A puerta cerrada

“No com­parto tu opi­nión pero daría mi vida por defen­der tu dere­cho a expre­sarla”, dijo Vol­taire, en una frase que resume el sen­tido no sólo de la liber­tad sino del reco­no­ci­miento del “otro” dis­tinto, que no siem­pre es santo de nues­tra devo­ción, pero que más allá de afec­tos o desafec­tos tiene que ser asu­mido en su carác­ter de ser y estar siendo en el mundo.

“El infierno son los otros”, pro­clamó Sar­tre por boca de uno de sus per­so­na­jes en la obra tea­tral “A puerta cerrada”, en la que tam­bién dio vida a Gar­cin, el cobarde que finge ser valiente y a Inés, otro per­so­naje que denun­cia “el ver­dugo es cada uno de noso­tros para los otros”, frase que expresa la poten­cial lucha a la que inevi­ta­ble­mente nos enfren­ta­mos en la medida que nos plan­tea­mos emi­tir nues­tras ideas, opi­nar y coexis­tir den­tro de una sociedad.

Esta lucha por la sobre­vi­ven­cia, por ser y mani­fes­tarse, se vuelve doble­mente cruenta cuando las socie­da­des se deba­ten en una cri­sis social, polí­tica y por ende tam­bién exis­ten­cial y moral, por­que en medio de la des­truc­ción hom­bres y muje­res se encuen­tran ante la posi­bi­li­dad y la ten­ta­ción de creerse peque­ños dio­ses que pue­den domi­nar peque­ños mun­dos y sobre todo se ven asal­ta­dos por la ten­ta­ción de domi­nar a los otros con los que con­vi­ven. Este es sin duda el momento en el que se levan­tan peque­ños reinos con peque­ños reye­zue­los que se creen dra­go­nes y que se apres­tan a engu­llirse a todo aquel que se atreva a ser inde­pen­diente en el plano de las ideas, del afecto, de los principios.

Esta situa­ción se repro­duce en todas las esca­las ima­gi­na­bles de una socie­dad que se aven­tura a pro­du­cir cau­di­llos gran­des, media­nos o peque­ños, auto­pro­cla­ma­dos como tales en el ámbito eco­nó­mico, polí­tico, comu­ni­ca­cio­nal, judi­cial, etc, ufa­nán­dose de sus abu­sos de poder bajo el rotulo de que pue­den cen­su­rar, cri­ti­car, impo­ner sus cri­te­rios arbi­tra­ria­mente, ade­más de qui­tar­les poder a los otros y pasar sobre ellos e incluso destruirlos.

A esto y mucho más nos enfren­ta­mos en el con­texto del mundo que hoy se des­ploma frente a otro que pro­mete emer­ger pero que no ter­mina de nacer y que se aborta a sí mismo y hace aguas a cada paso y ante nues­tro asom­bro dilata el adve­ni­miento no sólo de la cor­dura y razo­na­bi­li­dad sino sobre todo del reco­no­ci­miento de los otros seme­jan­tes en sus dife­ren­cias sustanciales.

Es en medio de esta cri­sis social, polí­tica y por ende exis­ten­cial y de valo­res que clau­di­can quie­nes ceden a la ten­ta­ción de con­ver­tirse en el infierno que pre­tende con­de­nar a los otros. Un infierno que adviene bajo la pre­ten­sión de quita la liber­tad del opo­nente, tal como plan­teó Sar­tre en la cons­truc­ción de su per­so­naje, el más cobarde que hace hasta lo impo­si­ble por pare­cerse a un valiente, con­vir­tién­dose en un remedo de valiente que mete miedo a los otros en la medida que se jacta de someterlos.

Por supuesto que el some­ti­miento nunca adviene como con­se­cuen­cia de una acción externa, sino como resul­tado de una acep­ta­ción interna de aquel que decide some­terte, de aquel que men­tal­mente acepta pos­trarse. Las agre­sio­nes, los méto­dos de per­se­cu­ción, las ame­na­zas no son los des­en­ca­de­nan­tes del some­ti­miento, pues el que acepta subor­di­narse pasa por un pro­ceso men­tal que prueba sus fuer­zas inter­nas, sus valo­res socia­les y su sen­tido o no de la liber­tad y la autodeterminación.

