Haití, Terremoto y Polémica:

¿Dilla O Montaner?

A raíz de un artículo titu­lado “Puerto Prín­cipe: El terre­moto fue solo quien haló el gati­llo, la pis­tola es la pobreza.”, publi­cado por el Prof. Haroldo Dilla en el perió­dico domi­ni­cano 7días una intere­sante polé­mica tuvo lugar entre este autor y otro des­ta­cado inte­lec­tual cubano: Car­los Alberto Montaner.

Seguí con inte­rés los por­me­no­res de este debate que con­si­dero de alto vuelo entre Dilla, soció­logo de ori­gen mar­xista, y Mon­ta­ner, escri­tor de ten­den­cia libe­ral; cada uno de los expo­si­to­res abundó en el tema con un gran bagaje docu­men­tal y, claro está, según su visión polí­tica. Debo con­fe­sar que quien escribe, un afi­cio­nado al estu­dio de la His­to­ria de esta Amé­rica nues­tra, apren­dió mucho de las opi­nio­nes y pun­tos de vista encon­tra­dos de quie­nes con­si­dero inte­lec­tua­les de valía.

Limi­tado en sus inicios a un estre­cho cir­cuito en la red pronto me per­caté del inte­rés que segu­ra­mente des­per­ta­ría en un público más amplio por lo que me dirigí a los auto­res soli­ci­tán­do­les los res­pec­ti­vos per­mi­sos para publi­ca­ción, ambos acce­die­ron gus­to­sa­mente. Seguro estoy que los argu­men­tos ver­ti­dos serán objeto de cui­da­doso aná­li­sis ahora por parte qui­zás de miles de lec­to­res y el debate –para el que aún queda mucho espa­cio– ter­mi­nará enriquecido.

Pero por otra parte, y más allá de todo tipo de con­si­de­ra­cio­nes his­tó­ri­cas y/o polí­ti­cas, lo más impor­tante en estos momen­tos para el her­mano pue­blo hai­tiano es la ayuda soli­da­ria que poda­mos brin­darle, en este sen­tido todos coin­ci­di­mos y todos esta­mos com­pro­me­ti­dos en dar nues­tro máximo apoyo a esta gente tan necesitada.

Mi agra­de­ci­miento y feli­ci­ta­cio­nes a Dilla, Mon­ta­ner, a Pedro R. López y a todos aque­llos que hicie­ron posi­ble este trabajo.

Fdo.: Dr. Anto­nio Llaca.

Desde la ciu­dad de El Tigre. Estado Anzoá­te­gui. Venezuela.

Enero de 2010.

Puerto Prín­cipe.

El terre­moto fue solo quien haló el gati­llo: la pis­tola es la pobreza.

Haroldo Dilla Alfonso.

Siem­pre que voy a Puerto Prín­cipe, o sim­ple­mente pienso en ella, me asalta la mente una can­ción de Nat King Cole que mi her­mana hacia reso­nar una y otra vez en un toca­dis­cos color crema que le rega­la­ron por el cum­plea­ños, allá por los leja­nos 60s. En ella, con su espan­glish azu­ca­rado, Nat King Cole hablaba de una ciu­dad que mira al mar e invita al amor en un inol­vi­da­ble atardecer.

Una ciu­dad que ya no existe. No por el terre­moto, sino por la pobreza. El terre­moto fue solo quien haló el gati­llo: la pis­tola es la pobreza. En Seattle, en el 2001, hubo un terre­moto de cate­go­ría 7 que solo causó un cen­te­nar de heri­dos y un muerto, un anciano infar­tado. El terre­moto es recor­dado por­que Bill Gates daba una charla cuando comen­za­ron los tem­blo­res. Un video mues­tra al hom­bre más rico del mundo emer­giendo detrás de un podio con una son­risa de pánico incrus­tada en la cara. No había una pis­tola apun­tando a la cabeza de Seattle. En cam­bio, la pis­tola de la pobreza ha sido dis­pa­rada muchas veces en Haití. En el 2004 una tor­menta tro­pi­cal, que causó dos muer­tos en Puerto Rico y 7 en Repú­blica Domi­ni­cana, dejó cerca de 3 mil cadá­ve­res rega­dos en el norte del país; y tres años más tarde otras dos tor­men­tas mata­ron a 600 personas.

Cuando Nat King Cole can­taba a la capi­tal hai­tiana, Puerto Prín­cipe tenía unos 150 mil habi­tan­tes, espar­ci­dos junto al puerto, lo que aun puede notarse en las fotos aéreas: un área cui­da­do­sa­mente reti­cu­lada al oeste del Pala­cio Nacio­nal que alberga una arqui­tec­tura de casas sóli­das y ele­gan­tes indi­ca­ti­vas la fuerza de la ciu­dad his­tó­rica. Esa era la ciu­dad que cons­ti­tuía uno de los prin­ci­pa­les atrac­ti­vos turís­ti­cos del Caribe –solo supe­rada por La Habana– y que los domi­ni­ca­nos habían estado visi­tando durante déca­das en busca de las aven­tu­ras lúdi­cas que la enton­ces adusta Santo Domingo –fatal­mente Ciu­dad Tru­ji­llo por tres lar­gas déca­das– no tenía.

Pero ya por enton­ces Haití, y su ciu­dad capi­tal, comen­za­ban a mos­trar los sín­to­mas de la auto­fa­gia y el empo­bre­ci­miento. No se trata de que Haití fuera rica cuando era la colo­nia fran­cesa de Saint Domin­gue, y que comenzó a ser pobre cuando los escla­vos hicie­ron una vigo­rosa revo­lu­ción sen­ci­lla­mente para poder ser per­so­nas. Cier­ta­mente era un pul­món eco­nó­mico del capi­ta­lismo naciente, pero a expen­sas de la degra­da­ción física, inte­lec­tual y moral del 95% de la pobla­ción. Los escla­vos hicie­ron una gue­rra sin cuar­tel a las mis­mas tro­pas napo­leó­ni­cas que habían ren­dido impe­rios en Europa y al final here­da­ron una nación en escom­bros y some­tida al doble cerco de la con­tra­rre­vo­lu­ción euro­pea y de la ingra­ti­tud de los nue­vos paí­ses inde­pen­dien­tes his­pa­noa­me­ri­ca­nos, a cuyas ges­tas los hai­tia­nos cola­bo­ra­ron acti­va­mente reci­biendo a cam­bio más ais­la­miento. Para apa­ci­guar los ánimos revan­chis­tas de la ex metró­poli los suce­so­res de los pró­ce­res deci­die­ron pagar por lo que sus ante­ce­so­res habían logrado a san­gre y fuego: Fran­cia reci­bió una com­pen­sa­ción que según los exper­tos equi­vale a unos 20 mil millo­nes de dólares.

