Fiesta “K” en cubierta del Titanic

Ya se divisa el enorme ice­berg, en la deriva de impacto que lle­va­mos y a toda mar­cha. Nés­tor y Cris­tina eufó­ri­cos diri­gen la mayor fiesta por los triun­fos veni­de­ros. Ellos ase­gu­ran que NADA PASARA, todo son son­ri­sas trans­mi­tiendo seguridad.

A unos metros hacia popa, hay una lan­cha con pode­ro­sos moto­res pre­pa­rada, con múl­ti­ples equi­pa­jes.  La catás­trofe final se acerca, aun­que ellos no saben eva­luar el ver­da­dero riesgo, creen que saben, y no saben que no saben.

En los atri­les, en las pan­ta­llas gigan­tes, voci­fe­ran a los ala­ri­dos y con ges­ti­cu­la­cio­nes ampu­lo­sas los dis­cur­sos, las pro­me­sas, los ata­ques, son para apli­car en las pró­xi­mas semanas.

Los con­duc­to­res Nés­tor y  Cris­tina creen en sus fan­ta­sías errá­ti­cas, como ver­da­des impo­lu­tas. El pasaje todo empieza a inquie­tarse, el mínimo aná­li­sis cohe­rente así lo indica, pero cuando mas evi­dente es la inevi­ta­ble catás­trofe son cuando mayo­res son las alga­ra­bías con la música y fas­tos. Unos fue­gos arti­fi­cia­les nunca vis­tos enga­la­nan la fría noche, los pasa­je­ros se miran entre si cada vez mas azo­ra­dos ante lo fuera de la reali­dad entre lo que les están pre­sen­tando, y lo que perciben.

El terri­ble impacto que podría haber sido evi­tado, si se hubiera estado atento y se hubiera actuado con pru­den­cia y pre­cau­ción, ocu­rre para terror de todos. Nés­tor y Cris­tina, con un des­afo­rado dis­curso echan la culpa de lo suce­dido a cuanto cul­pa­ble se les ocu­rre, menos a ellos mis­mos. La Tía Hebe y La-Buena-Abuela –Car­loto; las de los extra­ños pañue­li­tos; corren al esce­na­rio le dicen en secreto algo, y salen corriendo a la hasta ahora inex­pli­ca­ble lan­cha que estaba en popa lista para ser bajada, llena de bul­tos de pro­vi­sio­nes y bido­nes com­bus­ti­ble. … Cuando esta­ban bajando a la marea ocu­rre algo inesperado….

El roce de las poleas de des­censo, se tra­ban chis­po­rro­tean sobre unos de los bido­nes de com­bus­ti­ble que súbi­ta­mente había empe­zado a per­der, toma fuego, esta­lla, y en un ins­tante caen todos al mar helado envuelto en lla­mas. Nadie supo expli­car como fue que suce­dió. En el cielo bru­moso se for­ma­ron simul­tá­nea­mente una aurora boreal, y un arco iris, nunca vis­tas, casi como un signo de Dios

Autor: Martin Schinner

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