Esta­mos ple­na­mente cons­cien­tes de que la lucha por sobre­vi­vir en cual­quier plano de la exis­ten­cia es inevi­ta­ble, pues la coexis­ten­cia social nos exige super­po­ner­nos en dife­ren­tes espa­cios de rela­cio­na­miento, a saber fami­liar, polí­tico, afec­tivo, entre otros; pero esta lucha no puede ser dar­wi­niana sino que debe tener un límite, no puede des­bo­car en actos de abu­sos, toda lucha con­tem­pla reglas, con­tem­pla una lid que debe tener por límite el no lle­var­nos a un campo de atro­pe­llos irrestrictos.

Frente a esta cir­cuns­tan­cia apa­re­cen los per­so­na­jes que jue­gan a des­pis­ta­dos, que pro­cla­man no saber nada, que no están ente­ra­dos de los abu­sos que sus core­li­gio­na­rios están prac­ti­cando. Esto suma al abuso el ingre­diente del fal­sea­miento de los hechos y de la men­tira para tra­tar de con­ver­tir al agre­dido en un tonto util. La suma­to­ria de abu­sos, de men­sa­jes con­tra­dic­to­rios, de irres­peto al terreno que nece­sa­ria­mente se tiene que com­par­tir para lograr una coexis­ten­cia, ter­mina por hacer explo­tar las rela­cio­nes que en el pro­ceso se van des­gas­tando inevitablemente.

Esto está pasando en nues­tro país entre ofi­cia­lismo y opo­si­ción, pero ocu­rre tam­bién al inte­rior del ofi­cia­lismo y de la opo­si­ción. El pro­blema de las rela­cio­nes polí­ti­cas es com­plejo, las leal­ta­des son com­ple­jas y pue­den ser inter­pre­ta­das de diver­sas for­mas, por­que la leal­tad no es un tema de obe­dien­cia ciega a un “jefe” sino más bien de prin­ci­pios, de coin­ci­den­cia en prin­ci­pios y opor­tu­ni­da­des para ser­vir a la socie­dad a la que se repre­senta. Este es el motivo por el que la tole­ran­cia del más tole­rante final­mente llega a un límite, con­si­de­rando que todo ser humano y toda causa exi­gen una reivin­di­ca­ción a fin de que no ter­mi­nen pos­trán­dose al sometimiento.

Es de todos cono­ci­dos que el con­flicto explota cuando se ago­tan las posi­bi­li­da­des del diá­logo, de acuer­dos y con­sen­sos. No en vano Clou­zet expresó que la gue­rra es el fra­caso de la polí­tica; y Fou­cault agregó que la gue­rra es la con­ti­nui­dad de la polí­tica, sigue a la polí­tica inevi­ta­ble­mente, cada vez que las accio­nes polí­ti­cas no con­si­guen man­te­nerse y trans­for­marse en acuer­dos o con­ce­sio­nes mutuas. Enton­ces, cuando el otro se trans­forma en infierno, se corta el diá­logo y se gesta la con­fron­ta­ción, como el camino que queda para que el ata­cado o bajo ame­naza de subor­di­na­ción bus­que una reivin­di­ca­ción. Por supuesto que no existe dia­logo cuando el “otro” tomó ya la deci­sión de vol­verse infierno y escapa al diá­logo situán­dose en la con­fron­ta­ción que burla las deman­das de quie­nes debie­ron ser tra­ta­dos como socios. Quien en estas cir­cuns­tan­cias no lucha se des­tina a una ser­vi­dum­bre del otro.

Es impo­si­ble zafar el con­flicto cuando “los otros” se deci­den y se incli­nan por accio­nes de domi­na­ción. Pero si el infierno son los otros, la sal­va­ción tam­bién está en los otros.

Autor: Centa Rek

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