Il mio Dante de Roberto Benigni

“En el com­bate con­tra la men­tira, el arte ha ganado y ganará siem­pre, abier­ta­mente, irre­fu­ta­ble­mente, en el mundo enero”

(Ale­xan­der Solz­he­nit­sin, dis­curso de Esto­colmo, 1974)

Belleza, cono­ci­miento e impulso vital

¿Es posi­ble inter­pre­tar Il mio Dante de Roberto Benigni[1] en cuanto al alcance pro­fundo de sus inten­cio­nes, y a la Divina Come­dia teo­ló­gi­ca­mente e inclu­sive lite­ra­ria­mente sin una for­ma­ción ade­cuada? No lo sé. Pero expe­ri­mento la nece­si­dad de hacer algu­nos comen­ta­rios acerca de la pro­funda impre­sión que me causó la lec­tura de esta obra del actor cómico ita­liano, un “pro­vo­ca­dor” inte­lec­tual y polí­tico, dedi­cado a la difu­sión de una de las obras lite­ra­rias más subli­mes de la cristiandad.

El actor-autor no se queda en la lec­tura eru­dita de los tex­tos, sino que nos expresa una vez más a los hom­bres que nues­tro des­tino eterno final puede ser el cielo o el infierno, que en defi­ni­tiva es lo que nos mues­tra el Dante en la Divina Come­dia, en una época que parece haberse olvi­dado de la “vida eterna”. La serie­dad y dedi­ca­ción con que el cómico trata el tema cons­ti­tuye una enorme con­tri­bu­ción a quie­nes nos acer­ca­mos a La Divina Come­dia guia­dos por su reciente libro, y nos brinda sobra­das razo­nes para agra­de­cer su aporte al acer­ca­miento de nues­tra época al cono­ci­miento y a la ver­dad a tra­vés del arte y la belleza.

El hom­bre tiene la capa­ci­dad y la nece­si­dad de cono­cer la ver­dad. Sin embargo ¿existe un solo camino para hacerlo? ¿es el único camino el de la inte­li­gen­cia y de la voluntad?

La belleza puede desem­pe­ñar un papel para acce­der al cono­ci­miento. A tra­vés del atrac­tivo lite­ra­rio de sus obras, Ale­xan­der Solz­he­nit­sin trans­mi­tió su cono­ci­miento de ver­da­des his­tó­ri­cas a las que nunca hubie­ran lle­gado tan­tos millo­nes de otra forma que leyendo sus ensa­yos. El Dante, a tra­vés de la narra­ción poé­tica nos pone en con­tacto cons­ciente con otras ver­da­des… [2]

¿Cuál es la rele­van­cia del tema en estos momen­tos de la huma­ni­dad? Si diri­gi­mos nues­tra mirada a nues­tro alre­de­dor, y bus­ca­mos refe­ren­cias y pun­tos de apoyo para entu­sias­mar a otros en la gran tarea de impul­sar a la socie­dad a la bús­queda de los cami­nos de la sen­sa­tez y el sen­tido común, no nos resul­ta­ría difí­cil encon­trar­los, aun­que el “deber moral del sen­tido común” no parece encon­trarse hoy entre las prio­ri­da­des más inme­dia­tas del hom­bre. Cuando bus­ca­mos per­so­nas de carne y hueso para poner manos a la obra, nos encon­tra­mos con que muchos de aque­llos con quie­nes com­par­ti­mos idea­les y creen­cias care­cen del “impulso vital” nece­sa­rio para trans­for­mar la realidad.

Cier­ta­mente, la pér­dida del coraje civil y el temor a tener que “pagar el pre­cio de la pro­pia iden­ti­dad” cons­ti­tuye una buena parte del pro­blema de los “bienpen­san­tes”, pero no es la única razón para pre­fe­rir el lugar de espec­ta­dor al de pro­ta­go­nista. ¿De qué otro modo sería posi­ble enton­ces des­per­tar en los “hom­bres de buena volun­tad” la ima­gi­na­ción y el impulso nece­sa­rios para la acción?[3] ¿Es casual que Roberto Benigni nos haya mos­trado en “La vita è bella” que la belleza del amor de un padre por su hijo es capaz de trans­for­mar la vida, inclu­sive en un campo de concentración?

