La fosa”

¿Acaso no esta­mos cavando una fosa acá en España? ¿Es que el des­go­bierno que sufri­mos no está lle­vando a nues­tro país por el camino del desastre?

Ahora toca la des­ban­dada gene­ral. El pre­si­dente Zapa­tero, den­tro de su rea­lismo mágico, con­fuso y des­tar­ta­lado, no se pre­senta a las pró­xi­mas elec­cio­nes. Algu­nos baro­nes del par­tido de la rosa dimi­ten, huyendo de la deba­cle que se les ave­cina. Se están tra­ba­jando su pro­pia tumba polí­tica. Ya era hora. Sólo espe­ra­mos que el nuevo gobierno conservador-liberal que venga tenga y demues­tre la valen­tía nece­sa­ria para hacerle ver a los espa­ño­les que toda­vía hay per­so­nas hones­tas que saben hacer bien las cosas.

Como ejem­plo, en este caso lite­ra­rio, el siguiente cuento, metá­fora de la España deca­dente. Espero que no aca­be­mos como el pro­ta­go­nista del mismo. Vale.

La fosa”

La his­to­ria que viene a con­ti­nua­ción la oí en la taberna de Gólu­bev mien­tras me tomaba un tra­guito de vodka. Ocu­rrió, según me dije­ron, el año pasado, y si la cuento ahora es sola­mente para des­car­gar mi alma de pesa­dum­bre y de ago­bio, por­que en ver­dad la vida del pro­ta­go­nista de este relato siem­pre me ha traído sin cuidado.

Todo comienza en la calle de Las Gavio­tas. Allí, muy cerca del río Nevenka y justo al lado del par­que Tre­bis­kov, vive el sujeto de este cuento, un tal Volo­dia Vasi­liev. El indi­vi­duo en cues­tión, un joven soña­dor e idea­lista, ocupa una habi­ta­ción pequeña del segundo piso, una pieza sucia y malo­liente. Por las noches puede ver, desde su ven­tana, los últi­mos ale­teos de las fochas y divi­sar las ondas que pro­du­cen las embar­ca­cio­nes. Vasi­liev, como ya queda dicho, es joven. Ape­nas asoma en su ros­tro una leve som­bra que anun­cia una barba inci­piente, rala y rubia.

Por las maña­nas tra­baja en las ofi­ci­nas del Estado. Su tra­bajo con­siste en revi­sar, cla­si­fi­car y orde­nar expe­dien­tes. Son los expe­dien­tes de las almas muer­tas de la zona. Hay mucho tra­bajo en esas ofi­ci­nas. Volo­dia se encarga de la misma sec­ción en la que su padre pasó los últi­mos cua­renta años. A Volo­dia no le gusta mucho su tra­bajo. Lo de revi­sar expe­dien­tes una y otra vez, todo el día, todas las sema­nas y todo el tiempo no está hecho para un joven de San Peters­burgo. En su fuero interno Volo­dia piensa que debe mejo­rar. Aun­que aún no sabe cómo, un día de estos –se dice-, lle­gará a ser lo que su viejo nunca pudo, Super­vi­sor Gene­ral de Almas y Otros Asun­tos. Y para con­se­guirlo Vasi­liev tra­baja sin des­canso, hora tras hora, depo­si­tando en sus labo­res tanto esfuerzo e ilu­sión, que todos en las ofi­ci­nas hablan de él por lo bajito.

La his­to­ria llegó a mis oídos, en ver­dad, el vier­nes pasado. Esa tarde entré, des­pués del tra­bajo, en la taberna de Gólu­bev, donde me tomé cua­tro o cinco vasos de vodka. A un lado de la barra observé al gordo Gro­gióv, viejo amigo de mi padre y al que, segu­ra­mente por ese motivo, yo le tenía en alta estima. Gro­gióv hablaba y bebía. A cada frase que sol­taba el viejo gordo le seguía un sorbo de vodka. A decir por el color son­ro­sado de su ros­tro debe­ría lle­var allí, apo­yado en la barra, no menos de dos o tres horas. Todos le cono­cía­mos y eran famo­sas las cogor­zas que cogía los fines de semana. Gro­gióv hablaba de un tal Volo­dia. Los demás per­ma­ne­cían junto a él, mirando al viejo con los ojos muy abier­tos. Yo les obser­vaba y tra­taba de escu­char las pala­bras del viejo Gro­gióv, pero desde donde estaba me era prác­ti­ca­mente impo­si­ble, de modo que decidí acer­carme hasta ellos para ente­rarme de lo que pasaba.

