Las nuevas inversiones árabes en Occidente

El cam­bio radi­cal que ha supuesto la posi­bi­li­dad de que Esta­dos Uni­dos extraiga los 10.400.000.000 barri­les de petró­leo que posee bajo su sub­suelo, mas los 86.000 – 10 veces el petró­leo que los ame­ri­ca­nos con­su­men en un año — que el Ser­vi­cio de Explo­ta­ción Mine­ral dice que hay bajo sus cos­tas, ha mar­cado un antes y un des­pués este verano en los pre­cios del crudo. Siem­pre que Obama o McCain cum­plan su pro­mesa elec­to­ral, el verano de 2008 puede haber abierto la puerta a que por pri­mera vez, una demo­cra­cia occi­den­tal esta­ble con­trole una de las mayo­res reser­vas del pla­neta. Y las con­se­cuen­cias debe­rían alegrarnos.

Lo que debe­ría preo­cu­par­nos ya es a dónde ha ido el dinero fruto del reciente alza de los pre­cios del crudo este verano, que en pala­bras de un eco­no­mista al Wall Street Jour­nal es “la mayor trans­fe­ren­cia de riqueza que el mundo ha cono­cido hasta ahora.” Los ingre­sos de los pro­duc­to­res del Golfo se han dupli­cado de golpe, dando a las nacio­nes de la región cen­te­na­res de miles de millo­nes de dóla­res con los que jugar.

¿De cuánto habla­mos? Las monar­quías árabes o sus suce­dá­neos (Irán, Libia) son opa­cas, pero Brad Set­ser, del Coun­cil on Foreign Rela­tions, estima que habla­mos de 1,5 tri­llo­nes de dóla­res. La pre­gunta de qué se hace con ese dinero dista por tanto de ser tri­vial, y a sabien­das de la natu­ra­leza de estos esta­dos, las con­se­cuen­cias que puede aca­rrear este dine­ral para Occi­dente debe­rían hacer­nos temblar.

¿A qué jue­gan con ese dinero? Ade­más de casos como el Irán con Hez­bolá o los sau­díes con Al Qaeda, a adqui­rir bonos a tra­vés de inter­me­dia­rios finan­cie­ros euro­peos y a des­ac­ti­var su mala ima­gen a tra­vés de las rela­cio­nes públi­cas. Ara­bia Saudí, por ejem­plo, pro­me­tía 500 millo­nes de dóla­res para el Pro­grama Mun­dial de Ali­men­tos. No es tanta gene­ro­si­dad como salta a la vista: den­tro de que las pro­me­sas de los paí­ses árabes siem­pre lle­gan con mayor faci­li­dad que las dona­cio­nes reales y que muchos miem­bros de la Liga Árabe tie­nen aún por hon­rar sus pro­me­sas, el Sun­day Times lon­di­nense infor­maba de que el difunto monarca saudí Fahd gastó alre­de­dor de la mitad de ese importe (250 millo­nes de dóla­res) en “reno­var” su Pala­cio de Mar Mar (Mar­be­lla, España). Fun­cio­na­rios ame­ri­ca­nos están segu­ros de que Fahd y su séquito habrían gas­tado 2.000 millo­nes de dóla­res, cua­tro veces más que sus dona­cio­nes al ham­bre en el mundo.

Los recien­tes casos sim­pá­ti­cos, como la com­pra del Man­ches­ter City por parte de Abú Dhabi, cons­ti­tu­yen solo la cara agra­da­ble de este pro­blema. El motivo de que el reciente alza del crudo suponga una ame­naza para la segu­ri­dad nacio­nal de los paí­ses occi­den­ta­les no es otro que el hecho de que la forma más cons­tante de “gene­ro­si­dad” árabe viene siendo desde los 70 la finan­cia­ción al jiha­dismo, a tra­vés de una red glo­bal de dis­tri­bu­ción de madra­zas, mez­qui­tas, orga­ni­za­cio­nes huma­ni­ta­rias fachada y acti­vismo anti-israelí (y cada vez más, anti-cristiano). Según una fuente sol­vente, sola­mente Ara­bia Saudí habría gas­tado ya en esto 75.000.000.000 dólares.

En la actua­li­dad ha sur­gido ade­más una nueva ten­den­cia, la lla­mada “jihad resi­dente”. En esta variante, uno de los ricos fon­dos sobe­ra­nos de inver­sión árabes, a tra­vés de alguna filial euro­pea, se hace con el con­trol de alguna empresa intere­sante para el avance de sus intere­ses, medios de comu­ni­ca­ción pre­fe­ren­te­mente. El gobierno ale­mán pla­giaba recien­te­mente la ley nor­te­ame­ri­cana que impide que fir­mas extran­je­ras adquie­ran paque­tes de accio­nes sus­tan­cia­les de gru­pos de comu­ni­ca­ción, con el fin de disua­dir el inusi­tado inte­rés que las cade­nas ale­ma­nas pare­cen haber des­per­tado a los fon­dos árabes sobe­ra­nos. El gobierno aus­tríaco se dis­pone a hacer lo pro­pio, e Ita­lia está eva­luando la posi­bi­li­dad de que sus leyes de con­te­ni­dos no sean lo bas­tante estric­tas como para ser­vir de ayuda. La indus­tria del entre­te­ni­miento sin embargo está com­ple­ta­mente expuesta, en espe­cial el cine. La finan­cia­ción saudí de los últi­mos años a la Meca del cine dio lugar por ejem­plo a la pelí­cula reciente “El Reino”. La cinta sus­citó todo tipo de crí­ti­cas por el des­ca­rado intento por parte de uno de los paí­ses más repre­so­res del pla­neta por ven­derse como firme cola­bo­ra­dor de Esta­dos Uni­dos tras el 11 de Sep­tiem­bre y por su ausen­cia de fide­li­dad a la reali­dad; sin ir más lejos, la pro­ta­go­nista se paseaba con un atuendo tal que de haber estado real­mente en Ryadh, habría aca­bado ence­rrada por la poli­cía reli­giosa, y con suerte solo eso.

Que los pro­duc­to­res árabes de petró­leo per­si­guen agen­das pro­pias con dinero occi­den­tal no debe sor­pren­der ni escan­da­li­zar a nadie. Pero la his­tó­rica trans­fe­ren­cia reciente a las nacio­nes más cues­tio­na­bles del mundo debe­ría sus­ci­tar preo­cu­pa­ción, no son­ri­sas. Hacer frente a este pro­blema impli­cará un com­pro­miso gene­ral y serio más firme que com­pa­re­cer ante los medios cada cierto tiempo para decla­mar los valo­res uni­ver­sa­les de diá­logo, her­man­dad y amor uni­ver­sal a Nacio­nes Uni­das.

Cola­bo­ra­cion Grupo de Estu­dios Estra­té­gi­cos –GEES–

*George Chaya es perio­dista, escri­tor y ana­lista polí­tico Inter­na­cio­nal de ori­gen liba­nés espe­cia­li­zado en Oriente Medio. Escribe regu­lar­mente para varios medios de prensa en Esta­dos Unidos.

Fuente: www.georgechaya.org

Autor: George Chaya

Enviar a un amigo





Enviar a un amigo


No hay comentarios en “Las nuevas inversiones árabes en Occidente”  

Deje un comentario