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“El Acoso Escolar y Las Nuevas Tecnologías”
(Un Enfoque A Través Del Poder)
El Columnista Invitado de Hoy:
Antonio Florido Lozano
En este trabajo intentaremos mostrar las características del acoso, visto como una de las manifestaciones del poder entre los seres humanos. Usando esta noción, realizaremos un análisis pormenorizado del acoso escolar, en el contexto de una comunidad educativa donde participan diversos conjuntos de personas y, profundizando aún más, nos zambulliremos en el ciberbullying, acoso escolar propiciado por el fenómeno reciente de la afloración y uso de las nuevas tecnologías. Terminaremos con una serie de conclusiones y con algunas propuestas más o menos factibles en la realidad como medio de solucionar el problema tan real y acuciante llamado Ciberbullying.
A lo largo de la Historia el poder ha sido estudiado y analizado desde diferentes puntos de vista. El ser humano, inmerso en una sociedad que a veces le absorbe, le desborda y le anula, se ha visto impelido a sacar en muchas ocasiones lo que Aristóteles dijo: “El hombre que no es político sólo puede ser dos cosas: un Dios o un animal”. Entendiendo esta aseveración en toda su plenitud, esto es, en sentido lato, el hombre sólo puede ser político, inmerso en la polis, en lo social; en sí, el ser humano es un ser grupal, colegiado, donde la virtud de cada uno se suma con las de los demás para conseguir una virtud total, de grupo, de clan. Platón llamó a esto El Bien, desde un punto de vista ético y apodíctico. Pero, ¿qué lleva al ser humano a unirse en sociedad? ¿Es, quizá para él, la mejor opción? ¿No corre el riesgo de ser influido por un sistema en el que se introduce ejerciendo su libre albedrío? La respuesta a estas cuestiones y a otras íntimamente relacionadas nos las han dado los filósofos de todos los tiempos. En síntesis, podríamos agrupar estas respuestas en dos grandes categorías: las de aquellos que opinan que el ser humano es una bestia para sí mismo, un ser amoral, malo en sí, línea donde destaca el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588–1679), con su famosa obra Leviatán (1651); y las de otros que han adoptado posturas más o menos contrapuestas a la anterior, esto es, que el ser humano es bueno por naturaleza, siendo uno de los máximos exponentes de esta corriente de pensamiento el suizo Jean-Jacques Rousseau (1712–1778), con su obra El contrato social (1762) , donde pone de manifiesto que, a pesar de que el hombre nace libre, será esclavo de sí mismo y de la sociedad por el resto de sus días.
Si observamos al azar un aula de cualquier colegio o instituto, comprobaremos que no deja, en síntesis, de ser el reflejo de todo el sistema social que nos rodea. Es, ella misma, una microsociedad, donde hay pueblo y dirigentes, entendiendo ambos conceptos en tono comparativo, literario y similar. Como en toda sociedad, los componentes, tanto aislados unos de otros como formando un grupo compacto, deben someterse a las directrices que marca el dirigente, llámese maestro, profesor, educador…De igual forma, se establecen entre los miembros del pueblo, los alumnos, una relaciones sociales, humanas, dentro de un contexto de opresión más o menos tensa (recordemos que es una etapa de la educación de asistencia obligatoria). Por lo que respecta a los discentes, éstos, en sus relaciones diarias y educativas, deben ser capaces de sentirse unidos al grupo, de ser un todo, iguales y distintos a la vez. Deben ser capaces de establecer sociedad entre ellos.
Además deben extender esta sociedad hasta conseguir introducir en ella al referente máximo, al profesor. Se establece, de esta manera, la distinción clara y natural de dos niveles. Por un lado, en un nivel o estrato superior (por la edad, la formación, la legalidad) destaca el profesor, que encarna y simboliza una serie de valores que está dispuesto a comunicar, a transmitir, en el seno de una estrategia educativa plena y amplia. Simboliza, más allá de los típicos y consensuados valores y estereotipos académicos, todo aquello que envuelve a la sociedad. Dentro del aula será el referente más directo con el que se encuentren los alumnos día a día. Por otro lado, los alumnos.