El joven dudó. Luego, mirando hacia el fondo oscuro y frío del pasi­llo, entró con paso deci­dido”, –decía Gro­giov, con los labios brillantes.

Sigue, sigue, …, qué más”, — pre­guntó Chi­ri­lenko con voz ronca.

El chico entró, digo. Es, es posi­ble que no supiera lo que iba a encon­trar. Más aún, yo ase­guro, os ase­guro que no tenía ni la más remota idea de lo que sus ojos verían en cuanto entra­sen en su habitación”.

-“¡Eso es men­tira, palur­dos!, ¿no veis que el mujik se está riendo de todos noso­tros?”, –soltó el viva­ra­cho Ser­gueiv, des­pués de vaciar la bote­lla de vodka.

Subió las esca­le­ras aga­rrán­dose a la baran­di­lla. Al lle­gar arriba sacó la llave, giró con ella la cerra­dura y abrió la puerta. En ese momento un olor inten­sí­simo a hume­dad gol­peó su rostro”.

Gro­gióv hizo una pausa que apro­ve­chó para seguir bebiendo.

Lo que pasó más ade­lante debe ahora esperar”.

Los oyen­tes, cir­cuns­pec­tos e irri­ta­dos, con­mi­na­ron a Gro­gióv a con­ti­nuar con el relato. Éste, al com­pro­bar que su narra­ción estaba siendo seguida con tanto res­peto, irguió sus hom­bros, bebió otro sorbo de alcohol y siguió hablando.

¿Qué pen­sáis que encon­tró Volo­dia al abrir la puerta? ¿Qué ima­gi­náis? ¿Que­réis saberlo, eh?”.

Gro­gióv cam­bió de pronto su ros­tro. Un aire de serie­dad y de miedo pasó por delante de todos y, como si las hadas hubie­sen atra­ve­sado la estan­cia, se hizo un silen­cio espeso.

Un cemen­te­rio”. –dijo Gro­gióv, dejando a todo el mundo de una pieza.

Chi­ri­lenko puso el vaso sobre la mesa, Gólu­bev aban­donó lo que estaba haciendo y se acercó a noso­tros. Los demás nos reí­mos y nos hici­mos los locos, para no ofen­der al viejo Gro­gióv. Pero el ros­tro del viejo seguía siendo grave y sus ojos bri­lla­ban a la luz del gas con un des­te­llo fan­tas­ma­gó­rico. Yo pensé que estaba ciego de beber o que se tomaba él mismo el relato muy en serio. De pronto, dejando su vaso sobre el mos­tra­dor, se alzó sobre sí mismo y con las venas del cue­llo hin­cha­das prorrumpió.

Seño­res, cuando Gro­gióv dice lo que dice, no hay más que, que, que decir. Y se acabó, lo oyen bien, se acabó lo que se daba”.

¡No pue­des dejar­nos así!” –exclamé, pen­sando que al tra­tarse del hijo de un viejo amigo, Gro­gióv con­ti­nua­ría con su relato. En efecto, el gordo son­ro­sado miró hacia mí y al com­pro­bar que era yo el que se lo pedía entornó los pár­pa­dos, bebió otro trago y dijo: “Seguiré”.

Como decía, el chico había encon­trado un cemen­te­rio. Puede que delire o que esté sufriendo una de esas enfer­me­da­des mis­te­rio­sas del Cáu­caso, pero lo cierto es que desde que está en el Hos­pi­tal no para de afir­mar, una y otra vez, que su his­to­ria es tan cierta como que el sol sale por las maña­nas. ¿Y qué hizo des­pués? Entrar. Sos­tiene que le costó la misma vida cru­zar el umbral pero que, sin saber cómo ni por qué, avanzó sus pier­nas hasta el cen­tro de la pieza. El otro día, cuando hablaba con él a la hora del almuerzo, me contó con pelos y seña­les todo lo que vio. Dice que la habi­ta­ción la encon­tró llena de tum­bas. Que las había de todos los tama­ños, gran­des y peque­ñas. Tam­bién afirma que sus mue­bles habían des­a­pa­re­cido. Que miraba y bus­caba por todas par­tes y no encon­traba sus cosas. Su mesa se había trans­mu­tado en una fosa blanca, como de niño, con una cruz en lo alto y una corona de flo­res. Su ven­tana, por la que dis­fru­taba por las tar­des con las vis­tas del Navenka, ya no se encon­traba, y en su lugar, a la altura del pomo, una placa de már­mol col­gaba de la pared.