Si el Dante hubiera que­rido escri­bir su Divina Come­dia sin acu­dir a la poe­sía, cier­ta­mente le hubiera resul­tado más fácil y rápido. Redac­tar un texto en prosa en el cual vol­car sus sue­ños, ideas e ins­pi­ra­cio­nes de un modo racio­nal, le hubiera cos­tado menos tra­bajo que uti­li­zar el recurso poé­tico de un modo cier­ta­mente bello, y para muchos excelso.

Para Roberto Benigni, el actor cómico tos­cano de “La vita è bella”, la lec­tura, inter­pre­ta­ción y comen­ta­rios sobre la Divina Come­dia le per­mi­tie­ron lle­gar a par­tir de1991 a dece­nas de millo­nes de espec­ta­do­res que pre­sen­cia­ron sus espec­tácu­los en Siena, Pisa, Roma, Padua, Bologna, Los Ánge­les, Chicago, Flo­ren­cia, y a tra­vés de emi­so­ras de tele­vi­sión como la Rai Uno, con una par­ti­ci­pa­ción espe­cial en 2002 en el Fes­ti­val de San­remo donde pre­sentó el último canto del Paraíso.

Nos cuenta Valen­tina Pat­ta­liva, que sus “méri­tos dan­tes­cos” lo hicie­ron acree­dor a diver­sos títu­los “hono­ris cau­sae” en las uni­ver­si­da­des de Bologna, Flo­ren­cia, Lovaina, Malta, y en el Ate­neo Hebraico Torno Uni­ver­sity de Roma. Y pese a la ele­vada cali­dad de sus actua­cio­nes, su eru­di­ción y los cono­ci­mien­tos espe­cí­fi­cos del Dante, Benigni afirma sim­ple­mente que “solo quiere trans­mi­tir lo que le gusta, lo que le pro­duce alegría”.

Y no es que Benigni se haya con­ver­tido en un “nuevo após­tol de las gen­tes”. De la lec­tura de su libro “Il mio Dante” sur­gen incluso, aquí y allí, afir­ma­cio­nes abier­tas a varias inter­pre­ta­cio­nes, que podrían ser com­pren­di­das de diver­sos modos, con algu­nos de las cua­les qui­zás el pro­pio Dante podría no estar de acuerdo. En algu­nos momen­tos, incluso Roberto Benigni escribe como actúa de cos­tum­bre en el esce­na­rio, al límite del desenfado.

Pero es la fuerza ence­rrada en la belleza de los tex­tos del Dante lo me parece que le pro­por­ciona el “pla­cer y la ale­gría” que muchas veces pare­cen ausen­tes de las vidas de los “bien pen­san­tes”, cuya caren­cia les impide lograr el impulso vital nece­sa­rio para impul­sar las gran­des obras. Ya es casi un lugar común afir­mar que los males del mundo se deben tanto a los que hacen el mal que no deben, como a los “bue­nos” que no hacen el bien que deben. En este punto es que puede ser de ayuda la fuerza de la belleza de una obra de arte, como una narra­ción poé­tica, o una película.

En estos días, esta­mos con los espec­tácu­los y el libro de Benigni en pre­sen­cia de un caso patente y potente con­tem­po­rá­neo de “movi­li­za­ción popu­lar” alre­de­dor de lo excel­sa­mente bello… y ver­da­dero.

Benigni rela­ciona el pla­cer y la belleza con lo divino.

