El Acoso Escolar y Las Nuevas Tecnologías”
(Un Enfoque A Través Del Poder)

El Colum­nista Invi­tado de Hoy:

Anto­nio Flo­rido Lozano

En este tra­bajo inten­ta­re­mos mos­trar las carac­te­rís­ti­cas del acoso, visto como una    de las mani­fes­ta­ciones del poder entre los seres huma­nos. Usando esta noción, rea­li­za­re­mos un aná­li­sis por­me­no­ri­zado del acoso esco­lar, en el con­texto de una comu­ni­dad edu­ca­tiva donde par­ti­ci­pan diversos con­jun­tos de per­so­nas y, pro­fun­di­zando aún más, nos zam­bu­lli­re­mos en el ciber­bu­ll­ying, acoso esco­lar pro­pi­ciado por el fenó­meno reciente de la aflo­ra­ción y uso de las nue­vas tec­no­lo­gías. Ter­mi­na­re­mos con una serie de con­clu­sio­nes y con algu­nas pro­pues­tas más o menos fac­ti­bles en la reali­dad como medio de solu­cio­nar el pro­blema tan real y acu­ciante lla­mado Ciberbullying.

A lo largo de la His­to­ria el poder ha sido estu­diado y ana­li­zado desde dife­ren­tes pun­tos de vista. El ser humano, inmerso en una socie­dad que a veces le absorbe, le des­borda y le anula, se ha visto impe­lido a sacar en muchas oca­sio­nes lo que Aris­tó­te­les dijo: “El hom­bre que no es polí­tico sólo puede ser dos cosas: un Dios o un ani­mal”. Enten­diendo esta ase­ve­ra­ción en toda su ple­ni­tud, esto es, en sen­tido lato, el hom­bre sólo puede ser polí­tico, inmerso en la polis, en lo social; en sí, el ser humano es un ser gru­pal, cole­giado, donde la vir­tud de cada uno se suma con las de los demás para con­se­guir una vir­tud total, de grupo, de clan. Pla­tón llamó a esto El Bien, desde un punto de vista ético y apo­díc­tico. Pero, ¿qué lleva al ser humano a unirse en socie­dad? ¿Es, quizá para él, la mejor opción? ¿No corre el riesgo de ser influido por un sis­tema en el que se intro­duce ejer­ciendo su libre albe­drío? La res­puesta a estas cues­tio­nes y a otras ínti­ma­mente rela­cio­na­das nos las han dado los filó­so­fos de todos los tiem­pos. En sín­te­sis, podría­mos agru­par estas res­pues­tas en dos gran­des cate­go­rías: las de aque­llos que opi­nan que el ser humano es una bes­tia para sí mismo, un ser amo­ral, malo en sí, línea donde des­taca el filó­sofo inglés Tho­mas Hob­bes (1588–1679), con su famosa obra Levia­tán (1651); y las de otros que han adop­tado pos­tu­ras más o menos con­tra­pues­tas a la ante­rior, esto es, que el ser humano es bueno por natu­ra­leza, siendo uno de los máxi­mos expo­nen­tes de esta corriente de pen­sa­miento el suizo Jean-Jacques Rous­seau (1712–1778), con su obra El con­trato social (1762) , donde pone de mani­fiesto que, a pesar de que el hom­bre nace libre, será esclavo de sí mismo y de la socie­dad por el resto de sus días.

