La nueva trinchera colectivista

A poco que se leen y escu­chan los argu­men­tos de la nueva gene­ra­ción de ambien­ta­lis­tas se per­cibe cla­ra­mente el con­texto ideo­ló­gico de tan­tas encen­di­das afirmaciones.

Habrá que reco­no­cer­les una alta dosis de inte­li­gen­cia a los aco­mo­da­ti­cios mili­tan­tes del reno­vado socia­lismo grams­ciano que, como antes, se reci­clan y van por más. Ya no insis­ti­rán por la vía de la reite­rada pré­dica del siglo pasado que sucum­bió ante sus pro­pios baches dia­léc­ti­cos. Ahora están abo­ca­dos a un camino con nue­vos hori­zon­tes. Encon­tra­ron este espa­cio, que com­bina con habi­li­dad dema­go­gia, popu­lismo y dis­curso “pro­gre”, con las más pro­fun­das bases colec­ti­vis­tas de quie­nes lo promueven.

En el ambien­ta­lismo, la defensa de la eco­lo­gía y las con­sig­nas del calen­ta­miento glo­bal, halla­ron su nueva casa. Es un hogar atrac­tivo, lleno de seduc­ción y moder­ni­dad, con argu­men­tos que pare­cen razo­na­bles, dema­siado sen­si­bles y fáci­les de difundir.

Esta nueva tri­buna, les viene muy bien. Desde ahí pue­den des­po­tri­car con des­par­pajo con­tra sus enemi­gos de siem­pre, des­ti­lando todo el odio y el resen­ti­miento que los movi­liza a dia­rio. Tie­nen voca­ción des­truc­tiva y esta movida les per­mite des­ple­gar todas sus artes. Los con­voca la ira, la envi­dia y un pro­fundo des­pre­cio por los demás.

Todo lo que se ase­meje a la noción de éxito y pro­greso ajeno, les genera un intenso males­tar. Este medio que explo­ran, parece brin­dar­les la espe­rada chance de ata­car al capi­ta­lismo y a la pro­pie­dad pri­vada. Su pseudo — ideo­lo­gía ambien­tal rela­ti­viza el con­cepto de pro­pie­dad, pilar sobre el cual pre­ten­den ins­tau­rar su visión del mundo.

Si con­si­guen que la socie­dad acepte la idea de que su pro­pie­dad sobre las cosas, el pro­du­cido de su esfuerzo, lo que han con­se­guido con su tra­bajo, ya no es un dere­cho abso­luto, y que solo se puede dis­po­ner de algo si se ajusta a la matriz que “otros impo­nen”, esta­re­mos en la senda que estos pér­fi­dos gurúes pre­ten­den desplegar.

Quie­ren com­ba­tir la pro­pie­dad pri­vada, y des­cu­brie­ron un modo efec­tivo para lograrlo, mucho mas retor­cido que el clá­sico sen­dero ori­gi­nal. Pero este parece más pro­me­te­dor por­que goza de la apa­rente apro­ba­ción de algu­nos cré­du­los que com­pra­ron su visión.

Y no es que la mayo­ría de los que defien­dan el equi­li­brio ambien­tal sean colec­ti­vis­tas. Los más de ellos, son per­so­nas de buena fe, ciu­da­da­nos genui­na­mente intere­sa­dos por lo obvio, pero que se han dejado influir por los más pro­ca­ces per­so­na­jes del colectivismo.

El reciente fallo del Tri­bu­nal de La Haya en el con­flicto del Río Uru­guay, el poco difun­dido “cli­ma­gate“ y tan­tas otras his­to­rias mani­pu­la­das por pseudo — cien­tí­fi­cos ren­ta­dos y miem­bros “ a sueldo” de fun­da­cio­nes y gobier­nos, se encar­gan de hacer muy bien su trabajo.

La ejem­plar reco­men­da­ción del tri­bu­nal inter­na­cio­nal, tiró por la borda tanto artero y super­fi­cial libreto esgri­mido. Todo lo que die­ron por cierto, tuvo que abdi­car ante la inne­ga­ble ausen­cia de ele­men­tos obje­ti­vos. Las espe­cu­la­cio­nes y las sos­pe­chas no sir­vie­ron más que para ate­mo­ri­zar a la socie­dad y qui­tarle de las manos miles de sueños.