El tos­cano se pre­gunta refi­rién­dose a la Divina Come­dia: “¿Que habre­mos hecho de extra­or­di­na­rio para mere­cer un don tan bello? Es como si Dios hubiera dicho: miren, han sido tan apli­ca­dos y bue­nos que los quiero pre­miar; les voy a dar alguien que les escriba la Divina Comedia”.[4]

Tam­bién afirma que “Dante ha dicho casi todo, y ni Sha­kes­peare esta a su nivel: Sha­kes­peare ha abar­cado a todos los hom­bres, pero no ha rozado lo divino. Y Dante no escri­bió la Divina Come­dia solo por­que Dios existe, sino tam­bién para que Dios exista”. La belleza actua­ría en este sen­tido como causa efi­ciente (no la única) de la con­ver­sión de los cora­zo­nes y de las vidas.

Para su época y para hoy…

Señala Benigni que el Dante arranca su obra desde un punto que nos trae remi­nis­cen­cias a sus lec­to­res por dos razo­nes: 1) el mismo estaba al escri­bir la Divina Come­dia en “el medio del camino de la vida” y 2) se encon­traba tam­bién “en una selva oscura”. Dicho de otra forma, “a los treinta y cinco años me encon­traba per­dido en el medio del bos­que” … Como sucede hoy, en cir­cuns­tan­cias en que los hom­bres pare­ce­mos “per­di­dos en un bos­que en el medio de la his­to­ria” … espe­rando las fuer­zas que nos ayu­den a inflar las velas para avan­zar hacia un des­tino mejor, impul­sa­dos por un viento favorable.

¿Podría ayu­dar­nos la belleza a inflar nues­tras velas?

Res­ponde Benigni: “Un tra­duc­tor ame­ri­cano de la Com­me­dia ha afir­mado que Dante vivía un período de depre­sión, y que escri­bió esta obra para vol­ver a la vida (…) Es impor­tante sub­ra­yar que la belleza de la poe­sía está en el hecho de hacer­nos par­tí­ci­pes de sen­ti­mien­tos nue­vos, y tam­bién de accio­nes que están den­tro nues­tro y que igno­ra­mos. Y le corres­ponde al poeta sacar­las afuera” (…) Afirma tam­bién que “el mundo se divide en dos: los que divi­den al mundo y los que no lo divi­den. Y esto sucede tanto en la lite­ra­tura como en la vida. Están aque­llos que dicen que todo está mal y sin posi­bi­li­dad de res­cate — y estos no me gus­tan para nada – y están los otros que dicen que todo está mal, pero que se arries­gan lo mismo para hacer visi­ble la belleza en el medio de tanta obs­cu­ri­dad. Son mis pre­fe­ri­dos, y Dante está entre estos por­que a pesar del males­tar que lo angus­tiaba amaba la vida (por con­si­guiente, morir va a ser lo último que yo haga).”[5]

Para sus con­tem­po­rá­neos, y para noso­tros que sete­cien­tos años más tarde toda­vía segui­mos “per­di­dos por la selva oscura” … el éxito en estos días de las inter­pre­ta­cio­nes del Dante por Benigni podría deberse a dos razo­nes, ade­más de los méri­tos de inter­pre­ta­ción. Pri­mero, Dante se intro­dujo a sí mismo y a per­so­na­jes de la época en que vivía en el argu­mento de la poe­sía. El Dante hizo a Vir­gi­lio con­tem­po­rá­neo suyo. Al res­pecto Benigni cita a Bene­detto Croce: “la his­to­ria es siem­pre his­to­ria de la actua­li­dad, se habla siem­pre del pre­sente”. En segundo tér­mino, tam­bién intro­dujo per­so­na­jes, momen­tos y sen­ti­mien­tos únicos, “escul­pi­dos para la eter­ni­dad”. ” .… “¡Esto es la belleza! El arte empieza cuando la efi­ca­cia es sacri­fi­cada a la belleza o a la verdad”

La Divina Come­dia, afirma Benigni, “es un pla­neta des­co­no­cido en el que encon­tra­mos cosas que nos con­cier­nen. Y es nece­sa­rio que vaya­mos a nues­tro pasado, como lo hace el Dante, que entra en su pro­pia vida para ver más claro el pre­sente. Ayu­da­dos por una luz que nos ayude a encon­trar la llave de la vida, de nues­tra pro­pia exis­ten­cia, en nues­tro pro­pio pasado oscuro, adonde no llega la pro­pia luz de nues­tro pre­sente. Si uno se queda abajo del farol por­que allí está la luz, no encon­trará la llave”, que nor­mal­mente se encuen­tra per­dida en la oscu­ri­dad. Es nece­sa­rio bus­car con humil­dad en nues­tras pro­pias zonas umbrías y de igno­ran­cia. “Mirad como estáis hechos, y encon­tra­reis todas las lla­ves del mundo”…