Éstos forman un grupo heterogéneo y desigual de personas (niños o adolescentes) que están obligadas, por ley, a acudir diariamente al aula. Como en todos los grupos (grupo primario, en el sentido sociológico), se establecen relaciones más o menos cercanas entre los miembros del mismo. En medio de la escena cotidiana de una sesión de clase, cada uno de ellos es y revela una manera distinta de comportamiento. Y es así porque los alumnos –personas en formación académica, física y mental-, son distintos unos de otros, diferentes, con valores también distintos, con intereses, opiniones, sugerencias, costumbres y características muy personales. Cada uno, tomado en sí, aislado del resto, es un ser global, un elemento, –permítannos la expresión-, susceptible de absorber conjuntos de conocimientos y estímulos que entre todos los que estamos alrededor no dejamos de ocasionar. El aula, apreciada de este modo, es un milagroso experimento donde emisores y receptores se muestran abiertamente. Y, como siempre ocurre cuando se forma un grupo de personas tan heterogéneo, llega un momento donde el consenso es difícil, donde la acción de un elemento del grupo distorsiona la conciencia, los miedos, las alegrías, de los demás.
Se establece entre ellos una dinámica de poder en la que se pretende llegar a él por distintos caminos. Hay alumnos que alcanzan el poder a través de la intervención en clase, a través del respeto que ocasionan sus reflexiones, respeto que hace aparecer la consideración, la deferencia de los demás, la autoridad entre unos alumnos y otros. El alumno que demuestra ser responsable y humilde, suele comprender su incapacidad cuando ésta se manifiesta, la acepta, se rebela ante ella y pretende sojuzgarla usando sus capacidades positivas.
Escucha porque sabe escuchar, porque en el seno de su familia ha encontrado un nido de respeto y de amor, donde su alma se siente en pleno goce y donde se muestra tal y como es. Esta actitud, llevada al aula, genera, o puede generar sin embargo, respuestas distintas en aquellos alumnos que, por motivos familiares, físicos, mentales, sociales y de otras características, no han podido disfrutar de un ambiente hogareño placentero y donde la propia familia se encuentra desestructurada. En aquellos senos familiares difíciles por distintos motivos, los valores que se cultivan y se viven diariamente son enormemente diferentes de aquellos que vimos al principio. Salen a relucir, de esta manera, emociones tan humanas y tan indeseables como la ira, la envidia, el rencor, la obsesión por aparentar lo que no se es, el miedo al ridículo, el desamor, la venganza…
Llegados a este punto enlazamos y entramos de lleno con el tema de este trabajo, esto es, el acoso escolar, que cuando se lleva a cabo usando las nuevas tecnologías se denomina ciberacoso o ciberbullying.
Definiciones de ciberbullying podríamos dar varias, pero todas, en esencia, aportan lo mismo. Se dice que el ciberbullying es “el uso de información electrónica y medios de comunicación tales como correo electrónico, redes de comunicación, blogs, mensajería instantánea, mensajes de texto, teléfonos móviles y websites difamatorios para acosar a un individuo o grupo, mediante ataques personales u otros medios”. Es, en definitiva, un linchamiento, un acto de pogrom, en el más claro estilo histórico.
Dentro de este fenómeno relativamente reciente y que ha completado y solapado, (no sustituido) al tradicional acoso escolar, al de toda la vida, podemos distinguir las figuras del acosador, del acosado, el contexto en el que se produce, las causas, las consecuencias y, por último, las formas de poder paliar o solucionar esta lacra.
El acosador suele ser un niño o adolescente que integra características de las que se infiere una escasa identidad personal. Suele ser una persona que vive o ha vivido en el seno de una familia deshecha por distintas causas. No ha experimentado el amor y el enlace familiar como hubiese sido deseable y adolece de un bajo autoconcepto. Valores como el diálogo, el control de las emociones, la cooperación, la empatía, etc. son ajenos a su conducta y su manera de ser. Muchas veces su actitud arisca y despótica se debe a miedos acumulados en su interior.
Miedos desconocidos que remueven su ser hasta que se produce el desbordamiento. Cuando esto último sucede, atrapa y arrastra al primero que se le pone por delante, que suele ser una persona de su misma edad (o parecida), a quien ve como motivo de chanza y de insulto. Demuestra, entonces, todo su ego interno y lo descarga sobre el otro, sobre el más débil. Lo hace en el seno de un grupo donde también, en muchas ocasiones, hay otros compañeros con características similares. Por tanto, se siente arropado y protegido.
Si no destaca en nada, intenta hacerlo avasallando a los demás; si nadie le presta atención, la violencia, usada como herramienta sádica y desapasionada, le sirve para lograrlo. Se ve y se siente un vencedor, un cazador, en el sentido en que Desmon Morris lo usó en su teoría evolutiva. Comienza en ese momento la caza del débil a quien ve como el adversario, como la presa. Y para ello, ofende, insulta, amenaza, humilla y se muestra extremadamente hostil. Como medios usa las nuevas tecnologías, como el teléfono móvil (llamando al acosado a horas intespectivas, fotografiándolo, grabándolo en vídeo para luego colgarlo en internet, enviando mensajes SMS insultantes..), y el ordenador (accediendo a websites difamatorias, enviándole correos electrónicos vejatorios).
