Si alguno cree todavía…

Alguna vez escribí que el exceso de pru­den­cia se pare­cía mucho a la cobar­día.

Bus­cando afir­mar mi pen­sa­miento bus­qué la pala­bra cobar­día, como era de espe­rar alguien más ya lo había expre­sado casi de igual manera.
Cobardía:

La cobar­día es un vicio que común­mente se con­si­dera como la dege­ne­ra­ción de la pru­den­cia, dege­ne­ra­ción que lleva a toda anu­la­ción del valor.

La cobar­día se puede con­si­de­rar como un exceso de pru­den­cia tal, que es inca­paz de enca­rar con­se­cuen­cias. La cobar­día gene­ral­mente es vista con des­pre­cio en la mayo­ría de las cul­tu­ras, –si no es que en todas– mien­tras que lo con­tra­rio, el valor, se recom­pensa y se anima.

Dice William Sha­kes­peare (1564–1616) Escri­tor británico.

Los cobar­des mue­ren muchas veces antes de su ver­da­dera muerte; los valien­tes prue­ban la muerte sólo una vez.

El enemigo apro­ve­chó la desor­ga­ni­za­ción de los hom­bres que los com­ba­tie­ron para ata­car­los de otra manera.

Infil­trado en los par­ti­dos polí­ti­cos ubicó sus hues­tes en pues­tos cla­ves, al ace­cho esperó hasta que la opor­tu­ni­dad le fuera propicia.

El país sumido en un caos le pre­sentó en ban­deja casi por casua­li­dad la mejor oca­sión de lograr su come­tido, un pode­roso polí­tico lla­mado Duhalde que colocó a un ignoto Nés­tor Car­los Kir­ch­ner en la pre­si­den­cia cre­yendo que podría manejarlo.

La des­gra­cia ocupó el sillón de Riva­da­via, casi sin nin­gún ante­ce­dente revo­lu­cio­na­rio apre­tado por el cobarde olvido de más de treinta años de los que alguna vez fue­ron sus com­pa­ñe­ros, se hizo hijo putativo de la peor de las madres y nieto de la nunca abuela.

De tal fami­lia adop­tada sólo un engen­dro podía cre­cer, entre odios vie­jos, san­gre nego­ciada, hipo­cre­sía de huma­nos dere­chos can­jea­dos por dinero, la his­to­ria retro­ce­dió  más de tres lustros.

La demo­cra­cia jaqueada por polí­ti­cos jugando a ser repre­sen­tan­tes del pue­blo, se tiñó del tota­li­ta­rismo rojo.
Un ejér­cito que salvó a la Patria se entregó de a poco e inmo­ral se rinde su gene­ral subido a un ban­quito.
Pero la pre­gunta que las­tima hondo es si un gene­ral es su ejército.

Esos hom­bres que arries­ga­ron sus vidas en los mon­tes tucu­ma­nos, en las frías calles de cual­quier ciu­dad, en las año­ra­das islas Mal­vi­nas o en la cer­cana Tablada ¿per­die­ron su valor?

Puede ser que la sor­presa ini­cial los haya inmo­vi­li­zado pero pasado el tiempo alguna fibra inte­rior debe haberse reve­lado ante tanta injusticia.

He aquí la cobar­día de mirar para otro lado, de olvi­dar al cama­rada que luchó a su lado.
Total que importa que muera den­tro de una cár­cel que no merece, si gra­cias a ello esta­rán casi tran­qui­los en sus casas.

¡Idio­tas! Creen que no ven­drán por ellos.

El enemigo sabe que lo ven­cie­ron con las armas, esperó paciente tan­tos años para según sus pro­pias pala­bras “ven­cer a la derrota” y creer que habrá per­dón u olvido sólo cabe en la cabeza de un imbécil.

Si alguno cree que estas pala­bras son duras visite a cual­quier cama­rada dete­nido por la injus­ti­cia.
Si alguno cree en la Jus­ti­cia hable con su cama­rada preso.

Si alguno cree que esca­pará a la ven­ganza vea a su cama­rada encar­ce­lado.
Si alguno cree que la cobar­día lo ocul­tará del enemigo tal vez tenga mucha suerte y así suceda pero no lo escon­derá ante los ojos de su cama­rada, ni ante los de Dios.

Si alguno cree toda­vía en la Liber­tad, en esta tie­rra ben­dita que lla­ma­mos Patria, en el honor de defen­der nues­tra Ban­dera, en la Cons­ti­tu­ción Nacio­nal, en nues­tros muer­tos ase­si­na­dos por los terro­ris­tas, es hora de arro­jar la cobar­día de vues­tros cora­zo­nes y luchar por lo que alguna vez estu­vie­ron dis­pues­tos a dar  hasta vues­tras vidas.

No es valiente quien no teme sino quien domina su miedo.

Autor: Dario

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