los misiles de Occidente, Putin optó por enviar toda la potencia de sus ejércitos al Sur, no por temor a Georgia sino para advertir al mundo que Rusia aún no ha muerto: por aquí pasa el petróleo sin el cual sus economías se desploman y convierten a Occidente en cliente indispensable de Rusia.
A la pregunta sobre ¿…sabrá Putin transformar el petropoder en economía de consumo, productiva y diversificada hacia el exterior y hacia el interior? Todo indica que lo hará, si puede, pero con un régimen de autoritarismo creciente.
La implacable Maureen Dowd escribió en el Herald Tribune la lista de los ocho años de errores de Bush: la destructiva obsesión con Iraq; la borrachera ideológica del neoconservadurismo; la satanización de países con los cuales, a la postre, hay que tratar, como Corea del Norte, Irán, Siria y Cuba. “Y mientras el gobierno de Bush iba de fracaso en fracaso, China se apoderó de una parte tan vasta de la economía norteamericana que, si la retiraran, los EE.UU. serían «un pato a la pequinesa»”. Y Rusia se ha transformado en pocos años de un país mendigo en una potencia mundial. Mientras Bush jugaba golf en Texas, el antiguo imperio “del medio”, China, y el antiguo imperio de “la tercera Roma”, Rusia, recobraron sus posiciones de fuerza y las adornaron con los prestigios del pasado histórico. No por nada la reserva histórica de los imperios regresa por sus fueros y le imponen al siguiente jefe de Estado norteamericano el deber de negociar con las autocracias a partir de la fuerza democrática interna de los EE.UU.
Rusia y China fueron imperios desde hace siglos, con altos y bajos. EEUU sólo se convirtió en imperio hace poco más que noventa años, pero su ascenso no fue producto de su crecimiento sino de las cíclicas caídas del imperio Ruso y de la tragedia marxista en China. Ahora Rusia recomienza su ciclo iniciado por Iván el terrible y China también, su período comenzado por el emperador que unificó ese país hace más de 2000 años.
Sin embargo —en un mundo globalizado, que inexorablemente se conecta en red— las poblaciones criollas no aceptarán indefinidamente ese tipo de autoritarismo al no mediar mayor componente étnico que lo sustente… o la complicidad de la embrutecida ignorancia populista.
En definitiva, Putin tuvo que mover un ejército entero delante de las cámaras por la humillación que significaba que el pequeño país Georgia —súbdito vitalicio del Imperio Ruso— se pase a la OTAN. Eso es señal de quebranto y no de poderío.
Perdiendo el último tren de la historia
Un actualizado analista mejicano acaba de escribir que “America Latina no tiene democracia, tiene gobiernos populistas profundamente contaminados por la ideología marxista que es el particular «common sense» entre los intelectuales de cada país. De allí sus contundentes fracasos”. [Véase: “La gran tentación autoritaria”, de Carlos Fuentes para LA NACIÓN, Buenos Aires, sábado 6 de setiembre de 2008]
Lo previsible es que los Estados Unidos conduzcan a la nación norteamericana —después de haber sido el símbolo del consumismo desenfrenado— hacia una nueva ideología pragmática de corte fundamentalmente cristiano, como lo demuestra la candidatura a la vicepresidencia de Sarah Palin (una Católica practicante y devota), dejando atrás toda base a la tolerancia del progresismo cleptómano en esta región.
En ese orden, las actitudes de Chávez y de Ortega, en lo diplomático, tienen la misma destemplanza inoportuna y similar derrotero que nuestro propio progresismo patagónico y los fascinantes actos de ilusionismo con que nos sorprende —todas las semanas— el cautivamente ingenio multimillonario del matrimonio presidencial.

Condenados a un caprichoso destino, los argentinos al garete hemos derrochado de modo inexplica medio siglo de vanguardia incontenible. En especial por regalarle el timón a la pandilla que, sin más rumbo que su improvisada nigromancia, no nos conducen a puerto seguro sino a un azaroso porvenir.
Autor: Ernesto Gonzalez Ron
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Un comentario en “El conflicto Georgia”
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En realidad el conflicto no parace tener una solución nni pronta ni definitiva, Osetia del Sur se presenta en el medio de una partida de ajedres entre los dueños del mundo.