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Navidad. La Plenitud De La Libertad
El Columnista Invitado de Hoy: Juan Carlos Grisolia
Fue San Ambrosio quien explicó a San Agustín, la interpretación católica del Antiguo Testamento, “especialmente de la frase faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram” (hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra). Y Agustín encontró aquí la correcta interpretación de la frase, pues contra las imputaciones de antropoformismo –formuladas por los maniqueos– ella expresaba no de que Dios tuviese cuerpo humano, sino que el hombre estaba dotado de un alma espiritual (Conf. Cornelio Fabro. “Historia de la Filosofía”. Tomo I. Pág. 213).-
Dios creó al hombre en cuerpo y alma. Ambas esencias unidas sustancialmente, de tal modo que es el alma la que comunica su ser al cuerpo. Y, es por ello, que el cuerpo expresa el alma. Entonces, “el cuerpo es por el alma y no el alma por el cuerpo”.-
Y esta no es el alma como principio vital del cuerpo, sino el alma intelectiva, aquella que “no solo tiene la facultad de entender, sino que, en cuanto unida al cuerpo, tiene la facultad de sentir”. “El alma espiritual no es solo la forma sustancial del cuerpo sino el fin del cuerpo. El cuerpo no solo es por el alma sino que es para el alma” (Conf. Alberto Caturelli. “Dos, una sola carne”. Pág. 30/34).-
Es en el espíritu entonces, donde encontramos la esencia de la persona humana, y el ser humano es tal por cuanto se da esta unidad sustancial, que permite afirmar que el cuerpo, sin el espíritu, muere, o el cuerpo en el que se minimiza el espíritu, se deteriora y degrada.-
Es en el espíritu, cuya naturaleza es la inmaterialidad, donde encontramos la libertad. Más aún, la libertad que comprobamos, por razón del consentimiento común, dice de la existencia de esta esencia simple que es el espíritu. Y éste es el sujeto de la libertad.-
Por eso Dios creó al hombre, y al hacerlo creó también su libertad, mediante la cual el espíritu se perfecciona, ordenándose progresivamente –en orden a merecer– a la trascendencia de su destino.-
Tal como lo expresaba Aristóteles, la libertad es “la preferencia reflexiva de lo mejor”. Y la preferencia dice de elección, y ésta pone su acento en el obrar, que es propio y exclusivo de la voluntad.-
Pero ésta no conoce su propio objeto “no es una facultad cognoscitiva; alcanza su objeto por medio del intelecto. Así tan pronto el intelecto juzga: ‘esto es un bien’, la voluntad está en presencia de su objeto, y tiende necesariamente hacia él…… La voluntad se guía por el intelecto. El intelecto conoce el ser como tal, desea la verdad como tal……” (Conf. J. F. Donceel. “Antropología Filosófica”. Pág. 390). Y aquí cabe detenerse en el vocablo reflexiva, del concepto aristotélico, y puede entender claramente lo que significa “lo mejor”. Y ello es el ser. Y el ser es el bien, y el bien es la verdad.-
Escribe Romano Guardini (Libertad, gracia y destino. Editorial Lumen. Pág. 59/60): “También esta libertad es viva, puede aumentar y disminuir….. Tanto mayor se forma cuanto más claramente conoce la verdad, cuanto más puramente es querido lo recto, cuanto más decididamente y con más fuerza es realizado. Asciende tanto más alto cuanto más valioso y noble es su objeto; cuanto más plenamente es aprehendido el ser de su riqueza óntica”.-
La libertad es de la naturaleza del espíritu, de tu espíritu, del espíritu individual de cada una de las personas humanas. Por eso el crecimiento de la libertad, conlleva necesariamente una adhesión cada vez más intensa e intelectual, a la verdad.-
Y en ésta encontramos la adecuación de la realidad objetiva a nuestro intelecto. El espíritu, inmaterializa lo material, y convertido en idea, lo expresa en el concepto, que es la conclusión del acto de conocimiento por el cual sabemos de las esencias, esto es de lo que las cosas son.-
Se trata de aquello que percibimos, apartando de él lo accidental, nos introducimos en lo que ello es, y fecho, comprobamos mediante la experiencia –el obrar de nuestra voluntad libre– que la cosa es lo que es.-
Toda negación de esta evidencia –pues a esta altura de la aprehensión del proceso intelectual, ya lo es– conduce al absurdo, y por el absurdo al fracaso, la confusión y con ellos la muerte.-
Puede concluirse entonces en que somos libres, porque somos seres espirituales, y ello así, por cuanto tanto nuestra voluntad como nuestro intelecto, son inmateriales.-