Pero sin lugar a dudas lo que ace­leró la auto­fa­gia hai­tiana fue su lugar en el diseño eco­nó­mico regio­nal como pro­vee­dora de mano de obra barata y des­pro­te­gida para las eco­no­mías agroex­por­ta­do­ras de Cuba y Repú­blica Domi­ni­cana en un prin­ci­pio y para todo el hemis­fe­rio pos­te­rior­mente, cuando expor­tar fuerza de tra­bajo se con­vir­tió en un gran nego­cio para las cla­ses domi­nan­tes hai­tia­nas y en un dre­naje bru­tal e irre­cu­pe­ra­ble de capi­tal humano. Desde enton­ces Haití fue cada vez más pobre, y en con­se­cuen­cia más per­so­nas bus­ca­ban sus sobre­vi­ven­cias o sus rea­li­za­cio­nes en otros luga­res, dejando allí sus apor­tes y sus plus­va­lías, en un terri­ble círculo vicioso que genera más y más pobreza. Y Puerto Prín­cipe pasó a ser una inmensa aglo­me­ra­ción de cua­tro millo­nes de pobla­do­res pobres, sin ser­vi­cios, con casas col­ga­das de las coli­nas y un puerto atroz­mente con­ta­mi­nado donde, en épocas “nor­ma­les” no era difí­cil encon­trar cadá­ve­res de indi­gen­tes que sim­ple­mente morían de pobreza. Una aglo­me­ra­ción de cua­tro millo­nes de seres vul­ne­ra­bles. Des­pués del terre­moto, una can­ti­dad que aun no sabe­mos, ahora téc­ni­ca­mente de sobrevivientes.

Desde la caída de la san­grienta tira­nía de Duva­lier –por mucho tiempo con­si­de­rada como un aliado pre­di­lecto de los Esta­dos Uni­dos en su lucha con­tra el comu­nismo en el Caribe– se han ensa­yado muchas fór­mu­las polí­ti­cas en Haití. Se han suce­dido gobier­nos demo­crá­ti­cos y gobier­nos mili­ta­res, se han alen­tado insu­rrec­cio­nes anti­gu­ber­na­men­ta­les, han ocu­rrido gol­pes mili­ta­res, se han inten­tado gobier­nos tec­no­crá­ti­cos bajo super­vi­sión inter­na­cio­nal y se han pro­du­cido blo­queos y libe­ra­li­za­cio­nes. Pero Haití no ha des­pe­gado. Y creo que ha sido así por­que el único recurso que puede sal­var a Haití es movi­li­zar su orgu­llo, su ener­gía nacio­nal, la misma que des­trozó al ejér­cito napo­leó­nico en 1804, que puso en jaque a los ocu­pan­tes ame­ri­ca­nos en 1915, que des­tronó a Duva­lier en 1986 y que en 1991 derrotó el intento de los ton­tons macou­tes de regre­sar al pala­cio nacio­nal. Hubo un momento en que pare­cía que un movi­miento polí­tico había logrado hacerlo. Fue cuando Jean Ber­trand Aris­tide y su grupo Lava­lás des­per­ta­ron el ánima de la nación post-duvalierista, hasta que, remo­vido por un golpe de estado, pactó con la oli­gar­quía más insen­si­ble de este con­ti­nente y regresó al poder, domes­ti­cado, de la mano de la admi­nis­tra­ción Clin­ton. Por un tiempo per­ma­ne­ció en el poder –en el trono o tras el– revol­cado en la corrup­ción, la repre­sión y el mesia­nismo, hasta que Bush lo secues­tró y lo depo­sitó en la Repú­blica Cen­troa­fri­cana. Fue un acto ile­gal de pre­po­ten­cia impe­ria­lista que, sin embargo, nadie lamentó seriamente.

Qui­zás este es otro momento deci­sivo de la his­to­ria hai­tiana. Siem­pre pen­sa­mos que Haití estaba tocando fondo, en par­ti­cu­lar cuando ciclo­nes y llu­vias podían pro­du­cir miles de muer­tos, cuando su eco­no­mía de sub­sis­ten­cia era arra­sada y cuando sus habi­tan­tes comían barro con man­te­qui­lla. Pero ahora hemos enten­dido que las caí­das no tie­nen fondo y es posi­ble seguir bajando hasta la extinción.

Corres­ponde al mundo ayu­dar a dete­ner esta caída. Se nece­sita dinero, recur­sos mate­ria­les y huma­nos y es obli­ga­ción de la comu­ni­dad inter­na­cio­nal acu­dir en ayuda de Haití, no sim­ple­mente para qué no mue­ran los millo­nes de dam­ni­fi­ca­dos, sino para que en lo ade­lante la vida tenga para ellos un sig­ni­fi­cado. Pero a pesar de que de ello se habla desde hace muchos años, hasta el momento la pro­vi­sión de recur­sos ha sido lenta, limi­tada, y mane­jada por una buro­cra­cia inter­na­cio­nal insen­si­ble y tan cara que ter­mina tra­gando un por­cen­taje muy alto de los recur­sos en com­pen­sa­ción por el riesgo que implica que­rer ayu­dar a Haití. La pro­puesta del pre­si­dente fran­cés de con­do­nar la deuda externa del país es sim­bó­li­ca­mente rele­vante pero de escaso valor prác­tico si no se acom­paña de fon­dos fres­cos sufi­cien­tes que siem­pre serán meno­res que los sub­si­dios trans­fe­ri­dos a los gran­des ban­cos o que los gas­tos rea­li­za­dos en las aven­tu­ras mili­ta­res “allende los mares”. Y por supuesto meno­res que los que Haití pagó a Fran­cia en el siglo XIX.

Pero sobre todo, la suerte de Haití debe ser deci­dida y rea­li­zada por los hai­tia­nos. Haití es un país agui­jo­neado por la corrup­ción, la indo­len­cia fun­cio­na­rial y el nar­co­trá­fico, y aun­que coin­ci­da­mos en que es nece­sa­ria en la pre­sente coyun­tura, tam­bién por la ocu­pa­ción mili­tar extran­jera. Su clase polí­tica y su oli­gar­quía han pade­cido siem­pre de una insen­si­bi­li­dad social que raya en el cri­men. Un esce­na­rio par­ti­cu­lar­mente agreste para movi­li­zar las ener­gías nacio­na­les. Pero al mismo tiempo esa socie­dad posee sufi­cien­tes reser­vas mora­les como para creer que es posi­ble cam­biar el curso de la vida y colo­car a este país al nivel de su his­to­ria. Esas reser­vas yacen en los cam­pe­si­nos del Arti­bo­nito que ara­ñan año tras año sus misé­rri­mos conu­cos; en las muje­res del nor­deste que reco­rren dis­tan­cias mayo­res con sus bár­tu­los de mer­can­cías; en los jóve­nes uni­ver­si­ta­rios capi­ta­li­nos que un día se expu­sie­ron a la vio­len­cia ofi­cial para mos­trar al mundo el dere­cho de un pue­blo a la vida decente; en los fun­cio­na­rios que con­tra viento y marea, inten­tan hacer avan­zar la ins­ti­tu­cio­na­li­dad y la efi­cien­cia públi­cas; y en los cien­tos de miles de emi­gran­tes que sacan tiempo y ener­gía para tra­ba­jar exten­sas jor­na­das y estu­diar, pen­sando en un día en que el regreso no sig­ni­fi­que la miseria.

