Navidad. La Plenitud De La Libertad

El Colum­nista Invi­tado de Hoy: Juan Car­los Grisolia

Fue San Ambro­sio quien explicó a San Agus­tín, la inter­pre­ta­ción cató­lica del Anti­guo Tes­ta­mento, “espe­cial­mente de la frase facia­mus homi­nem ad ima­gi­nem et simi­li­tu­di­nem nos­tram” (haga­mos al hom­bre a ima­gen y seme­janza nues­tra). Y Agus­tín encon­tró aquí la correcta inter­pre­ta­ción de la frase, pues con­tra las impu­tacio­nes de antro­po­for­mismo –for­mu­la­das por los mani­queos– ella expre­saba no de que Dios tuviese cuerpo humano, sino que el hom­bre estaba dotado de un alma espi­ri­tual (Conf. Cor­ne­lio Fabro. “His­to­ria de la Filo­so­fía”. Tomo I. Pág. 213).-

Dios creó al hom­bre en cuerpo y alma. Ambas esen­cias uni­das sus­tan­cial­mente, de tal modo que es el alma la que comu­nica su ser al cuerpo. Y, es por ello, que el cuerpo expresa el alma. Enton­ces, “el cuerpo es por el alma y no el alma por el cuerpo”.-

Y esta no es el alma como prin­ci­pio vital del cuerpo, sino el alma inte­lec­tiva, aque­lla que “no solo tiene la facul­tad de enten­der, sino que, en cuanto unida al cuerpo, tiene la facul­tad de sen­tir”. “El alma espi­ri­tual no es solo la forma sus­tan­cial del cuerpo sino el fin del cuerpo. El cuerpo no solo es por el alma sino que es para el alma” (Conf. Alberto Catu­re­lli. “Dos, una sola carne”. Pág. 30/34).-

Es en el espí­ritu enton­ces, donde encon­tra­mos la esen­cia de la per­sona humana, y el ser humano es tal por cuanto se da esta uni­dad sus­tan­cial, que per­mite afir­mar que el cuerpo, sin el espí­ritu, muere, o el cuerpo en el que se mini­miza el espí­ritu, se dete­riora y degrada.-

Es en el espí­ritu, cuya natu­ra­leza es la inma­te­ria­li­dad, donde encon­tra­mos la liber­tad. Más aún, la liber­tad que com­pro­ba­mos, por razón del con­sen­ti­miento común, dice de la exis­ten­cia de esta esen­cia sim­ple que es el espí­ritu. Y éste es el sujeto de la libertad.-

Por eso Dios creó al hom­bre, y al hacerlo creó tam­bién su liber­tad, mediante la cual el espí­ritu se per­fec­ciona, orde­nán­dose pro­gre­si­va­mente –en orden a mere­cer– a la tras­cen­den­cia de su destino.-

Tal como lo expre­saba Aris­tó­te­les, la liber­tad es “la pre­fe­ren­cia refle­xiva de lo mejor”. Y la pre­fe­ren­cia dice de elec­ción, y ésta pone su acento en el obrar, que es pro­pio y exclu­sivo de la voluntad.-

Pero ésta no conoce su pro­pio objeto “no es una facul­tad cog­nos­ci­tiva; alcanza su objeto por medio del inte­lecto. Así tan pronto el inte­lecto juzga: ‘esto es un bien’, la volun­tad está en pre­sen­cia de su objeto, y tiende nece­sa­ria­mente hacia él…… La volun­tad se guía por el inte­lecto. El inte­lecto conoce el ser como tal, desea la ver­dad como tal……” (Conf. J. F. Don­ceel. “Antro­po­lo­gía Filo­só­fica”. Pág. 390). Y aquí cabe dete­nerse en el voca­blo refle­xiva, del con­cepto aris­to­té­lico, y puede enten­der cla­ra­mente lo que sig­ni­fica “lo mejor”. Y ello es el ser. Y el ser es el bien, y el bien es la verdad.-