En definitiva, actúa como un ser falsamente popular, como bromista, pensando en muchas ocasiones que lo que hace no es nada y no tendrá repercusiones sobre los demás. Son personas rodeadas, en ocasiones, de otros acosadores llamados pasivos, que animan al acoso, que miran pero no actúan ni hacen nada para evitar lo que sucede. El acosador no sospecha que al cabo del tiempo su actitud le traerá la soledad, el aislamiento, la ignorancia. Pero mientras actúa, mientras caza, se siente pleno, arrogante, malvado, gustosa y atrayentemente malvado.
El acosado, por el contrario, vive a veces en un ambiente familiar pleno, gozoso, donde posiblemente la protección, exagerada, ya sea por amor o por miedo, impregna a esta persona viviendo en un mundo falso de sobreprotección. Con lo cual a los acosados no les han dado herramientas ni actitudes para soltarse en sociedad, para defenderse. Pertenecen, como los acosadores, “a todas las clases sociales” (Ferrán Barri).
Pero se caracterizan por no mirar a los ojos a las personas con quienes hablan; son, por demás, huidizos, humildes, apocados, miedosos. Hay acosados horrorizados al pensar que cada día han de encontrarse con su cazador. Son, desde este punto de vista, verdaderos animales indefensos, atrapados, inmersos en una situación desesperada y angustiosa de la que difícilmente saldrán sin ayuda.
Usan, como es lógico, las nuevas tecnologías, pero temen hacerlo, pues barruntan que detrás de un uso sincero e inocente pueda estar oculto el mensaje difamatorio y ultrajante del acosador. Son, como dijimos más arriba, niños o adolescentes a quienes cuesta trabajo oír cuando hablan, personas nerviosas, tensas, no asertivas.
“La Información es poder. Quien la tiene, mantiene las bases para los cambios. El tener las fuentes, a veces con conocimiento de causas o no, confiere el poder de la información. Un pequeño dato en el momento preciso, puede generar un futuro diferente, sólo si sabemos qué hacer con la información”. Estas palabras de Ernesto Yturralde son suficientemente expresivas y elocuentes de la fuerza del poder cuando éste se usa indebidamente.
Hagamos la siguiente reflexión: Como el ejercicio del poder es endémico en los humanos, como seres sociales y gregarios que son, que somos, ¿debe ser la sociedad la que lo encauce, la que lo gobierne, la que lo limite? Está claro que en los casos que estamos considerando, sí. Porque las personas de las que hablamos aún están en periodo de formación y si no somos nosotros, los adultos, los que guiamos y establecemos una ética del poder y de las relaciones sociales, ¿quién lo hará?
Cuando Max Weber dijo aquello de “el origen de todo poder es la violencia”, ¿no estaba reflejando con asombrosa exactitud el escenario donde el acosador se desenvuelve en toda su plenitud? ¿No es el acosador, en esencia, un ser primitivo, que busca alcanzar el poder sobre los demás, usando la violencia?
Visto de esta manera, la violencia parece que pudiera estar justificada. Pero nada más lejos de la realidad. Porque si queremos un mundo donde todos podamos vivir en armonía, debemos sentar las bases de una ética que guíe nuestros actos.
Leamos la siguiente noticia aparecida en ciberbullying : “Romina Perrone, estudiante de 10 años en un colegio bonaerense, tuvo que sufrir que una compañera de clase crease un grupo en Facebook dando razones para odiarla. Llegó a sumar más de cinco mil fans y pese a los esfuerzos de la madre de Romina, Facebook se negaba a eliminarlo”
O esta otra, publicada en Stop-Ciberbullying : “Un joven fue condenado en Sevilla a pagar una multa de 100 euros por colgar en su perfil de la red social online, Tuenti, un fotomontaje de un compañero de clase con el que provocó deliberadamente comentarios despectivos hacia la víctima por parte de sus compañeros de bachillerato. Además, el condenado contribuyó en primera persona a dichos comentarios a través de los chats que sostuvo con sus compañeros. Junto a este joven, mayor de edad, varios compañeros de clase, menores, fueron condenados a trabajos en favor de la comunidad”. Ambas dan que pensar. Por lo cercanas y por lo reales. Pero son ciertas. Y este tipo de noticias aumenta día a día, para remordimiento de todos.