Es nece­sa­rio ima­gi­nar un Haití para y por los hai­tia­nos, sen­ci­lla­mente por­que no hay otro camino para rever­tir el trá­gico pro­ceso de su per­ma­nente hun­di­miento y las socie­da­des, los pue­blos, nunca se sui­ci­dan. Quiero pen­sar que hay espa­cio para con­ver­tir esta inmensa tra­ge­dia en el punto de par­tida de algo. Tam­bién quiero pen­sar que sere­mos capa­ces de pagar nues­tras deu­das con Haití.

Haroldo Dilla.

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Car­los Alberto Montaner.

Comen­ta­rio Al Artículo De DillA.

El artículo de Dilla es intere­sante, tiene algu­nos acier­tos y sin duda está reco­rrido por la buena fe, pero creo que no pene­tra en la esen­cia de la tra­ge­dia haitiana.

Por la forma, el momento y los pro­ta­go­nis­tas con que los hai­tia­nos lle­ga­ron a la Inde­pen­den­cia, en 1804, no fue­ron capa­ces de crear las ins­ti­tu­cio­nes de la demo­cra­cia, la moder­ni­dad y el desa­rro­llo. La com­pen­sa­ción exi­gida por Fran­cia por la pér­dida de la colo­nia más rica del pla­neta a prin­ci­pios del XIX (gene­raba más riqueza que Canadá), 90 millo­nes de fran­cos oro, pagada a lo largo de varias déca­das, o el ais­la­miento
diplo­má­tico que sufrió el país hasta que Lin­coln lo reco­no­ció, con ser ele­men­tos impor­tan­tes no expli­can el desas­tre haitiano.

Como dato curioso, y para sim­pli­fi­car lo que quiero decir: cerca de Haití, en Bar­ba­dos, está el más exi­toso estado de Amé­rica, excep­tua­dos USA y Canadá. Bar­ba­dos fue tam­bién una plan­ta­ción escla­vista azu­ca­rera, terri­ble­mente explo­tada por Gran Bre­taña. El ori­gen étnico de bar­ba­den­ses y hai­tia­nos es muy pare­cido, pero el pos­te­rior desem­peño his­tó­rico de Bar­ba­dos y Haití son total­mente diferentes.

Los bar­ba­den­ses asi­mi­la­ron las ins­ti­tu­cio­nes bri­tá­ni­cas y rom­pie­ron gra­dual­mente con la Metró­po­lis. Los hai­tia­nos, heroi­ca­mente, pero caren­tes de una clase ilus­trada capaz de mane­jar la auto­ri­dad efi­caz­mente, sal­ta­ron del barra­cón a la casa de gobierno. Fue una gesta admi­ra­ble en su momento, pero el costo pos­te­rior ha sido terrible.

Mien­tras Bar­ba­dos tuvo los bene­fi­cios cul­tu­ra­les de la euro­pei­za­ción pro­gre­siva, Haití comenzó un regreso pau­la­tino a la afri­ca­ni­za­ción de la vida pública. Lo que me sucede con la inter­pre­ta­ción de Dilla es que me parece que se queda en la visión esque­má­tica de Occidente-es-culpable. La cosa no es así: el asunto es mucho más com­plejo y para tra­tar de enten­derlo hay que tra­tar de colo­carse en el momento en que ocu­rrie­ron los hechos.

Un abrazo,

Car­los Alberto

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Haroldo Dilla

Res­puesta Al Comen­ta­rio De Montaner:

Esti­mado Pedro: siem­pre me pare­ció que tu cali­fi­ca­tivo de exce­lente era un jovial gesto de con­des­cen­den­cia cama­ra­de­ril ante un artículo que quiso por encima de todo mos­trar sen­si­bi­li­dad ante un fenó­meno de tanta trá­gica actua­li­dad. Por lo que me pare­ció exa­ge­rado que te bajes del tren en mar­cha por una opi­nión dada por un lec­tor, en este caso Mon­ta­ner, que siem­pre es bien­ve­nida. Y por supuesto te ruego no vuel­vas a subir, que ya a nues­tras eda­des no es reco­men­da­ble subir y bajar de los tre­nes en marcha.

Pero aun­que no acos­tum­bro a par­ti­ci­par en estos inter­cam­bios, me veo en este caso impe­lido a hacerlo debido a dos razo­nes. La pri­mera es que Mon­ta­ner nece­sita algu­nas lec­tu­ras his­tó­ri­cas adi­cio­na­les (no siem­pre se hace buena música tocando de oídos) y al res­pecto puedo poner a su dis­po­si­ción un intere­sante lis­tado que van desde Price Mars hasta Casi­mir que le ayu­da­rían a refi­nar su jui­cio inter­pre­ta­tivo. La segunda, por­que creo que Mon­ta­ner nece­sita dar un paso ade­lante res­pecto a los dog­mas libe­ra­les y la reto­rica del dis­curso seguro que le acom­pa­ñan. Su inne­ga­ble talento lo merece, y sus bue­nas inten­cio­nes lo reclaman.

Rápi­da­mente, pues el tiempo de todos apremia:

1–Bar­ba­dos es un micro estado cuya excep­cio­na­li­dad es tal que no es serio que le con­si­de­re­mos el estado más exi­toso de Amé­rica. En serio, seño­res, hable­mos en serio. Como decía Marx, esto se pone por debajo de la crí­tica. Huelga ano­tar, sin embargo, que jamás pen­sa­ría, ni insi­núo, ni men­ciono, que los pro­ble­mas de Haití se ligan al ori­gen étnico de sus habi­tan­tes. No sé por cual razón Mon­ta­ner hace la aclaración.

2–Es difí­cil com­par­tir la idea de una colo­nia de Saint Domin­gue tan rica cuando esta riqueza se apo­yaba en la super­ex­plo­ta­ción y el some­ti­miento abso­luto de la abru­ma­dora mayo­ría de la pobla­ción. La riqueza de una socie­dad no se mide en tér­mi­nos de pura esta­dís­tica eco­nó­mica, sino por razo­nes de la eco­no­mía polí­tica. Luego, la revo­lu­ción hai­tiana no fue una des­via­ción de la his­to­ria. Fue la pola­ri­za­ción abso­luta de la colo­nia la que generó la radi­ca­li­dad abso­luta de la revo­lu­ción. Las revo­lu­cio­nes son una res­puesta social a coyun­tu­ras de la his­to­ria. Y me temo que así seguirá siendo mien­tras exis­tan las con­di­cio­nes que las generan.