Escribe Romano Guar­dini (Liber­tad, gra­cia y des­tino. Edi­to­rial Lumen. Pág. 59/60): “Tam­bién esta liber­tad es viva, puede aumen­tar y dis­mi­nuir….. Tanto mayor se forma cuanto más cla­ra­mente conoce la ver­dad, cuanto más pura­mente es que­rido lo recto, cuanto más deci­di­da­mente y con más fuerza es rea­li­zado. Asciende tanto más alto cuanto más valioso y noble es su objeto; cuanto más ple­na­mente es aprehen­dido el ser de su riqueza óntica”.-

La liber­tad es de la natu­ra­leza del espí­ritu, de tu espí­ritu, del espí­ritu indi­vi­dual de cada una de las per­so­nas huma­nas. Por eso el cre­ci­miento de la liber­tad, con­lleva nece­sa­ria­mente una adhe­sión cada vez más intensa e inte­lec­tual, a la verdad.-

Y en ésta encon­tra­mos la ade­cua­ción de la reali­dad obje­tiva a nues­tro inte­lecto. El espí­ritu, inma­te­ria­liza lo mate­rial, y con­ver­tido en idea, lo expresa en el con­cepto, que es la con­clu­sión del acto de cono­ci­miento por el cual sabe­mos de las esen­cias, esto es de lo que las cosas son.-

Se trata de aque­llo que per­ci­bi­mos, apar­tando de él lo acci­den­tal, nos intro­du­ci­mos en lo que ello es, y fecho, com­pro­ba­mos mediante la expe­rien­cia –el obrar de nues­tra volun­tad libre– que la cosa es lo que es.-

Toda nega­ción de esta evi­den­cia –pues a esta altura de la aprehen­sión del pro­ceso inte­lec­tual, ya lo es– con­duce al absurdo, y por el absurdo al fra­caso, la con­fu­sión y con ellos la muerte.-

Puede con­cluirse enton­ces en que somos libres, por­que somos seres espi­ri­tua­les, y ello así, por cuanto tanto nues­tra volun­tad como nues­tro inte­lecto, son inmateriales.-

El pri­mer hom­bre, fue no sola­mente creado bueno, sino tam­bién cons­ti­tuido en la amis­tad con su crea­dor y en armo­nía con­sigo mismo y con la crea­ción en torno a él; amis­tad y armo­nía tales que no serán supe­ra­das más que por la glo­ria de la nueva crea­ción en Cristo” (Cate­cismo de la Igle­sia Cató­lica. Nº 374. Pág. 97).-

El hom­bre en el paraíso, fue “cons­ti­tuido en estado ‘de san­ti­dad y jus­ti­cia ori­gi­nal’. Esta gra­cia de la san­ti­dad ori­gi­nal era una ‘par­ti­ci­pa­ción de la vida divina’. Por la irra­dia­ción de esta gra­cia, todas las dimen­sio­nes de la vida del hom­bre esta­ban for­ta­le­ci­das. Mien­tras per­ma­ne­ciese en la inti­mi­dad divina, el hom­bre no debía morir ni sufrir….. El hom­bre estaba ínte­gro y orde­nado en todo su ser por estar libre de la tri­ple con­cu­pis­cen­cia que lo somete a los pla­ce­res de los sen­ti­dos, a la ape­ten­cia de los bie­nes terre­nos y a la afir­ma­ción de sí con­tra los impe­ra­ti­vos de la razón” (Cate­cismo. Nº 376/377).-

En este estado el hom­bre seguía siendo libre, y su liber­tad le era nece­sa­ria para deci­dir la per­ma­nen­cia en la con­tem­pla­ción de los bie­nes brin­da­dos direc­ta­mente por su Crea­dor. Su liber­tad, redu­cida en su ejer­ci­cio, ante la ausen­cia de la nece­si­dad de ele­gir entre bie­nes, pues estos eran brin­da­dos por el Crea­dor en su máxima enti­dad, la nece­sa­ria para par­ti­ci­par de la vida divina; sin embargo per­ma­ne­cía, pues se inte­graba a su con­di­ción espiritual.-

Casi podría­mos aven­tu­rar que su liber­tad ope­raba aún para acep­tar el bien en la exce­lente mani­fes­ta­ción en que lo con­tem­plaba. Dios nunca forzó a su cria­tura a la acep­ta­ción de aque­llo que gene­ro­sa­mente le brindaba.-

