In memoriam

Como­doro Agus­tín Héc­tor De la Vega

Un sobre­co­ge­dor toque de silen­cio cruzó la mañana fría y ven­tosa de julio frente al Pan­teón Mili­tar del Cemen­te­rio de Cha­ca­rita. Así, con “el laco­nismo mili­tar de nues­tro estilo” fue des­pe­dido por un grupo de fami­lia­res, ami­gos y cama­ra­das el Como­doro Agus­tín Héc­tor de la Vega. Como cua­dra a un sol­dado. Por­que eso fue, por encima de todo y ante todo, De la Vega: un sol­dado. Poseyó, por tanto, las vir­tu­des pro­pias de su con­di­ción: ante todo, la for­ta­leza, esa fir­meza del ánimo capaz de afron­tar el peli­gro, aún el peli­gro de muerte; pero una for­ta­leza regida por la pru­den­cia y vivi­fi­cada por un entra­ña­ble amor a la patria car­nal. Ador­na­ron, tam­bién, su rica per­so­na­li­dad el más acen­drado sen­tido del honor, una aus­te­ri­dad sin ate­nuan­tes, una leal­tad sin doble­ces y un espí­ritu de amis­tad y cama­ra­de­ría expre­sado en el trato exqui­sito del que fui­mos tes­ti­gos pri­vi­le­gia­dos sus amigos.

Pro­ve­nía de una fami­lia de nume­ro­sos mili­ta­res. Corría, pues, por sus venas la hidal­guía y el seño­río pro­pios de una estirpe vaciada en el molde recio de los gran­des arque­ti­pos. Hizo sus estu­dios en el Cole­gio Mili­tar de la Nación, antes de la crea­ción de la Fuerza Aérea. Creada ésta, se incor­pora a la nueva Fuerza.

Su pri­mera acción rele­vante fue el 16 de junio de 1955 cuando con el grado de Capi­tán pres­taba ser­vi­cio en la Base Aérea de Morón y se plegó al movi­miento revo­lu­cio­na­rio con­tra el gobierno de Perón. La Base era leal. Junto con el Teniente Wiklin­son detuvo al Jefe, al segundo jefe y a todos los ofi­cia­les lea­les. Los jóve­nes pilo­tos eran rebel­des y ade­más le res­pon­dían, como siem­pre lo hacen los jóve­nes, con admi­ra­ción y leal­tad. Tras el bom­bar­deo y viendo que el movi­miento había sido sofo­cado, los pilo­tos qui­sie­ron regre­sar a Morón para res­ca­tar a los jefes suble­va­dos; pero De la Vega les prohi­bió que se expu­sie­ran y les ordenó que se mar­cha­sen direc­ta­mente a Mon­te­vi­deo. Por su parte, él y el teniente per­ma­ne­cie­ron en Morón de donde logra­ron huir por tie­rra ves­ti­dos de paisano.

Hasta el 16 de sep­tiem­bre, inicio de la Revo­lu­ción Liber­ta­dora, estuvo pró­fugo, per­ma­ne­ciendo en el país, ence­rrado en las case­tas de los botes del Club Náu­tico de San Fer­nando y ocul­tán­dose en dis­tin­tos sitios. Los acon­te­ci­mien­tos de sep­tiem­bre lo encon­tra­ron en Cór­doba donde se puso a las órde­nes del Gral. Lonardi. Peleó en esa lucha asaz desigual en la que mili­ta­res reti­ra­dos se pusie­ron al frente de civi­les mal arma­dos. Sin embargo, el ata­que de Perón a la Igle­sia había des­ar­mado espi­ri­tual­mente a los mili­ta­res “lea­les” que en esa época eran cató­li­cos, espe­cial­mente sus fami­lias. Esta es la única razón que explica por­que cinco mil sol­da­dos pro­fe­sio­na­les se rin­die­ron a unos pocos cien­tos de mili­ta­res y civi­les. Res­pecto de esta actua­ción de De la Vega que­re­mos des­ta­car que la mañana del sepe­lio se pre­sentó a des­pe­dir sus res­tos Patri­cio Videla Bala­guer, hijo del Gene­ral Videla Bala­guer que se levantó con Lonardi en Cór­doba. Patri­cio, que en el 55 era ape­nas un niño, explicó a los fami­lia­res y ami­gos que sin­tió como un deber des­pe­dir a este sol­dado que se había desem­pe­ñado como ayu­dante de su padre en el Puesto de Comando en aque­llas memo­ra­bles jor­na­das. Su padre le había hablado con admi­ra­ción de aquel ayu­dante; le había con­tado de su hom­bría de bien, de su valor y de su leal­tad. La pre­sen­cia de Patri­cio resu­mió, mejor que muchas pala­bras, la gran­deza del héroe cuya memo­ria sigue viva en el hijo por las narra­cio­nes del padre.