Si obser­va­mos al azar un aula de cual­quier cole­gio o ins­ti­tuto, com­pro­ba­re­mos que no deja, en sín­te­sis, de ser el reflejo de todo el sis­tema social que nos rodea. Es, ella misma, una micro­so­cie­dad, donde hay pue­blo y diri­gen­tes, enten­diendo ambos con­cep­tos en tono com­pa­ra­tivo, lite­ra­rio y simi­lar. Como en toda socie­dad, los com­po­nen­tes, tanto ais­la­dos unos de otros como for­mando un grupo com­pacto, deben some­terse a las direc­tri­ces que marca el diri­gente, llá­mese maes­tro, pro­fe­sor, educador…De igual forma, se esta­ble­cen entre los miem­bros del pue­blo, los alum­nos, una rela­cio­nes socia­les, huma­nas, den­tro de un con­texto de opre­sión más o menos tensa (recor­de­mos que es una etapa de la edu­ca­ción de asis­ten­cia obli­ga­to­ria). Por lo que res­pecta a los dis­cen­tes, éstos, en sus rela­cio­nes dia­rias y edu­ca­ti­vas, deben ser capa­ces de sen­tirse uni­dos al grupo, de ser un todo, igua­les y dis­tin­tos a la vez. Deben ser capa­ces de esta­ble­cer socie­dad entre ellos.

Ade­más deben exten­der esta socie­dad hasta con­se­guir intro­du­cir en ella al refe­rente máximo, al pro­fe­sor. Se esta­blece, de esta manera, la dis­tin­ción clara y natu­ral de dos nive­les. Por un lado, en un nivel o estrato supe­rior (por la edad, la for­ma­ción, la lega­li­dad) des­taca el pro­fe­sor, que encarna y sim­bo­liza una serie de valo­res que está dis­puesto a comu­ni­car, a trans­mi­tir, en el seno de una estra­te­gia edu­ca­tiva plena y amplia. Sim­bo­liza, más allá de los típi­cos y con­sen­sua­dos valo­res y este­reo­ti­pos aca­dé­mi­cos, todo aque­llo que envuelve a la socie­dad. Den­tro del aula será el refe­rente más directo con el que se encuen­tren los alum­nos día a día. Por otro lado, los alumnos.

Éstos for­man un grupo hete­ro­gé­neo y desigual de per­so­nas (niños o ado­les­cen­tes) que están obli­ga­das, por ley, a acu­dir dia­ria­mente al aula. Como en todos los gru­pos (grupo pri­ma­rio, en el sen­tido socio­ló­gico), se esta­ble­cen rela­cio­nes más o menos cer­ca­nas entre los miem­bros del mismo. En medio de la escena coti­diana de una sesión de clase, cada uno de ellos es y revela una manera dis­tinta de com­por­ta­miento. Y es así por­que los alum­nos –per­so­nas en for­ma­ción aca­dé­mica, física y mental-, son dis­tin­tos unos de otros, dife­ren­tes, con valo­res tam­bién dis­tin­tos, con intere­ses, opi­nio­nes, suge­ren­cias, cos­tum­bres y carac­te­rís­ti­cas muy per­so­na­les. Cada uno, tomado en sí, ais­lado del resto, es un ser glo­bal, un ele­mento, –per­mí­tan­nos la expresión-, sus­cep­ti­ble de absor­ber con­jun­tos de cono­ci­mien­tos y estí­mu­los que entre todos los que esta­mos alre­de­dor no deja­mos de oca­sio­nar. El aula, apre­ciada de este modo, es un mila­groso expe­ri­mento donde emi­so­res y recep­to­res se mues­tran abier­ta­mente. Y, como siem­pre ocu­rre cuando se forma un grupo de per­so­nas tan hete­ro­gé­neo, llega un momento donde el con­senso es difí­cil, donde la acción de un ele­mento del grupo dis­tor­siona la con­cien­cia, los mie­dos, las ale­grías, de los demás.

Se esta­blece entre ellos una diná­mica de poder en la que se pre­tende lle­gar a él por dis­tin­tos cami­nos. Hay alum­nos que alcan­zan el poder a tra­vés de la inter­ven­ción en clase, a tra­vés del res­peto que oca­sio­nan sus refle­xio­nes, res­peto que hace apa­re­cer la con­si­de­ra­ción, la defe­ren­cia de los demás, la auto­ri­dad entre unos alum­nos y otros. El alumno que demues­tra ser res­pon­sa­ble y humilde, suele com­pren­der su inca­pa­ci­dad cuando ésta se mani­fiesta, la acepta, se rebela ante ella y pre­tende sojuz­garla usando sus capa­ci­da­des positivas.