3–No dis­cuto la suma total de lo pagado a Fran­cia en varias déca­das, sino que remito a los cálcu­los de los his­to­ria­do­res que ase­so­ra­ron al gobierno hai­tiano en 1991. Creo que fue una hemo­rra­gia finan­ciera que en algu­nos años obligó a pagar a Fran­cia hasta el 80% de las ren­tas inter­nas. Pero yo nunca digo que eso haya sido la causa de la caída hai­tiana. Deben leer más cui­da­do­sa­mente el artículo. Yo remito esa caída a la manera como Haití quedó inserto en la eco­no­mía regional/mundial en el siglo XX, como pro­vee­dora de mano de obra barata y des­pro­te­gida para la acu­mu­la­ción capi­ta­lista en Cuba y Rep. Dom., y aun hoy en este país. La razón es com­pleja y está ligada al pano­rama polí­tico que los ame­ri­ca­nos encon­tra­ron en 1915 y que impi­dió el esta­ble­ci­miento de la agroin­dus­tria expor­ta­dora en el Arti­bo­nito. Pero es un tema muy amplio.

4–Com­par­ti­ría casi todos los argu­men­tos sobre las limi­ta­cio­nes his­tó­ri­cas de La elite hai­tiana, y si nos refe­ri­mos a la actua­li­dad, me sen­ti­ría com­pen­sado en abun­dar en ello. Pero es cán­dido creer que el fra­caso estuvo dado por­que en 1804 no implan­ta­ron la demo­cra­cia libe­ral o la moder­ni­dad (por cierto, ¿que es la moder­ni­dad?). En 1804 eso no exis­tía en nin­gún lugar y el tér­mino demo­cra­cia era fran­ca­mente sub­ver­sivo. Los ame­ri­ca­nos, que inven­ta­ron la polí­tica moderna, demo­ra­ron bas­tante en mode­larla. Pero qui­zás sor­pren­de­ría cons­ta­tar (pero hay que leer) que en el siglo XIX la vida ins­ti­tu­cio­nal repu­bli­cana hai­tiana era nota­ble­mente rica, mucho más que en buena parte de los paí­ses lati­noa­me­ri­ca­nos. Si excep­tua­mos el período de Sou­lou­que, los gober­nan­tes hai­tia­nos eran fre­cuen­te­mente per­so­nas cul­tas y con voca­ción pública (Petion, Boyer, Gef­frad, Saget, Hyp­po­lite, Salo­mon… (Pro­ba­ble­mente por eso la escasa edu­ca­ción pública hai­tiana es nota­ble­mente buena). La per­cep­ción eli­tista de que brin­car del barra­cón al pala­cio es intrín­se­ca­mente malo es un jui­cio pre­jui­ciado, y de cual­quier manera son muchas las bue­nas cunas que pro­du­cen ali­ma­ñas políticas.

5–En com­pa­ra­ción con RD, por ejem­plo, en el siglo XIX y hasta bien avan­zado el XX Haití era mucho más desa­rro­llado, moderno y sofis­ti­cado. Los domi­ni­ca­nos visi­ta­ban a PP como si fuera una refe­ren­cia de civi­li­za­ción. Y aun hoy me temo que los polí­ti­cos hai­tia­nos son más sofis­ti­ca­dos (aquí uso la pala­bra en exacto espa­ñol) que los domi­ni­ca­nos, lo que deter­mina que a pesar de que H es la pieza débil de la ecua­ción, puede mani­pu­lar las situa­cio­nes con mayor éxito. Y los domi­ni­ca­nos nos que­da­mos siem­pre tra­gando una buena parte de las “exter­na­li­da­des nega­ti­vas” de la rela­ción.

Hasta aquí llego, un abrazo a todas y todos.

Haroldo

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Car­los Alberto Montaner.

Mon­ta­ner Res­ponde A Dilla.

Que­rido Pedro Ramón,

He leído con mucho inte­rés, como suelo hacer, la res­puesta de Haroldo Dilla. No sabía que era un experto en his­to­ria hai­tiana. La biblio­gra­fía de él que conozco no per­mite adi­vi­nar esa faceta suya. Me parece admirable.

Mi cono­ci­miento sobre Haití, en cam­bio, es más bien pre­ca­rio. He leído lo que cuen­tan las his­to­rias gene­ra­les de Amé­rica Latina, algu­nos ensa­yos bio­grá­fi­cos ais­la­dos y varias doce­nas de artícu­los espe­cia­li­za­dos. Ape­nas he visi­tado el país media docena de veces, y sólo en dos de ellas me aven­turé a reco­rrerlo junto a líde­res hai­tia­nos que enton­ces esta­ban vin­cu­la­dos a la Inter­na­cio­nal Libe­ral. Fue de labios de ellos que escu­ché muchas his­to­rias del cochero Tous­saint L´Overture, un per­so­naje dotado de cierto talento como gue­rrero, de Henry Chris­tophe, sir­viente en un hotel con bas­tante de psi­có­pata san­gui­na­rio, cuya Cita­de­lle reco­rrí con una mez­cla de admi­ra­ción y horror, y de Des­sa­li­nes, tan des­di­chado que era esclavo de otro negro, lo que, curio­sa­mente, no dis­mi­nuyó su odio feroz con­tra los blan­cos, acti­tud de la que los domi­ni­ca­nos toda­vía guar­dan cierta memoria.

Mi visión de las rela­cio­nes entre Haití y Repú­blica Domi­ni­cana la adquirí en los mag­ní­fi­cos libros de mi amigo Frank Moya Pons y en lar­guí­si­mas char­las con tres de los domi­ni­ca­nos más inte­li­gen­tes que he tra­tado en el país: Fede­rico Hen­rí­quez Gra­te­reaux, Frank Marino Her­nán­dez y José Israel Cue­llo. Frank Marino, lamen­ta­ble­mente, ya murió.

Los escu­chaba con gran aten­ción por­que, al fin y al cabo, era una his­to­ria que, en alguna medida, me resul­taba cer­cana. Una rama de mi fami­lia materna llegó a Santo Domingo en el segundo viaje de Colón, allí se man­tuvo cua­tro siglos, y des­ciende direc­ta­mente de Rodrigo Bas­tida y de su yerno Gon­zalo Fer­nán­dez de Oviedo. Mi abuela (Lavas­tida Lan­des­toy) ahí nació y emi­gró a Cuba a prin­ci­pios del siglo XX. A lo largo del XIX, gene­ral­mente huyendo de la gue­rra y de la inva­sión hai­tiana, muchos de sus parien­tes ya se habían ins­ta­lado en Cuba. Mi abuela, por cierto, estaba empa­ren­tada, con dos ilus­tres dominicanos-cubanos: Máximo Gómez Báez (por los Báez) y José María Here­dia (por los Heredia).