“El primer hombre, fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo” (Catecismo de la Iglesia Católica. Nº 374. Pág. 97).-
El hombre en el paraíso, fue “constituido en estado ‘de santidad y justicia original’. Esta gracia de la santidad original era una ‘participación de la vida divina’. Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía morir ni sufrir….. El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser por estar libre de la triple concupiscencia que lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón” (Catecismo. Nº 376/377).-
En este estado el hombre seguía siendo libre, y su libertad le era necesaria para decidir la permanencia en la contemplación de los bienes brindados directamente por su Creador. Su libertad, reducida en su ejercicio, ante la ausencia de la necesidad de elegir entre bienes, pues estos eran brindados por el Creador en su máxima entidad, la necesaria para participar de la vida divina; sin embargo permanecía, pues se integraba a su condición espiritual.-
Casi podríamos aventurar que su libertad operaba aún para aceptar el bien en la excelente manifestación en que lo contemplaba. Dios nunca forzó a su criatura a la aceptación de aquello que generosamente le brindaba.-
Después de la dación del ser –espiritual y físico– requirió de su criatura la libre aceptación de todo aquello que le ofrecía. Como Padre, quiso siempre el consentimiento, aún para la visión de las maravillas del orden divino. Y por ello arriesgando que, distorsionando su libertad, sus criaturas llegaran a negarle.-
Por eso Dios, por fidelidad a su propio orden, y a la naturaleza de la criatura, no impidió que ésta pecara. Esto da sentido a las palabras de San Pablo, que rezan: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm. 5, 20).-
Solo en la relación de la criatura con su Creador puede entenderse la realidad del pecado. La libertad se ejerce con la ayuda de las virtudes cardinales, nutridas en sus respectivas esencias, por aquellas elevadas a la sobrenaturalidad.-
La esencia del pecado, se define en la intercurrencia de la soberbia en la relación entre Dios y su criatura. Por ello “solo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre, se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (Catecismo. Nº 387).-
Abusar significa usar mal, excesiva, injusta, impropia o indebidamente de algo o de alguien (Conf. D.R. A.E. Vocablo indicado).-
Pero el abuso no hace desaparecer la libertad como condición de la naturaleza del espíritu. En la medida en que la libertad está presente en el acto específico, y por tanto, en sus límites, reconoce su fuente en el sujeto, a modo de potencia, y en ésta permanece, pero la que generó la acción, se convierte en licencia, porque tal es el uso deficiente de la libertad. Y la licencia relativa al acto que se considera, es causa de desequilibrio en el orden que rige y en el que se inserta la persona humana, lo que se traduce en pérdida de la rectitud, carencia de contenidos éticos de las acciones y defectos todos que apartan a la substancia individual de naturaleza racional de los referentes perfectivos.-
El hombre se prefirió a sí mismo, rechazando a Dios. “Seréis como dioses” (Gn. 3, 5). Y la muerte ingresó en la historia.-
Pero el Padre no abandonó a su criatura. “Al contrario, Dios lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída” (Catecismo. Nº 410).-
Este pasaje del génesis fue llamado “Protoevangelio”, y por él, el Padre formula el primer anuncio del Mesías Redentor.-
En este orden, cuánto contenido escatológico surge del canto del “Exultet”: “¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!” (Catecismo. Nº 412).-
A partir de aquí, el hombre, que conocía de la existencia de su Creador, sin embargo no había podido siquiera aproximarse a su naturaleza. El Dios Creador permaneció todavía como Dios oculto.-
Joseph Ratzinger –Benedicto XVI– en su obra “Jesús de Nazaret”, pág. 27, dice al respecto: “Pero en este punto debemos recordar otra historia digna de mención sobre la relación de Moisés con Dios que se relata en el Libro del Éxodo. Allí se nos narra la petición que Moisés hace a Dios: ‘Déjame ver tu gloria’ (Éx. 33, 18). La petición no es atendida: ‘Mi rostro no lo puedes ver’ (33, 20). A Moisés se le pone en un lugar cercano a Dios, en la hendidura de una roca, sobre la que pasará Dios con su gloria. Mientras pasa Dios le cubre con su mano y solo al final la retira: ‘Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás’ (33, 23).-
