Testimonio de dos pilotos de combate…
Así es la guerra en Colombia

A fina­les de 1996, 415 terro­ris­tas del Blo­que Sur de las Farc, asal­ta­ron la base mili­tar de Las Deli­cias encla­vada en medio de la selva ama­zó­nica colom­biana. Tras 17 horas de fiera resis­ten­cia los asal­tan­tes copa­ron la des­pro­te­gida guar­ni­ción mili­tar, secues­tra­ron a sesenta mii­ta­res, ase­si­na­ron otros 28 y deja­ron mas de 20 heridos.

El siguiente es el tes­ti­mo­nio del coro­nel de a Fuerza Aérea Colom­biana Iván Gon­zá­lez, quien en com­pa­ñía del enton­ces capi­tán Ricardo Torres, pilo­tea­ron el pri­mer heli­cóp­tero de com­bate que llegó al fatí­dico lugar:

Eran las cua­tro y media de la tarde del 31 de agosto de 1996 cuando des­pe­ga­mos abordo del heli­cóp­tero FAC 4122, Black Hawk, del Bata­llón Joa­quín Paris con rumbo al remoto case­río de Las Deli­cias en el depar­ta­mento del Caquetá, con el fin de eva­cuar algu­nos sol­da­dos heri­dos, tras un arra­sa­dor ata­que de las Farc.

Sobre­vo­la­mos durante dos horas y media 450 kiló­me­tros de selva espesa, infi­nita y pro­funda. A la mitad del camino, nues­tra cabina, que hasta este momento vivió un ambiente fra­ter­nal y tran­quilo, se fue que­dando en silen­cio y se llenó de inquie­tan­tes secre­tos. La entrada de la noche trajo con­sigo un pai­saje sinies­tro, gris y oscuro, como pre­lu­dio de acon­te­ci­mien­tos fatí­di­cos. Debajo, la selva cada vez era más espesa, más pri­mi­tiva y más espeluznante.

–Ejer­cito, Ejér­cito, de rotor…-, –Ejer­cito, Ejer­cito, Ejer­cito de rotor…-, A la espera de su res­puesta, ima­gi­naba aque­llos hom­bres tra­tando de sin­to­ni­zar el radio al escu­char el sonido de nues­tro helicóptero,

–Ejér­cito, Ejér­cito, Ejér­cito de rotor…-, lla­ma­mos repe­ti­das veces. La reite­rada res­puesta fue el sonido seco de la está­tica de nues­tro radio. El sis­tema de nave­ga­ción marcó las coor­de­na­das del poblado justo debajo de noso­tros, pero no lo veía­mos. Hici­mos varios giros, hasta que este sur­gió bajo una bruma densa, “¡parece que es ahí!”, expresó el capi­tán”, giré la cabeza y vi un case­río aban­do­nado y des­truido por la bar­ba­rie. Casas des­trui­das, cuer­das y pos­tes for­ma­ban des­or­de­na­das tela­ra­ñas y las peque­ñas embar­ca­cio­nes hun­di­das a la ori­lla del río.

Bus­cá­ba­mos a un sol­dado, un infante de marina, un cam­pe­sino, una señal de humo, algo o alguien, pero nada apa­re­ció. Pen­sa­mos seguir hacia la base aérea de Tres Esqui­nas, ubi­cada en el Caquetá a unos a 70 kiló­me­tros de dis­tan­cia, pero no tenía­mos com­bus­ti­ble sufi­ciente para reco­rrer los 70 kilómetros.

Impe­raba ate­rri­zar en aquel pue­blo fan­tasma donde había el riesgo que los terro­ris­tas nos espe­ra­ban. Ima­giné la embos­cada pre­pa­rada y noso­tros lis­tos para pelear eva­diendo cilin­dros y repe­liendo el fuego de las ame­tra­lla­do­ras enemi­gas. Nues­tra situa­ción era crí­tica, en ese ins­tante todas las posi­bi­li­da­des pasa­ron por la mente, desde la idea de arbo­ri­zar lejos de allí, hasta caer sobre algún cul­tivo de coca, o entrar en com­bate frontal.

Todas las alter­na­ti­vas eran peli­gro­sas, pero nues­tro deber era ate­rri­zar. Debía­mos pelear con­tra el miedo y el enemigo para res­ca­tar a nues­tros héroes heri­dos. Des­cen­di­mos a poca altura. Iden­ti­fi­ca­mos lo que pare­cie­ran ser per­so­nas acos­ta­das en el suelo y algo que pare­cían bul­tos en movi­miento. Pensé en una embos­cada del enemigo, pero era raro que estos no se ocul­ta­ran. Lo que se movía eran ani­ma­les cami­nando entre ellos. El piloto de la aero­nave tomó las pre­cau­cio­nes nece­sa­rias y ordenó a los téc­ni­cos de vuelo alis­tar las ametralladoras.