Alre­de­dor de la sala se dibu­jaba un pasi­llo de verde hierba, bien cor­tada, que bor­deaba la estan­cia for­mando un rec­tán­gulo. Y al fondo, en la pared opuesta a la entrada, nichos peque­ños con dibu­jos de niños par­chea­ban la super­fi­cie for­mando una escena maca­bra e inol­vi­da­ble. Con­forme me con­taba estas cosas, ¡escú­chenme!, el chico llo­raba y al llo­rar lla­maba a su madre, la lla­maba por su nom­bre y le decía que la que­ría. Sin duda, el mucha­cho está trastornado.

A cual­quiera que le hubiese pasado algo seme­jante se le habrían retor­cido las ideas de la mente, a cual­quiera. Luego con­ti­nuó hablando y cuando le pre­gunté que qué hizo me dijo que que­darse. Qué, si no, debe­ría haber hecho. Sos­tiene que pasó la pri­mera noche des­pierto, vaci­lando entre lar­garse de allí o que­darse. Pero, como él ase­gura, ¡adónde ir! De modo que, seño­res, tene­mos a un joven­zuelo, ¡oigan bien!, que de bue­nas a pri­me­ras se encuen­tra con que su habi­ta­ción, la habi­ta­ción donde vive a dia­rio, en la que come, en la que duerme y en la que depo­sita sus ver­güen­zas, se ha con­ver­tido de la noche a la mañana en un cam­po­santo. ¡Ahí es nada!”.

Gro­gióv acabó su relato ador­nán­dolo con otro vaso de vodka. Gólu­bev secaba las copas con un paño blanco y nos miraba con el sem­blante som­brío. Chi­ri­lenko hacía buen rato que se había sen­tado, inca­paz de sopor­tar por más tiempo el peso de su cuerpo. De modo que en la barra nos había­mos que­dado sólo Gro­giov, el viejo Gro­gióv, Ser­gueiv y yo.

Gro­gióv acercó su cara a noso­tros dos y hun­diendo la voz en un hilo ape­nas audi­ble nos dijo: “¿Que­réis saber el resto?”.

Ser­gueiv y yo nos mira­mos. Gólu­bev dejó el paño y se acercó tam­bién adonde está­ba­mos. Gro­gióv continuó.

Podéis pen­sar lo que que­ráis de este chico, lo que yo os digo es que me lo creo, yo me creo todo lo que me ha dicho en estos días. ¡O es que debe­mos pen­sar que este sin­ver­güenza pre­tende sacar algo de esto! En efecto, Volo­dia Vasi­liev, que este es su nom­bre, se quedó toda la noche. Como un cosaco aguantó el tirón del miedo en medio de este esce­na­rio terri­ble. Como un gigante aga­zapó su cuerpo entre los ver­des folla­jes y así trans­cu­rrió su pri­mera noche entre las tum­bas. Y digo su pri­mera noche por­que Volo­dia ha vivido siem­pre en su piso. No le han impor­tado a él las cru­ces, los túmu­los húme­dos y abul­ta­dos, ni le han preo­cu­pado las mira­das de los niños muer­tos que salen de los cua­dros. Volo­dia es un hom­bre. Un fun­cio­na­rio, es cierto, por­que no debe­mos olvi­dar que al fin y al cabo el chico se gana la vida revol­viendo y revol­viendo pape­les, pero un hom­bre, esto es, un hom­bre recto y valiente”.

Miré el reloj. Pronto serían las diez. Hora de comer algo, de asearme y de des­can­sar. Le dije a Gólu­bev que se cobrara en el mismo ins­tante en que Gro­gióv me tomó del brazo y me dijo: “Ten cui­dado, cha­val, ten cuidado”

Yo me son­reí por­que pen­saba que el viejo Gro­gióv pre­ten­día meter en mi cuerpo los mie­dos de Volo­dia. Pero me hice a un lado, tomé mi capote y salí a la calle en busca de la ribera del Navenka.

