¡Diputado, A Tu Curul!

Se ins­ta­la­ron en sus curu­les hace ape­nas seis meses. Unos para seguir empu­jando al país hacia el barranco. Otros, con la inten­ción de dete­ner la mar­cha hacia la nada. Unos y otros se pre­sen­ta­ron, sin medias tin­tas, como ada­li­des de dos for­mas dis­tin­tas de con­ce­bir el mundo. Ape­nas calen­ta­ban sus asien­tos cuando fue­ron alcan­za­dos por la epi­de­mia del elec­cio­nismo. Sobre­es­ti­mando en muchos casos su pro­pio arraigo en las masas, bro­ta­ron las aspi­ra­cio­nes per­so­na­les. Unos quie­ren ser alcal­des. Otros, gober­na­do­res. Pocos, pre­si­dente. Casi la mitad de la Asam­blea anda mirando hacia afuera. Con­fieso que me impor­tan muy poco los afa­nes de la ban­cada ofi­cia­lista, puesta allí por la volun­tad de un hom­bre. Me preo­cu­pan los de esta acera, colo­ca­dos allí por la deci­sión de la gente y con­tra los más oscu­ros pronósticos.

Recuerdo las cru­das luchas y los difí­ci­les acuer­dos para con­for­mar el line-up de la opo­si­ción para la Asam­blea Nacio­nal. El esfuerzo uni­ta­rio per­mi­tió com­ple­tar el cua­dro. Y el 52% de los elec­to­res apostó por esa opción. Las mañas del gobierno hicie­ron que esa mayo­ría en la calle que­dara en mino­ría puer­tas aden­tro. Pero una mino­ría bre­ga­dora. Una mino­ría en la que cada cual debió con­ven­cer a sus par­ti­dos y a sus elec­to­res para que con­cu­rrie­ran a vota­ción y, ade­más, pul­sa­ran su opción. Una mino­ría, en pro­me­dio, mucho más cali­fi­cada que la otra parte. A esa mino­ría la pusi­mos allí con muchas expec­ta­ti­vas. Para con­tri­buir con el res­cate de la ins­ti­tu­cio­na­li­dad. Para fre­nar la gro­sera dis­cre­cio­na­li­dad del gobierno. Para revi­sar leyes incons­ti­tu­cio­na­les y pro­mo­ver otras nece­sa­rias… Para muchas cosas.

Pero resulta que ahora, sin aviso y sin pro­testo, nues­tros dipu­tados nos quie­ren dejar el pelero. Por su cuenta o mal acon­se­ja­dos, abier­ta­mente o en forma sote­rrada, con deci­sión o tími­da­mente, han mani­fes­tado sus aspi­ra­cio­nes para pelear por una alcal­día, una gober­na­ción o la pre­si­den­cia. Es una deci­sión que, como muchos, no sus­cribo. Ellos, aclaro, hacen uso de un legí­timo dere­cho. Tan legí­timo como el dere­cho a pata­lear que tene­mos los electores.

Me preo­cupa el efecto des­alen­ta­dor que esta situa­ción puede tener sobre un elec­to­rado tan esquivo como el nues­tro. Un elec­to­rado que ayer salió a expre­sar su apoyo a quien creía que podría ser un buen legis­la­dor y hoy se entera de que su ele­gido ya no quiere seguir cum­pliendo su tarea. Es como si, des­pués de una penosa bús­queda, con­tra­tá­ra­mos a un plo­mero para que corri­giera una fuga de aguas blan­cas y al lle­gar a nues­tra casa nos dijera que él pre­fiere arre­glar el elec­tro­do­més­tico que falle­ció con el último apa­gón. ¡Zapa­tero, a tus zapa­tos!, decían los abue­los cuando que­rían que alguien se con­cen­trara en su tarea. ¡Dipu­tado, a tu curul!, podría­mos repe­tir hoy.

Pienso que, por otro lado, los cono­ci­mien­tos, habi­li­da­des y des­tre­zas que debe tener un buen legis­la­dor son dis­tin­tos de los que deben ador­nar a un buen alcalde, a un buen gober­na­dor o a un buen pre­si­dente. No sim­pa­tizo con el toe­rismo. Con esa manía que tie­nen muchos diri­gen­tes de creer que pue­den ser­vir para cual­quier cosa. Como a mucha gente, no me con­ven­cen esos medi­ca­men­tos que simul­tá­nea­mente curan el dolor de espalda, bajan el coles­te­rol, poten­cian la viri­li­dad y evi­tan la caída del cabello.

La deci­sión de cier­tos diri­gen­tes de lle­var la ban­dera en cual­quier elec­ción de cual­quier nivel podría ser inter­pre­tada como una expre­sión de una ambi­ción per­so­nal y/o de una debi­li­dad de los par­ti­dos polí­ti­cos que, obviando su res­pon­sa­bi­li­dad de gene­rar nue­vos lide­raz­gos, deben recu­rrir siem­pre al mismo como­dín. Es como si un equipo de beis­bol tuviera que recu­rrir siem­pre al mismo lan­za­dor. Sin rota­ción ni relevo.

El país está en coma. La demo­cra­cia se nos está eva­po­rando. La gente no es tan inge­nua como algu­nos creen. No pode­mos dar­nos el lujo de come­ter los mis­mos erro­res que nos con­du­je­ron a Chá­vez o que nos han impe­dido pres­cin­dir de sus servicios.

Autor: Daniel Romero Pernalete

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