Escu­cha por­que sabe escu­char, por­que en el seno de su fami­lia ha encon­trado un nido de res­peto y de amor, donde su alma se siente en pleno goce y donde se mues­tra tal y como es. Esta acti­tud, lle­vada al aula, genera, o puede gene­rar sin embargo, res­pues­tas dis­tin­tas en aque­llos alum­nos que, por moti­vos fami­lia­res, físi­cos, men­ta­les, socia­les y de otras carac­te­rís­ti­cas, no han podido dis­fru­tar de un ambiente hoga­reño pla­cen­tero y donde la pro­pia fami­lia se encuen­tra deses­truc­tu­rada. En aque­llos senos fami­lia­res difí­ci­les por dis­tin­tos moti­vos, los valo­res que se cul­ti­van y se viven dia­ria­mente son enor­me­mente dife­ren­tes de aque­llos que vimos al prin­ci­pio. Salen a relu­cir, de esta manera, emo­cio­nes tan huma­nas y tan inde­sea­bles como la ira, la envi­dia, el ren­cor, la obse­sión por apa­ren­tar lo que no se es, el miedo al ridículo, el desamor, la venganza…

Lle­ga­dos a este punto enla­za­mos y entra­mos de lleno con el tema de este tra­bajo, esto es, el acoso esco­lar, que cuando se lleva a cabo usando las nue­vas tec­no­lo­gías se deno­mina  cibe­ra­coso o ciberbullying.

Defi­ni­cio­nes de ciber­bu­ll­ying podría­mos dar varias, pero todas, en esen­cia, apor­tan lo mismo. Se dice que el ciber­bu­ll­ying es “el uso de infor­ma­ción elec­tró­nica y medios de comu­ni­ca­ción tales como correo elec­tró­nico, redes de comu­ni­ca­ción, blogs, men­sa­je­ría ins­tan­tá­nea, men­sa­jes de texto, telé­fo­nos móvi­les y web­si­tes difa­ma­to­rios para aco­sar a un indi­vi­duo o grupo, mediante ata­ques per­so­na­les u otros medios”. Es, en defi­ni­tiva, un lin­cha­miento, un acto de pogrom, en el más claro estilo histórico.

Den­tro de este fenó­meno rela­ti­va­mente reciente y que ha com­ple­tado y sola­pado, (no sus­ti­tuido) al tra­di­cio­nal acoso esco­lar, al de toda la vida, pode­mos dis­tin­guir las figu­ras del aco­sa­dor, del aco­sado, el con­texto en el que se pro­duce, las cau­sas, las con­se­cuen­cias y, por último, las for­mas de poder paliar o solu­cio­nar esta lacra.

El aco­sa­dor suele ser un niño o ado­les­cente que inte­gra carac­te­rís­ti­cas de las que se infiere una escasa iden­ti­dad per­so­nal. Suele ser una per­sona que vive o ha vivido en el seno de una fami­lia des­he­cha por dis­tin­tas cau­sas. No ha expe­ri­men­tado el amor y el enlace fami­liar como hubiese sido desea­ble y ado­lece de un bajo auto­con­cepto. Valo­res como el diá­logo, el con­trol de las emo­cio­nes, la coope­ra­ción, la empa­tía, etc. son aje­nos a su con­ducta y su manera de ser. Muchas veces su acti­tud arisca y des­pó­tica se debe a mie­dos acu­mu­la­dos en su interior.

Mie­dos des­co­no­ci­dos que remue­ven su ser hasta que se pro­duce el des­bor­da­miento. Cuando esto último sucede, atrapa y arras­tra al pri­mero que se le pone por delante, que suele ser una per­sona de su misma edad (o pare­cida), a quien ve como motivo de chanza y de insulto. Demues­tra, enton­ces, todo su ego interno y lo des­carga sobre el otro, sobre el más débil. Lo hace en el seno de un grupo donde tam­bién, en muchas oca­sio­nes, hay otros com­pa­ñe­ros con carac­te­rís­ti­cas simi­la­res. Por tanto, se siente arro­pado y protegido.

