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La democracia
La democracia como forma de gobierno es un sistema ideal con todo lo que esta afirmación implica y con peculiar énfasis en la última palabra “ideal”. Como gobierno ideal, muy pocas veces en la historia pudo ser realizada y ello –además– en muy pocos y focalizados lugares del mundo. Durante la mayor parte de la historia y en gran parte de los países del planeta, la democracia fue y es una utopía (sobre el “será”, obviamente nada podemos anticipar). Hoy por hoy, resulta sumamente complicado y casi imposible encontrar democracias plenas en el mundo.
Lo mejor que se puede decir de la democracia lo ha dicho –a nuestro juicio– el profesor Ludwig von Mises, cuando la caracterizó –palabras más, palabras menos– como un buen sistema de elección de gobiernos. Nosotros compartimos, claro está, esa definición de Ludwig von Mises, que –nos parece– marca muy bien la diferencia entre un sistema de gobierno (lo que la democracia no es) y un sistema de elección de gobiernos (lo que la democracia sí, es). La confusión reinante entre un sistema de gobierno y un sistema para elegir gobiernos, o mejor dicho, la fusión de ambos en el concepto de “democracia”, sirven de poco o –mas claramente expresado– no sirve de nada, excepto por el daño que ha causado en la historia del mundo.
La democracia no es un sistema de gobierno –en nuestra opinión– pero como sistema de elección de gobiernos es el menos violento como también ha enseñado el mismo profesor Ludwig von Mises. Un sistema de gobierno es –por ejemplo– la república, caracterizada por sus rasgos típicos, tales como la división de poderes en ramas o departamentos (tradicionalmente legislativo, ejecutivo y judicial); otro es –por ejemplo– la monarquía, que puede, a su vez, ser absoluta o limitada (esta última llamada –con alguna imprecisión– “constitucional”)
Es decir, como vemos, diferentes sistemas de gobierno pueden convivir o emplear –mejor dicho– a la democracia, entendida en un sentido misiano: la democracia como medio para un fin: el pacifico traspaso de poder (o del gobierno) de unas manos a otras. Este sería el contenido del sistema democrático y en él se agotaría. Porque la historia nos enseña que se puede elegir democráticamente una tiranía ya sea de uno o de muchos, aunque sean más famosos los casos históricos de tiranías de uno (por ejemplo, Hitler, Perón, Chávez, etc…) son frecuentes también los casos de tiranías de masas; menos célebres por no existir una cabeza notable, ni visible con el cual identificarlas y mucho más peligrosas, porque la tiranía –en las masas– se diluye entre la multitud amorfa. La noción, pues, que en una democracia gobiernan-o deben gobernar– las mayorías, es altamente peligrosa, porque el gobierno de las mayorías es tiranía, por cuanto significa que las minorías han de obedecer los dictados y designios de la mayoría, cualesquiera que estos fueren, ya que una noción de este tipo, implica que también la mayoría podría decidir qué es un derecho y que no lo es, y esto si es así, sin duda dará lugar a injusticias y sobran casos en la historia de esto último. Dado que las mayorías pueden cambiar, por ejemplo, unas mayorías por otras de contenido diverso, cambiaría de sentido la injusticia, y si las minorías (antes sojuzgadas por una mayoría), en un segundo momento se llegan a transformar en mayorías, la injusticia cambiaría de sentido y se daría mediante la revancha o la ley del talión. Esto sería una verdadera lucha de clases, donde las clases serían dos, a saber: la mayoría y la minoría, con la peculiaridad de que estas clases podrían mutar una en la otra, lo que implicaría cambiar de manos la decisión sobre lo que “es” o “no es justo”. Resulta claro que la justicia no puede quedar sujeta al capricho de mayorías o minorías circunstanciales, porque nadie en absoluto –en semejante sistema– tendría garantizado que sería justo o injusto siempre. Sin embargo, este no es el único problema con la democracia, cuando se la mal entiende como “sistema de gobierno” y cuando se la peor entiende como gobierno de las mayorías, donde estas pueden hacer –prácticamente– lo que se les da la gana por el solo hecho de tener un circunstancial número de sufragios mayoritarios.
Conforme estas consideraciones, advertimos un profundo conflicto entre la democracia y la justicia, máxime en esta época de creciente relativismo moral y social, en el cual se tiende a utilizar términos claramente disimiles para expresar una misma idea, pretendiendo que palabras que representan cosas diferentes vengan a decir –en última instancia– la misma cosa. Ya nos hemos referido en forma abundante a la popularidad del término democracia, hasta el punto que la palabra gusta tanto a muchos que esos muchos no se privan de emplearla para aplicársela a cualquier cosa o idea que les convenga y que quieran imponer a los demás. Pero como hemos intentado explicar en este libro, la democracia no es cualquier cosa, ni menos aun es lo que quiere que sea cualquier persona que usa la palabra para menospreciar o desplazar los derechos de sus semejantes. Y fundamentalmente, la democracia no es sinónimo ni de libertad ni de justicia, ese es –del algún modo– uno de los mensajes esenciales que intentó transmitir el presente volumen.
(El presente es un extracto del libro del autor del mismo titulo)
Gabriel Boragina es autor –entre otros– de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo; Apuntes sobre filosofía política y económica; Impuestos (una muy breve introducción al tema); Educación (una primera mirada); etc.
Autor: Gabriel Boragina ©
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Evidentemente en la Argentina, la democracia ha fracasado. O por lo menos lo que nos quieren hacer creer que es democracia.
Vueltas y vueltas.
Un concepto es un concepto y otro concepto es otro concepto.
La democracia es la forma de organización donde las decisiones son tomadas “por todos”.
Ese es el concepto y su contrario será el anti-concepto (su negación). Re-fácil.
Una locura manifiesta que los griegos abandonaron cuando aumentó su número y se suprimieron algunos privilegios.
Hoy se las diferencia en: Directas, indirectas, etc. según el voto, y plenas o defectuosas según el cumplimiento de algunos arbitrarios preceptos como la libertad de prensa o vigencia de algunos derechos civiles, etc. etc.
La democracia (Gobierno de todos o del pueblo), es el sistema más perverso de elección y gobierno que el mundo ha conocido hasta la fecha.
Como sistema de elección de gobernantes:
En el mejor de los casos, permite la llegada al poder de los más ineptos, demagogos y delincuentes.
En el peor de los casos, por lo cual fue descartada por los griegos, permite a los plutócratas mantener el poder no importa quien sea elegido.
Como sistema de Gobierno:
Ni hablar que es lo que sucede cuando los que gobiernan no son los mejores.
¿Porque funciona en este o aquel país?
Obvio… porque no es democracia.
El éxito de las democracias que “parecen funcionar” sólo se aprecia cuando el poder se alterna entre miembros de una clase dirigente que conforma una suerte de “aristocracia nacional”.
Es decir funciona mejor en cuanto más traiciona sus supuestos ideológicos y se acerca a su anti-concepto.
Coincido plenamente. La Democracia, por lo menos en Argentina (en la cual el pueblo gobierna a través de sus representantes) es una falacia. No fracasa la democracia porque no es un sistema de gobierno. Fracasan los hombres, el pueblo, la nacion, porque no se ha conseguido terminar con la hipocresía, el doble discurso y la mentira.
Desde el simple hecho de presentarnos al mundo como República Federal ya nos está mostrando hipócritamente travestidos.