Y ade­más están el deseo y el amor…

La Ilíada dice que toda la his­to­ria es una bata­lla, la Odi­sea que toda la vida es un viaje, el libro de Job que toda la vida es un enigma, y la Divina Come­dia que toda la vida es deseo, y tam­bién amor”

Y final­mente el Paraíso…

¿Cómo puede un hom­bre viviendo en la tie­rra des­cri­bir el Paraíso? La belleza se capta y se com­prende “en un solo momento, como cuando Dante des­cribe el Paraíso como una rosa, pero no se arriesga a decir que cosa es de modo pre­ciso, por­que fuera de la rosa no hay nada. Fuera de la rosa, queda… ¡la rosa!” Por cierto que el Paraíso no es “onto­lo­gi­ca­mente” una rosa, pero qui­zás la per­fec­ción de la rosa nos lleve a la per­fec­ción del autor de la rosa…

A la ver­dad por la belleza…

Y así pode­mos pasar (la poe­sía nos hace pasar por el camino de la “analo­gía exis­ten­cial”) de la belleza de la rosa a la belleza de la per­fec­ción… y a una apro­xi­ma­ción a la per­cep­ción de la per­fec­ción misma, por un camino dis­tinto al camino de la demos­tra­ción: lo hace­mos por el camino de la “mos­tra­ción” de algo muy bello… la rosa. Y es en este sen­tido que podría­mos inter­pre­tar la afir­ma­ción de Benigni: “lo había­mos creído por siglos, pero no era así. Enton­ces no es lo ver­da­dero lo que hace lo bello, sino lo bello lo que hace lo ver­da­dero” [6] Des­pués de todo cada ser exis­tente refleja a tra­vés de su pro­pio ser imper­fecto la per­fec­ción de su Creador.

Benigni nos recuerda tam­bién lo reco­men­da­ble del correcto uso del libre arbi­trio y la inte­li­gen­cia: “Los peca­do­res del canto XXVI son los con­se­je­ros frau­du­len­tos, los que no vie­nen con el ros­tro des­cu­bierto. A los que el Señor ha arro­jado al fondo del infierno, como con­se­cuen­cia de que usan mal el libre arbi­trio y la inte­li­gen­cia, que son los dones más gran­des que Dios haya hecho a los hom­bres”. Des­gra­cia­da­mente, no dis­po­ne­mos aquí de las fuen­tes para cono­cer ínte­gra­mente su pen­sa­miento a este respecto.

En su libro, afirma Benigni que “la obra maes­tra dan­tesca es uno de los rela­tos más cris­ta­li­nos y sim­ples que se han escrito jamás; hay que acer­carse a él con la inocen­cia de un niño, y sólo des­pués esfor­zarse por enten­der las ale­go­rías y las metá­fo­ras, cuando se hace la segunda lec­tura, la ter­cera, la cuarta…”.

Benigni, el Dante, Juan Pablo II y Bene­dicto XVI

Juan Pablo II, que fue actor en su juven­tud, reci­bió a Benigni para ver jun­tos “La vita è bella”, y el relato de la Audien­cia papal en el que el autor narra la expe­rien­cia, fue trans­mi­tido en una entre­vista televisiva.

