Nuestra Cultura De Invasión

Cuando uno dedica sus últi­mos años de vida a estu­diar pro­fun­da­mente la his­to­ria de manera seria, por encima de la coyun­tura que nos toca vivir en la dimen­sión tem­po­ral y por qué no, más allá de la época que actual­mente vivi­mos en donde reinan las here­da­des, los fal­sos sím­bo­los que se ane­xan a la iden­ti­dad de los pue­blos y se la inves­tiga hacia atrás con todos los medios posi­bles que nos da la cien­cia, la tec­no­lo­gía y la filo­so­fía apli­cada al pen­sa­miento como hace­mos en la “Socie­dad de Etno­gra­fía e His­to­ria de Tarija” que como qui­jo­tes la con­for­ma­mos; con toda auto­ri­dad inte­lec­tual nos per­mite hacer cono­cer al medio lo que, acer­ta­da­mente, vamos encon­trando paso a paso laboriosamente.

El homus tari­jen­sis que, pro­ba­ble­mente, apa­rece y la habitó hace más de 7.000 años en esta parte sur con­ti­nen­tal, queda en el más pro­fundo mis­te­rio sin deve­lar las cau­sas, razo­nes y reali­dad de su pre­sen­cia que per­ma­nece como tes­tigo mudo repo­sando en el Museo Uni­ver­si­ta­rio de la esquina de las calles Gene­ral Ber­nardo Trigo y Gre­go­rio Araoz de La Madrid.

Lo cierto es que al ubi­car­nos en los seg­men­tos que, cada cual escoge, como objeto de inves­ti­ga­ción abre el debate al pre­sen­tar con­clu­sio­nes con la hon­ra­dez inte­lec­tual de inten­tar demos­trar no lo que yo veo, sino lo que ellos vivie­ron y vie­ron para lle­var­nos a la teo­ría muchas veces con­fir­mada del drama que vivió Tarija desde su his­to­ria tem­prana como incor­pora acer­ta­da­mente, por ejem­plo, nues­tro pre­si­dente Dr. Mario Barra­gán Var­gas para con­cluir, que desde el Impe­rio Incaico, fui­mos inva­di­dos des­tru­yendo evi­den­cias de aque­llos seres huma­nos que fue­ron redu­ci­dos impo­nién­do­nos aje­ni­da­des que, hoy se dis­cu­ten, desde ban­de­rías polí­ti­cas afi­nes a estas cul­tu­ras car­ga­das de ideo­lo­gi­za­cio­nes para con­fun­dir­nos, den­tro de una esca­lada mun­dial sór­dida, con estos fines que res­pon­den a estos afa­nes del presente.

Más tarde lle­ga­ron a Tarija los espa­ño­les que adop­tan las mis­mas for­mas ori­gi­na­rias de mitas, pon­gos y explo­ta­ción de tie­rras, sem­brando un crio­llaje que se pro­yecta ado­bado de trans­mi­gra­cio­nes pos­te­rio­res que des­tru­yen esen­cia­li­da­des per­tur­ba­das en los valles y den­tro de la ori­gi­na­li­dad del Gran Chaco extenso y sin fron­te­ras donde estu­vie­ron y están –aún pre­sen­tes– cul­tu­ras ances­tra­les que, poco a poco, se inves­ti­gan en su real dimen­sión que abarca espa­cios de cone­xión con la inmensa cuenca Ama­zó­nica que apresa una per­sis­ten­cia bió­tica que jamás podrá iden­ti­fi­carse y con­fun­dirse con aque­lla andina con sus yerros y bon­da­des desde la pers­pec­tiva del aban­dono secu­lar rom­piendo la vera­ci­dad de la Arqueo­lo­gía de los Mis­te­rios Sagra­dos de esas cul­tu­ras impos­tando litur­gias, mitos y cere­mo­nias men­ti­ro­sas para ala­gar al poder boli­viano actual y actuante, es decir que Tarija per­ma­ne­ció ais­lada durante siglos para ubi­car­nos en la con­quista y colo­niaje (1574) que empieza con Cris­tó­bal Colón con los ade­lan­ta­dos colo­ni­za­do­res que se apro­pian de vidas y hacien­das para con­for­mar una nueva iden­ti­dad tras­va­sada hasta lle­gar a la eman­ci­pa­ción con pre­sen­cia de dos ejér­ci­tos liber­ta­do­res que pro­vie­nen desde el sur argen­tino y desde el norte con colom­bia­nos y perua­nos o alto perua­nos que des­tru­yen nues­tra auto­no­mía pro­cla­mada en 1810, nues­tro terri­to­rio e iden­ti­dad interna –into­ca­bles durante 315 años hasta 1825 y 63 más cuando nos true­can defi­ni­ti­va­mente por el desierto de Ata­cama en 1889– por­que Anto­nio José de Sucre decide ocu­par Tarija que al estar, con la aguda meto­do­lo­gía del viejo his­to­ria­dor griego Tucí­di­des, que se aleja de los mitos, dei­da­des o des­ti­nos con­sul­ta­dos a los orácu­los para hacer­nos ver la sim­pleza de estas reali­da­des his­tó­ri­cas de las ocu­pa­cio­nes de los pue­blos que obe­dece a los intere­ses de la asta­sis, que no es nada más que la ocu­pa­ción terri­to­rial por la fuerza de la gue­rra, cuyo fondo oculta los ver­da­de­ros valo­res del espí­ritu frente a los intere­ses mate­ria­les como ocu­rrió con Potosí con sus rique­zas argen­tí­fe­ras, de lo que resulta lógico con­cluir que, de manera sufra­gá­nea fun­da­ron pobla­cio­nes meno­res con capa­ci­dad de pro­du­cir ali­men­tos y bie­nes mate­ria­les como así suce­dió con la fun­da­ción de Tarija, por­que el hom­bre demanda y pro­duce los mis­mos para sus­ten­tar estos pla­nes de con­quista, inva­sión y sometimiento.