Des­pués de la dación del ser –espi­ri­tual y físico– requi­rió de su cria­tura la libre acep­ta­ción de todo aque­llo que le ofre­cía. Como Padre, quiso siem­pre el con­sen­ti­miento, aún para la visión de las mara­vi­llas del orden divino. Y por ello arries­gando que, dis­tor­sio­nando su liber­tad, sus cria­tu­ras lle­ga­ran a negarle.-

Por eso Dios, por fide­li­dad a su pro­pio orden, y a la natu­ra­leza de la cria­tura, no impi­dió que ésta pecara. Esto da sen­tido a las pala­bras de San Pablo, que rezan: “Donde abundó el pecado sobre­abundó la gra­cia” (Rm. 5, 20).-

Solo en la rela­ción de la cria­tura con su Crea­dor puede enten­derse la reali­dad del pecado. La liber­tad se ejerce con la ayuda de las vir­tu­des car­di­na­les, nutri­das en sus res­pec­ti­vas esen­cias, por aque­llas ele­va­das a la sobrenaturalidad.-

La esen­cia del pecado, se define en la inter­cu­rren­cia de la sober­bia en la rela­ción entre Dios y su cria­tura. Por ello “solo en el cono­ci­miento del desig­nio de Dios sobre el hom­bre, se com­prende que el pecado es un abuso de la liber­tad que Dios da a las per­so­nas crea­das para que pue­dan amarle y amarse mutua­mente” (Cate­cismo. Nº 387).-

Abu­sar sig­ni­fica usar mal, exce­siva, injusta, impro­pia o inde­bi­da­mente de algo o de alguien (Conf. D.R. A.E. Voca­blo indicado).-

Pero el abuso no hace des­a­pa­re­cer la liber­tad como con­di­ción de la natu­ra­leza del espí­ritu. En la medida en que la liber­tad está pre­sente en el acto espe­cí­fico, y por tanto, en sus lími­tes, reco­noce su fuente en el sujeto, a modo de poten­cia, y en ésta per­ma­nece, pero la que generó la acción, se con­vierte en licen­cia, por­que tal es el uso defi­ciente de la liber­tad. Y la licen­cia rela­tiva al acto que se con­si­dera, es causa de des­equi­li­brio en el orden que rige y en el que se inserta la per­sona humana, lo que se tra­duce en pér­dida de la rec­ti­tud, caren­cia de con­te­ni­dos éticos de las accio­nes y defec­tos todos que apar­tan a la subs­tan­cia indi­vi­dual de natu­ra­leza racio­nal de los refe­ren­tes perfectivos.-

El hom­bre se pre­fi­rió a sí mismo, recha­zando a Dios. “Seréis como dio­ses” (Gn. 3, 5). Y la muerte ingresó en la historia.-

Pero el Padre no aban­donó a su cria­tura. “Al con­tra­rio, Dios lo llama y le anun­cia de modo mis­te­rioso la vic­to­ria sobre el mal y el levan­ta­miento de su caída” (Cate­cismo. Nº 410).-

Este pasaje del géne­sis fue lla­mado “Pro­to­evan­ge­lio”, y por él, el Padre for­mula el pri­mer anun­cio del Mesías Redentor.-

En este orden, cuánto con­te­nido esca­to­ló­gico surge del canto del “Exul­tet”: “¡Oh feliz culpa que mere­ció tal y tan grande Reden­tor!” (Cate­cismo. Nº 412).-

A par­tir de aquí, el hom­bre, que cono­cía de la exis­ten­cia de su Crea­dor, sin embargo no había podido siquiera apro­xi­marse a su natu­ra­leza. El Dios Crea­dor per­ma­ne­ció toda­vía como Dios oculto.-