Ordenó máxima dis­po­si­ción de com­bate, ajus­tar los pro­tec­to­res y desase­gu­rar el arma­mento. Los pilo­tos con las manos sobre los con­tro­les, los arti­lle­ros, con sus escu­dos blin­da­dos sos­te­nían las armas y tenían el dedo sobre el dis­pa­ra­dor… Todos, con los ojos pues­tos sobre lo que se moviera en el hori­zonte. Des­cen­di­mos aler­tas y calla­dos con la adre­na­lina que cal­ci­naba el miedo, el sudor que corría por las meji­llas y los cora­zo­nes que pal­pi­ta­ban con celeridad.

Las ráfa­gas de los roto­res que agi­ta­ban las ramas de los árbo­les, levan­ta­ban nubes de polvo y hojas, en dia­bó­li­cos remo­li­nos. El peli­gro era latente pero seguía­mos vivos, ni un dis­paro, ni explo­sio­nes de bom­bas, ni gri­tos, ni nada. En vuelo lento, casi a ras del suelo, el heli­cóp­tero se des­li­zaba, cual ángel de la noche explo­rando entre los escom­bros y las rui­nas de una anti­gua civi­li­za­ción extinta. Con las lám­pa­ras alum­brá­ba­mos los rin­co­nes, las gari­tas des­trui­das y el puesto de mando incinerado.

Al bajar, la pega­josa hume­dad entró por las puer­tas abier­tas con pene­trante y fétido olor. Nos inva­dió la desola­ción y el espec­tro de la muerte con el vaho de los cadá­ve­res que con­ver­tían el aire en nau­sea­bundo gas irres­pi­ra­ble. En el espa­cio abierto para los depor­tes, yacían los cuer­pos (17) de las víc­ti­mas de un cruento final, inci­ne­ra­dos (5) junto a las trin­che­ras, 8 caí­dos den­tro de las rui­nas y 5 aho­ga­dos en la ori­lla del río.

El fuerte viento estre­me­cía a aque­llos heroi­cos patrio­tas inmo­la­dos pero no ven­ci­dos, iner­mes como pie­dras, cubier­tos de hara­pos y equipo mili­tar des­truido. Algu­nos, con los ojos abier­tos en sus páli­dos ros­tros, mos­tra­ban su último gesto de dolor y valor. Veía­mos como los cuer­pos eran empu­ja­dos por el inevi­ta­ble viento de la máquina, al mismo tiempo que se empe­ña­ban en detec­tar cual­quier señal del enemigo.

De repente, nota­mos des­te­llos de luz titi­lando bajo los escom­bros y lige­ros movi­mien­tos. Detu­vi­mos el vuelo de inme­diato pen­sando en un ata­que fron­tal. Los arti­lle­ros gira­ron las ame­tra­lla­do­ras. Quie­tud, máxima alerta y ten­sión con los ner­vios a punto de reven­tar. Solo el rugir de la máquina, el gol­pe­teo de las aspas del rotor pero nin­gún ruido de armas.

Como som­bras sur­giendo de tum­bas, comen­za­ron a apro­xi­marse silue­tas que arras­tra­ban los pies y levan­ta­ban los bra­zos con acti­tud de supli­can­tes zom­bis. Cami­na­ban e implo­ra­ban ayuda. Cuando la fuerte luz del reflec­tor del heli­cóp­tero los cubrió, vimos sus fan­tas­ma­les figuras.

De repente, encon­tra­mos lo que había­mos venido a bus­car desde el lejano Gua­viare, de donde par­ti­mos ese día a muchas millas de dis­tan­cia de jun­gla al oriente del país, sin saber lo que nos espe­raba. Eran los sobre­vi­vien­tes del exter­mi­nio de la Base Mili­tar de Las Deli­cias, sobre el río Caquetá, así pare­cie­ran seres del otro mundo. Solo el bri­llo de sus ojos lo negaba, el resto era igual: lodo, san­gre, sudor y lágrimas.

Ate­rri­za­mos casi a las siete de la noche entre las rui­nas de la Base Mili­tar de Las Deli­cias. Caminé hacia los sobre­vi­vien­tes y me sor­pren­dió un teniente médico de la Armada acom­pa­ñado de un enfer­mero y 22 heri­dos. Había lle­gado antes que noso­tros subiendo por el río Caquetá desde la Base Naval des­ta­cada en la fron­tera con el Perú. Algu­nos, en estado grave, tenían no menos de 4 y 5 impac­tos de bala en dis­tin­tas par­tes del cuerpo; otros inten­ta­ban cami­nar aun­que no lo conseguían.