Si no des­taca en nada, intenta hacerlo ava­sa­llando a los demás; si nadie le presta aten­ción, la vio­len­cia, usada como herra­mienta sádica y desapa­sio­nada, le sirve para lograrlo. Se ve y se siente un ven­ce­dor, un caza­dor, en el sen­tido en que Des­mon Morris lo usó en su teo­ría evo­lu­tiva. Comienza en ese momento la caza del débil a quien ve como el adver­sa­rio, como la presa. Y para ello, ofende, insulta, ame­naza, humi­lla y se mues­tra extre­ma­da­mente hos­til. Como medios usa las nue­vas tec­no­lo­gías, como el telé­fono móvil (lla­mando al aco­sado a horas intes­pec­ti­vas, foto­gra­fián­dolo, gra­bán­dolo en vídeo para luego col­garlo en inter­net, enviando men­sa­jes SMS insul­tan­tes..),  y el orde­na­dor (acce­diendo a web­si­tes difa­ma­to­rias, envián­dole correos elec­tró­ni­cos vejatorios).

En defi­ni­tiva, actúa como un ser fal­sa­mente popu­lar, como bro­mista, pen­sando en muchas oca­sio­nes que lo que hace no es nada y no ten­drá reper­cu­sio­nes sobre los demás. Son per­so­nas rodea­das, en oca­sio­nes, de otros aco­sa­do­res lla­ma­dos pasi­vos, que ani­man al acoso, que miran pero no actúan ni hacen nada para evi­tar lo que sucede. El aco­sa­dor no sos­pe­cha que al cabo del tiempo su acti­tud le traerá la sole­dad, el ais­la­miento, la igno­ran­cia. Pero mien­tras actúa, mien­tras caza, se siente pleno, arro­gante, mal­vado, gus­tosa y atra­yen­te­mente malvado.

El aco­sado, por el con­tra­rio, vive a veces en un ambiente fami­liar pleno, gozoso, donde posi­ble­mente la pro­tec­ción, exa­ge­rada, ya sea por amor o por miedo, impregna a esta per­sona viviendo en un mundo falso de sobre­pro­tec­ción. Con lo cual a los aco­sa­dos no les han dado herra­mien­tas ni acti­tu­des para sol­tarse en socie­dad, para defen­derse. Per­te­ne­cen, como los aco­sa­do­res, “a todas las cla­ses socia­les” (Ferrán Barri).

Pero se carac­te­ri­zan por no mirar a los ojos a las per­so­nas con quie­nes hablan; son, por demás, hui­di­zos, humil­des, apo­ca­dos, mie­do­sos. Hay aco­sa­dos horro­ri­za­dos al pen­sar que cada día han de encon­trarse con su caza­dor. Son, desde este punto de vista, ver­da­de­ros ani­ma­les inde­fen­sos, atra­pa­dos, inmer­sos en una situa­ción deses­pe­rada y angus­tiosa de la que difí­cil­mente sal­drán sin ayuda.

Usan, como es lógico, las nue­vas tec­no­lo­gías, pero temen hacerlo, pues barrun­tan que detrás de un uso sin­cero e inocente pueda estar oculto el men­saje difa­ma­to­rio y ultra­jante del aco­sa­dor. Son, como diji­mos más arriba, niños o ado­les­cen­tes a quie­nes cuesta tra­bajo oír cuando hablan, per­so­nas ner­vio­sas, ten­sas, no asertivas.