Con­forme andaba hacia mi casa pen­saba en la his­to­ria del viejo Gro­gióv y tam­bién pasa­ban por mi mente las imá­ge­nes ima­gi­na­das del piso de Volo­dia. En ver­dad, había sido una his­to­ria tru­cu­lenta; terri­ble, de ser cierta. Aun­que cos­taba tra­bajo creer las pala­bras de un viejo borra­cho que todas las sema­nas se toma una carreta de vodka. La noche era fría. Se acer­caba ya el invierno y las ráfa­gas de viento remo­vían las últi­mas hojas del otoño.

Era bonito y agra­da­ble pasear a estas horas, de noche, pisando las hojas secas de los plá­ta­nos y oliendo la suave fra­gan­cia de las flo­res del par­que. Es gran­dioso el mundo, pen­saba, extra­or­di­na­rios el cielo y las estre­llas. Y mara­vi­llo­sas las ideas de los hom­bres, tan dis­pa­res, tan suti­les y tan extra­va­gan­tes. Con­ti­nué cami­nando por la acera del par­que Trebiskov.

A mi dere­cha se abrían las aguas del Navenka, negras, sono­ras y tris­tes. Siem­pre, hasta de niño, me habían atra­pado los sil­bi­dos de las aves cru­zando por las aguas en busca de la bocana. Mi madre me lle­vaba de la mano y cuando nues­tros cuer­pos se aso­ma­ban peli­gro­sa­mente a los filos ape­drea­dos del río, mi madre apre­taba mis dedos, dán­dome una sen­sa­ción cálida y segura. ¿Qué esta­ría haciendo en estos momen­tos el viejo Gro­gióv?, me pre­gun­taba mien­tras mis pasos se acol­cha­ban en las ramas muer­tas de los árbo­les, ¿esta­ría comiendo la sopa tibia y jugosa, junto a su mujer?, ¿acaso dor­mi­ría plá­ci­da­mente con las pier­nas esti­ra­das? No se sabe, nadie lo sabe ni lo puede barrun­tar. Como no se cono­cen los cami­nos oscu­ros por donde cru­zan los pensamientos.

Lle­gué a mi casa. Me ale­gré de que hubiese aca­bado mi paseo por­que el frío había entrado en mi cuerpo, abra­zando mis hue­sos y mi alma. Tiri­taba. La luz del gas estaba apa­gada. Seguro que la señora Tania Yuru­guevna, encar­gada de alum­brar la entrada y los pasi­llos a los inqui­li­nos yacía dor­mida sobre la mesa, ¡la pobre Tania! Pene­tré en los pasi­llos a cie­gas. Me los cono­cía de memo­ria, de manera que no me supuso esfuerzo alguno subir los dicho­sos tra­mos de esca­le­ras hasta lle­gar a la puerta de mi habi­ta­ción. Todos dor­mían. Sólo una voz de chi­qui­llo se oía al fondo. Posi­ble­mente se tra­taba del hijo de la seño­rita Seriozha, un peque­ñajo vivo y jugue­tón que hasta de noche les daba queha­cer a sus padres. Saqué la llave. A tien­tas logré intro­du­cirla en la cerra­dura. Giré a la dere­cha una, dos vuel­tas. Una ráfaga de aire gélido rozó mi cue­llo. Abrí.

La hume­dad gol­peó mi ros­tro y no quise mirar ni saber lo que habría den­tro. El miedo se apo­deró de pronto de todo mi ser por­que no podía apar­tar de mí los pen­sa­mien­tos y los recuer­dos de la his­to­ria de Gro­gióv. Entré. Al encen­der la luz del techo, triste y mor­te­cina, vis­lum­bré el con­torno de mis mue­bles. La vista de mis cosas, todas en su lugar, me tran­qui­lizó. Iba can­sado. El vapor del alcohol estaba haciendo su efecto y los pár­pa­dos se me caían al suelo. Me dor­mía. Anduve hacia la ven­tana. Yo no divi­saba desde mi cuarto las aguas frías del Navenka, ni tam­poco lle­ga­ban hasta mí los olo­res ver­des y moja­dos de los árbo­les. Desde mi cuarto lo único que podía colum­brar eran las silue­tas difu­sas de las casas leja­nas. Vivía en una zona un poco apar­tada donde la capi­tal se vuelve elás­tica y donde parece que las calles se alar­gan sin motivo aparente.