Nada de esto, natu­ral­mente, tiene que ver con el inter­cam­bio de ideas (no lo lla­ma­ría debate) con el amigo Dilla, pero supuse que a algu­nos lec­to­res cuba­nos ave­cin­da­dos en RD les intere­sa­ría cono­cer estos curio­sos deta­lles fami­lia­res esca­sa­mente rele­van­tes, salvo para mi pro­pia tribu.

Voy al grano.

Repito el cora­zón de mi argu­men­ta­ción: Haití, pau­la­ti­na­mente, se con­vir­tió en un estado fallido por­que saltó del barra­cón a la casa de gobierno, sin expe­rien­cia en la admi­nis­tra­ción y con una élite tan frá­gil y tan poco densa que no fue capaz de crear ins­ti­tu­cio­nes repu­bli­ca­nas sóli­das y no supo trans­mi­tir la auto­ri­dad de una manera racional.

En última ins­tan­cia, lo que afirmo es que el estado hai­tiano fra­casó por razo­nes endó­ge­nas y no por cau­sas exter­nas. Ni la deuda impuesta por los fran­ce­ses como indem­ni­za­ción por la pér­dida de la colo­nia, ni la ausen­cia de reco­no­ci­miento inter­na­cio­nal (que no impe­día el comer­cio), ni el trato áspero de las gran­des poten­cias cau­sa­ron la pro­gre­siva pau­pe­ri­za­ción y cri­sis del Estado hai­tiano. Fue la élite hai­tiana, salida del seno de esa con­vulsa socie­dad, la que tomó los cami­nos equi­vo­ca­dos para el conjunto.

Con el objeto de demos­trar que las cosas hubie­ran podido ser de otro modo, des­ta­qué el caso de la vecina isla de Bar­ba­dos, rese­ñada en el Índice de Desa­rro­llo Humano que anual­mente publica Nacio­nes Uni­das como la socie­dad más exi­tosa de Amé­rica, excep­tua­dos Esta­dos Uni­dos y Canadá. Y si apelé a ese ejem­plo, fue para demos­trar que una socie­dad de orí­ge­nes muy pare­ci­dos a los de Haití (una terri­ble plan­ta­ción de escla­vos cruel­mente mal­tra­ta­dos por sus amos) podía triun­far si con­taba con las ins­ti­tu­cio­nes ade­cua­das, extremo que fue posi­ble en ese país por la honda hue­lla civi­li­za­dora y la expe­rien­cia en auto­go­bierno que dejó Gran Bre­taña en la Isla.

La reac­ción de Dilla a este argu­mento me parece sor­pren­dente. Dilla se rió cuando la leyó y hasta buscó a Marx en su ayuda (entiendo que con esas apo­ya­tu­ras se equi­vo­que fre­cuen­te­mente). Pre­ci­sa­mente, por el hecho de ser un “micro estado” des­ovado por el peor colo­nia­lismo escla­vista, con sólo 431 kiló­me­tros cua­dra­dos y unos 300, 000 habi­tan­tes –una den­si­dad pobla­cio­nal pare­cida a la hai­tiana–, es la demos­tra­ción de que no hay esta­dos “invia­bles”, sino esta­dos pési­ma­mente gobernados.

Si los bar­ba­den­ses, en el mismo esce­na­rio cari­beño, en un espa­cio mucho más redu­cido, con peo­res con­di­cio­nes natu­ra­les que Haití, han logrado crear sufi­cien­tes rique­zas (US$17, 000 de PIB anual medido en poder de com­pra) y cons­ti­tuido una socie­dad edu­cada y decente, con sólo una décima parte de la pobla­ción por debajo de los lími­tes de pobreza, eso demues­tra que tanto los pro­ble­mas como las solu­cio­nes depen­den del com­por­ta­miento interno de la socie­dad y no de las cir­cuns­tan­cias exteriores.

Me ima­gino que a Dilla tam­bién le pare­cerá risi­ble el caso del Prin­ci­pado de Ando­rra, de tamaño simi­lar a Bar­ba­dos, pero con un mile­nio de his­to­ria exi­tosa y pací­fica en medio de dos paí­ses que se des­tri­pa­ban fre­cuen­te­mente. Y segu­ra­mente se reirá de Sin­ga­pur, otro micro estado que comenzó su anda­dura inde­pen­diente en 1966, en medio de una cri­sis polí­tica y eco­nó­mica enorme, exac­ta­mente cuando las supers­ti­cio­nes mar­xis­tas demo­lían el apa­rato pro­duc­tivo cubano.

Como los resul­ta­dos de ambos paí­ses –Cuba y Sin­ga­pur–, al cabo de varias déca­das están a la vista, ni siquiera me tomo el tra­bajo de con­tras­tar qué ha ocu­rrido en el micro estado asiá­tico frente a lo suce­dido en la pobre Cuba, por­que estoy seguro de que Dilla, ade­más de cono­cer pro­fun­da­mente la his­to­ria hai­tiana, maneja la infor­ma­ción ade­cuada sobre la eco­no­mía con­tem­po­rá­nea. La dife­ren­cia, ade­más, no es para reír sino para echarse a llorar.

Por otra parte, fui yo quien encon­tró cómica la expli­ca­ción de Dilla del catas­tró­fico desem­peño hai­tiano: “Yo remito esa caída –dice—a la manera como Haití quedó inserto en la eco­no­mía regional/mundial en el siglo XX, como pro­vee­dora de mano de obra barata y des­pro­te­gida para la acu­mu­la­ción capi­ta­lista en Cuba y Repú­blica Domi­ni­cana (…)”. O sea, para el amigo Dilla la Teo­ría de la Depen­den­cia, pese a la expe­rien­cia de la segunda mitad del siglo XX, con­ti­núa vigente. Como sue­len decir los espa­ño­les, hay gente “inase­qui­ble al des­aliento”. Cuanto lo siento.

Dilla no ha leído las decla­ra­cio­nes de Fer­nando Hen­ri­que Car­doso (autor del mejor resu­men de ese dis­pa­rate, escrito junto a Enzo Faletto), en las que pide que olvi­den cuanto escri­bió basado en la absurda pre­misa de la Teo­ría de la Depen­den­cia, des­men­tida una docena de veces por casos como los de Tai­wán, Corea del Sur, Sin­ga­pur, etc., paí­ses de la supuesta “peri­fe­ria” que pasa­ron a for­mar parte del “cen­tro” con la cola­bo­ra­ción y no la opo­si­ción de las nacio­nes desarrolladas.