El hombre, entonces, podía ejercer su libertad porque era posible conocer el bien, y por la aprehensión del mismo, en el marco del mecanismo de la preferencia reflexiva, incorporar más ser a su ser. Pero su destino trascendente no podía ser visualizado, y por ello su libertad estaba limitada en cuanto a los bienes propuestos para su elección.-
En este tiempo, el hombre recibe los mensajes del Creador, y debe forzar su capacidad de comprensión y consecuente aprehensión, para obedecerlos en orden a su bien.-
En este período, la persona humana, que nunca dejó de ser tal, porque no fue privada de su condición espiritual, vive la conciencia directa de su libertad en el plano de la convicción psicológica de la misma.-
Dice Donceel, Ob. cit. pág. 384: “Que la condición psicológica de la libertad es tan fuerte que aún los deterministas obran con este presupuesto, cuando no están muy sobreaviso”.-
En este estado “el espíritu individual, es dueño de sí como persona. Él solo puede distanciarse de su propio ser y tomar posición frente a él. Sólo se puede juzgar y decidirse. Puede crear la acción…. Es algo distinto de lo físico y de lo bio-psíquico; sin embargo, absolutamente real. Tiene relación con la naturaleza física, edifica el cuerpo, lo gobierna, se manifiesta en él”.-
No debe olvidarse que “el espíritu es dependiente del cuerpo en sus funciones, pero no en su ser y consistencia; mientras que, al revés, el cuerpo del hombre sin el espíritu se arruina. El espíritu, en sí, es inespacial, por ser absolutamente simple; mas por el cuerpo tiene su lugar en el especio y en el tiempo; su momento de actuación y de responsabilidad en la historia” (Conf. Romano Guardini. Ob. cit. Pág. 62).-
En este lapso de la historia, los contenidos éticos del acto libre, se reducían al bien limitado a la realidad objetiva, la que por la caída de la criatura, tenía obscurecido su destino trascendente. No obstante los mensajes recibidos por los profetas, faltaba la certeza que surgiría del Dios visible. Por ellos, la persona humana intuía los absolutos de los bienes participados. Pero faltaba el cumplimiento de la promesa.-
Este augurio, anuncio de redención y de la consecuente recomposición, mediante la adopción, del vínculo entre el Creador y sus criaturas, se concretó cuando el Padre dispuso que su Hijo se encarnase, concretándose la unión hipostática, por el cual la Eternidad ingresó en el tiempo.-
Joseph Ratzinger, nuestro Papa Benedicto XVI, en la obra citada, pág. 28, nos dice: “En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho plenamente realidad lo que en Moisés era solo imperfecto: Él vive ante el rostro de Dios no solo como amigo, sino como Hijo; vive en la más íntima unidad con el Padre”.-
Era necesario asegurarse que la persona humana tuviese todas las garantías para el ejercicio pleno de su libertad. Por ello, en un nuevo acto de amor, por el cual el Padre renueva la Creación, se adelanta a la criatura, se muestra, para que la criatura reconozca su naturaleza, y en ella la libertad que le permite decidirse por el bien, y por él por su perfección natural relativa, garantía ésta de la contemplación de la perfección absoluta, propia del Padre que es el Ser Necesario.-
Esto es un nuevo acto de amor de Dios, amor que es su poder, manifestado en su propio orden, al que el Padre es fiel, por cuanto nada puede ser contradictorio en Dios.-
Dice Romano Guardini: “Por tanto, cuando Dios quiere manifestarse realmente, tiene que adelantarse como un objeto y estar ahí, y hablar con tal claridad que la profunda deslealtad del hombre no pueda ponerla en duda” (Ob. cit. Pag. 67).-
El Padre fue cuidadoso de brindar a los sentidos de la criatura todo aquello que le era atinente y que podía traducirse en una expresión material. Quería que la persona humana ejerciera debidamente su voluntad, porque si no imposible, por lo menos difícil, es negar la evidencia del mensaje confirmado en el sacrificio de la Cruz.-
Por eso es que el hombre escuchó la palabra, y mediante ésta, viendo a Quién la pronunciaba, perseveró en la misma, y, entonces, se hizo realidad la sentencia que se lee en Jn. 8, 32: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.