Me eché sobre el viejo sillón de la sala. De pronto me di cuenta, allí sen­tado, en medio de la sole­dad y del gélido ambiente del invierno, que estaba solo en el mundo. Miré alre­de­dor e ima­giné lo que habría sen­tido Volo­dia al com­pro­bar que su habi­ta­ción se había con­ver­tido en un terral relleno de hue­sos y de caras dimi­nu­tas. Cómo habría sido posi­ble vivir durante tan­tas sema­nas rodeado de fosas y de flo­res mar­chi­tas, res­pi­rando el olor de la muerte, viviendo el tiempo infi­nito de los muer­tos. Los pen­sa­mien­tos fluían en mi mente calen­ta­dos por los eflu­vios del vodka. Deseé echar un último trago. Me levanté, abrí el apa­ra­dor y saqué una de las bote­llas que guar­daba para los momen­tos de máxima soledad.

Me recosté y comencé a beber len­ta­mente, sabo­reando cada uno de los sor­bos de alcohol que intro­du­cía en mi cuerpo. Bebía cada trago diciendo que ése sería el último. Pero el último no lle­gaba. Detrás de cada uno venía otro. A media noche la bote­lla iba ya por la mitad. Me dio asco estar en mi pro­pia habi­ta­ción. La gente, pensé, se reúne, se aso­cia, busca el calor del grupo y ríen las idio­te­ces que a cada uno se le ocu­rre. Así es la vida. Sin embargo, allí estaba yo, en medio de la nada, solo como un mujik en su dacha, rodeado de silen­cio y de vacío.

Deseé por un momento haber estado en la misma situa­ción que Volo­dia Vasi­liev. Al menos él tenía a sus muer­tos. A sus infan­tes des­car­na­dos, blan­cos y peque­ños. Creo que me dormí y que estuve allí echado buena parte de la noche. Me des­pertó el frío. Mi cuerpo se con­vul­sio­naba como sólo lo hacen los cuer­pos de los epi­lép­ti­cos. Me abri­gué todo lo que pude y con­ti­nué recos­tado en el sillón, mirando los cua­dros de mi cuarto, la lám­para del techo, la mesa, el apa­ra­dor. Mis ojos via­ja­ban por la estan­cia como si fue­ran turis­tas que visi­tan para­jes nunca vistos.

Cuando giré la cabeza hacia el rin­cón donde guar­daba mis cajas de vodka mis ojos se detu­vie­ron en un deta­lle que antes me hubo pasado desa­per­ci­bido. El suelo de esa parte de la pieza se había levan­tado un poco. Me acer­qué. Con los dedos rocé la super­fi­cie de las losas y me di cuenta de que algu­nas esta­ban suel­tas. Una de ellas, en con­creto, mos­traba uno de sus picos levan­tado unos cinco milí­me­tros. La gol­peé con el puño cerrado. La losa cru­jió y el golpe devol­vió un sonido muerto, apa­gado. Así sue­nan las pare­des cuando están mal apel­ma­za­das, hue­cas, vanas, vacías. Con cui­dado levanté la losa por un lado y tiré hacia arriba. Lo que vi me horrorizó.

Debajo de la loseta no había nada. Y cuando digo nada, es eso, nada. Intro­duje mis dedos en el espa­cio que había ocu­pado la masa com­pacta de la losa y mi mano pene­tró sin esfuerzo hasta el codo. Asus­tado, arran­qué de cuajo la losa vecina. Sin ape­nas esfuerzo me quedé con ella en la mano y de nuevo com­probé que debajo de la misma sólo había aire. Sentí un peso en el pecho que me aho­gaba. Comencé a sudar y de nuevo, como un loco, arran­qué una a una todas las losas del suelo. Me que­daba sin casa. Si seguía con mi locura me que­da­ría sin firme bajo los pies.