Dilla no ha tomado en cuenta las humil­des rec­ti­fi­ca­cio­nes de la CEPAL a las elu­cu­bra­cio­nes equi­vo­ca­das de los eco­no­mis­tas estruc­tu­ra­lis­tas que le die­ron vida, ni siquiera las del pro­pio Raúl Pre­bisch, após­tol del des­a­gui­sado a media­dos del siglo pasado. Dilla, cuando ve el ejem­plo del Estado de Israel, un pequeño gigante bro­tado en el desierto, no es capaz de com­pro­bar que nada ni nadie impide que una socie­dad pro­grese y pros­pere en las peo­res cir­cuns­tan­cias. Empan­ta­nado en la visión vic­ti­mista de la Teo­ría de la Depen­den­cia, el amigo Dilla es indi­fe­rente a la realidad.

Como Dilla, ade­más, no sabe qué es la moder­ni­dad ni cómo se forjó, pero tiene la gen­ti­leza de reco­men­darme lec­tu­ras (que bus­caré ávida­mente), me per­mito pro­po­nerle que lea con mucho cui­dado la obra de Dou­glas North, el Pre­mio Nobel de Eco­no­mía (1993), para que pon­dere el peso de las ins­ti­tu­cio­nes en el desa­rro­llo eco­nó­mico, y en espe­cial sus finas dis­qui­si­cio­nes sobre las “socie­da­des de acceso abierto y acceso limi­tado”, por­que pro­ba­ble­mente eso con­tri­buirá a ampliarle sus hori­zon­tes de aná­li­sis, tal vez muy cons­tre­ñi­dos por la pobreza sin reme­dio del pen­sa­miento marxista.

Otros auto­res que segu­ra­mente no eran popu­la­res en Cuba, pero que le reco­miendo viva­mente para que entienda mejor cómo las socie­da­des crean o des­tru­yen la riqueza, ade­más de North, son F. Hayek, James Bucha­nan, Gary Becker, Robert Fogel, Mil­ton Fried­man –los cinco obtu­vie­ron el Nobel de Eco­no­mía, y dos que no lo reci­bie­ron, pero lo mere­cían: L. von Mises e Israel Kirs­ner. La ven­taja que tiene este selecto grupo de pen­sa­do­res libe­ra­les es que abor­dan el tema desde diver­sas pers­pec­ti­vas: cul­tu­ra­lis­tas, ins­ti­tu­cio­na­lis­tas, mone­ta­ris­tas, fis­ca­lis­tas y empresarialistas.

Tam­poco entiendo muy bien (salvo si tomo en cuenta los este­reo­ti­pos absor­bi­dos por Dilla en Cuba tras medio siglo de dis­tor­sio­nes de la per­cep­ción) que me incite a “dar un paso ade­lante res­pecto a los dog­mas libe­ra­les y la retó­rica del dis­curso seguro que le acompañan”.

¿Qué debo aban­do­nar del pen­sa­miento libe­ral? Me encan­ta­ría que me lo seña­lara. Los prin­ci­pios bási­cos que defen­de­mos los libe­ra­les, y las medi­das de gobierno que sole­mos reco­men­dar, son estos: defensa de las liber­ta­des indi­vi­dua­les, res­peto por los dere­chos huma­nos, lai­cismo del sec­tor público, tole­ran­cia con la diver­si­dad, supre­ma­cía de la socie­dad civil, exi­gen­cia de trans­pa­ren­cia y ren­di­ción de cuen­tas en los actos de gobierno, igual­dad ante leyes neu­tra­les, plu­ra­lismo polí­tico, con­sul­tas demo­crá­ti­cas perió­di­cas, des­cen­tra­li­za­ción del Estado, eco­no­mía libre que res­pete la pro­pie­dad pri­vada y que deje al mer­cado, y no a la arbi­tra­rie­dad de los comi­sa­rios, la asig­na­ción de recur­sos o la fija­ción de los pre­cios (como sucede en Cuba), comer­cio libre, con­trol del gasto público y de la infla­ción, equi­li­brio fis­cal, com­pe­ten­cia entre las empre­sas y meri­to­cra­cia entre las personas.

Fran­ca­mente, me intriga saber cuá­les son los prin­ci­pios o las medi­das de gobierno que le resul­tan equi­vo­ca­das o con­tra­pro­du­cen­tes al eco­no­mista Dilla.

¿Se da cuenta el amigo Dilla que las treinta nacio­nes más feli­ces y desa­rro­lla­das del pla­neta son las que se con­du­cen con arre­glo a esos prin­ci­pios y medi­das libe­ra­les, unas veces bajo la geren­cia de social­de­mó­cra­tas, y otras bajo demo­cris­tia­nos, con­ser­va­do­res o los que nos lla­ma­mos libe­ra­les, hijos todos de una misma fami­lia pro­creada, en los tiem­pos moder­nos, por Locke, Smith, Mon­tes­quieu y una larga cadena de pen­sa­do­res que desde la Ilus­tra­ción hasta nues­tros días han ido refi­nando ince­san­te­mente las ideas ori­gi­na­les que die­ron ori­gen a la demo­cra­cia liberal?

Me temo, en cam­bio, que es el amigo Dilla quien debe revi­sar sus lec­tu­ras y pre­mi­sas, por­que lo que no encaja en la tra­di­ción libe­ral de Occi­dente es el mar­xismo, con su receta odiosa de lucha de cla­ses, dic­ta­dura del pro­le­ta­riado, into­le­ran­cia, y desa­pa­ri­ción de las liber­ta­des y de la pro­pie­dad pri­vada, inevi­ta­ble­mente con­du­cen­tes a los mata­de­ros y el empobrecimiento.

¿Cómo se puede ser mar­xista tras la horrenda expe­rien­cia del siglo XX? Real­mente, lo ignoro. ¿Se ha per­ca­tado Dilla de que el mar­xismo, con­ver­tido en dis­curso legi­ti­ma­dor del gobierno, siem­pre ha ter­mi­nado eri­giendo pare­do­nes y cala­bo­zos en medio de la mise­ria? ¿Cómo se puede ser mar­xista tras los ejem­plos de las dos Ale­ma­nia y las dos Corea? ¿Cómo se puede ser mar­xista y cono­cer a fondo lo suce­dido en esa des­di­chada isla? ¿Cómo se puede ser mar­xista cuando se com­prueba, inva­ria­ble­mente, que en la cons­truc­ción de los esta­dos comu­nis­tas han fra­ca­sado ger­ma­nos, esla­vos, tur­co­ma­nos, lati­nos, lati­noa­me­ri­ca­nos, asiá­ti­cos, cató­li­cos, orto­do­xos, pro­tes­tan­tes, todos, por­que, como me con­fe­sara con humil­dad Ale­xan­der Yako­lev, el padre de la Peres­troika, en su des­pa­cho de Moscú (que antes había sido de Sus­lov), la san­grienta uto­pía mar­xista no tenía en cuenta la natu­ra­leza humana.

