- May 2012
- April 2012
- March 2012
- February 2012
- January 2012
- December 2011
- November 2011
- October 2011
- September 2011
- August 2011
- July 2011
- June 2011
- May 2011
- April 2011
- March 2011
- December 2010
- June 2010
- May 2010
- April 2010
- March 2010
- February 2010
- January 2010
- December 2009
- November 2009
- October 2009
- September 2009
- August 2009
- July 2009
- June 2009
- May 2009
- April 2009
- March 2009
- February 2009
- January 2009
- December 2008
- November 2008
- October 2008
- September 2008
- August 2008
- July 2008
- June 2008
- May 2008
- April 2008
- March 2008
- February 2008
- January 2008
- December 2007
- November 2007
- October 2007
- September 2007
- August 2007
- July 2007
- June 2007
- May 2007
- April 2007
- March 2007
- February 2007
- January 2007
- December 2006
- November 2006
- October 2006
- September 2006
- August 2006
- July 2006
- June 2006
- May 2006
La guerra en Libia
Los últimos vientos que soplan por las tierras de Libia vienen inflamados de torticeras fórmulas internacionalistas. Ya no se usan ideas similares a las de la extinta Sociedad de Naciones, con la pléyade de intelectuales a favor de un diálogo insulso e ineficaz, amparados o legitimados por el grupo del Comité de Cooperación Intelectual; tampoco florecen los aromas del realismo político, cuando se defendía la supremacía de una nación en el marco internacional, defensora y garante del orden impuesto y casi por todos deseado. Han pasado los tiempos de la guerra fría y de las fórmulas conciliadoras. Ahora toca el turno, ya desde comienzos de los noventa, de mirar hacia la ONU y de pedirle como favor que consideren tener a bien reunirse para decidir lo que todo el mundo ya ha demandado: la actuación eficaz y directa contra aquellos regímenes dictatoriales que tratan a sus pueblos como si el tiempo no hubiese pasado.
Lo hemos visto dos veces en Irak. La región centroeuropea lo vivió igualmente. Ahora le toca el turno a los libios. Se busca una excusa. Dicha excusa se adorna con la capa de legitimidad que otorgan las resoluciones del Consejo General de las Naciones Unidas, que más que resoluciones podríamos llamar indecisiones. De tal manera que la Indecisión 1973 de las Naciones Unidas “autoriza a los Estados miembros a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles, y las áreas habitadas por civiles, en Libia, incluyendo, a tal fin, el establecimiento de una zona de exclusión aérea”. Se arguye, además, la “responsabilidad de proteger”. Nuestro presidente dijo recientemente que: “la comunidad internacional, a través de su más alta instancia, ha sabido estar a la altura de sus responsabilidades para hacer frente a un hecho siempre grave: en este caso, el empleo de la fuerza contra la población civil por parte de las autoridades libias, mediante ataques generalizados y sistemáticos a la misma”. Añade a esto nuestro ínclito gobernante que las actuaciones de la OTAN se realizan en el marco de una “misión humanitaria”.
No caben más mentiras ni más sarcasmo. Si no supiésemos la boca que lanza estas palabras diríamos que no damos crédito a lo que oímos. Nadie se cree nada de lo que está pasando. ¿Por qué ha tardado tanto tiempo en producirse la acción sobre las fuerzas militares libias?, nos podemos preguntar. ¿Cuáles son los verdaderos intereses de estos ataques desconcertados, sin mando único y sin coordinación? ¿Qué esperan los estadounidenses sacar de esta situación? ¿De verdad alguien cree que a algún país, a algún mandatario, le interesan ciertamente los destinos de los libios? ¿O todo es por el petróleo?
Y yendo para otro sitio, ¿por qué se empeña el presidente Zapatero en vender que las acciones son humanitarias? ¿Es acaso, esto, el comienzo de su afamada Alianza de las Civilizaciones?
Yo no sé, pero la corriente que en estos últimos meses corre por los países del medio oriente, o el oriente cercano (cercano a nosotros, claro) es más rápida que los propios pensamientos sobre la misma. Desde la distancia da gusto pensar que son los ciudadanos, lo que los políticos llaman la sociedad civil, los sufridores y los que ya no aguantan más una situación de penuria y de secuestro. Secuestro de su propia libertad, de su cultura, de sus ideas, de sus personas y de sus destinos. Es hora ya de que los dictadores caigan, de que los pueblos se muevan y avancen en la disparatada historia de las civilizaciones, para que ellos mismos, con su propio esfuerzo, encuentren la senda que mejor les convenga. ¿Es verdad que la guerra es la partera de la Historia? Yo creo que no y que lo único cierto en este mundo de globalizaciones es el dolor humano y la soledad, el sufrimiento y el arduo trabajo de levantarse todos los días sabiendo que no tienes a nadie que te pise el cuello. Con saber aquello, basta; con evitar esto, me conformo. Vale.
Autor: Antonio Florido Lozano
Link Rss para esta publicación
Link permanente al articulo
Enviar a un amigo
Un comentario en “La guerra en Libia”
Porfavor espere...


















Esta bien que los dicatores caigan, pero tambien hay que dejar que sean los mismos pueblos los que decidan su futuro. No seguir con esa maldita forma de meterse en las decisiones de todo el mundo y me refiero a esa maldita politica Expansionista de los malditos Gringos que no desaprovechan ninguna excusa para llevar la muerte y negociar con la maldita guerra y haciendose millonarios vendiendo su armas y sus bonbas inteligentes, usted cree que si no tuvieran esas excusas quien les compraria esas armas, yo considero que estos malditos gringos son los mayores terroristas del mundo.