La pared

No recuerdo algún domingo que no haya sido de Sol. Fue­ron todos lumi­no­sos, aun­que segu­ra­mente alguno de nubes y llu­via habrán suce­dido, pero era la comarca de cuando era chico, enton­ces la luz fue la cons­tante. La luz para los ojos, el aire y los ros­tros para los sen­ti­mien­tos, un cacho de pan para el tacto y miles de soni­dos para los oídos. En la semana, voces, pala­bras, pája­ros, los ecos del dia­rio tra­jín, los mimos o los retos de mi abuela, pero los domin­gos, fiesta. La música de fol­clore en la radio y todo el mundo, todos, tra­ba­jando en tareas para la liber­tad. Los gran­des haciendo sus casas, un lugar para vivir, nues­tros refugios.

Y el aire lleno de soni­dos de mar­ti­llos, cha­pas, palas y cucha­ras de alba­ñil. Se aco­mo­da­ban ladri­llos, se pre­pa­ra­ban zan­jas, se arma­ban los techos. Había algo espec­ta­cu­lar que siem­pre me llamó la aten­ción. Aun hoy, aun­que queda muy poco de aque­llo. Se mar­ca­ban los terri­to­rios, se deli­mi­ta­ban los terre­nos con alam­bres, con cer­cos de plan­tas, casi siem­pre ligus­trina, y algu­nos cons­truían una pared. La pared. Pero a mi me gus­ta­ban los bue­nos veci­nos y aque­llas extra­or­di­na­rias per­so­nas cons­truían una puerta o un pasa­dizo, en el fondo de lo que sea con que habían fron­te­ri­zado su lote, su par­cela. Era la señal de que uno era bien­ve­nido, de que había una rela­ción de buena volun­tad y podía­mos entrar o salir a la otra casa siem­pre que nece­si­tá­ra­mos o nos nece­si­ta­ban. Una taza de azú­car o un poco de yerba siem­pre ahí, del otro lado del portoncito.

Yo viví casi todo el pro­ceso del muro de la ver­guenza. Creo que por­que no lo enten­día me lla­maba la aten­ción y vivía pen­diente de las noti­cias de la ciu­dad de Ber­lín divi­dida en dos y a su vez, como una reac­ción en cadena, un con­ti­nente cerrado al medio, con paí­ses de un lado y del otro.

Me llevó algu­nos años des­en­tra­ñar la estu­pi­dez humana, pero era un pibe, claro, y siendo un niño, uno no puede asu­mir así nomás lo idiota que pue­den ser los gran­des. Mi eva­lua­ción era muy sim­ple, la de un chico ni más ni menos. En mi barrio tenía­mos veci­nos ale­ma­nes, pola­cos, ita­lia­nos y la mayo­ría hacían la puer­tita para que pasá­ra­mos a sus casas, ¿cómo era posi­ble toda una ciu­dad divi­dida con una horri­ble pared, con alam­bra­dos de púas; con guar­dias arma­dos que vol­tea­ban a tiros a los que que­rían cru­zar, qui­zás para encon­trarse con sus seres que­ri­dos que esta­ban del otro lado?. Estu­vi­mos pen­diente durante lar­gos años de ese pro­ceso. Tal vez no era mi pro­blema, pero estuve en eso. Y un día, hace veinte años, ter­minó; se derrumbó, la pared. Pude ver, con mucha emo­ción, cuando la gente uti­li­zaba cual­quier herra­mienta para vol­tear, pie­dra por pie­dra, el muro de la ver­guenza. De fondo, la sublime música de Pink Floyd con acom­pa­ña­miento de la banda de mili­cos del temi­ble ejér­cito ruso, con miles de artis­tas com­pro­me­ti­dos de liber­tad y millo­nes de seres con una sen­sa­ción de alivio.

Enton­ces para mi, un enten­di­miento: aque­llo fue un drama; años que pare­cían eter­nos; pero un día, se terminó…Entonces…vamos por el resto. Todo es posi­ble. Que se ter­mine el ham­bre, la mise­ria, las divi­sio­nes y las fron­te­ras. De mate­rial y de ideas y conceptos.

La oda a la ale­gría puede sonar libre sin muros que la fre­nen, lle­vada por el viento y por las voces de los pue­blos que ya no nece­si­tan otro ladri­llo en la pared.

Fuente: Gentileza -Pedro Manuel Saint Pierre

Autor: Juan Romero

"El cordillerano"

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