El peor caso, sin duda, el siguiente, extraído de Ciberconvivencia
“Nueve adolescentes (siete de ellos, chicas) fueron juzgados en 2010 por acosar y maltratar física, psicológicamente y a través de móviles y de Internet a una compañera de escuela, inmigrante irlandesa. Phoebe Prince, de 15 años, fue acosada, humillada y agredida durante tres meses por algunos compañeros del instituto hasta que no pudo aguantarlo más y se suicidó ahorcándose. El acoso, de hecho siguió online tras su muerte. El grupo de adolescentes que se sentará en el banquillo la insultaba a voces en los pasillos del colegio, en la biblioteca, en la cafetería o en el camino de vuelta a casa. La llamaban día tras día puta irlandesa y zorra, la empujaban, le tiraban cosas, le quitaban los libros de la mano y le mandaban mensajes de SMS con amenazas”. Tremendo.
Después de leer los sucesos anteriores, una pequeña muestra de lo que aparece en la prensa diaria, uno se pregunta de nuevo: ¿El ser humano es, por naturaleza, bueno o malo? La respuesta queda dentro de la conciencia de cada uno, pero sea cual sea, sin duda es compleja y difícil de comprender.
Pero en esta lacra del ciberbullying el acosador y el acosado no son las únicas figuras a tener en cuenta. Ambos se desenvuelven en un contexto que también es necesario analizar. Porque los centros educativos, para empezar, deben asumir su cuota de responsabilidad, puesto que es en el interior de sus edificios donde ocurren casi siempre estos desmanes.
Cierto es que el uso de las nuevas tecnologías hace que los muros del centro sean trascendidos, alcanzando la difamación mucho más allá. Pero los centros, con sus equipos de profesionales al mando, han de estar atentos y diagnosticar, vigilar y perseguir aquellos casos que sean o puedan ser evidentes. Se incorpora, de esta manera, una nueva dimensión a la labor de los profesionales que nos dedicamos a la enseñanza. Si bien ha sido tradicionalmente una labor aneja a la de enseñar, ahora esta dimensión reviste nuevas formas de entender la enseñanza.
Nunca hasta ahora han existido las nuevas tecnologías. Nunca, por tanto, ha surgido este problema entre los alumnos, alcanzando dimensiones que llegan a ser preocupantes. La comunidad educativa, responsable y comprometida con llevar a cabo un trabajo de enseñanza, educacional, ético y responsable, ha de tomar las riendas para resolver esta lacra y desde el mismo centro educativo, desde sus organigramas de trabajo y desde sus documentos y normas oficiales, debe asumir y colaborar para defender aquellos alumnos envueltos en la humillación constante, así como perseguir y denunciar a aquellos que se colocan al otro lado de lo tolerable. Por tanto, deben elaborarse normas, reglamentos, artículos y todas aquellas disposiciones necesarias y lo más importante, todos los que enseñamos debemos asumir esta responsabilidad que, nos guste o no, forma parte de nuestro trabajo.
Más allá del propio centro, los alumnos viven en un hogar, se deslizan por las horas vespertinas haciendo deberes, estudiando, repasando, preparando exámenes, etc., pero sin duda existen más elementos que rodean a estas pequeñas personas, como son los ordenadores, la televisión, la calle, los centros de ocio…Debemos reconocer que durante las horas que pasan delante de la televisión los contenidos que absorben no son los más apropiados. En ella aparecen programas con contenidos para adultos en las horas de máxima audiencia. Aparte de los tratamientos soeces, superficiales, chabacanos y desvergonzados que muchas veces les dan a sus contenidos. El alumnado ve todo esto y el ejemplo que se les ofrece no es, sin duda, el más adecuado.
En la calle también pasan tiempo nuestros alumnos, viviendo en no pocas ocasiones situaciones de estrés, de hacer las cosas rápidas. Parece que el mundo es más veloz y que si no nos adaptamos a su velocidad no hacemos las cosas bien. Nosotros mismos, los adultos, ¿es que no somos un fiel reflejo de lo que queda dicho? ¿No somos los primeros en acelerar nuestros actos, en un ejemplo de simpleza y de superficialidad? Quizás debamos empezar por corregir primero nuestra forma de vida y de enfocar los asuntos, añadiendo más templanza, tranquilidad, sosiego, a todo lo que hacemos, para comunicar, con esta nueva actitud, el valor de la relatividad, pues la mayoría de las veces hacemos las cosas como si fuesen las más importantes y determinantes del momento. Cuando pasa el tiempo nos damos cuenta de que podríamos haberlas hecho de otra manera, porque descubrimos que, al fin y al cabo, tampoco eran para tanto.