La Infor­ma­ción es poder. Quien la tiene, man­tiene las bases para los cam­bios. El tener las fuen­tes, a veces con cono­ci­miento de cau­sas o no, con­fiere el poder de la infor­ma­ción. Un pequeño dato en el momento pre­ciso, puede gene­rar un futuro dife­rente, sólo si sabe­mos qué hacer con la infor­ma­ción”. Estas pala­bras de Ernesto Ytu­rralde son sufi­cien­te­mente expre­si­vas y elo­cuen­tes de la fuerza del poder cuando éste se usa indebidamente.

Haga­mos la siguiente refle­xión: Como el ejer­ci­cio del poder es endé­mico en los huma­nos, como seres socia­les y gre­ga­rios que son, que somos, ¿debe ser la socie­dad la que lo encauce, la que lo gobierne, la que lo limite? Está claro que en los casos que esta­mos con­si­de­rando, sí. Por­que las per­so­nas de las que habla­mos aún están en periodo de for­ma­ción y si no somos noso­tros, los adul­tos, los que guia­mos y esta­ble­ce­mos una ética del poder y de las rela­cio­nes socia­les, ¿quién lo hará?

Cuando Max Weber dijo aque­llo de “el ori­gen de todo poder es la vio­len­cia”, ¿no estaba refle­jando con asom­brosa exac­ti­tud el esce­na­rio donde el aco­sa­dor se desen­vuelve en toda su ple­ni­tud? ¿No es el aco­sa­dor, en esen­cia, un ser pri­mi­tivo, que busca alcan­zar el poder sobre los demás, usando la violencia?

Visto de esta manera, la vio­len­cia parece que pudiera estar jus­ti­fi­cada. Pero nada más lejos de la reali­dad. Por­que si que­re­mos un mundo donde todos poda­mos vivir en armo­nía, debe­mos sen­tar las bases de una ética que guíe nues­tros actos.

Lea­mos la siguiente noti­cia apa­re­cida en ciber­bu­ll­ying : “Romina Perrone, estu­diante de 10 años en un cole­gio bonae­rense, tuvo que sufrir que una com­pa­ñera de clase crease un grupo en Face­book dando razo­nes para odiarla. Llegó a sumar más de cinco mil fans y pese a los esfuer­zos de la madre de Romina, Face­book se negaba a eliminarlo”

O esta otra, publi­cada en Stop-Ciberbullying : “Un joven fue con­de­nado en Sevi­lla a pagar una multa de 100 euros por col­gar en su per­fil de la red social online, Tuenti, un foto­mon­taje de un com­pa­ñero de clase con el que pro­vocó deli­be­ra­da­mente comen­ta­rios des­pec­ti­vos hacia la víc­tima por parte de sus com­pa­ñe­ros de bachi­lle­rato. Ade­más, el con­de­nado con­tri­buyó en pri­mera per­sona a dichos comen­ta­rios a tra­vés de los chats que sos­tuvo con sus com­pa­ñe­ros. Junto a este joven, mayor de edad, varios com­pa­ñe­ros de clase, meno­res, fue­ron con­de­na­dos a tra­ba­jos en favor de la comu­ni­dad”.  Ambas dan que pen­sar. Por lo cer­ca­nas y por lo reales. Pero son cier­tas. Y este tipo de noti­cias aumenta día a día, para remor­di­miento de todos.

El peor caso, sin duda, el siguiente, extraído de Ciber­con­vi­ven­cia

Nueve ado­les­cen­tes (siete de ellos, chi­cas) fue­ron juz­ga­dos en 2010 por aco­sar y mal­tra­tar física, psi­co­ló­gi­ca­mente y a tra­vés de móvi­les y de Inter­net a una com­pa­ñera de escuela, inmi­grante irlan­desa. Phoebe Prince, de 15 años, fue aco­sada, humi­llada y agre­dida durante tres meses por algu­nos com­pa­ñe­ros del ins­ti­tuto hasta que no pudo aguan­tarlo más y se sui­cidó ahor­cán­dose. El acoso, de hecho siguió online tras su muerte. El grupo de ado­les­cen­tes que se sen­tará en el ban­qui­llo la insul­taba a voces en los pasi­llos del cole­gio, en la biblio­teca, en la cafe­te­ría o en el camino de vuelta a casa. La lla­ma­ban día tras día puta irlan­desa y zorra, la empu­ja­ban, le tira­ban cosas, le qui­ta­ban los libros de la mano y le man­da­ban men­sa­jes de SMS con ame­na­zas”. Tremendo.

