Cuba — Los boteros

Son taxis­tas par­ti­cu­la­res que cir­cu­lan por deter­mi­na­das rutas, casi siem­pre en autos ame­ri­ca­nos de los años cin­cuenta, cono­ci­dos popu­lar­mente como almen­dro­nes, que retan el paso inexo­ra­ble del tiempo y per­ma­ne­cen gra­cias a los inven­tos del “cubaneo”.

Apro­ve­chando la esca­sez y el caó­tico trans­porte público, los almen­dro­nes se mue­ven por toda La Habana resol­viendo el pro­blema del ser­vi­cio de taxis, que el Estado no puede garantizar.

Las rutas más impor­tan­tes son Playa-Habana, que sale del para­dero de Playa por dos vías: Ave­nida Ter­cera, Línea, Male­cón, Paseo del Prado, hasta la ter­mi­nal de ferro­ca­rril; y la otra, Ave­nida 19, Ave­nida 23, Galiano, ter­mi­nal de trenes.

Tam­bién está Lisa-Habana, igual­mente con dos iti­ne­ra­rios, el pri­mero por la ave­nida 51, Cal­zada del Cerro, Monte, Par­que Cen­tral; y la segunda, Ave­nida 51, Ave­nida 31, Línea, Male­cón, Paseo del Prado, Capitolio.

Otros sitios que cuen­tan con bote­ros son: Para­dero de Playa-Jaimanitas-Santa Fe-Playa Bara­coa; Diez de Octubre-Mantilla-reparto Eléc­trico, Diez de octu­bre– Monte-Habana Vieja. Tam­bién hay bote­ros en San Miguel del Padrón, El Coto­rro, Párraga, por las calles Infanta y San Lázaro, que reco­rren tra­mos cor­tos, pero muy con­cu­rri­dos, den­tro de los lími­tes del muni­ci­pio Cen­tro Habana.

Por su vejez, a los almen­dro­nes hay que repa­rar­los casi a dia­rio. Los mecá­ni­cos tie­nen en estos autos una per­ma­nente fuente de empleo. Las inno­va­cio­nes en los sis­te­mas del vehículo apor­tan solu­cio­nes exó­ti­cas en el campo eléc­trico, hidráu­lico, la trans­mi­sión y el com­bus­ti­ble. Por ejem­plo, la con­ver­sión de un motor de gaso­lina a petro­lero cuesta 10 mil pesos, y casi todos los bote­ros están invir­tiendo en ese invento que, a la larga, reporta un aho­rro sustancial.

Se puede ver en un Dodge la puerta de un Che­vro­let. Un Cadi­llac con motor de Aro, o Peu­geot. Un Stu­de­ba­ker con pie­zas de Lada. La pin­tura muchas veces es de dos tonos, o tres, en depen­den­cia de lo que se encuen­tre en el momento de pin­tar. Las modi­fi­ca­cio­nes inte­rio­res para aumen­tar la capa­ci­dad del pasaje son dig­nas de patentarse.

Entre los bote­ros de La Habana hay dos que se des­ta­can por el carisma y la asi­dui­dad. Uno es Jerin­gui­lla, día y noche por 5ta. Ave­nida rumbo a la playa Bara­coa, en un Ford 54 que camina con kero­seno y desa­rro­lla una velo­ci­dad endia­blada, dejando atrás a otros carros, sin impor­tarle mar­cas ni año de fabricación.

El otro botero des­ta­cado es Juan Nariz, que no encon­tró guar­da­fan­gos delan­tero de nin­gún tipo para su Ply­mouth, y fabricó una cubierta de imi­ta­ción a base de tiras de vinyl pega­das con cola de zapa­tero, luego forrada con papel maché, y pin­tada uni­for­me­mente junto con el resto del auto. Colocó un car­tel den­tro del almen­drón: “Prohi­bido rotun­da­mente fumar”. Los pasa­je­ros pien­san que el botero cuida la salud de los clien­tes, y no se ima­gi­nan que via­jan en un auto con carro­ce­ría de papel, que pudiera incen­diarse con una chispa. Juan Nariz reza para que nunca lo cho­quen por delante. Su almen­drón se des­mo­ro­na­ría como un cas­ti­llo de naipes.

Fuente: cubanet.org

Autor: Frank Correa

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