Diri­gién­dose en otra opor­tu­ni­dad a los artis­tas, este mismo Papa tam­bién se va a refe­rir “a esa fun­ción “activadora”[7] de la belleza” del modo siguiente: “Escribe un cono­cido poeta polaco, Cyprian Nor­wid: «La belleza sirve para entu­sias­mar en el tra­bajo, el tra­bajo para resur­gir». El tema de la belleza es pro­pio de una refle­xión sobre el arte. Ya se ha visto cuando he recor­dado la mirada com­pla­cida de Dios ante la crea­ción. Al notar que lo que había creado era bueno, Dios vio tam­bién que era bello. La rela­ción entre bueno y bello sus­cita suges­ti­vas refle­xio­nes. La belleza es en un cierto sen­tido la expre­sión visi­ble del bien, así como el bien es la con­di­ción meta­fí­sica de la belleza. Lo habían com­pren­dido acer­ta­da­mente los grie­gos que, uniendo los dos con­cep­tos, acu­ña­ron una pala­bra que com­prende a ambos: «kalo­ka­gat­hia», es decir «belleza-bondad». A este res­pecto escribe Pla­tón: «La poten­cia del Bien se ha refu­giado en la natu­ra­leza de lo Bello».” [8]

Toda la impronta del Dante se encuen­tra asi­mismo en la pri­mera encí­clica de Bene­dicto XVI, “par­ti­cu­lar­mente en el último canto de Paraíso, el cual fina­liza en la Luz inter­mi­na­ble que es Dios mismo, la Luz que es al mismo tiempo el Amor que mueve al Sol y a las otras estrellas”.

Cuando anun­cia Deus cari­tas est, Bene­dicto XVI nos señala “que “el viaje cós­mico en que Dante en su Divina Come­dia quiere lle­var al lec­tor acaba ante la luz perenne que es Dios mismo, ante esa luz que es al mismo tiempo ‘el amor que mueve al sol y a las otras estre­llas’”. “El Dios que apa­rece en el círculo cen­tral de luz del que habla Dante tiene un ros­tro humano y yo agre­ga­ría, un cora­zón humano” explicó el Santo Padre; y con­ti­nuó que en esa visión, “Dante nos mues­tra la con­ti­nui­dad entre la fe cris­tiana en Dios y la bús­queda que lleva a cabo la razón”(…) “La excur­sión cós­mica, en la que Dante en su «Divina Come­dia» quiere invo­lu­crar al lec­tor ter­mina ante la Luz perenne que es el mismo Dios, ante esa Luz que al mismo tiempo es el amor que «mueve el sol y las estre­llas» (Paraíso XXXIII, v. 145). Luz y amor son una sola cosa. Son la poten­cia pri­mor­dial crea­dora que mueve el uni­verso. Si estas pala­bras del poeta dejan tras­lu­cir el pen­sa­miento de Aris­tó­te­les, que veía en el «eros» la poten­cia que mueve el mundo, la mirada de Dante, sin embargo, per­cibe algo total­mente nuevo e inima­gi­na­ble para el filó­sofo griego. La Luz eterna no sólo se pre­senta con los tres círcu­los de los que habla con esos den­sos ver­sos que cono­ce­mos: «¡Oh luz eterna que sola en ti exis­tes, sola te entien­des, y por ti enten­dida y enten­diente, te amas y recreas!» (Paraíso, XXXIII, ver­sícu­los 124–126). En reali­dad, la per­cep­ción de un ros­tro humano –el ros­tro de Jesu­cristo– que Dante ve en el círculo cen­tral de la luz es más con­mo­ve­dora aún que esta reve­la­ción de Dios como círculo tri­ni­ta­rio de cono­ci­miento y de amor. Dios, Luz infi­nita, cuyo mis­te­rio incon­men­su­ra­ble había sido intuido por el filó­sofo griego, este Dios tiene un ros­tro humano y –pode­mos aña­dir– un cora­zón humano. En esta visión de Dante se mues­tra, por una parte, la con­ti­nui­dad entre la fe cris­tiana en Dios y la bús­queda pro­mo­vida por la razón y por el mundo de las reli­gio­nes; al mismo tiempo, sin embargo, en ella se apre­cia tam­bién la nove­dad que supera toda bús­queda humana, la nove­dad que sólo el mismo Dios podía reve­lar­nos: la nove­dad de un amor que ha lle­vado a Dios a asu­mir un ros­tro humano, es más, a asu­mir la carne y la san­gre, todo el ser humano. El «eros» de Dios no es sólo una fuerza cós­mica pri­mor­dial, es amor que ha creado al hom­bre y que se inclina ante él, como se inclinó el buen Sama­ri­tano ante el hom­bre herido, víc­tima de los ladro­nes, que yacía a la ori­lla de la carre­tera que des­cen­día de Jeru­sa­lén a Jericó. La pala­bra «amor» hoy está tan des­lu­cida, tan ajada y es tan abu­sada, que casi da miedo pro­nun­ciarla con los pro­pios labios. Y, sin embargo, es una pala­bra pri­mor­dial, expre­sión de la reali­dad pri­mor­dial; no pode­mos sim­ple­mente aban­do­narla, tene­mos que reto­marla, puri­fi­carla y vol­verle a dar su esplen­dor ori­gi­na­rio para que pueda ilu­mi­nar nues­tra vida y lle­varla por la senda recta. Esta con­cien­cia me ha lle­vado a esco­ger el amor como tema de mi pri­mera encí­clica. Que­ría tra­tar de expre­sar a nues­tro tiempo y a nues­tra exis­ten­cia algo de lo que Dante reca­pi­tuló audaz­mente en su visión. Habla de su «vista» que «se enri­que­cía» al mirarla, cam­bián­dole inte­rior­mente (Cf. Paraíso, XXXIII, ver­sícu­los 112–114). Se trata pre­ci­sa­mente de esto: de que la fe se con­vierta en una visión-comprensión que nos trans­forma. Que­ría sub­ra­yar la cen­tra­li­dad de la fe en Dios, en ese Dios que ha asu­mido un ros­tro humano y un cora­zón humano. La fe no es una teo­ría que uno puede asu­mir o arrin­co­nar. Es algo muy con­creto: es el cri­te­rio que decide nues­tro estilo de vida. En una época en la que la hos­ti­li­dad y la avi­dez se han con­ver­tido en super­po­ten­cias, en una época en la que asis­ti­mos al abuso de la reli­gión hasta lle­gar a la apo­teo­sis del odio, la racio­na­li­dad neu­tra por sí sola no es capaz de pro­te­ger­nos. Tene­mos nece­si­dad del Dios vivo que nos ha amado hasta la muerte.”[9]