Joseph Rat­zin­ger –Bene­dicto XVI– en su obra “Jesús de Naza­ret”, pág. 27, dice al res­pecto: “Pero en este punto debe­mos recor­dar otra his­to­ria digna de men­ción sobre la rela­ción de Moi­sés con Dios que se relata en el Libro del Éxodo. Allí se nos narra la peti­ción que Moi­sés hace a Dios: ‘Déjame ver tu glo­ria’ (Éx. 33, 18). La peti­ción no es aten­dida: ‘Mi ros­tro no lo pue­des ver’ (33, 20). A Moi­sés se le pone en un lugar cer­cano a Dios, en la hen­di­dura de una roca, sobre la que pasará Dios con su glo­ria. Mien­tras pasa Dios le cubre con su mano y solo al final la retira: ‘Podrás ver mi espalda, pero mi ros­tro no lo verás’ (33, 23).-

El hom­bre, enton­ces, podía ejer­cer su liber­tad por­que era posi­ble cono­cer el bien, y por la aprehen­sión del mismo, en el marco del meca­nismo de la pre­fe­ren­cia refle­xiva, incor­po­rar más ser a su ser. Pero su des­tino tras­cen­dente no podía ser visua­li­zado, y por ello su liber­tad estaba limi­tada en cuanto a los bie­nes pro­pues­tos para su elección.-

En este tiempo, el hom­bre recibe los men­sa­jes del Crea­dor, y debe for­zar su capa­ci­dad de com­pren­sión y con­se­cuente aprehen­sión, para obe­de­cer­los en orden a su bien.-

En este período, la per­sona humana, que nunca dejó de ser tal, por­que no fue pri­vada de su con­di­ción espi­ri­tual, vive la con­cien­cia directa de su liber­tad en el plano de la con­vic­ción psi­co­ló­gica de la misma.-

Dice Don­ceel, Ob. cit. pág. 384: “Que la con­di­ción psi­co­ló­gica de la liber­tad es tan fuerte que aún los deter­mi­nis­tas obran con este pre­su­puesto, cuando no están muy sobreaviso”.-

En este estado “el espí­ritu indi­vi­dual, es dueño de sí como per­sona. Él solo puede dis­tan­ciarse de su pro­pio ser y tomar posi­ción frente a él. Sólo se puede juz­gar y deci­dirse. Puede crear la acción…. Es algo dis­tinto de lo físico y de lo bio-psíquico; sin embargo, abso­lu­ta­mente real. Tiene rela­ción con la natu­ra­leza física, edi­fica el cuerpo, lo gobierna, se mani­fiesta en él”.-

No debe olvi­darse que “el espí­ritu es depen­diente del cuerpo en sus fun­cio­nes, pero no en su ser y con­sis­ten­cia; mien­tras que, al revés, el cuerpo del hom­bre sin el espí­ritu se arruina. El espí­ritu, en sí, es ines­pa­cial, por ser abso­lu­ta­mente sim­ple; mas por el cuerpo tiene su lugar en el espe­cio y en el tiempo; su momento de actua­ción y de res­pon­sa­bi­li­dad en la his­to­ria” (Conf. Romano Guar­dini. Ob. cit. Pág. 62).-

En este lapso de la his­to­ria, los con­te­ni­dos éticos del acto libre, se redu­cían al bien limi­tado a la reali­dad obje­tiva, la que por la caída de la cria­tura, tenía obs­cu­re­cido su des­tino tras­cen­dente. No obs­tante los men­sa­jes reci­bi­dos por los pro­fe­tas, fal­taba la cer­teza que sur­gi­ría del Dios visi­ble. Por ellos, la per­sona humana intuía los abso­lu­tos de los bie­nes par­ti­ci­pa­dos. Pero fal­taba el cum­pli­miento de la promesa.-

Este augu­rio, anun­cio de reden­ción y de la con­se­cuente recom­po­si­ción, mediante la adop­ción, del vínculo entre el Crea­dor y sus cria­tu­ras, se con­cretó cuando el Padre dis­puso que su Hijo se encar­nase, con­cre­tán­dose la unión hipos­tá­tica, por el cual la Eter­ni­dad ingresó en el tiempo.-

Joseph Rat­zin­ger, nues­tro Papa Bene­dicto XVI, en la obra citada, pág. 28, nos dice: “En Jesús se cum­ple la pro­mesa del nuevo pro­feta. En Él se ha hecho ple­na­mente reali­dad lo que en Moi­sés era solo imper­fecto: Él vive ante el ros­tro de Dios no solo como amigo, sino como Hijo; vive en la más íntima uni­dad con el Padre”.-