Des­pués de leer los suce­sos ante­rio­res, una pequeña mues­tra de lo que apa­rece en la prensa dia­ria, uno se pre­gunta de nuevo: ¿El ser humano es, por natu­ra­leza, bueno o malo? La res­puesta queda den­tro de la con­cien­cia de cada uno, pero sea cual sea, sin duda es com­pleja y difí­cil de comprender.

Pero en esta lacra del ciber­bu­ll­ying el aco­sa­dor y el aco­sado no son las únicas figu­ras a tener en cuenta. Ambos se desen­vuel­ven en un con­texto que tam­bién es nece­sa­rio ana­li­zar. Por­que los cen­tros edu­ca­ti­vos, para empe­zar, deben asu­mir su cuota de res­pon­sa­bi­li­dad, puesto que es en el inte­rior de sus edi­fi­cios donde ocu­rren casi siem­pre estos desmanes.

Cierto es que el uso de las nue­vas tec­no­lo­gías hace que los muros del cen­tro sean tras­cen­di­dos, alcan­zando la difa­ma­ción mucho más allá. Pero los cen­tros, con sus equi­pos de pro­fe­sio­na­les al mando, han de estar aten­tos y diag­nos­ti­car, vigi­lar y per­se­guir aque­llos casos que sean o pue­dan ser evi­den­tes. Se incor­pora, de esta manera, una nueva dimen­sión a la labor de los pro­fe­sio­na­les que nos dedi­ca­mos a la ense­ñanza. Si bien ha sido tra­di­cio­nal­mente una labor aneja a la de ense­ñar, ahora esta dimen­sión reviste nue­vas for­mas de enten­der la enseñanza.

Nunca hasta ahora han exis­tido las nue­vas tec­no­lo­gías. Nunca, por tanto, ha sur­gido este pro­blema entre los alum­nos, alcan­zando dimen­sio­nes que lle­gan a ser preo­cu­pan­tes. La comu­ni­dad edu­ca­tiva, res­pon­sa­ble y com­pro­me­tida con lle­var a cabo un tra­bajo de ense­ñanza, edu­ca­cio­nal, ético y res­pon­sa­ble, ha de tomar las rien­das para resol­ver esta lacra y desde el mismo cen­tro edu­ca­tivo, desde sus orga­ni­gra­mas de tra­bajo y desde sus docu­men­tos y nor­mas ofi­cia­les, debe asu­mir y cola­bo­rar para defen­der aque­llos alum­nos envuel­tos en la humi­lla­ción cons­tante, así como per­se­guir y denun­ciar a aque­llos que se colo­can al otro lado de lo tole­ra­ble. Por tanto, deben ela­bo­rarse nor­mas, regla­men­tos, artícu­los y todas aque­llas dis­po­si­cio­nes nece­sa­rias y lo más impor­tante, todos los que ense­ña­mos debe­mos asu­mir esta res­pon­sa­bi­li­dad que, nos guste o no, forma parte de nues­tro trabajo.

Más allá del pro­pio cen­tro, los alum­nos viven en un hogar, se des­li­zan por las horas ves­per­ti­nas haciendo debe­res, estu­diando, repa­sando, pre­pa­rando exá­me­nes, etc., pero sin duda exis­ten más ele­men­tos que rodean a estas peque­ñas per­so­nas, como son los orde­na­do­res, la tele­vi­sión, la calle, los cen­tros de ocio…Debemos reco­no­cer que durante las horas que pasan delante de la tele­vi­sión los con­te­ni­dos que absor­ben no son los más apro­pia­dos. En ella apa­re­cen pro­gra­mas con con­te­ni­dos para adul­tos en las horas de máxima audien­cia. Aparte de los tra­ta­mien­tos soe­ces, super­fi­cia­les, cha­ba­ca­nos y des­ver­gon­za­dos que muchas veces les dan a sus con­te­ni­dos. El alum­nado ve todo esto y el ejem­plo que se les ofrece no es, sin duda, el más adecuado.

