Los zorros estaban durmiendo…

Y llegó el car­na­val, en medio de deten­cio­nes y pri­va­cio­nes ile­ga­les de liber­tad, de ame­na­zas, de plan­teos tram­po­sos de dia­lo­gui­tis. El car­na­val abrió sus puer­tas en toda Boli­via por­que la socie­dad boli­viana está empa­pada de car­na­val hasta los tué­ta­nos, por­que esta fiesta popu­lar tiene un fuerte rai­gam­bre en nues­tros pue­blos, con todas las varia­cio­nes que cono­ce­mos, desde la dia­blada del car­na­val oru­reño a la entrada de las coma­dres tari­je­ñas y al mul­ti­fa­cé­tico y sobre­de­ter­mi­nado car­na­val cru­ceño, que es un mosaico donde se yux­ta­pone fol­clore, con repli­cas de cos­tum­bres que se gene­ra­ron en una socie­dad que vivió cerrada sobre si misma y que con­si­guió abrirse al mundo, que tras­pasó fron­te­ras inter­nas y exter­nas con empuje, ale­gría, reve­ses, erro­res, pujanza, apuesta, tra­bajo y muchos logros.

El car­na­val para sor­presa de los racis­tas indi­ge­nis­tas, es en todos sus casos una fiesta que mues­tra el sin­cre­tismo al que han lle­gado los pue­blos de Boli­via uniendo las cos­tum­bres y el fol­clore de los ori­gi­na­rios con ale­go­rías y sím­bo­los his­pa­nos y de allende de nues­tras fron­te­ras. Esta fiesta es una mues­tra clara de que la pollera es una ves­ti­menta que sur­gió de los fal­do­nes de las espa­ño­las, las man­tas tam­bién, la dia­blada está pla­gada de mitos reli­gio­sos, de la lucha del bien y el mal, de ves­ti­men­tas que tie­nen moti­vos roma­nos y más­ca­ras con fuerte ascen­den­cia de los dra­go­nes chi­nos y resa­bios de la cul­tura afri­cana traída por los escla­vos y por supuesto otra vez y mil veces lo his­pano que trajo la colo­nia y que no va a salir de Boli­via por repre­sión o por decreto.

El car­nal es la amal­gama de los pro­ce­sos, es toda una mez­cla explo­siva que une miles de hilos de la cul­tura uni­ver­sal con la cul­tura local, y que final­mente ha dado como resul­tado una ver­sión nueva, una ver­sión local de estos mitos, de estas tra­di­cio­nes, de las cos­tum­bres y el fol­clore que ahora con­forma lo boli­viano con sus dife­ren­cias cla­ras entre los dis­tin­tos pue­blos y con esa inne­ga­ble dife­ren­cia­ción mayús­cula de las dos gran­des cul­tu­ras que mar­can el oriente y el occi­dente de Bolivia.

Pero más allá de lo que es o no es el car­na­val, como el magma de la fiesta de la carne, la fiesta de la explo­sión, del derro­che, de la des­con­trac­ción, este car­na­val abrió sus puer­tas mos­trán­do­nos que las socie­da­des muchas veces tam­bién tie­nen la nega­ción a flor de piel, prac­ti­can la nega­ción sin medir las con­se­cuen­cias, se lar­gan de cabeza y sin pen­sarlo dos veces a vivir un día, sin medir que pasará mañana y mucho menos pasado mañana, y por eso Boli­via toda, la del caos creado a pro­pó­sito que no es ni por cerca el equi­va­lente del caos natu­ral que nos ali­menta se lanzó sin medida a car­na­va­lear como una flor en medio de la tormenta.

Este car­na­val ha abierto sus puer­tas, se ha inau­gu­rado con serias ame­na­zas que pen­den sobre los pue­blos del Oriente y sobre Santa Cruz en par­ti­cu­lar, esto se corro­boró en la decla­ra­ción que hiciera el Señor Luis Alberto Añez, quien mani­festó con­tar con infor­ma­ción sobre la posi­ble mili­ta­ri­za­ción del depar­ta­mento cuando se ter­mi­nen los fes­te­jos del carnaval.

Si segui­mos el ras­tro que nos deja el men­saje que diera hace esca­sos días el vice­pre­si­dente Álvaro Gar­cía Linera, cuando dijo que los boli­via­nos debe­mos “acos­tum­brar­nos a la pre­sen­cia mili­tar”, pode­mos dedu­cir que en los pla­nes del Eje­cu­tivo la mili­ta­ri­za­ción y la repre­sión están pro­gra­ma­das para que nos sean admi­nis­tra­das como el pan nues­tro de cada día.

La frase de Gar­cía es una mues­tra clara de que el gobierno con­cibe la polí­tica de la repre­sión como un aspecto insos­la­ya­ble del plan de gobierno y de la supuesta gober­na­bi­li­dad lograda a costa de repre­sio­nes y vio­len­cia militar-miliciana.

Si segui­mos la frase con la que se pre­tende inau­gu­rar el gobierno mili­ciano– comu­ni­ta­rio y que abrió el fes­tejo de este car­na­val, que ha pre­ten­dido embos­car al Oriente de Boli­via en medio de esta fes­ti­vi­dad popu­lar, nos ima­gi­na­mos que posi­ble­mente los mili­ta­res ten­drán que repri­mir en años veni­de­ros a los car­na­va­le­ros para que no mues­tren todo el derro­che de mez­clas cul­tu­ra­les, para que no se ponga en evi­den­cia ante los ojos del país este mosaico del chen­cko cul­tu­ral que es Boli­via. Nos ima­gi­na­mos que posi­ble­mente habrá un car­na­val con mar­chas mili­cia­nas y mili­ta­roi­des, mar­cha de sumi­sos y obe­dien­tes subor­di­na­dos que no podrán mos­trar ni crea­ti­vi­dad, ni inte­li­gen­cia, ni osa­día, ni sen­sua­li­dad, ni des­borde de ale­gría, ni el prin­ci­pio de la vida que tiene como con­di­ción el crearse y recrearse cons­tan­te­mente a sí misma.

A mi no me entu­siasma el car­na­val, menos en estos momen­tos, por­que creo que es un engaño, una nega­ción, que está qui­tando ener­gía a quie­nes debe­rían ser la fuerza de la socie­dad, la fuerza de las pro­pues­tas dis­tin­tas, la fuerza arro­lla­dora de los pue­blos lúci­da­mente con­tes­ta­ta­rios, pero no puedo dejar de admi­rar la mani­fes­ta­ción de las socie­da­des, no puedo dejar de sola­zarme en todos esos mosai­cos super­pues­tos que año a año se repi­ten y en la repe­ti­ción se con­so­li­dan como socie­dad abi­ga­rrada y super­puesta, como la afir­ma­ción de que todos cam­bia­mos inde­fec­ti­ble­mente en medio de la espi­ral de la vida.

Cuando era niña escu­chaba las ban­das que pasa­ban por las calles acom­pa­ñando a los ale­gres com­par­se­ros entre los que siem­pre estaba pre­sente mi padre, gran car­na­va­lero y ale­gre hom­bre de tra­bajo. Esas ban­das toca­ban una melo­día que decía: “Los zorros esta­ban dur­miendo cuando llegó el car­na­val, los zorros se des­per­ta­ron y se pusie­ron a bailar”.

Espe­ra­mos que los cam­bas y los car­na­va­le­ros boli­via­nos, se den cuenta que los zorros no están dur­miendo y que no están para bai­lar ni para bai­les. Espe­ra­mos que los car­na­va­le­ros que esta­ban dur­miendo, se des­pier­ten des­pués del carnaval.

Autor: Centa Reck

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