El “cli­ma­gate” dis­paró otra paro­dia. Una tra­di­ción de quie­nes usual­mente adul­te­ran resul­ta­dos cien­tí­fi­cos para jus­ti­fi­car sus fuen­tes de ingre­sos, sus suel­dos y sub­ven­cio­nes. Como en tan­tos otros casos, expo­nen las con­clu­sio­nes de los estu­dios que enca­ran, con anti­ci­pa­ción a la inves­ti­ga­ción que deben hacer. Una vieja trampa del fun­da­men­ta­lismo que no quiere razo­nes, sino solo fala­cias, que sir­van para enga­ñar a los más incautos.

Ellos han desa­rro­llado una potente red eco­nó­mica sol­ven­tada por los Gobier­nos del mundo, con fon­dos públi­cos detraí­dos de los con­tri­bu­yen­tes del sec­tor pri­vado que ali­men­tan sus pro­pias arcas, per­mi­tién­do­les un medio de vida, con una fachada digna.

Resulta difí­cil man­te­ner ecua­ni­mi­dad cuando se vive de los sala­rios que pagan las fun­da­cio­nes que reci­ben sub­si­dios guber­na­men­ta­les y apor­tes de algu­nos des­pre­ve­ni­dos que siguen apos­tando inge­nua­mente por cau­sas, apa­ren­te­mente nobles, pero que escon­den per­ver­sas inten­cio­nes detrás de lo que, ses­ga­da­mente, se ani­man a mostrar.

Cuando los estu­dios que con­ci­ben no se corres­pon­den con las con­clu­sio­nes desea­das, esas que mues­tran caos, con­ta­mi­na­ción y un mundo en caída libre, las ocul­tan, con abso­luta inmo­ra­li­dad. Cuando sus expo­si­cio­nes, encuen­tran alguna corre­la­ción entre el desa­rro­llo eco­nó­mico y sus supues­tas con­se­cuen­cias inde­sea­das, pues allí ponen foco, exa­cer­bando cual­quier com­pro­ba­ción y mul­ti­pli­cán­dola hasta el infinito.

Con selec­ti­vos a la hora de ele­gir sus blan­cos. Bus­can aque­llos que pue­dan ser poten­cia­dos mediá­ti­ca­mente. Pre­fie­ren las opor­tu­nis­tas oca­sio­nes que posi­bi­li­ten mani­fes­ta­cio­nes popu­la­res, el escán­dalo y por ende, toda la cober­tura de prensa.

El show es parte cen­tral de su nego­cio. Les sirve para visi­bi­li­zar sus paté­ti­cos argu­men­tos cíni­cos, pero fun­da­men­tal­mente para sos­te­ner el “nego­cio ambien­ta­lista”, ese que per­mite incre­men­tar la fac­tu­ra­ción de sus aso­cia­cio­nes. Sus mece­nas, sus miem­bros y los gobier­nos vía sub­si­dios, segui­rán con­tri­bu­yendo allí donde detec­ten peli­gro y catás­trofe. Son requi­si­tos indis­pen­sa­bles del pan­fleto ambientalista.

Sus pro­pias con­tra­dic­cio­nes coti­dia­nas los des­cri­ben sufi­cien­te­mente. Les preo­cu­pan las pape­le­ras forá­neas del Río Uru­guay, pero no las nacio­na­les del resto del país. Los des­ve­lan las enfer­me­da­des que le endil­gan a los mega empren­di­mien­tos, pero no los inquie­tan los pade­ci­mien­tos endé­mi­cos de la pobreza con las que con­vi­ven a diario.

Algu­nos de esos astu­tos ideó­lo­gos per­ge­ñan sus estra­te­gias, abu­sando de cual­quier mínimo dato que les per­mita gene­rar temor y pánico. Cuanto más pue­dan asus­tar, mejor posi­cio­nan la ima­gen de sus orga­ni­za­cio­nes. Eso parece dar­les pres­ti­gio en su entorno. Cuanto se equi­vo­can. Ese será jus­ta­mente el comienzo de su fra­caso. Cuando sus para­noi­cas teo­rías cai­gan por su pro­pio peso, no ten­drán donde ocul­tarse. Sus pro­fe­cías pla­ga­das de con­fa­bu­la­cio­nes, impe­ria­lis­tas pro­yec­tos de devas­ta­ción que sub­ya­cen en cada pro­puesta indus­trial, están arma­das con el mismo pro­fe­sio­na­lismo que los guio­nes de las pelí­cu­las de cien­cia fic­ción. Incluso creen que lo mejor que pue­den hacer para ate­mo­ri­zar a la ciu­da­da­nía, es adver­tir de las enfer­me­da­des que se difun­di­rán como pla­gas y anti­ci­par catás­tro­fes cli­má­ti­cas como si estu­vie­ran a la vuelta de la esquina.