“Los dos grandes maestros del hombre son la miseria y la soledad”, frase de Joseph Roth que nos mueve a la reflexión. Enunciado apropiado para aplicarlo a la familia, a la familia como unidad básica de socialización donde los alumnos, en fase de transformación, desarrollan y evolucionan, buscando una identidad que les servirá para toda la vida. ¿Qué cuota existe en mi familia, debería pensar yo, de estos dos conceptos, de miseria y de soledad? ¿Podríamos cambiar esta situación para convertir nuestras familias en centros de amor, de cordura, de valores éticos y edificantes? ¿No debemos luchar, pese a todo, por conseguir que las familias sean centros atrayentes y sensibles, donde las personas se desenvuelvan y se desarrollen en toda su plenitud? A lo mejor parte de la solución está en empezar a cambiar las cosas desde el propio núcleo familiar.
Hablemos ahora de las consecuencias del ciberbullying. Cuando en el sistema aparece un elemento nuevo, el ciberbullying, éste se remueve, se disloca y todos sus elementos se posicionan de nuevo, a veces de manera inadecuada. Para el acosador las consecuencias, a la larga, son exigentes, porque con el tiempo será recordado como una persona indeseable, odiosa, todo el mundo le dará la espalda y sentirá en sus carnes el peso de una sensación nueva para él: la soledad. Soledad o aislamiento, desprecio, ninguneo. Y seguirá por la vida tratando de alargar en lo posible el estatus que adquirió en plena época como acosador. Pero ahora no serán niños o adolescentes. Ahora, pasado el tiempo, acosará a su propia familia, a su mujer, a sus hijos, convirtiéndose, tal vez, en un caso más de los que aparecen de vez en cuando en la televisión denominados como violencia de género. Será toda su vida, salvo catarsis, un agresor. Un agresor para los demás y para sí mismo, porque no habrá conseguido conformar una vida plena e integradora. Al margen quedan, por supuesto, las consecuencias legales de darse el caso de denuncias.
El acosado suele sufrir síntomas y situaciones típicas de depresión, de aislamiento social (en esto es similar a la figura del acosador), disminución del bienestar sicológico. Suele bajar su rendimiento escolar legando a mostrar rechazo por la vida en el centro educativo, por los estudios. El acosado se vuelve introspectivo, taciturno, apocado. Siente con frecuencia miedo a todo lo que le rodea. Se aísla de los amigos. Cuando este asedio se sufre a través de las nuevas tecnologías, el riesgo de depresión es mayor, según un estudio desarrollado por los Institutos Nacionales de Salud de EE.UU.. Se llega en ocasiones a sentir un profundo poso de deshumanización y de desamparo. Un niño o joven ciberacosado es difícil que lo comunique a los demás, en concreto a su familia directa, por lo que se acentúa el carácter de peligrosidad, de situación de riesgo, no ya sólo social, cultural o familiar, sino también el riesgo vital, esto es, de estar en peligro hasta su propia vida.
Estos síntomas, de unos y de otros, de acosadores y de acosados, deben servirnos para detectar a tiempo tales situaciones. Situaciones en las que el poder, en toda su plenitud y magnificencia, se muestra como un arma poderosa de regulación de los comportamientos de los seres humanos.
Es posible que falle todo un poco. Que la culpa del ciberbullying la tenga el progreso (técnico, no moral), la rapidez de la vida, el enfoque y la postura que le damos a nuestras cosas, la prioridad que establecemos con todo cuanto hacemos al día. Es posible que en los centros educativos tampoco estemos lo suficientemente alertas o no seamos conscientes, por adultos, de la verdadera transcendencia de esta problema, o sea la sociedad, vista en términos globales, o no sabemos bien qué, pero lo cierto es que el problema está ahí, existe y repercute en muchas personas que, en el mejor de los casos, lo están pasando mal o muy mal. Aunque sólo sea por saber lo que va escrito, merece la pena empeñarse en luchar contra el ciberbullyin y conseguir, con el tiempo, que llegue a ser un recuerdo de lo que fue, una simple ilusión o la remanencia de una pesadillas que vino y desapareció de nuestras vidas.
Como conclusión y cierre podríamos apuntar la necesidad imperiosa de no dejar de lado este problema, de no caer en la manida trampa de pensar que esto son cosas de chicos y que todos hemos pasado por ahí. Nada más lejos de la realidad y de lo deseable.
Autor: Antonio Florido Lozano
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