Debía­mos abor­dar pronto, pues a lo mejor, el enemigo ace­chaba cerca. Unos acos­ta­dos y otros sen­ta­dos, pero al final no cabían todos en el heli­cóp­tero. Prio­ri­dad, los más gra­ves Nin­gún sol­dado deseaba que­darse a la espera de otro vuelo y con­fun­dían al ofi­cial con sus gri­tos de dolor, pero era inevi­ta­ble así fuese dolo­roso. Deja­mos los menos afec­ta­dos para después.

El capi­tán había abas­te­cido el heli­cóp­tero con los últi­mos 50 galo­nes del com­bus­ti­ble de la reserva. Arran­ca­mos moto­res y des­pe­ga­mos mien­tras yo miraba por la ven­ta­ni­lla a los que se que­da­ban. En sus ojos se veía el temor y la angus­tia de sopor­tar por más tiempo el dolor y el miedo de estar en el sitio. Vola­mos hacia la base de Tres Esqui­nas. Abordo había una feti­dez nau­sea­bunda que ema­naba de las heri­das des­com­pues­tas, la san­gre y el sudor de los cuer­pos, mez­cla­dos con el olor a humo de combate.

Creí que habi­taba en el infierno: Calor, gri­tos, llan­tos y el abrazo negro de la noche en el infi­nito espa­cio sel­vá­tico. Al ins­tante per­di­mos de vista la dife­ren­cia entre el cielo y la tie­rra. Era el pano­rama de un mundo sin horizontes.

Treinta minu­tos des­pués.

“Torre de con­trol Tres Esqui­nas, Tres Esqui­nas, Tres Esqui­nas; heli­cóp­tero FAC 4122… FAC 4122…

Siga FAC 4122, este es Tres Esqui­nas”, contestaron.

Informé la hora de lle­gada y el número de heri­dos a bordo.

Encon­tra­mos el punto de ate­rri­zaje en la oscu­ri­dad, seña­li­zado con los pre­ca­rios medios de ilu­mi­na­ción dis­po­ni­ble en esa base aérea encla­vada en medio de la selva. Pronto, apa­re­cie­ron las alar­man­tes luces de las ambu­lan­cias. Los lamen­tos de los heri­dos se mez­cla­ron con las órde­nes de los médi­cos y las enfermeras.

Pero, aquel no era el fin de ese dra­má­tico res­cate. Fal­taba tras­la­dar­los a un cen­tro médico con mejo­res ser­vi­cios. Trans­cu­rrie­ron 20 minu­tos cuando, en la negra y pro­funda bóveda celeste, se escu­chó el dis­tin­tivo rugir de un avión Hér­cu­les. No enten­día­mos cómo podría ate­rri­zar. Estaba sobre noso­tros y traía la espe­ranza de salvación.

De repente, la bri­llante luz de una ben­gala abrió un gran hueco en lo alto e ilu­minó todo el campo. El avión apa­re­ció en el cen­tro del res­plan­dor, sus­pen­dido en el aire, cual muscu­loso y alado dios griego que acude a pro­te­ger a sus jóve­nes gue­rre­ros. Su silueta giró con­tras­tando con el oscuro fondo del espa­cio y se posó en tie­rra mos­trando el bri­llo de sus héli­ces que refle­ja­ban la intensa luz de la bengala.

Al tocar tie­rra, el avión cele­bró su lle­gada con el chi­llido de las rue­das que des­pe­dían el humo del cau­cho que­mado por el pavi­mento, y, el tro­nar de sus moto­res pues­tos en la máxima poten­cia de los rever­si­bles para con­te­ner la veloz mole sal­va­dora. Todos nos uni­mos a la cele­bra­ción, con gri­tos de espon­tá­neo júbilo. Lo habían logrado y los heri­dos se sal­va­rían, a la media noche lle­ga­rían al Hos­pi­tal Mili­tar de Bogotá. Exhaus­tos res­pi­ra­mos satis­fe­chos por la misión cum­plida en aquel fatí­dico día.

Fuente: luisvillamarin.com

Autor: Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

Analista de asuntos estratégicos

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Un comentario en “Testimonio de dos pilotos de combate…
Así es la guerra en Colombia”  

  1. 1 Juan Carlos

    Dios los tenga en su eterna Glo­ria y es una mues­tra de la valen­tia de nues­tros sol­da­dos en esta clase de even­tos. Arries­gando su vida por noso­tros. Y a uste­des seño­res pilo­tos de com­bate, mi mas sin­ce­ras feli­ci­ta­cio­nes por esa labor tan altruista y valiente.

    Ya me ima­gino al ejer­cito vene­zo­lano efec­tuando este tipo de operaciones.

    Un abrazo cordial.

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