La democracia en el contexto globalizado

Los males de la demo­cra­cia han sido enu­me­ra­dos hasta el can­san­cio, pero de relieve han sido pues­tos la desin­te­gra­ción del orden civil, la debi­li­dad inhe­rente a una medio­cri­dad aplas­tante de los diri­gen­tes polí­ti­cos y una quie­bra casi irre­ver­si­ble en la con­fianza. Este cua­dro clí­nico ha con­lle­vado al rebrote de tota­li­ta­ris­mos en ver­sio­nes más o menos reno­va­das. No obs­tante, ante el cie­rre de los cana­les de la demo­cra­cia del siglo XX, equi­va­lente como sis­tema polí­tico a la era indus­trial, sur­gen por doquier nue­vas for­mas de orga­ni­za­ción que prac­ti­can una demo­cra­cia deli­be­ra­tiva. La crea­ción de una nueva demo­cra­cia para la era pos­t­in­dus­trial o para el mundo glo­bal, impli­cará, implica ya, un tras­lado de los asun­tos socia­les hacia las aso­cia­cio­nes demo­crá­ti­cas que emer­gen. Aquí cabe men­cio­nar que el pro­ceso de des­cen­tra­li­za­ción guber­na­men­tal es el camino ya asu­mido y sólo una repro­duc­ción extem­po­rá­nea de mode­los del pasado se empeña en cen­tra­li­zarlo todo, no como una forma de efi­ca­cia, sino como una manera de con­cen­trar el poder, lo que per­mita el esta­ble­ci­miento de un nuevo Estado tota­li­ta­rio. El ciu­da­dano, es decir, el habi­tante del espa­cio geo­grá­fico que ha aban­do­nado el desin­te­rés por los asun­tos públi­cos, está retado a un acer­ca­miento con el otro, a la cons­truc­ción de una red de comu­ni­ca­ción que deberá exten­derse a una red de redes donde los ele­men­tos de inte­rés común per­mi­tan la crea­ción de un nuevo tejido democrático.

Nacerá así, lo que bien pode­mos lla­mar con pro­pie­dad y exac­ti­tud, la voz de los ciu­da­da­nos que creará el nuevo len­guaje, uno por encima de los vie­jos para­dig­mas en que se mue­ven los acto­res tra­di­cio­na­les. Es nece­sa­ria la apa­ri­ción de lo que en inglés lla­man moral com­mit­ments, es decir, las obli­ga­cio­nes mora­les que se asu­men en el orden de la acción común. En las demo­cra­cias apa­ren­tes se bur­lan estos propósitos.

Si un cues­tio­na­miento se hace pre­sente en el mundo que se asoma es a la del lla­mado “cono­ci­miento experto” en su capa­ci­dad de tomar deci­sio­nes. Ello con­lleva, nece­sa­ria­mente, a un aumento de la inter­ven­ción colec­tiva en un debate público del cual se alejó y al cual las evi­den­tes fallas lo han hecho regre­sar, esta vez para que­darse. Sólo que los cau­ces tra­di­cio­na­les para esa expre­sión están obtu­ra­dos y así debe recu­rrirse a otros medios.

En pri­mer lugar, la incer­ti­dum­bre es ahora mayor por la sim­ple razón de que la com­ple­ji­dad ha cre­cido. La par­ti­ci­pa­ción colec­tiva pone sobre el tapete diver­sas opcio­nes, mul­ti­pli­ci­dad de cri­te­rios, varian­tes casi inter­mi­na­bles. Se pro­duce un encuen­tro donde la con­fia­bi­li­dad va y viene, donde lo teó­rico y lo prác­tico por momen­tos se hacen adver­sa­rios y donde el manejo de la comu­ni­ca­ción pasa a ser un ele­mento defi­ni­to­rio. En otras pala­bras, los erro­res se pue­den mag­ni­fi­car y con­lle­var al fra­caso de una acción. Los desacuer­dos son siem­pre salu­da­bles, algo que no se entiende en deter­mi­na­das situa­cio­nes polí­ti­cas de alta pre­sión. Es lo que los cien­tí­fi­cos, hablando de su pro­pia tarea, lla­man cien­cia post­nor­mal, esto es, la apuesta es tan grande que no es apli­ca­ble el con­cepto de lo más impor­tante sobre lo menos impor­tante, sino que los valo­res se tor­nan hori­zon­ta­les y hay que recu­rrir a com­pro­mi­sos valo­ra­ti­vos y sobre la incer­ti­dum­bre hay que colo­car la ética.