Dice el gran místico alemán: “Es lo que sucedió en Cristo. En el ámbito de su personalidad y de su vida se reveló Dios de tal manera que puede decirse que quien lo ve, ve ‘la gloria del Unigénito del Padre’ y ‘al Padre mismo’ (Jn. I, 14; 14, 9). Cristo es la epifanía corporal de Dios; en El se abre a la historia el Dios oculto” (Ob. cit. pág. 67).-
Sin embargo, la persona humana sigue siendo libre aún para perder la libertad en el acto concreto de su ejercicio, negando la fidelidad a su Creador, por razón de su egoísmo, el que permanece por causa de la naturaleza caída. La libertad negada en el acto concreto se convierte en licencia, y la licencia que se traduce en vicios degrada la condición humana. Por eso la persona pasa a ser considerada como individuo, y en este carácter es el objeto de la esclavitud.-
El nacimiento de Cristo, al recomponer el vínculo quebrado por el pecado original, nos asegura el ejercicio pleno de la libertad, por cuanto la voluntad libre obra conforme la reflexión que opera en la verdad.-
El Dios que ha dejado de estar oculto para manifestarse ante el mundo en el cuerpo de su Hijo, el que testimonia con su sacrificio las exigencias de vida necesarias para merecer los beneficios ontológicos de la trascendencia; se transforma en fuente que permite beber de ella la verdad, asegurando la debida reflexión para que la voluntad se dirija al ser y con el al bien.-
La nueva creación –aquella definida por Dios cuando se lee: Apocalipsis 21–5: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: ‘Ahora todo lo hago nuevo’”- nos asegura la plenitud de la libertad, pues cada acto se puede practicar visualizando en el Ser Absoluto, la Verdad, la Bondad y la Belleza eternas, y por tanto inconmensurables.-
Con el advenimiento de Cristo, esto es en la Navidad, se inicia la nueva libertad que no es sino la antigua cualificada por el amor de Dios, que es en definitiva, la participación en el poder del Padre.-
Dice Romano Guardini: “Con esto, para el hombre que cree, ha sido fundada una libertad de modalidad nueva y definitiva. Como demostramos antes, procedente del contenido de la acción, consistente en que el hombre entra en la relación verdadera con el ser, experimenta la veracidad de su forma esencial, justifica el sentido de su valor y le da cabida en la propia vida” (Ob. cit. pág. 67).-
Pero cabe insistir, la persona humana sigue siendo libre aún para negarse a Dios, perdiendo su libertad en el acto concreto, pues Dios permitirá que la conserve en tanto nunca, por potencia ordenada, aniquilará el espíritu del hombre. Y aún respecto de su cuerpo, que como materia está sometida a las consecuencias de la corrupción, esta vigente la promesa de la resurrección.-
La plena libertad es el mecanismo para vivir en el orden, y allí disfrutar de la unidad que en el mismo se genera. La ley natural, que deriva de la ley eterna, la que surge de la lealtad que Dios impone a su propio plan y brinda el carácter consecuente que requiere la Creación, ayuda al pleno ejercicio de la libertad, y con ello, en un permanente acto de amor, brinda a la persona humana el camino seguro hacia la Visión Beatífica, que es el intelecto, sin ningún esfuerzo, contemplando las esencias en su pureza. La Navidad, entonces, en la persona del Niño en el pesebre, es la llave que abre toda cadena de esclavitud, fundamentalmente aquella a la que el propio hombre se somete negando al Creador.-
De esta esclavitud, por ello “solo la revelación de la verdad y del amor de Dios en Cristo redime, y solo en esta liberación propia consiguen las otras liberaciones penúltimas, su auténtico sentido” (Confr. Romano Guardini. Ob. cit. Pág. 69)