Vaya para­doja, la epi­de­mia de la pobreza es la fuente de las enfer­me­da­des mas temi­bles, y la que exter­mina mas vidas a dia­rio, pero esto no lo cues­tio­nan. Es que no les resulta fun­cio­nal a sus pro­pias metas, y como en otros casos, enmas­ca­ran esa información.

La polí­tica par­ti­da­ria, equi­vo­cada como tan­tas otras veces, juega el juego de estos espe­cia­lis­tas en intri­gas y mani­pu­la­cio­nes comu­ni­ca­cio­na­les. Los par­ti­dos, la polí­tica, los gobier­nos, ofi­cia­lis­tas y opo­si­to­res, bai­lan al ritmo que impo­nen estos per­so­na­jes. En el reino de la dema­go­gia, habrá que hacer lo que digan las encues­tas, y los prin­ci­pios que­da­rán para mejor opor­tu­ni­dad. Es que la polí­tica, cuando no, teme a los movi­mien­tos popu­la­res y cuando apa­re­cen las mani­fes­ta­cio­nes, la polí­tica cede mansamente.

A no con­fun­dirse, la inte­li­gente per­ver­sión del colec­ti­vismo, ha ingre­sado al mundo del ambien­ta­lismo. Vinie­ron para que­darse y para mano­sear a los cán­di­dos defen­so­res del pla­neta. Inten­tan ins­ta­lar la idea de que algu­nos seres huma­nos ambi­cio­nan la des­truc­ción del pla­neta plan­teando un nuevo embuste que carece de sen­tido común.

Será cues­tión de no pecar de inge­nui­dad, por­que cierta peri­mida izquierda, está haciendo un tra­bajo de hor­miga para apro­piarse de las ban­de­ras de la huma­ni­dad, con el fin de ins­ta­lar la con­tra­dic­ción entre pro­greso y con­ser­va­ción, empu­jando a la socie­dad toda, a una falsa opción que solo tiene por obje­tivo demo­ni­zar a los empresarios.

Pres­tarse can­do­ro­sa­mente a ese juego, con­lleva un riesgo enorme. Aque­llos que “com­pren” esa irra­cio­nal visión, no solo per­de­rán opor­tu­ni­da­des de pro­greso, para salir de la pobreza y apro­ve­char al máximo sus legí­ti­mas opor­tu­ni­da­des. Esta­rán hipo­te­cando su futuro, pagando el pre­cio que los embau­ca­do­res fija­ron. Esta­mos asis­tiendo a una nueva trans­for­ma­ción de quie­nes han encon­trado la nueva trin­chera del colectivismo.

Autor: Alberto Medina Méndez

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2 Comentarios en “La nueva trinchera colectivista”  

  1. 1 GANZUK

    .…¡¡ SOBER­BIO !!, el men­saje más cla­ri­fi­ca­dor sobre el tema, que, como usted expresa, es abor­dado por sim­pa­ti­zan­tes de buena volun­tad.., y yo agrego, de muy mala o nula infor­ma­ción cien­tí­fica. Se pone de moda y los incau­tos se suben al tren, en desacuerdo con la pro­gre­sía.…, pero…, ¡ojo!.., muni­dos de los últi­mos ade­lan­tos y des­pa­rra­mando res­tos de toda la por­que­ría que pro­duce el mal­dito pro­greso, sin la cual no podrían vivir.
    Resul­ta­ría útil cono­cer mas a los agen­tes per­so­na­les de esta “nueva ola”, sobre todo a los incau­tos giles que les hacen lugar.

  2. 2 Ing. Roberto

    Escla­re­ce­dor artículo. Se ha ins­ta­lado en la socie­dad una serie de mie­dos y mitos que, a su vez, gene­ran toda una ideo­lo­gía reac­cio­na­ria al pro­greso y al ade­lanto tec­no­ló­gico. Cada tanto inven­tan una nueva: que vie­nen por el agua, que la ener­gía nuclear, que el pla­neta se calienta por cau­sas huma­nas, que la con­ta­mi­na­ción pla­ne­ta­ria, que, que y que. Y debe­mos ser cla­ros: nada de eso es cierto. Patra­ñas e igno­ran­cias abso­lu­tas que enmas­ca­ran los ver­da­de­ros pro­ble­mas de con­ta­mi­na­ción y mal­ver­sa­ción de recur­sos natu­ra­les. Pero esas cosa no dejan dinero, no impac­tan en la socie­dad como vati­ci­nar apo­ca­lip­sis den­tro de 50 o 100 años. Es así.

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