Des­pués de los acon­te­ci­mien­tos que aca­ba­mos de evo­car, pro­si­guió su carrera. Se des­tacó por un bri­llante ejer­ci­cio del mando. No tre­pidó, en cuanta oca­sión se le hizo pre­sente, en “plan­tarse” frente a los supe­rio­res si esti­maba que su plan­teo era justo.

La década del 60 se carac­te­rizó por una serie de enfren­ta­mien­tos inter­nos en las Fuer­zas Arma­das. De la Vega inter­vino en ellos. No sabe­mos si todas sus opcio­nes fue­ron correc­tas; pero sí se debe decir que su pres­ti­gio cre­ció hasta con­ver­tirse casi en leyenda. En uno de esos enfren­ta­mien­tos inter­nos se vio obli­gado a exi­liarse en Mon­te­vi­deo junto con otros Jefes mili­ta­res de Marina y Ejér­cito. Fue­ron meses duros al punto que para sobre­vi­vir tuvo que emplearse en los menes­te­res más humildes.

A su retorno al país, supe­ra­das las cir­cuns­tan­cias del exi­lio, fue Direc­tor de la Escuela de Avia­ción Mili­tar de Cór­doba en la que desa­rro­lló una tarea rele­vante en la for­ma­ción de los futu­ros ofi­cia­les. Nue­va­mente, los enfren­ta­mien­tos inter­nos lo encon­tra­ron envuelto en diver­sas accio­nes que ter­mi­na­ron con su carrera y su obli­gado paso a retiro. Se recuerda que, al dejar la Direc­ción de la Escuela, muchos cade­tes no pudie­ron con­te­ner las lágri­mas. Des­pués de la arenga mili­tar de des­pe­dida, sobria y des­po­jada de fan­fa­rro­ne­rías, se acercó a abra­zar a los incon­so­la­bles. Tal el res­peto y el afecto que había logrado ganarse. Ejer­cía el mando con su sola pre­sen­cia. Per­te­ne­ció al grupo de ofi­cia­les aero­náu­ti­cos cono­ci­dos como “jura­men­ta­dos” sin rom­per jamás el juramento.

Su última actua­ción pública fue en diciem­bre de 1975 cuando pro­ta­go­nizó el levan­ta­miento de Aero­par­que con­tra el gobierno títere e inepto de María Estela de Perón, en momen­tos en que la Gue­rra revo­lu­cio­na­ria alcan­zaba su cenit.

Des­pués vinie­ron lar­gos años de silen­cio. Seguía fre­cuen­tando a los vie­jos ami­gos y cama­ra­das, pro­di­gando su amis­tad en ter­tu­lias en las que siem­pre sobre­sa­lía por su hidal­guía, un sobrio sen­tido del humor y una espe­ranza inase­qui­ble al des­aliento. Su último ser­vi­cio fue la publi­ca­ción, en 2005, de su libro Ética del mando, donde recoge su cien­cia y su expe­rien­cia adqui­ri­das en lar­gos años de ejer­ci­cio del mando y que quiso ofre­cer a unas Fuer­zas Arma­das que, sin duda, le resul­ta­ban incomprensibles.

Fue un gran jefe mili­tar. Cubrió toda una gene­ra­ción que se dedicó a for­jar una Fuerza Aérea nacio­na­lista en su espí­ritu y a la que, sin duda, se le debe la mís­tica y el heroísmo de los pilo­tos de Malvinas.

