Portar

Por­tar de un lado a otro. Tras­la­dar un bien desde la posi­ción A a la posi­ción B. La eco­no­mía no estu­dia el cam­bio de posi­ción de los bie­nes, a lo sumo se interesa en los medios para rea­li­zar el movi­miento, en las nece­si­da­des que se satis­fa­cen con el trans­porte. Pero la posi­ción A del bien o B por sí misma no importa. Des­pués viene la fron­tera, un con­cepto que está fuera de la eco­no­mía y per­te­nece a la polí­tica, es con­se­cuen­cia de gue­rras de con­quista o de acuer­dos entre orga­ni­za­cio­nes polí­ti­cas. La fron­tera es un límite al alcance terri­to­rial de una deter­mi­nada auto­ri­dad. Si existe liber­tad a tra­vés de ella pasan las per­so­nas y tam­bién las mer­ca­de­rías. La posi­ción A de un bien (Uru­guay) o B (Argen­tina) es una cues­tión exclu­si­va­mente polí­tica. Le importa a la autoridad.

Argen­tina y Uru­guay care­cen de vida, no nacen, mue­ren ni se repro­du­cen. Son eti­que­tas polí­ti­cas nacio­na­les, con­ven­cio­nes. No son más reales que el sec­tor de la can­cha que corres­ponde al equipo Blanco y el que per­te­nece al equipo Negro, cuyo sen­tido se encuen­tra en el juego, nunca fuera del juego. Se podría por­tar un bife de cho­rizo del lado de la can­cha que per­te­nece al equipo Blanco al que corres­ponde al Negro. Sería una “ex”-portación para los blan­cos y una “im”-portación para los negros. Ni para el juego ni para la eco­no­mía ese hecho ten­dría tras­cen­den­cia alguna. Salvo que una auto­ri­dad deci­diera que puede deci­dir que mer­ca­de­ría pasa de un lado al otro del terreno de juego, enton­ces la expor­ta­ción y la expor­ta­ción pasa­rían a ser un asunto político.

Los bie­nes no tras­po­nen los lími­tes que la auto­ri­dad quiere así nomás sin pagar un res­cate al que ostenta el uso de la fuerza, pero ni el equipo Blanco ni el Negro esta­rían en si intere­sa­dos en la por­ta­ción ni tam­poco en los deseos mone­ta­rios de esa auto­ri­dad. Ni unos ni otros juga­do­res podrían ser con­ven­ci­dos de que su per­te­nen­cia a la blan­qui­tud o a la negri­tud ame­ri­ta­rían que la riva­li­dad se exten­diera a otra cosa que no fuera la com­pe­ten­cia depor­tiva, ni se deja­rían enga­ñar por esa auto­ri­dad si les dijera que les con­viene apo­yar la res­tric­ción, ni tam­poco acep­ta­rían que el paso del bife de cho­rizo desde el campo de los blan­cos a los negros tuviera otro valor que el paso del bife de cho­rizo del campo negro al blanco.

El pro­ceso nece­sita algo de mito­lo­gía para ser acep­tado. Diga­mos que la can­cha es más grande, sufi­cien­te­mente grande como para con­ver­tirse en más tras­cen­dente que la satis­fac­ción de las nece­si­da­des de las per­so­nas, que parezca esa can­cha algo tan pode­roso que mere­ciera cierto res­peto espe­cial. Le lla­ma­re­mos ahora un lado de esa can­cha gigante Uru­guay y a otro Argen­tina. Per­te­ne­ce­mos enton­ces a una u otra cosa de peso, desde chi­cos se nos dirá que un trapo con deter­mi­na­dos colo­res sim­bo­liza lo que somos, como la cami­seta de los equi­pos mencionados.

En esa dimen­sión, y des­pués de que pasa­ron tan­tos héroes por nues­tra memo­ria y vemos que el mundo entero es una divi­sión de cam­pos de juego que per­te­ne­cen a deter­mi­na­das auto­ri­da­des y que a esos sec­to­res per­te­ne­cen todos, pasa­mos por la expe­rien­cia de que sea una cues­tión de cada auto­ri­dad saber a dónde vamos cuando cru­za­mos una fron­tera, apren­de­mos que esa auto­ri­dad, si es nece­sa­rio o inclu­sive si no lo es, será quién velará por nues­tras nece­si­da­des “más importantes”.

