La castidad lucrativa marxista

Carl Marx des­cri­bió por pri­mera vez a la socie­dad de per­so­nas libres “capi­ta­lismo” (“kapi­ta­lism” en su idioma ori­gi­nal, no por­que fuera segui­dor de Nesh­tor) que­riendo aso­ciarla con las “bajas pasio­nes lucra­ti­vas”. Gente que acu­mula bie­nes, que horror. Seguro que mien­tras noso­tros esta­mos pen­sando en mejo­rar el mundo, ellos, los capi­ta­lis­tas, está elu­cu­brando alguna idea para obte­ner bene­fi­cios, con toda la gente que nece­sita su que les vaya mal.

Lud­wig von Mises toma el guante, la pala­bra le parece una buena des­crip­ción de un sis­tema en el que se aho­rra e invierte, lo que tiene como resul­tado mul­ti­pli­car la pro­duc­ción en bene­fi­cio de toda la pobla­ción. En el sis­tema que quie­ren sin­te­ti­zar en una pala­bra Marx y Mises las per­so­nas no se agre­den, nin­guna está some­tida a la volun­tad de la otra y si alguien desea obte­ner cola­bo­ra­ción siguiendo pla­nes pro­pios, debe pagar por eso, debe ten­tarla hasta que acepte (momento en la que habrá otra cosa peca­mi­nosa lla­mada “pre­cio”). Esto quiere decir que esa acu­mu­la­ción de aho­rro que da ori­gen al capi­tal ocu­rre sin vio­len­cia ni fraude. La gran nove­dad en la socie­dad humana que se encon­traba en lucha per­ma­nente o en una paz en la que unos se encon­tra­ban some­ti­dos a los otros, es que alguien es capaz a tra­vés de un pro­ceso de cola­bo­ra­ción de acu­mu­lar bie­nes sin ser saqueado y bajo el “per­miso”, tam­bién iné­dito, de hacerlo para su pro­pio bene­fi­cio, aun­que el resul­tado sea dis­fru­tado por todos. La pala­bra capi­ta­lismo, más que al pro­ceso eco­nó­mico impli­cado, des­cribe por lo tanto uno de los aspec­tos mora­les más intere­san­tes de ese sis­tema, aun­que no abar­que todo el fenómeno.

El pro­blema es que Marx mira al capi­tal bajo una óptica de cas­ti­dad lucra­tiva. Como un Tor­que­mada bus­cando indi­vi­duos malos que tie­nen deseos sexua­les, deri­vado en reali­dad de esa forma de repre­sión de la indi­vi­dua­li­dad por lo que tiene de indi­vi­dua­li­dad, el gurú moral del siglo XX fue y es en la cabeza de buena parte de la huma­ni­dad y del lla­mado mundo occi­den­tal, un repre­sor del afán de pro­greso indi­vi­dual. Aquí viene el aspecto moral más intere­sante del capi­ta­lismo, que hace a esa pala­bra insu­fi­ciente aun­que se trate de un buen comienzo. En el cono­cido capi­ta­lismo existe el per­miso nunca antes visto del indi­vi­duo de decir: actúo por mí. Y la tole­ran­cia de los demás, con siglos y siglos de evo­lu­ción de una men­ta­li­dad colec­ti­vista, de con­trol tri­bal del grupo sobre los deseos, que iba desde el cas­tigo orga­ni­zado de los impul­sos de la libido a la estig­ma­ti­za­ción de los deseos que no inclu­ye­ran a todos o a las dei­da­des uti­li­za­das o crea­das para someter.

La ética de la liber­tad debiera en reali­dad reci­bir un bau­tismo que ya le es pro­pio aun­que no se usa tanto y que va a l fondo del tabú al que enfrenta con su irrup­ción. Esa pala­bra sen­ci­lla es indi­vi­dua­lismo. Lo que todos quie­ren cas­ti­gar y lograr al mismo tiempo de manera sola­pada, como una mas­tur­ba­ción en la sole­dad del con­vento de la “bon­dad solidaria”.

El cura pedó­filo y el mar­xista que viaja en pri­mera clase, per­te­ne­cen al mismo caldo moral, nacido de la repre­sión de lo que son y su explo­sión bajo la forma de per­ver­sión usada en con­tra de ter­ce­ros. Son ambos fla­ge­la­do­res de la indi­vi­dua­li­dad en lo que tiene de indi­vi­dua­li­dad. En sus impul­sos pri­ma­rios por la super­vi­ven­cia que los colec­ti­vis­tas ven como la ame­naza, o más bien la crean. Hay que con­ven­cer a la pobla­ción de que sus pasio­nes son “bajas”, que hay una altura alcan­za­ble en la que no se piensa más en uno, por­que tam­bién hay un paraíso donde esos impul­sos habrán des­a­pa­re­cido y recon­ver­tido en amor gene­ral a la pobla­ción. Si hay un paraíso, sea en la Tie­rra comu­nista donde deja­re­mos de estar pen­sando en nues­tras ganan­cias, tan feas, o más allá donde deja­re­mos de andar con los malos pen­sa­mien­tos de la carne. Así esa pobla­ción estará en estado de deuda inevi­ta­ble con la pureza y el lugar más impor­tante entre noso­tros lo ocu­pa­rán los purificadores.

Fuente: No Me Parece

Autor: José Benegas

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