Los escép­ti­cos argu­yen que no hay res­puesta colec­tiva y que la mul­ti­pli­ci­dad de cri­te­rios pro­duce, en cam­bio, la inmo­vi­li­dad y la falta de toma de deci­sio­nes o, al menos, la pér­dida de su efi­ca­cia. Los rea­lis­tas argu­yen que las deci­sio­nes nunca resul­tan neu­tras, que nada se logra si el colec­tivo no par­ti­cipa y, final­mente, ponen sobre la mesa el argu­mento de la auto­no­mía moral. Esto es, resulta inacep­ta­ble que otros tomen las deci­sio­nes que afec­tan nues­tras vidas. Por lo demás, se gana efi­ca­cia con el con­junto deci­diendo, sólo ejer­ciendo los dere­chos se aprende a enfren­tar la com­ple­ji­dad de los pro­ble­mas y la única forma de evi­tar que otros deci­dan por noso­tros es inmis­cu­yén­do­nos. Si par­ti­ci­pa­mos en la toma de la deci­sión se reduce al mínimo cual­quier expre­sión de resis­ten­cia social al pro­pó­sito que se busca.

Si lo que­re­mos decir en pala­bras más pre­ci­sas, el mundo, para bien, mar­cha hacia una poli­ti­za­ción cre­ciente. Es una buena noti­cia por­que el aban­dono del inte­rés por la Polis ha sido la cau­sante de una inmensa can­ti­dad de vicios que han afec­tado al pro­ceso demo­crá­tico. La lucha es por eli­mi­nar ciu­da­da­nos depen­dien­tes que espe­ran del Estado y pro­nun­cian la inefa­ble y dañina frase: “Es que este gobierno me da”. El ciu­da­dano, inclu­sive más allá de com­por­tarse como tal, estará some­tido en el mundo que se asoma a un per­ma­nente desa­fío para que asuma debe­res en la comu­ni­dad socio-política a la que per­te­nece y deberá pro­cu­rar que esa comu­ni­dad le reco­nozca como miem­bro suyo y le faci­lite el acceso a los bie­nes sociales.

Boa­ven­tura de Sousa San­tos ela­boró un modelo que deno­minó demo­cra­cia de alta inten­si­dad o demo­cra­cia eman­ci­pa­to­ria. El autor por­tu­gués (Limi­tes y posi­bi­li­da­des de la demo­cra­cia, entre otros varios) parte en su aná­li­sis de una demo­le­dora crí­tica a lo que llama “pen­sa­miento demo­crá­tico hege­mó­nico”. Lo basa en un pro­yecto de trans­for­ma­ción social mediante la crea­ción de for­mas de socia­bi­li­dad incon­for­mis­tas, la rein­ven­ción de la ciu­da­da­nía y la maxi­mi­za­ción de la par­ti­ci­pa­ción polí­tica. El soció­logo lusi­tano des­cribe a la per­fec­ción las fallas de la demo­cra­cia tal como la hemos cono­cido, en su ori­gen teó­rico, en sus pro­ce­di­mien­tos elec­to­ra­les y en sus con­se­cuen­cias de falta de inge­ren­cia ciu­da­dana, de manera que pro­cede a reela­bo­rar una teo­ría demo­crá­tica, lo que evi­den­te­mente es abso­lu­ta­mente nece­sa­rio en el mundo actual.

Pro­pone una demo­cra­cia radi­cal socia­lista y la bús­queda de alter­na­ti­vas epis­te­mo­ló­gi­cas para devol­ver la espe­ranza de eman­ci­pa­ción. Los adje­ti­vos pue­den ser redun­dan­tes; por ejem­plo el adje­tivo radi­cal es cada vez más usado en Cien­cias Socia­les  en rela­ción a la demo­cra­cia y el adje­tivo socia­lista se puede pres­tar a con­fu­sión. En cual­quier caso, lo que el inves­ti­ga­dor por­tu­gués exige es una “repo­li­ti­za­ción glo­bal de la prác­tica social”, esto es, superar la mera par­ti­ci­pa­ción elec­to­ral, lo que sig­ni­fica “iden­ti­fi­car rela­cio­nes de poder e ima­gi­nar for­mas prác­ti­cas de trans­for­mar­las en rela­cio­nes de auto­ri­dad com­par­tida”. No pode­mos disen­tir en que en el nuevo espa­cio público glo­bal deben sur­gir acto­res no esta­ta­les en que el Estado coor­dina pero ejerce un poder com­par­tido. Menos sobre sus tesis de inclu­sión, sobre sus plan­tea­mien­tos de reden­ción social o sobre sus plan­tea­mien­tos en torno a una par­ti­ci­pa­ción cre­ciente que con­lleve a nue­vas for­mas de poder, lo que noso­tros hemos deno­mi­nado las deci­sio­nes colectivas.

No esta­mos pen­sando en un modo de demo­cra­cia directa. En el fondo, la variante repre­sen­ta­tiva ha mate­ria­li­zado la posi­bi­li­dad de la dic­ta­dura de las mayo­rías. De allí la impe­riosa nece­si­dad de cons­truir espa­cios que deli­be­ran e influ­yen o deter­mi­nan las deci­sio­nes polí­ti­cas. Esto es, hay que levan­tar suje­tos polí­ti­cos abier­tos a la diver­si­dad y a la tole­ran­cia, con sufi­ciente poder adqui­rido y deri­vado de la prác­tica de lo deli­be­ra­tivo. He dicho que la demo­cra­cia es siem­pre una posi­bi­li­dad en camino donde no se con­gela un orde­na­miento ins­ti­tu­cio­nal y donde el Dere­cho no es un sim­ple ins­tru­mento de mine­ra­li­za­ción del pasado. La polí­tica, vista así, no es más que una prác­tica con­ti­nua, una trans­for­ma­ción ince­sante mar­cada por la toma de deci­sio­nes de los nue­vos acto­res ciudadanos.