Me senté. Cuando la res­pi­ra­ción se me hubo cal­mado me dije, piensa, piensa, y comencé a par­tir de ahí una labor angus­tiosa de tra­tar de com­pren­der por­qué me estaba suce­diendo esto. Cómo podía ser que mi pro­pio cuarto se estu­viese desin­te­grando y disol­viendo en el aire. Cosa tre­men­da­mente impo­si­ble. Las leyes de la física así lo demues­tran. Mi habi­ta­ción se había redu­cido a la mitad, fruto de la disi­pa­ción mis­te­riosa y de mi his­te­ria momen­tá­nea. Si con­ti­núo arran­cando el suelo, me decía, me que­daré en el aire, en el vacío, me caeré, mi cuerpo bajará hasta el fondo, hasta la sima, y me con­ver­tiré en hueco, en honda e insubs­tan­cial mate­ria. El tiempo pasaba lento.

Mi cuerpo, poco acos­tum­brado a la bebida, comenzó a sen­tir la odiosa fla­ci­dez que pro­duce el exceso de alcohol y noté des­fa­lle­cer mis miem­bros. El apa­ra­dor y la mesa habían que­dado al borde del abismo. Sus patas roza­ban la última línea del suelo y si éste se hun­día más cae­rían al abismo inson­da­ble. Pensé en mi casera, la señora Tania Yuru­guevna. No sabría expli­carle a la buena señora el des­tino de su pieza. Me cree­ría loco. Y yo no ten­dría argu­men­tos para sos­te­ner seme­jante suceso. Me ence­rra­rían en el Hos­pi­tal de Dementes.

Qué sería de mi vida a par­tir de ahí. Los pen­sa­mien­tos bom­bar­dea­ban mi cere­bro. Pen­saba más rápido de lo que era capaz de dige­rir. Si, en efecto, mi mente había cono­cido al fin eso que lla­man locura, ¿había vuelta atrás? ¿Vol­ve­ría yo a ser el mismo de antes? ¿Oiría el canto de los pája­ros? ¿Sen­ti­ría de nuevo el amor? Las horas pasa­ban junto a mi sillón y mi cuerpo tiri­taba de frío. Los ojos, abier­tos y esti­ra­dos, diri­gían sus rayos hacia el suelo que aún per­ma­ne­cía firme.

Cuánto tiempo fal­taba aún para que lle­gase el fin. ¿Estaba yo dor­mido, y estos pen­sa­mien­tos eran sólo el fruto de mis pesa­di­llas? ¿Tanto me habían impre­sio­nado las pala­bras del viejo Gro­gióv? Deseé saber la ver­dad. Por­que debe­mos saber lo que ocu­rre para poder actuar en la vida y poder, así, ele­gir nues­tro pro­pio des­tino. Ya sé que esta es una his­to­ria con­fusa. Segu­ra­mente alguien piensa que es mera ima­gi­na­ción derro­chada en un momento de vacío y de vacui­dad men­tal. Es posi­ble. Pero lo cierto es que cuando des­cu­bres que el mundo se te va de las manos te recues­tas en el sillón y le pides al de lo alto que te ayude. Así estaba yo esa noche. Pidiendo a no se sabe qué o quién que me res­ca­tase de allí lo antes posible.

Llegó la mañana. La cabeza me dolía. Los rayos del sol abrie­ron mis pár­pa­dos y mis miem­bros se esti­ra­ron bus­cando las pare­des. Lo pri­mero que hice nada más des­per­tar fue com­pro­bar si todo había sido o no un sueño. El suelo per­ma­ne­cía en su sitio. Mal­dije la noche y los mons­truos que crea en nues­tro cere­bro. La noche es el vivero de los mie­dos y por eso la odio. Eli­mi­na­ría las noches del mundo.

Deja­ría sólo la luz del día, el calor de la gente, los pája­ros can­to­res, las hojas vivas y ver­des de los árbo­les, deja­ría las almas muer­tas en las dachas, junto al samo­var caliente y humeante. Pero la noche la qui­ta­ría de en medio, con sus vacíos, sus silen­cios, sus horro­res. Salí a la calle. Nece­si­taba reen­con­trarme con­migo mismo, ser yo, en ple­ni­tud. Sen­tía la impe­riosa nece­si­dad de res­pi­rar el aire frío de las mon­ta­ñas, los vapo­res del Navenka. Y que­ría darme el pla­cer de pasear una vez más por la ave­nida Nevski, y lle­gar cami­nando hasta el par­que, donde las hier­bas cre­cen en el suelo firme y húmedo. Debía sen­tirme vivo, muy vivo, ale­jarme de los sue­ños pro­fun­dos del terror y vol­ver a comen­zar de nuevo.