Era nece­sa­rio ase­gu­rarse que la per­sona humana tuviese todas las garan­tías para el ejer­ci­cio pleno de su liber­tad. Por ello, en un nuevo acto de amor, por el cual el Padre renueva la Crea­ción, se ade­lanta a la cria­tura, se mues­tra, para que la cria­tura reco­nozca su natu­ra­leza, y en ella la liber­tad que le per­mite deci­dirse por el bien, y por él por su per­fec­ción natu­ral rela­tiva, garan­tía ésta de la con­tem­pla­ción de la per­fec­ción abso­luta, pro­pia del Padre que es el Ser Necesario.-

Esto es un nuevo acto de amor de Dios, amor que es su poder, mani­fes­tado en su pro­pio orden, al que el Padre es fiel, por cuanto nada puede ser con­tra­dic­to­rio en Dios.-

Dice Romano Guar­dini: “Por tanto, cuando Dios quiere mani­fes­tarse real­mente, tiene que ade­lan­tarse como un objeto y estar ahí, y hablar con tal cla­ri­dad que la pro­funda des­leal­tad del hom­bre no pueda ponerla en duda” (Ob. cit. Pag. 67).-

El Padre fue cui­da­doso de brin­dar a los sen­ti­dos de la cria­tura todo aque­llo que le era ati­nente y que podía tra­du­cirse en una expre­sión mate­rial. Que­ría que la per­sona humana ejer­ciera debi­da­mente su volun­tad, por­que si no impo­si­ble, por lo menos difí­cil, es negar la evi­den­cia del men­saje con­fir­mado en el sacri­fi­cio de la Cruz.-

Por eso es que el hom­bre escu­chó la pala­bra, y mediante ésta, viendo a Quién la pro­nun­ciaba, per­se­veró en la misma, y, enton­ces, se hizo reali­dad la sen­ten­cia que se lee en Jn. 8, 32: “Cono­ce­réis la ver­dad y la ver­dad os hará libres”.

Dice el gran mís­tico ale­mán: “Es lo que suce­dió en Cristo. En el ámbito de su per­so­na­li­dad y de su vida se reveló Dios de tal manera que puede decirse que quien lo ve, ve ‘la glo­ria del Uni­gé­nito del Padre’ y ‘al Padre mismo’ (Jn. I, 14; 14, 9). Cristo es la epi­fa­nía cor­po­ral de Dios; en El se abre a la his­to­ria el Dios oculto” (Ob. cit. pág. 67).-

Sin embargo, la per­sona humana sigue siendo libre aún para per­der la liber­tad en el acto con­creto de su ejer­ci­cio, negando la fide­li­dad a su Crea­dor, por razón de su egoísmo, el que per­ma­nece por causa de la natu­ra­leza caída. La liber­tad negada en el acto con­creto se con­vierte en licen­cia, y la licen­cia que se tra­duce en vicios degrada la con­di­ción humana. Por eso la per­sona pasa a ser con­si­de­rada como indi­vi­duo, y en este carác­ter es el objeto de la esclavitud.-

El naci­miento de Cristo, al recom­po­ner el vínculo que­brado por el pecado ori­gi­nal, nos ase­gura el ejer­ci­cio pleno de la liber­tad, por cuanto la volun­tad libre obra con­forme la refle­xión que opera en la verdad.-

El Dios que ha dejado de estar oculto para mani­fes­tarse ante el mundo en el cuerpo de su Hijo, el que tes­ti­mo­nia con su sacri­fi­cio las exi­gen­cias de vida nece­sa­rias para mere­cer los bene­fi­cios onto­ló­gi­cos de la tras­cen­den­cia; se trans­forma en fuente que per­mite beber de ella la ver­dad, ase­gu­rando la debida refle­xión para que la volun­tad se dirija al ser y con el al bien.-