En diciem­bre de 2006 el Papa dedicó la ora­ción del Ange­lus a la Vir­gen Inma­cu­lada, “y para expli­car por­qué fue ele­gida como Madre de Cristo citó tam­bién un párrafo de la “Divina Come­dia”. Bene­dicto XVI afirmó que María fue ele­gida “por su humil­dad” y para expli­carlo comentó que Dante Alighieri, en el último Canto del Paraíso (de la Divina Come­dia), decía: “Vir­gen Madre, hija de tu Hijo, humilde y alta criatura”.”

El camino espi­ri­tual de Benigni

En febrero de 2006, Benigni es invi­tado por Mons. Vin­cenzo Paglia a la ciu­dad de Terni para hablar del amor a los jóve­nes, los que lle­na­ron un tea­tro. Allí “defi­nió” a Jesús como «inven­tor del amor desin­te­re­sado» (…) «voso­tros me diréis que el amor ya exis­tía. ¡Es ver­dad! Tam­bién las ondas de radio y la elec­tri­ci­dad exis­ten desde siem­pre, pero si no había alguien que las des­cu­briera, no lo hubié­ra­mos sabido» (…) «Él ha decla­rado ver­da­de­ra­mente qué es el amor. Siendo el hom­bre que no podía pecar –explicó– cargó con los peca­dos de todos; el hom­bre que no podía morir murió por amor de todos».