Fue un com­ba­tiente que no se guió nunca por cri­te­rios de triunfo o de derrota sino por los de fide­li­dad y tes­ti­mo­nio. De la Vega sabía que Dios no nos pide el triunfo sino el com­bate. Y en ese com­bate gastó su vida.

Agus­tín Héc­tor De la Vega: fue en 18 de julio, Aniver­sa­rio del Alza­miento, que entre­gaste tu noble alma a Dios. ¡Qué día exacto eli­gió la Pro­vi­den­cia para lla­marte a con­ti­nuar la guar­dia junto a los luce­ros! Allí esta­rás, ahora, tuteán­dote con los defen­so­res del Alcá­zar y los Héroes de Malvinas.

Des­cansa en paz.

Autor: María Lilia Genta

Mario Caponnetto

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4 Comentarios en “In memoriam”  

  1. 1 CARLOS NELSON RECANATINI B

    Como con el Bri­ga­dier Jesús O. Cap­pe­llini, tuve el alto honor de tenerlo como jefe con­sul­tor, en el pri­mer Escua­drón Aéreo Espe­cial en el que tam­bién estaba el “inglés” Wil­kin­son allá por 1978. Siem­pre quise tener sus bigo­tes a lo caba­llero del 900, claro que los del Como­doro de La Vega, eran blan­cos, como su ser.
    El Bri­ga­dier Don Gil­berto Hidalgo Oliva, lo dis­tin­guìa mucho y varios de la época como Anselmo Esti­ga­rri­bia, Jorge Paez Allende, Gui­llermo W, Lehe­mann y tan­tos otros, cafe­teá­ba­mos de lo lindo en con­ver­sa­cio­nes con el gran Jefe en el 4to piso del Cón­dor.. Hasta los pilo­tos civi­les con­vo­ca­dos lo que­rían y res­pe­ta­ban.
    El gim­na­sio del ex boxea­dor Abel Lau­do­nio, en la Av. Fran­cisco Beiró, contò con su pre­sen­cia, brin­dando a todos, su ale­gría y seño­río, cuando nos pre­pa­rá­ba­mos para el enfren­ta­miento con Chile.
    Que el señor lo reciba como corres­ponde a un hidalgo de pura cepa y le otor­gue a su fami­lia la resig­na­ción cris­tiana no excenta del orgu­llo de lle­var su ape­llido que des­borda de pura nobleza.
    Car­los Nel­son Reca­na­tini B.
    Mayor avia­dor de la Reserva de la Fuerza Aérea Argentina.

  2. 2 Mario Tomasow

    Mis sin­ce­ras con­do­len­cias. Los mili­ta­res ¡¡no mueren!!Van al Cielo a decirle a Dios que en la Argen­tina que­dan pocos patriotas.

  3. 3 Leopoldo Emilio Silva Ortiz

    Mi más sin­cero home­naje y recuerdo al señor Como­doro de la Vega y a su fami­lia, fue mi padrino en el fallido intento de ingre­sar como ofi­cial médico a la Fuerza Aérea, junto al Como­doro de Barruel y el Brig. Cayo Alsina

  4. 4 ramonjusto 1976

    Su alma que­dará en el fir­ma­mento, y en el espa­cio aéreo argen­tino for­mando parte de aque­llos que for­ja­ron a la Fuerza Aérea argen­tina.
    Quiera Dios nues­tro Señor y guia en todos nues­tros actos que su ense­ñanza
    per­du­rará en las pro­xi­mas gene­ra­cio­nes de argen­ti­nos de bien, que deseen for­jar una patria, basada en los prin­ci­pios cons­ti­tu­cio­na­les, en la ley y en el res­peto de los habi­tan­tes de este gran país. y no en la bar­ba­rie ins­tau­rada durante el período 1946 — 1955, 1973–1976 y a par­tir del 2003 a la fecha situa­ción que ya ha sido detes­tada en las urnas por la ciu­da­da­nía de la ciu­dad de Bue­nos Aires.

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