En fin: tal vez la dife­ren­cia esen­cial entre ser libe­ral y mar­xista es ésta: un ver­da­dero libe­ral, si no está dis­puesto a trai­cio­nar los valo­res que per­fi­lan su con­cien­cia, tiene la obli­ga­ción moral de res­pe­tar a un mar­xista aun­que piense que está equi­vo­cado; un mar­xista, en cam­bio, en nom­bre de la revo­lu­ción se siente jus­ti­fi­cado para per­se­guir a un libe­ral, encar­ce­larlo, matarlo si es nece­sa­rio y, en defi­ni­tiva, extir­parlo de la faz de la tie­rra por­que los adver­sa­rios de sus ideas son, en reali­dad, des­pre­cia­bles enemi­gos del pue­blo. Es lo que han hecho siem­pre cuando han ocu­pado el poder.

********

Haroldo Dilla.

Res­puesta A Car­los Alberto Montaner.

Ante todo quiero pedir per­dón a todos los lec­to­res de esta red infor­mal por some­ter­los a esta dis­cu­sión a la cual me he visto arras­trado no sé ni cómo, pero de la que me salgo bajo cual­quier cir­cuns­tan­cia tras escri­bir y enviar­les este muy breve men­saje que trata solo de pun­tua­li­zar algu­nas cosas a Car­los Alberto Mon­ta­ner (CAM). Por supuesto que obvio todo lo que CAM dice que yo digo y que no digo, como que me rio de los micro­es­ta­dos, cuando en ver­dad lo que hago es poner en tela de jui­cio no a los micro­es­ta­dos, sino al uso poco rigu­roso que CAM hace de esas experiencias.

La manera como CAM trata de con­du­cir esta dis­cu­sión me recuerda la manera como reac­cionó Dios, según Sara­mago, cuando Luci­fer le ofre­ció su arre­pen­ti­miento. Por­que CAM, como la figura inven­tada por Sara­mago, nece­sita un dia­blo para jus­ti­fi­car su pro­pia exis­ten­cia. Y en este caso el dia­blo de CAM es un mar­xismo demo­ni­zado hasta en sus deta­lles (le llama san­grienta uto­pía, odiosa, erec­tora de pare­do­nes y mata­de­ros, etc.) que con­trasta con las inmen­sas vir­tu­des de un libe­ra­lismo ange­li­cal del cual solo un mal nacido puede espe­rar alguna exter­na­li­dad nega­tiva. Esto no es teo­ría y no se puede dis­cu­tir, esto es ideo­lo­gía, y res­pecto a las ideo­lo­gías hay que apli­car un axioma: cada cual con su cruz.

De cual­quier manera hago notar que reco­nozco tanto altos valo­res en el libe­ra­lismo como nota­bles falen­cias en el mar­xismo como teo­ría social y por eso siem­pre he sido bas­tante ecléc­tico, pero sigo cre­yendo que el mar­xismo es la mega­teo­ría socio­ló­gica con­tem­po­rá­nea más com­pleta que existe. Pero eso es otra discusión.

Como tam­bién es otra dis­cu­sión la manera tan poco ele­gante como CAM acusa a los mar­xis­tas de tener como hobby pre­di­lecto fusi­lar libe­ra­les. En ver­dad se han fusi­lado mutua­mente, pero no entro ahora en los por­me­no­res que han moti­vado esa acti­tud tan des­truc­tiva. Lo que me interesa es apun­tar que cuando CAM escribe estas cosas, ha cerrado todos los cami­nos de la con­ver­sa­ción y el debate. La deni­gra­ción, la anate­ma­ti­za­ción, la dis­mi­nu­ción del opo­nente en un debate no es una norma civi­li­zada y res­pe­tuosa de dis­cu­tir. CAM no repre­senta aquí la tra­di­ción libe­ral cubana sino la tra­di­ción auto­ri­ta­ria, eli­tista y exclu­yente de los capi­ta­nes gene­ra­les. CAM hace ahora lo que los voce­ros de Granma, Cuba­de­bate y KAOS hacen con él. Por tanto se ubica a su nivel. Afor­tu­na­da­mente no es el mío.

Otra acla­ra­ción: yo nunca fui un fan de la teo­ría de la depen­den­cia, y que resulta en ver­dad una cons­truc­ción gno­seo­ló­gica externa y pos­te­rior al pro­pio debate que tuvo lugar enton­ces. Y por eso creo que lo que estoy dis­cu­tiendo tiene poco que ver con el depen­den­tismo lati­noa­me­ri­cano. El inter­cam­bio desigual que men­ciono, por ejem­plo, llega de Enma­nuel, no de Car­dozo, y creo que hasta el momento no ha sido reba­tido. Yo no diría jamás que hay una deter­mi­na­ción externa y otra interna, eso es muy sim­ple. Yo hablo de un sis­tema regio­nal (que a la vez es parte de un sis­tema mundo capi­ta­lista) al que Haití se inserta como pieza del pro­ceso de acu­mu­la­ción capi­ta­lista que tiene lugar a esas esca­las. Y las élites son parte del asunto. Decir que las élites no son cul­pa­bles por­que la culpa es de un agente capi­ta­lista exte­rior es tan dis­pa­ra­tado como asu­mir que esas eli­tes han actuado en un vacío sis­té­mico que les per­mi­tía tomar cual­quier deci­sión y toma­ron la peor. Esto último, sim­pli­fi­cado, es lo que dice CAM. Pero jamás lo que ha dicho North.

CAM es total­mente sin­cero cuando men­ciona la pre­ca­rie­dad de sus fuen­tes sobre la his­to­ria hai­tiana. Eso no es un pro­blema, pues todos somos igno­ran­tes en muchos asun­tos. El pro­blema reside en que sea­mos inca­pa­ces de dete­ner nues­tra locua­ci­dad en el umbral de lo des­co­no­cido, jus­ta­mente lo que no hace CAM. En el siglo XIX la élite hai­tiana tenía y osten­taba en accio­nes prác­ti­cas, una voca­ción repu­bli­cana y “moderna” supe­rior a buena parte de los paí­ses lati­noa­me­ri­ca­nos, y en par­ti­cu­lar res­pecto a Repú­blica Domi­ni­cana. Es decir que los gra­dua­dos del barra­cón inten­ta­ron hacer las cosas en la mejor tra­di­ción fran­cesa, y eso los hacía bri­llar ante los ojos de sus veci­nos dominicanos.