En la calle tam­bién pasan tiempo nues­tros alum­nos, viviendo en no pocas oca­sio­nes situa­cio­nes de estrés, de hacer las cosas rápi­das. Parece que el mundo es más veloz y que si no nos adap­ta­mos a su velo­ci­dad no hace­mos las cosas bien. Noso­tros mis­mos, los adul­tos, ¿es que no somos un fiel reflejo de lo que queda dicho? ¿No somos los pri­me­ros en ace­le­rar nues­tros actos, en un ejem­plo de sim­pleza y de super­fi­cia­li­dad? Qui­zás deba­mos empe­zar por corre­gir pri­mero nues­tra forma de vida y de enfo­car los asun­tos, aña­diendo más tem­planza, tran­qui­li­dad, sosiego, a todo lo que hace­mos, para comu­ni­car, con esta nueva acti­tud, el valor de la rela­ti­vi­dad, pues la mayo­ría de las veces hace­mos las cosas como si fue­sen las más impor­tan­tes y deter­mi­nan­tes del momento. Cuando pasa el tiempo nos damos cuenta de que podría­mos haber­las hecho de otra manera, por­que des­cu­bri­mos que, al fin y al cabo, tam­poco eran para tanto.

Los dos gran­des maes­tros del hom­bre son la mise­ria y la sole­dad”, frase de Joseph Roth que nos mueve a la refle­xión. Enun­ciado apro­piado para apli­carlo a la fami­lia, a la fami­lia como uni­dad básica de socia­li­za­ción donde los alum­nos, en fase de trans­for­ma­ción, desa­rro­llan y evo­lu­cio­nan, bus­cando una iden­ti­dad que les ser­virá para toda la vida. ¿Qué cuota existe en mi fami­lia, debe­ría pen­sar yo, de estos dos con­cep­tos, de mise­ria y de sole­dad? ¿Podría­mos cam­biar esta situa­ción para con­ver­tir nues­tras fami­lias en cen­tros de amor, de cor­dura, de valo­res éticos y edi­fi­can­tes? ¿No debe­mos luchar, pese a todo, por con­se­guir que las fami­lias sean cen­tros atra­yen­tes y sen­si­bles, donde las per­so­nas se desen­vuel­van y se desa­rro­llen en toda su ple­ni­tud? A lo mejor parte de la solu­ción está en empe­zar a cam­biar las cosas desde el pro­pio núcleo familiar.

Hable­mos ahora de las con­se­cuen­cias del ciber­bu­ll­ying. Cuando en el sis­tema apa­rece un ele­mento nuevo, el ciber­bu­ll­ying, éste se remueve, se dis­loca y todos sus ele­men­tos se posi­cio­nan de nuevo, a veces de manera inade­cuada. Para el aco­sa­dor las con­se­cuen­cias, a la larga, son exi­gen­tes, por­que con el tiempo será recor­dado como una per­sona inde­sea­ble, odiosa, todo el mundo le dará la espalda y sen­tirá en sus car­nes el peso de una sen­sa­ción nueva para él: la sole­dad. Sole­dad o ais­la­miento, des­pre­cio, nin­gu­neo. Y seguirá por la vida tra­tando de alar­gar en lo posi­ble el esta­tus que adqui­rió en plena época como aco­sa­dor. Pero ahora no serán niños o ado­les­cen­tes. Ahora, pasado el tiempo, aco­sará a su pro­pia fami­lia, a su mujer, a sus hijos, con­vir­tién­dose, tal vez, en un caso más de los que apa­re­cen de vez en cuando en la tele­vi­sión deno­mi­na­dos como vio­len­cia de género. Será toda su vida, salvo catar­sis, un agre­sor. Un agre­sor para los demás y para sí mismo, por­que no habrá con­se­guido con­for­mar una vida plena e inte­gra­dora. Al mar­gen que­dan, por supuesto, las con­se­cuen­cias lega­les de darse el caso de denuncias.