La nueva crea­ción –aque­lla defi­nida por Dios cuando se lee: Apo­ca­lip­sis 21–5: “Y el que estaba sen­tado en el trono dijo: ‘Ahora todo lo hago nuevo’”- nos ase­gura la ple­ni­tud de la liber­tad, pues cada acto se puede prac­ti­car visua­li­zando en el Ser Abso­luto, la Ver­dad, la Bon­dad y la Belleza eter­nas, y por tanto inconmensurables.-

Con el adve­ni­miento de Cristo, esto es en la Navi­dad, se ini­cia la nueva liber­tad que no es sino la anti­gua cua­li­fi­cada por el amor de Dios, que es en defi­ni­tiva, la par­ti­ci­pa­ción en el poder del Padre.-

Dice Romano Guar­dini: “Con esto, para el hom­bre que cree, ha sido fun­dada una liber­tad de moda­li­dad nueva y defi­ni­tiva. Como demos­tra­mos antes, pro­ce­dente del con­te­nido de la acción, con­sis­tente en que el hom­bre entra en la rela­ción ver­da­dera con el ser, expe­ri­menta la vera­ci­dad de su forma esen­cial, jus­ti­fica el sen­tido de su valor y le da cabida en la pro­pia vida” (Ob. cit. pág. 67).-

Pero cabe insis­tir, la per­sona humana sigue siendo libre aún para negarse a Dios, per­diendo su liber­tad en el acto con­creto, pues Dios per­mi­tirá que la con­serve en tanto nunca, por poten­cia orde­nada, ani­qui­lará el espí­ritu del hom­bre. Y aún res­pecto de su cuerpo, que como mate­ria está some­tida a las con­se­cuen­cias de la corrup­ción, esta vigente la pro­mesa de la resurrección.-

La plena liber­tad es el meca­nismo para vivir en el orden, y allí dis­fru­tar de la uni­dad que en el mismo se genera. La ley natu­ral, que deriva de la ley eterna, la que surge de la leal­tad que Dios impone a su pro­pio plan y brinda el carác­ter con­se­cuente que requiere la Crea­ción, ayuda al pleno ejer­ci­cio de la liber­tad, y con ello, en un per­ma­nente acto de amor, brinda a la per­sona humana el camino seguro hacia la Visión Bea­tí­fica, que es el inte­lecto, sin nin­gún esfuerzo, con­tem­plando las esen­cias en su pureza. La Navi­dad, enton­ces, en la per­sona del Niño en el pese­bre, es la llave que abre toda cadena de escla­vi­tud, fun­da­men­tal­mente aque­lla a la que el pro­pio hom­bre se somete negando al Creador.-

De esta escla­vi­tud, por ello “solo la reve­la­ción de la ver­dad y del amor de Dios en Cristo redime, y solo en esta libe­ra­ción pro­pia con­si­guen las otras libe­ra­cio­nes penúl­ti­mas, su autén­tico sen­tido” (Confr. Romano Guar­dini. Ob. cit. Pág. 69)

Cuando en la Noche­buena espe­re­mos el naci­miento de Cristo, hagá­moslo con la espe­ranza de quien desea la liber­tad en su ple­ni­tud y, a su vez, for­mu­le­mos la pro­mesa de que mediante ella, que es el regalo del Reden­tor, tome­mos con­cien­cia de nues­tra pro­pia natu­ra­leza; y por la docen­cia de Cristo, que es la Ver­dad de Dios, sea­mos real­mente libres.-

Que en la visión del Niño Dios, que des­cansa en el pese­bre, vea­mos a quien encarna el amor en su justo sig­ni­fi­cado. Es decir, en la entrega per­fec­tiva a nues­tro pró­jimo, lo que implica amar como Él nos ha amado. Esto es, en “el don sacri­fi­cial de su vida en la cruz, como tes­ti­mo­nio de un amor ‘hasta el extremo’ (Jn. 13, 1): ‘Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus ami­gos’ (Jn. 15, 13)”. (Confr. Juan Pablo II. “Veri­ta­tis Splen­dor”. Pág. 35. Edi­cio­nes Paulinas).-