A par­tir de ahí es fácil con­ven­cer a la gente de que hay una cosa que se llama expor­ta­ción, que con­siste en la salida de un bife de cho­rizo desde un campo de juego al otro, y otra que se llama impor­ta­ción que sigue el iti­ne­ra­rio con­tra­rio. Y se puede lle­gar más lejos, a que el ins­tinto des­apa­rezca y la pobla­ción crea que gana cuando pierde el bife de cho­rizo por­que se va y que pierde si un repo­llo entra a su sec­tor. La fór­mula es tan exi­tosa para quie­nes la ven­den que no será esto una con­fu­sión sólo de la gente en gene­ral, sino de los eco­no­mis­tas, que a ese fenó­meno que de eco­nó­mico en sí no tiene nada (aun­que tenga con­se­cuen­cias eco­nó­mi­cas la irrup­ción de la auto­ri­dad, como la ten­dría la caída de un meteo­rito sobre nues­tras vacas) merece ríos de tinta.

En la can­cha el equipo Blanco y el Negro miran un tablero y saben cómo va el par­tido. Tam­bién los espec­ta­do­res se entre­tie­nen con eso. Es diver­tido. Agre­gué­mosle enton­ces al juego un tablero que mida la can­ti­dad de bifes de cho­rizo que salen con­tra la can­ti­dad de repo­llos que entran. Pero sumé­mosle la eco­no­mía mone­ta­ria por­que si no los espec­ta­do­res se van a dar cuenta de que no suena razo­na­ble fes­te­jar la salida de los bifes de cho­rizo, sino la entrada de los repo­llos. Y no que­re­mos que nadie se dé cuenta de nada. Enton­ces medi­re­mos en esa tabla, lla­mé­mosle “balanza comer­cial”, cuan­tas divi­sas entran y cuán­tas salen. Para los espec­ta­do­res será ahora más emo­cio­nante ver cre­cer la can­ti­dad de divi­sas que entran cada vez que se expor­tan bifes y las que salen cuando se impor­tan repo­llos ¡Claro! Esta­mos mejor cuando tene­mos muchas cosas ¿Y qué son las cosas? ¡Plata! Tener mucha plata es mejor que tener muchos bifes.

¿Para qué sirve la plata? ¡Para com­prar cosas! ¿Enton­ces tener mucha plata y que eso no sig­ni­fi­que con­se­guir muchas cosas no será al pedo? No se preo­cu­pen, jamás se harán esa pre­gunta. Con­vir­tie­ron la reali­dad en un juego. Así como no importa que la vic­to­ria del equipo Negro sobre el Blanco tenga otro sen­tido que la diver­sión, tam­poco intere­sará si el tablero de la balanza comer­cial le sirve a alguien para algo, más allá de los titiriteros.

Pero expor­tar implica impor­tar. Salen bifes de cho­rizo y entran divi­sas. Es decir se impor­tan divi­sas expor­tando bifes de cho­rizo. Y las divi­sas no nos dan de comer por si solas. Si con ellas no se pudiera impor­tar algo, no ten­drían nin­gún valor. Es nece­sa­rio expor­tar­las para obte­ner el valor que jus­ti­fica y con­vierte en nego­cio a la expor­ta­ción. Aun­que el que exporta no use sus divi­sas las acepta por­que tie­nen valor (y se las puede ven­der) para otro que importa. Sin el impor­ta­dor, el expor­ta­dor no ten­dría bene­fi­cio alguno expor­tando, por más que el tablero del jue­guito de la estu­pi­dez nacio­na­lista fuera un pri­mor y sonara una chi­cha­rra con el “equi­li­brio de la balanza comer­cial” y dos con el “supe­rá­vit”. Si esas divi­sas son emi­ti­das por otro gobierno encima, el supe­rá­vit sería de una gran ayuda para finan­ciar el gasto público de ese país, al que en gene­ral odian los que aman al tablerito.

Algo tan sim­ple como que lo que se importa importa. O que la carac­te­rís­tica de impor­tarle algo alguien es la misma cosa que valo­ri­zar lo que se importa, solo puede des­a­pa­re­cer si se plan­tan ilu­sio­nes de com­pe­ten­cias que no exis­ten, si se hace a la gente jugar, se la enca­si­lla, se la con­vierte en miem­bros de una nación luchando con­tra otra.

Autor: José Benegas

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