Aña­dió que «El amor es para los demás, pues nues­tra feli­ci­dad depende de su feli­ci­dad, y esto es lo que nos ha ense­ñado Jesús». “El direc­tor y actor no pudo escon­der su humor ni siquiera al hablar de Jesús. «Noso­tros hace­mos los chis­tes sobre las sue­gras. Él enseñó el amor incluso a las sue­gras», mani­festó citando el pasaje del Evan­ge­lio de san Mar­cos en el que Jesús cura a la sue­gra de Pedro. Y agregó: « ¡Así podía hacer­les la comida!». En el evento, Benigni recitó pasa­jes del Can­tar de los Can­ta­res y diri­gió su último pen­sa­miento a María, citando unos ver­sos de Dante Alighieri, en los que dice: «Vir­gen Madre, hija de tu hijo, humilde y alta más que otra cria­tura, tér­mino fijo del con­sejo eterno».” [10]

El 27 de sep­tiem­bre de 2006 Cla­rín publica una entre­vista en que Benigni agrega defi­ni­cio­nes que nos ayu­dan a enten­derlo un poco más. Se le pre­gun­tará al actor: “¿Cuándo hace estas pelí­cu­las, siente que su deber como artista es tra­tar de que cam­bie algo en el mundo?” Y este res­ponde: “Sólo Jesu­cristo puede hacer eso. ¿Quién soy yo para eso? Lo que tene­mos que hacer es com­por­tar­nos bien y eso sig­ni­fica tra­tar —y con eso sí pode­mos cam­biar la socie­dad— de ser per­so­nas ama­bles, sim­ples. Este es el men­saje más ele­vado. Y enamo­ra­dos. Un artista como Dante o como Sha­kes­peare acaso no pue­dan cam­biar la socie­dad o el mundo, pero mues­tran la belleza. Y están ahí para con­so­lar­nos. Eso es impor­tante. Y los poe­tas pue­den ayu­dar­nos a trans­for­mar la rabia o la deses­pe­ra­ción en acción.”

En una entre­vista publi­cada por Il Gior­nale de Milán, Benigni se refe­rirá al impacto que le pro­voca el Evan­ge­lio. “¿Cómo no que­dar fas­ci­nado por la figura de Jesu­cristo? Se lee el Evan­ge­lio y se pre­gunta uno ‘¿quién es este?’ Yo lo leo por gusto, leo tam­bién otros libros de la Biblia, como el libro de la Sabi­du­ría, pero es con el Evan­ge­lio con el que quedo hecho polvo, basta una línea de las pará­bo­las. Tiene una fuerza espec­ta­cu­lar, casi te pones de pie en la silla… Tiene den­tro una vio­len­cia inte­rior que te da alas. Una fuerza que te des­ba­rata toda la vida. Por­que te dice que siem­pre pue­des reco­men­zar otra vez. Te pone en con­di­cio­nes de que cada uno pueda hacer la revo­lu­ción de sí mismo. Antes de que lle­gase Jesu­cristo, la rela­ción con Dios con­sis­tía en el dolor y él ha tomado todo sobre sí. Para mí es des­con­cer­tante.” [11] Y añade que “toda nues­tra civi­li­za­ción es cris­tiana sin saberlo”.[12]

Y en 2008 tam­bién par­ti­cipó Roberto Benigni con su lec­tura del drama de Caín y Abel en el mara­tón bíblico orga­ni­zado en Roma (lec­tura inin­te­rrum­pida de la Biblia por 1249 per­so­nas ele­gi­das sobre 180.000 peti­cio­nes reci­bi­das) acep­tando la invi­ta­ción vaticana.

La rela­ción de Benigni con la reli­gión y con la Igle­sia cam­bió mucho los últi­mos años, y pasó por momen­tos extre­ma­da­mente tor­men­to­sos, pero esa es otra historia.