La gente cami­naba junto a mí mirando al suelo, con los embo­zos subidos. Los hom­bres, fun­cio­na­rios casi todos, lle­va­ban el capote apre­tado y las muje­res anda­ban deprisa hacia sus casas. Hacía mucho frío. El invierno se había echado de pronto sobre la ciu­dad. Qui­zás esta misma noche lle­gara le nieve. Ado­raba la sen­sa­ción cru­jiente de la nieve al cami­nar. Tanto qui­zás como obser­var las lla­mas dora­das del fuego del hogar y el cre­pi­tar de las made­ras. Lle­gué al puente Boris­kov, donde el Navenka retuerce sus aguas bus­cando la mar. Sabía que al cru­zarlo alcan­za­ría la zona resi­den­cial donde Gólu­bev reparte el vodka gene­ro­sa­mente. No me importaba.

Si pre­ten­día enca­rar la vida como esta se merece debía ser capaz de vol­ver a entrar donde Gro­gióv y debía ser lo sufi­cien­te­mente valiente como para mirarle a los ojos sin titu­bear. De modo que, al pasar junto a la taberna, decidí entrar a echar un trago. Gólu­bev estaba solo. Al verme entrar me colocó el vaso de vodka sin yo haberle dicho nada. Nos cono­cía­mos. Al poco entra­ron Gro­gióv y Ser­gueiv. Iban dados del brazo y de vez en cuando se besa­ban. Están borra­chos, pensé. Se colo­ca­ron cerca de mí, a dos pal­mos, y cuando Gro­gióv reparó en mi pre­sen­cia alzó los bra­zos y comenzó a lan­zar impro­pe­rios y blas­fe­mias. Gólu­bev lo aga­rró con fuerza y Gro­gióv se calmó. Le invité a un trago y comen­za­mos a char­lar sobre la his­to­ria de Volo­dia. Gro­gióv venía del Hos­pi­tal y afir­maba, con la voz un poco triste, que Vasi­liev se había sui­ci­dado esa misma noche.

Con­ti­nua­mos hablando pero yo no presté dema­siada aten­ción a par­tir de aquel momento. Mi mente se había parado en las últi­mas pala­bras del viejo Gro­gióv, cuando afir­maba que el joven fun­cio­na­rio se había qui­tado la vida. ¿Tanto le había afec­tado el suceso de las tum­bas como para tras­tor­nar de esa manera la mente del joven Vasi­liev? ¿Me pasa­ría a mí algo pare­cido? No sé, lo cierto es que tomé otro trago de vodka, pagué y salí de allí cabiz­bajo, pen­sando que qui­zás la vida se me iría des­va­ne­ciendo con la rapi­dez, con la misma rapi­dez que las losas de mi cuarto.

Volví sobre mis pasos hasta que en el hori­zonte se dibu­ja­ron las ondas sinuo­sas del río. Se me ale­graba el espí­ritu cuando miraba de frente las aguas revuel­tas del Navenka. De siem­pre me pasó lo mismo. Algo ten­drán estas aguas que me atraen. Posi­ble­mente su pro­fun­di­dad, su apa­rien­cia inocente, su correr evi­terno, lo cierto es que a mucha gente le pasa lo que a mí. Somos muchos peters­bur­gue­ses los que acu­di­mos por las tar­des a dis­fru­tar de la visión calma del río, a echar hojas muer­tas en sus aguas, a con­tem­plar, sin más, sus olas atre­vi­das y sus vapo­res her­mo­sos. Somos muchos.

Pero hoy, sin embargo, y de alguna manera extraña, no hay nadie apo­yado en las baran­das del paseo. Sólo la tarde, las hojas, el viento y yo. Me acerco al borde. Me acuerdo de mi madre, cuando me apre­taba los dedos con sus manos cáli­das y sedo­sas. Ahora estoy solo. Solo como el viento que corre, como el muerto que espera, solo como el espa­cio vacuo y dila­tado. Me subo el cue­llo del capote, miro la ribera opuesta, observo los pája­ros peque­ños y gor­de­zue­los que comen las miga­jas del suelo, rozo con mis dedos los péta­los de una flor con­ge­lada, me san­ti­guo tres veces y le digo adiós al mundo.

Autor: Antonio Florido Lozano

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