Cuando en la Nochebuena esperemos el nacimiento de Cristo, hagámoslo con la esperanza de quien desea la libertad en su plenitud y, a su vez, formulemos la promesa de que mediante ella, que es el regalo del Redentor, tomemos conciencia de nuestra propia naturaleza; y por la docencia de Cristo, que es la Verdad de Dios, seamos realmente libres.-
Que en la visión del Niño Dios, que descansa en el pesebre, veamos a quien encarna el amor en su justo significado. Es decir, en la entrega perfectiva a nuestro prójimo, lo que implica amar como Él nos ha amado. Esto es, en “el don sacrificial de su vida en la cruz, como testimonio de un amor ‘hasta el extremo’ (Jn. 13, 1): ‘Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn. 15, 13)”. (Confr. Juan Pablo II. “Veritatis Splendor”. Pág. 35. Ediciones Paulinas).-
Él es quién nos acompaña y nos acompañará en el camino de nuestro tiempo. Pero, a diferencia de los discípulos de Emaus, nosotros sabemos de quién se trata y, conocedores de su promesa, cual es el destino al que nos conduce. Llegados a la morada del Padre, nos invitará a sentarnos en la mesa del banquete. Allí, el Redentor, partirá el pan de la Sabiduría y nos lo ofrecerá y, nuestra libertad, en su último acto, de inigualable plenitud, aceptará el gozo de la contemplación del Acto puro, que expresa todos los bienes sin límites y sin tiempos.-
Sobre la base de estos presupuestos, tiene sentido el deseo de feliz Navidad, que se traducirá en el estado de nuestro ánimo que se complace y se complacerá con la posesión del Bien que es el de la visión y vivencia del Dios Revelado.-
En la ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe, a los tres (03) días del mes de Diciembre del año del Señor de 2009.-
Autor: Juan Carlos Grisolia
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Toda una clase nos ha brindado el profesor Grisolía que en forma ordenada ha ido elaborando una clara interpretacion en Navidad sobre la plenitud de la Libertad. Nada más acertado que reafirmar con la conversión de San Agustín, los conceptos de San Ambrosio: Me asombró con respecto a la libertad y a la Navidad la semejanza de los conceptos expuestos en esta columna con los manifestados por Su Santidad Benedicto XVI en su Catequesis del miércoles 30 de setiembre pasado. Catequesis que estaba relacionada con su viaje apostólico a la República Checa. Refiriéndose a San Metodio, San Cirilo y San Benito, santos patrones de Europa, el Vicario de Cristo afirmó: “El amor a Cristo es nuestra fuerza”, este fue el lema del viaje, una afirmación que recuerda la fe de tantos testigos heroicos del pasado remoto y reciente — pienso de modo particular en el siglo pasado-, pero que sobretodo quiere interpretar la certeza de los cristianos de hoy. Sí nuestra fuerza es el amor de Cristo. Una fuerza que inspira y anima las verdaderas revoluciones, pacíficas y liberadoras, nos sostiene en los momentos de crisis y nos permite volver a levantarnos cuando la libertad, arduamente recuperada, corre el riesgo de perderse a sí misma, de perder su propia verdad“
De hi que veo esta semejanza de la Cátedra de Pedro con lo que el profesor Grisolía expone, mostrándonos a la libertad como un camino a la Verdad. ¿Y quién es la Verdad sino Jesús? Más adelante el Papa expresó refiriéndose”…dirigiéndome a las autoridades políticas y civiles al Cuerpo Diplomático, quise referirme al vínculo indisoluble que debe existir siempre entre la libertad y la verdad. No hay que tener miedo a la verdad, porque es amiga del hombre y se su libertad; más aún, solo en la búsqueda sincera de la verdad, del bien y de la belleza se puede ofrecer realmente un futuro a los jóvenes de hoy y a las futuras generaciones” Gracias profesor por recordarnos que solo con la verdad seremos libres. Y este es mi deseo de esta Navidad : poder llegar a ser libre en la verdad.