Lo que nos interesa des­ta­car aquí, es como se unen los diver­sos cami­nos para encon­trar el Camino, de la mano de la fe, la razón y la belleza, para todo lo cual Roberto Benigni está rea­li­zando un aporte extra­or­di­na­rio, que lleva por todo el mundo. Así, este año ha pre­sen­tado Tut­to­Dante en Zúrich, Lugano, París, Bru­se­las, Lon­dres, Baviera, Gine­bra, Colo­nia, Franc­fort, Ate­nas, Basi­lea, San Fran­cisco, New York, Mon­treal, Bos­ton, Toronto, Que­bec, Chicago ter­mi­nando su gira estos días en Bue­nos Aires.[13]

[1] *Il mio Dante – Roberto Benigni – Giu­lio Einaudi edi­tori s.p.a. – Torino — 2008

[2] El Cate­cismo de la Igle­sia Cató­lica en su pri­mera parte, la pro­fe­sión de la fe, pri­mera sec­ción, capí­tulo pri­mero: el hom­bre es “capaz” de Dios, figu­ran las vías de acceso al cono­ci­miento de Dios. Una de ellas es el hom­bre: “Con su aper­tura a la ver­dad y a la belleza, con su sen­tido del bien moral, con su liber­tad y la voz de su con­cien­cia, con su aspi­ra­ción al infi­nito y a la dicha, el hom­bre se inte­rroga sobre la exis­ten­cia de Dios (33)”

[3] Ade­más de los medios espi­ri­tua­les (que pone la Igle­sia) a nues­tra disposición

[4] Se refiere aquí Benigni a la Flo­ren­cia de la época del Dante, que irra­diaba cul­tura pero que sobre todo ejer­cía la cari­dad con los nece­si­ta­dos en alto grado. “Flo­ren­cia era la Wall Street del siglo XIII, y el flo­rín era una moneda for­tí­sima” (…) “Pese a su apego al dinero, los flo­ren­ti­nos tenían un gran amor por los pobres. No hacían bene­fi­cen­cia, que es una pala­bra moderna; sino cari­dad, que es una pala­bra inven­tada por Jesu­cristo”. Tam­bién agre­gará res­pecto de la Biblia que “es el único caso en que el autor del libro es tam­bién el autor de los lectores”

[5] En otra opor­tu­ni­dad afir­mará “que el mundo se divide en dos: los cíni­cos y los que dicen que el mundo es terri­ble por­que los hom­bres no ven su belleza. Estos últi­mos son los gran­des pensadores.”

[6] Blaise Pas­cal nos mos­trará tam­bién otro camino del cono­ci­miento de la ver­dad al decir­nos que “cono­ce­mos la ver­dad no solo por la razón, sino por el cora­zón“

[7] En el sen­tido de hacer pasar algo de la poten­cia al acto

[8] Carta a los artis­tas del 4 de abril de 1999

[9] Zenit 23-01-2006 -zenit​.org

[10] chur​ch​fo​rum​.org

[11] La Igle­sia en La prensa

[12] Moral y Luces

[13] Tut­to­dante

Autor: Pablo López Herrera

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2 Comentarios en “Il mio Dante de Roberto Benigni”  

  1. 1 el ingenioso hidalgo

    Pues, amigo don Lopez Herrera, gran bien habeis hecho en recor­dar a mi señor Don Alighieri, maes­tro de mi padre y de tan­tos gran­des artis­tas. Nadie como él para des­cri­bir la gran­deza de Nues­tro Señor, Su Madre y los San­tos. Pero recor­dad que tam­bien fue un hom­bre poli­tico (en el buen sen­tido) y en su magna obra per­ma­nen­te­mente la tiene al lado, enviando al infierno a sus enemi­gos y al Cielo a sus amigos.

    Pero teneis razon, ha subido a las mas gran­des altu­ras de y rozado Lo Inefa­ble. Aun Don Sha­kes­peare, mi padre don Miguel, el ale­man Goethe, los rusos Tols­toy y Dos­toievsky y muchos mas, son peque­ños a su lado. En subli­mi­dad solo es supe­rado por el Dis­ci­pulo pre­fe­rido del Señor. Y por supuesto por el Señor Mismo.

    Dejo esta belli­sima defi­ni­cion de la San­ti­sima TrinidadL

    Fecemi la Divina Potes­tate, la Somma Sapienza e il Primo Amore”.

  2. 2 luisa

    me hubiera gus­tado estar en bue­nos aires para verlo y escu­charlo, creo que es excepcional.…..solo vi varias veces la vida es bella…preciosa

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