Hay una hege­mo­nía que, obviando en este ins­tante vie­jos fac­to­res ideo­ló­gi­cos, pode­mos refe­rir a los par­ti­dos polí­ti­cos, como mono­po­li­za­do­res de las prác­ti­cas de la demo­cra­cia repre­sen­ta­tiva. Las prác­ti­cas arti­cu­la­do­ras de los diver­sos sec­to­res socia­les emer­gen­tes que deli­be­ran se pro­du­ci­rán tarde o tem­prano para hacer saber que ter­minó al fin un pre­do­mi­nio abu­sivo. Siem­pre apa­re­cerá el ele­mento iden­ti­fi­ca­to­rio del todo, el que pro­duzca el sen­tido común. La incom­ple­ti­tud de cada sec­tor emer­gente encon­trará la arti­cu­la­ción, una que puede ser cir­cuns­tan­cial para el ejer­ci­cio de un movi­miento de poder, una que puede ser de mediano alcance para pro­pó­si­tos de lento per­se­guir o, inclu­sive, el naci­miento de bases per­ma­nen­tes sobre la cual con­ti­nuar man­te­niendo la diver­si­dad. Para lograrlo se requiere de la con­for­ma­ción de nue­vas deman­das sub­je­ti­vas que con­flu­yan mediante un sis­tema de equi­va­len­cias demo­crá­ti­cas. No se trata de alian­zas sino de un pro­ceso de modi­fi­ca­ción de la iden­ti­dad de las fuer­zas actuan­tes. Esto requiere que nin­guna lucha se libre en tér­mi­nos que afec­ten nega­ti­va­mente a los intere­ses direc­tos de otras fuer­zas posi­bles a la arti­cu­la­ción y que sub­sista la con­fron­ta­ción de diver­sas posi­cio­nes. Ernesto Laclau, vir­tual padre del tér­mino “demo­cra­cia radi­cal” ase­gura que “La demo­cra­cia es radi­cal por­que cada uno de los tér­mi­nos deesa plu­ra­li­dad de iden­ti­da­des encuen­tra en sí mismo el prin­ci­pio de su pro­pia vali­dez, sin que ésta deba ser bus­cada en un fun­da­mento posi­tivo que esta­ble­ce­ría la jerar­quía o el sen­tido de todos ellos, y que sería la fuente o garan­tía de su legitimidad”.

Cierto es que frente al nuevo mundo que apa­rece ante nues­tros ojos estu­diar la demo­cra­cia y pro­cu­rar inno­var en ella se ha tor­nado en una tarea esen­cial.  Cier­ta­mente la aso­cia­ción entre los fac­to­res emer­gen­tes cri­ti­cará los cono­ci­mien­tos y los pre­jui­cios,  se dará cuenta de la insos­te­ni­bi­li­dad de los vie­jos para­dig­mas y la cla­ri­dad saliente lo impul­sará al ejer­ci­cio de la toma de deci­sio­nes. Una de las carac­te­rís­ti­cas será de inme­diato la puesta bajo sos­pe­cha de la sober­bia de los “exper­tos”, lla­ma­dos tam­bién diri­gen­tes par­ti­dis­tas. El ciu­da­dano del mundo glo­bal no será, pues, un ser ais­lado en lo polí­tico, pues ten­drá muchas inter­lo­cu­cio­nes de las cua­les ocu­parse. La aso­cia­ción impli­cará que cada quien se haga repre­sen­tante de sí mismo. El ciu­da­dano pasivo que vemos en la demo­cra­cia del siglo XX lle­gará, por fuerza, a su extin­ción. Lo polí­tico regresa. La polí­tica cesará como pri­vi­le­gio. Las vie­jas com­pli­ci­da­des se están rom­piendo. Los vie­jos cimien­tos se están hundiendo.

La demo­cra­cia será inter­cul­tu­ral en socie­da­des plu­ra­lis­tas. Un enfren­ta­miento tan severo como el que se pro­dujo entre demo­cra­cia clá­sica y demo­cra­cia moderna es lo que con­fi­gura el esce­na­rio. Ahora se trata entre la demo­cra­cia repre­sen­ta­tiva del siglo XX y de la Era Indus­trial y una demo­cra­cia a la que noso­tros no pone­mos adje­ti­vos sino que lla­ma­mos sim­ple­mente del siglo XXI.

Autor: Teódulo López Meléndez

Enviar a un amigo





Enviar a un amigo


No hay comentarios en “La democracia en el contexto globalizado”  

Deje un comentario