Él es quién nos acom­paña y nos acom­pa­ñará en el camino de nues­tro tiempo. Pero, a dife­ren­cia de los dis­cí­pu­los de Emaus, noso­tros sabe­mos de quién se trata y, cono­ce­do­res de su pro­mesa, cual es el des­tino al que nos con­duce. Lle­ga­dos a la morada del Padre, nos invi­tará a sen­tar­nos en la mesa del ban­quete. Allí, el Reden­tor, par­tirá el pan de la Sabi­du­ría y nos lo ofre­cerá y, nues­tra liber­tad, en su último acto, de inigua­la­ble ple­ni­tud, acep­tará el gozo de la con­tem­pla­ción del Acto puro, que expresa todos los bie­nes sin lími­tes y sin tiempos.-

Sobre la base de estos pre­su­pues­tos, tiene sen­tido el deseo de feliz Navi­dad, que se tra­du­cirá en el estado de nues­tro ánimo que se com­place y se com­pla­cerá con la pose­sión del Bien que es el de la visión y viven­cia del Dios Revelado.-

En la ciu­dad de Rosa­rio, Pro­vin­cia de Santa Fe, a los tres (03) días del mes de Diciem­bre del año del Señor de 2009.-

Autor: Juan Carlos Grisolia

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Un comentario en “Navidad. La Plenitud De La Libertad”  

  1. 1 Eduardo Palacios Molina

    Toda una clase nos ha brin­dado el pro­fe­sor Gri­so­lía que en forma orde­nada ha ido ela­bo­rando una clara inter­pre­ta­cion en Navi­dad sobre la ple­ni­tud de la Liber­tad. Nada más acer­tado que reafir­mar con la con­ver­sión de San Agus­tín, los con­cep­tos de San Ambro­sio: Me asom­bró con res­pecto a la liber­tad y a la Navi­dad la seme­janza de los con­cep­tos expues­tos en esta columna con los mani­fes­ta­dos por Su San­ti­dad Bene­dicto XVI en su Cate­que­sis del miér­co­les 30 de setiem­bre pasado. Cate­que­sis que estaba rela­cio­nada con su viaje apos­tó­lico a la Repú­blica Checa. Refi­rién­dose a San Meto­dio, San Cirilo y San Benito, san­tos patro­nes de Europa, el Vica­rio de Cristo afirmó: “El amor a Cristo es nues­tra fuerza”, este fue el lema del viaje, una afir­ma­ción que recuerda la fe de tan­tos tes­ti­gos heroi­cos del pasado remoto y reciente — pienso de modo par­ti­cu­lar en el siglo pasado-, pero que sobre­todo quiere inter­pre­tar la cer­teza de los cris­tia­nos de hoy. Sí nues­tra fuerza es el amor de Cristo. Una fuerza que ins­pira y anima las ver­da­de­ras revo­lu­cio­nes, pací­fi­cas y libe­ra­do­ras, nos sos­tiene en los momen­tos de cri­sis y nos per­mite vol­ver a levan­tar­nos cuando la liber­tad, ardua­mente recu­pe­rada, corre el riesgo de per­derse a sí misma, de per­der su pro­pia ver­dad“
    De hi que veo esta seme­janza de la Cáte­dra de Pedro con lo que el pro­fe­sor Gri­so­lía expone, mos­trán­do­nos a la liber­tad como un camino a la Ver­dad. ¿Y quién es la Ver­dad sino Jesús? Más ade­lante el Papa expresó refiriéndose”…dirigiéndome a las auto­ri­da­des polí­ti­cas y civi­les al Cuerpo Diplo­má­tico, quise refe­rirme al vínculo indi­so­lu­ble que debe exis­tir siem­pre entre la liber­tad y la ver­dad. No hay que tener miedo a la ver­dad, por­que es amiga del hom­bre y se su liber­tad; más aún, solo en la bús­queda sin­cera de la ver­dad, del bien y de la belleza se puede ofre­cer real­mente un futuro a los jóve­nes de hoy y a las futu­ras gene­ra­cio­nes” Gra­cias pro­fe­sor por recor­dar­nos que solo con la ver­dad sere­mos libres. Y este es mi deseo de esta Navi­dad : poder lle­gar a ser libre en la verdad.

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