Tarija no escapó a esta dura reali­dad que –aún en este siglo– ocupa el pen­sa­miento de pen­sar por nece­si­dad, por uti­li­dad y con­fort en todas sus for­mas y ahí apa­rece la gue­rra del Chaco que deja el pri­mer alu­vión de intere­ses de carne y hueso cuyo esce­na­rio fue Tarija, que soportó nue­vas inva­sio­nes y des­mem­bra­cio­nes hasta los años de 1980 cuando, en las fron­te­ras con Argen­tina, se ofrece iné­di­tas ven­ta­jas para lucrar y comer­ciar dejando nue­vas gene­ra­cio­nes que se inte­gran tra­yendo cos­tum­bres, mitos y ale­go­rías andi­nas que se fun­den con los sím­bo­los de la chaya y de las cha­ca­re­ras madu­ra­das con otras pro­pias del gené­rico gua­raní, que como obser­vara el pen­sa­dor del Caribe José Martí y Pérez, son pro­pias y aje­nas al mismo tiempo.

La capa­ci­dad de sor­presa y la tar­día rebel­día ori­gi­na­ria de la CIDOB o sea de los pue­blos ama­zó­ni­cos y del Chaco ante los nue­vas ocu­pa­cio­nes terri­to­ria­les que advie­nen sin tapu­jos como el de impo­ner, en toda Boli­via, la fuerza domi­nante de las wipa­las es un hecho que, a nadie sor­prende, cuando con fines polí­ti­cos desde 2006 y de la asta­sis con cinco regi­mien­tos que des­fi­la­ron este 7 de agosto en la “tie­rra de paz” con argu­men­tos y pre­tex­tos de uni­dad nacio­nal deter­mi­nada por decreto y de no de cohe­sión social natu­ral, la vemos fla­mear –así nos duela– ante a la indi­fe­ren­cia cha­queña, tari­jeña y de los nue­vos cha­pa­cos – collas; cha­que­ños – collas y cha­pa­cos – cam­bas en el sen­tido más puro de estas fusio­nes que traza un hori­zonte que no vuelve atrás por­que, Tarija, con su cul­tura de inva­sión queda con­for­mada y des­truida desde el inca­rio, con Anto­nio José de Sucre que la invade, con el dife­rendo argen­tino– boli­viano que con­cluye en 1889 y con la Gue­rra del Chaco injusta (1933), en los asien­tos de fron­tera en el Chaco y Ber­mejo y obvia­mente ante el fla­mear de la tri­co­lor rojo, ama­ri­llo y verde y la wipala izada –pro­vo­ca­ti­va­mente en 2001– en plena gober­na­ción obesa de gas natu­ral que es el otro núcleo cen­tral de la asta­sis, a nadie debe “sor­pren­der” por­que así somos con una inmensa son­risa boba­li­cona en la capi­tal de la son­risa indi­fe­rente y fes­tiva, por­que los tari­je­ños hemos apren­dido por siglos que es pre­fe­ri­ble sacri­fi­car la liber­tad por la vida.

Si la vieja his­to­ria, ins­pi­rada en la mítica Clío, sirve de algo; no hay duda que no será para pro­cla­mar la paz de los cemen­te­rios donde debiera repo­sar arrin­co­nada si se impone la men­tira, el engaño y el afán bru­tal del regre­sio­nismo atá­vico de estas cul­tu­ras donde el sen­tido del ius uni­ver­sal des­a­pa­rece con ella, dando paso a los “reden­to­res” que resur­gen, cada cien años, sea en forma de fal­sos mesías de corte ideo­ló­gico – polí­tico que con­ti­núan haciendo cabal­gar ante al mundo entero a las sobre­na­tu­ra­les val­qui­rias de la mito­lo­gía (hijas de la gue­rra) con­ver­ti­das en reali­dad por Hitler, y será el pro­pio siglo XXI y su pro­pio mundo quien –tar­día­mente– se dé cuenta que vuel­ven a cabal­gar los cua­tro jine­tes del Apo­ca­lip­sis para defen­der el mito del Olimpo o lo que es igual, reuni­dos al pie o en plena cor­di­llera de los Andes y así será tarde, dema­siado tarde por­que están lle­gando a Jujuy, Salta, Perú y a una Amé­rica explo­sio­nada donde ya fla­mean las wipa­las del per­verso mito de la alti­pla­ni­cie. No es mera coin­ci­den­cia que los nór­di­cos euro­peos ya hayan cono­cido lo que es Val­ha­lla como for­ta­leza de gue­rra, lo que no cono­cen es el grito aimara –que­chua de gue­rra: ¡Jhallala!

Autor: Oscar Eduardo Lazcano Henry

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