Final­mente, la reite­ra­ción que hace CAM en con­tra del barra­cón me parece ofen­siva para muchas per­so­nas. Es posi­ble que eso me deme­rite, pero mi barra­cón estaba en Regla, un pue­blo de negros aba­kuas al otro lado de la bahía, y mi fami­lia fue toda de gente de barra­cón sin filia­cio­nes genea­ló­gi­cas tan sofis­ti­ca­das. Mi abuela Nena era una gua­jira anal­fa­beta de Madruga, y mi abuelo Alfonso era tan pobre como anar­quista y muje­riego. Mi madre solo tenía unos gra­dos de ense­ñanza, aun­que ado­raba leer tanto a Bal­zac como a Corín Tellado; y mi padre tra­ba­jaba en el puerto. Yo fui un pro­ducto de la movi­li­dad social revo­lu­cio­na­ria, que me per­mi­tió deam­bu­lar por algu­nas uni­ver­si­da­des euro­peas, ame­ri­ca­nas, cana­dien­ses y lati­noa­me­ri­ca­nas, y leer la mayor parte de los auto­res que Mon­ta­ner cita del pro­pio anaquel libe­ral, junto a otros que no cita (Rawls, Mills, Her­met, etc.). Lo de cono­cer la revo­lu­ción hai­tiana y Haití es más even­tual: hice mi tesis de licen­cia­tura sobre la revo­lu­ción hai­tiana y mi tesis de post­grado en Canadá sobre los pro­ble­mas del desa­rro­llo en Haití. Ya en RD, tra­bajo fuer­te­mente con los hai­tia­nos en temas fron­te­ri­zos, sobre lo cual he publi­cado tres libros en los últi­mos cua­tro años.

Y ahora debo ter­mi­nar esta dis­cu­sión por­que debo vol­ver a mi barra­cón. Yo no soy empre­sa­rio, ni ren­tista, ni asa­la­riado polí­tico. Soy Free­Lan­cer, esa varie­dad de nue­vos ilo­tas inser­ta­dos en el mer­cado labo­ral des­re­gu­la­ri­zado (una inven­ción terri­ble de la eco­no­mía libe­ral) y debo bus­carme la vida en mi país ter­cer­mun­dista. Y el poco tiempo que me queda lo uso en publi­car artícu­los y de vez en cuando pre­pa­rar algún librito. Agra­dezco a todos(as) uste­des (CAM incluido) que me hayan acom­pa­ñado hasta aquí y ojala un día nos encon­tre­mos para hablar de temas más sim­pá­ti­cos de la vida, que créanme, son muchos.

Haroldo

Autor: Dr.Antonio LLaca

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2 Comentarios en “Haití, Terremoto y Polémica:”  

  1. 1 Aida

    LA GRAN TRA­GE­DIA DE HAITI.…. ALGO NUEVO? no..
    haiti es un pais .. una isla de nues­tra ame­rica.. sufrica.. desde su des­cu­gri­miento.. SUS ESCLA­VOS.. TRA­TA­DOS PEOR QUE ANI­MA­LES.. han sufrio siglos.. y no se les ha dado la menor opor­tu­ni­dad para pro­gre­sar.. se los ence­rro con un cerco de total des­pre­cio por su raza.. hoy.. por el gran terre­moto.. toda des­vas­tada… miles y miles de idti­mas. muer­tos .. des­a­pa­re­ci­dos… con mas de 20 años ocu­pada por tro­pas extran­ge­ras… es el pano­rama mas terri­gle vivido en la his­to­ria de la huma­ni­dad.…
    LLE­GAN SI AYUDA.. LLE­GAN.. DE TODO EL MUNDO TAM­BIEN.. PERO NO HAY ORGA­NI­ZA­CION PARA ATEN­DER A TAN­TOS Y TAN­TAS VIC­TI­MAS.. CON OTRA TRA­GE­DIA.… BAN­DI­DOS ROBANDO.. MATANDO.. por un ali­mento.. la gente honesta.. es vic­tima ahora de ese terri­ble ban­di­daje.. que nadie para.… INCLU­SIVE.. SE QUIERE IMPO­NER LA LEY DE GUERRA..TIRAR A MATAR A BAN­DI­DOS.… pero los DH que pro­te­gen gan­di­dos no lo per­mi­ten.….. vean uds.. una vic­tima pobre ham­grienta.. recibe un ali­mento por las tro­pas de la ONU.. y volun­ta­rios que alli lle­ga­ron para ayu­dar.….…. y son muer­tos delante de todos por el poquito de ali­meto que reci­gie­ron??? por un de esos ban­di­dos pro­te­gi­dos?? heiiiiiiii adonde lle­ga­mos he???
    O SE PRO­GEGE A LAS VIC­TI­MAS.. O SE PRO­TEGE BAN­DI­DOS??
    ALGO ESTA HERRADO POR ALLI.….…. SE NECE­SITA AYUDA.. TODO EL MUNDO MANDA.….….. Y LOS MAS DEBI­LES.. LOS NIÑOS.. LOS MAS DES­GREA­CIA­DOS.…… SON ATA­CA­DOS INCLU­SIVE A MUERTE POR ESOS MAL­DI­TOS.. ban­di­dos?????
    ENTIEN­DASE.…. HAITI NECE­SITA AYUDA.. YAAAAAAA ANOTESE COMO VOLUN­TA­RIO.. VAYA A AYU­DAR.….… PERO EXIJA RES­PETO POR LAS VIC­TI­MAS.…..
    QUE TODOS LOS PAI­CES DEL MUNDO.. VOLUN­TA­RIOS Y GENTE DE BUENA VOLUN­TAD.….. EXI­JAN.. LEY DURA PARA LOS BANDIDOS.…

    SI NO DE NADA SER­VIRA TAN­TOS SACRI­FI­CIOS.. TANTA AYUDA.. E INCLUSIVE.…..DE NADA SER­VIRA LA PRE­SEN­CIA DE MILI­TA­RES PARA LA AYUDA.….…
    QUE SE IMPONTA AUTO­RI­DAD.….. QUE SE RES­PETE LA LEY.. QUE SE IMPONGA LA LEY DE GUE­RRA.….…. SI QUE­RE­MOS SAL­VAR Y PRO­TE­GER A LAS VICTIMAS..PROGEGER A LOS NIÑOS.. HERI­DOS.…. A TODOS QUE REAL­MENTE MERE­CEN.….…..
    ESO SERIA CUM­PLIR CON LOS DERE­CHOS INTER­NA­CIO­NAL HUMA­NI­TA­RIOS.… DE LOS CUA­LES MUCHO SE HABLA Y POCO SE CUMPLE.

  1. 1 Romper el espejo: Carlos Alberto Montaner y el espejo eurocentrista « cogitāre


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