El aco­sado suele sufrir sín­to­mas y situa­cio­nes típi­cas de depre­sión, de ais­la­miento social (en esto es simi­lar a la figura del aco­sa­dor), dis­mi­nu­ción del bie­nes­tar sico­ló­gico. Suele bajar su ren­di­miento esco­lar legando a mos­trar rechazo por la vida en el cen­tro edu­ca­tivo, por los estu­dios. El aco­sado se vuelve intros­pec­tivo, taci­turno, apo­cado. Siente con fre­cuen­cia miedo a todo lo que le rodea. Se aísla de los ami­gos. Cuando este ase­dio se sufre a tra­vés de las nue­vas tec­no­lo­gías, el riesgo de depre­sión es mayor, según un estu­dio desa­rro­llado por los Ins­ti­tu­tos Nacio­na­les de Salud de EE.UU.. Se llega en oca­sio­nes a sen­tir un pro­fundo poso de des­hu­ma­ni­za­ción y de desam­paro. Un niño o joven cibe­ra­co­sado es difí­cil que lo comu­ni­que a los demás, en con­creto a su fami­lia directa, por lo que se acen­túa el carác­ter de peli­gro­si­dad, de situa­ción de riesgo, no ya sólo social, cul­tu­ral o fami­liar, sino tam­bién el riesgo vital, esto es, de estar en peli­gro hasta su pro­pia vida.

Estos sín­to­mas, de unos y de otros, de aco­sa­do­res y de aco­sa­dos, deben ser­vir­nos para detec­tar a tiempo tales situa­cio­nes. Situa­cio­nes en las que el poder, en toda su ple­ni­tud y mag­ni­fi­cen­cia, se mues­tra como un arma pode­rosa de regu­la­ción de los com­por­ta­mien­tos de los seres humanos.

Es posi­ble que falle todo un poco. Que la culpa del ciber­bu­ll­ying la tenga el pro­greso (téc­nico, no moral), la rapi­dez de la vida, el enfo­que y la pos­tura que le damos a nues­tras cosas, la prio­ri­dad que esta­ble­ce­mos con todo cuanto hace­mos al día. Es posi­ble que en los cen­tros edu­ca­ti­vos tam­poco este­mos lo sufi­cien­te­mente aler­tas o no sea­mos cons­cien­tes, por adul­tos, de la ver­da­dera trans­cen­den­cia de esta pro­blema, o sea la socie­dad, vista en tér­mi­nos glo­ba­les, o no sabe­mos bien qué, pero lo cierto es que el pro­blema está ahí, existe y reper­cute en muchas per­so­nas que, en el mejor de los casos, lo están pasando mal o muy mal. Aun­que sólo sea por saber lo que va escrito, merece la pena empe­ñarse en luchar con­tra el ciber­bu­ll­yin y con­se­guir, con el tiempo, que lle­gue a ser un recuerdo de lo que fue, una sim­ple ilu­sión o la rema­nen­cia de una pesa­di­llas que vino y des­a­pa­re­ció de nues­tras vidas.

Como con­clu­sión y cie­rre podría­mos apun­tar la nece­si­dad impe­riosa de no dejar de lado este pro­blema, de no caer en la manida trampa de pen­sar que esto son cosas de chi­cos y que todos hemos pasado por ahí. Nada más lejos de la reali­dad y de lo deseable.

Autor: Antonio Florido Lozano

Enviar a un amigo





Enviar a un amigo


No hay comentarios en “El Acoso Escolar y Las Nuevas Tecnologías”
(Un Enfoque A Través Del Poder)”  

Deje un comentario