Chesapeake Bay Y Yorktown

Está de moda en Esta­dos Uni­dos reva­lo­ri­zar la his­to­ria nor­te­ame­ri­cana. Ese loa­ble esfuerzo ha sido enca­be­zado tenaz­mente por varios comen­ta­ris­tas de tele­vi­sión por cable, des­ta­cán­dose entre ellos Glenn Beck y Bill O’Railly. Aho­ga­dos en una miríada de lla­ma­dos “estu­dios étni­cos” de pro­pó­sito “polí­ti­ca­mente correcto”, los estu­dian­tes nor­te­ame­ri­ca­nos de pri­ma­ria y secun­da­ria, pero en espe­cial los que se deci­den por huma­ni­da­des en sus estu­dios supe­rio­res, ter­mi­nan con una igno­ran­cia supina sobre su pro­pia his­to­ria. ¿Quién puede asom­brarse de que carez­can de orgu­llo nacional?

Sin embargo, aún den­tro de esa muy posi­tiva corriente se man­tie­nen toda­vía inex­cu­sa­bles lagu­nas de igno­ran­cia his­tó­rica, en las que aun­que no se hayan ter­gi­ver­sado los hechos bási­cos, estos per­ma­ne­cen incom­ple­tos. La his­to­ria es pri­mor­dial­mente una cien­cia y debe tra­tarse de la manera más obje­tiva posible.

La natu­ra­leza de esa dis­ci­plina no debe ser escena de liti­gio polí­tico, sino de aná­li­sis sereno y obje­tivo del pasado. Cuando escribí un artículo titu­lado “Los 92 días” lo hice con la inten­ción de acla­rar que la vic­to­ria insu­rrecta cubana en la ofen­siva de 1895 no se debió a las car­gas al machete de la caba­lle­ría ligera embos­cada en la mani­gua (coro­na­das por el éxito en la mayo­ría de los casos), sino a la muy efec­tiva quema de los cam­pos de caña, des­truc­ción de inge­nios azu­ca­re­ros y comu­ni­ca­cio­nes que impi­die­ron la zafra (cose­cha de la caña y pro­duc­ción de azú­car) para años por venir. En otras pala­bras, la vic­to­ria no la pro­por­cionó el machete, sino la tea.

La noción de los insu­rrec­tos car­gando con­tra los cua­dros espa­ño­les e igno­rando herói­ca­mente la llu­via de plomo, es una her­mosa evo­ca­ción román­tica. No obs­tante, debe recor­darse que la caba­lle­ría cubana tenía órde­nes estric­tas de evi­tar el com­bate siem­pre que fuera posi­ble. A dife­ren­cia de la Gue­rra de los Diez Años en el 95 no hubo gran­des bata­llas como “Las Guá­si­mas”. Sólo esca­ra­mu­zas y com­ba­tes, el más nota­ble, “Mal tiempo”. El obje­tivo de alcan­zar las pro­vin­cias occi­den­ta­les era de carác­ter estra­té­gico y sólo pudo rea­li­zarse evi­tando con­tacto con­ti­nuado con las tro­pas coloniales.

En ese mismo artículo indi­qué que los hechos his­tó­ri­cos se suce­den en cadena y cada esla­bón se conecta con el ante­rior y el siguiente. Sin la vic­to­ria de York­town en 1781, Esta­dos Uni­dos no hubie­ran sido inde­pen­dien­tes, por lo menos en esa oca­sión. Sin la vic­to­ria del almi­rante fran­cés, Mar­qués De Grasse sobre la flota bri­tá­nica en la bahía de Che­sa­peake, las tro­pas del gene­ral bri­tá­nico Corn­wa­llis pudie­ron haber sido eva­cua­das o incluso refor­za­das y avi­tua­lla­das, negán­dole la vic­to­ria en York­town a Washing­ton y Rochambeau.

Sin el con­curso efi­ciente de un ejér­cito de 5, 000 sol­da­dos pro­fe­sio­na­les de Luis XVI, coman­da­dos por el muy capaz Gene­ral Rocham­beau, la mili­cia de Washing­ton en toda pro­ba­bi­li­dad no habría podido por sí sola embo­te­llar al bri­llante Gene­ral Corn­wa­llis en Yorktown.

Antes de su vic­to­ria en Che­sa­peake, De Grasse arribó al Mar Caribe en busca de vitua­llas y dinero para poder pagar las mili­cias de Washing­ton a las que se les debía emo­lu­men­tos por con­si­de­ra­ble tiempo. Los sol­da­dos de Washing­ton deser­ta­ban a dia­rio y se vis­lum­braba la posi­bi­li­dad de un motín. España y Fran­cia, alia­das en vir­tud del “Pacto de Fami­lias” de 1761, actua­ron en coor­di­na­ción para ayu­dar a la naciente nación nor­te­ame­ri­cana. De Grasse hizo escala de avi­tua­lla­miento en Cuba en la Bahía de Matan­zas, debido su con­si­de­ra­ble calado, eviando un emi­sa­rio a Caji­gal en la per­sona del Mar­qués de Saint-Simon al mando de la fra­gata Aigrette. El gobierno colo­nial de Cuba bajo el Gober­na­dor Juan Caji­gal estaba en ese enton­ces arruinado.

En con­se­cuen­cia, Caji­gal pro­puso reca­bar dona­cio­nes del pue­blo de La Habana, muy agra­viado por la reciente ocu­pa­ción bri­tá­nica durante la Gue­rra de los Siete Años. Esta colecta pública tuvo en con­se­cuen­cia mucho éxito y las dona­cio­nes inclu­ye­ron gran­des can­ti­da­des de mone­das de oro y joyas.

En toda la his­to­ria de los tra­di­cio­na­les com­ba­tes en el mar entre las arma­das bri­tá­ni­cas y fran­ce­sas, cul­mi­nando en Tra­fal­gar, la derrota de Che­sa­peake se des­taca como la pri­mera y última vic­to­ria fran­cesa. Eso trae a cola­ción al Pri­mer Lord del Almi­ran­tazgo Bri­tá­nico de ese enton­ces, el Earl de Sand­wich. Juga­dor empe­der­nido y bebe­dor copioso, Sand­wich no que­ría levan­tarse de la mesa de juego a menos que fuera nece­si­dad impe­riosa, por lo que orde­naba le tra­je­ran un pedazo de carne entre dos panes. Así obtuvo nom­bre la más popu­lar comida rápida.

Bajo Sand­wich la armada bri­tá­nica empo­bre­ció de vitua­llas. La mari­ne­ría y la ofi­cia­li­dad per­die­ron cohe­sión y dis­ci­plina. La derrota de Che­sa­peake, de acuerdo a muchos his­to­ria­do­res, tuvo mucho que ver con ese deterioro.

Sin embargo, todas esas coyun­tu­ras his­tó­ri­cas con paí­ses y per­so­na­li­da­des extran­je­ros, son olím­pi­ca­mente igno­ra­das en los libros de texto en Esta­dos Uni­dos. Quie­nes pro­cu­ran un bien­ve­nido rena­ci­miento de los estu­dios his­tó­ri­cos nor­te­ame­ri­ca­nos, tris­te­mente tam­bién omi­ten cier­tos capí­tu­los fun­da­men­ta­les. ¿Omi­sión invo­lun­ta­ria por igno­ran­cia, o chau­vi­nismo trasnochado?

Autor: HugoJ. Byrne

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