La indignación globalizada

El mundo parece un paciente diag­nos­ti­cado al cual no se le ofre­cen dema­sia­das espe­ran­zas. Desde la orga­ni­za­ción mun­dial o regio­nal de los Esta­dos hasta el pro­blema del agua, desde enfer­me­da­des socia­les hasta el pro­blema de los refu­gia­dos, por doquier se enlis­tan las cala­mi­da­des y los desajustes.

Esca­sean los inven­to­res de mundo. Se requie­ren pro­ta­go­nis­tas de la visión teó­rica de la polí­tica. Aquí las ver­da­des se han derruido y hay que ir sobre las nue­vas for­mas de la orga­ni­za­ción social. Lo que pre­side al mundo es la incre­du­li­dad. Los dis­cur­sos vie­jos están des­le­gi­ti­ma­dos. Alguien ha hablado de un ciclo ahis­tó­rico. Si no hay plan­tea­miento filosófico-político eman­ci­pa­to­rio en el sen­tido de dotar al sueño de un cor­pus de ideas tam­poco habrá eman­ci­pa­ción de los gra­ves pro­ble­mas que nos afectan.

La teo­ría polí­tica debe, pues, enfren­tar al siglo XXI. Qui­zás el vacío pro­venga de la apli­ca­ción a las cien­cias polí­ti­cas del prin­ci­pio de que aque­llo que no fuese empí­ri­ca­mente demos­trado que­da­ría fuera de sig­ni­fi­cado. Es menes­ter una plu­ra­li­dad de ángu­los de visión que la urgen­cia de encon­trar una cer­ti­dum­bre sepultó. Ya no se requiere un cor­pus homo­gé­neo, lo que se requiere es un inter­cam­bio fluido y per­ma­nente de diver­sas com­pren­sio­nes. Algu­nos hablan de ofre­cer no una mirada sis­te­má­tica sino sin­to­má­tica. Habla­mos sobre una reali­dad, no sobre la inmor­ta­li­dad del can­grejo. Es lo que otros deno­mi­nan la teo­ri­za­ción de la polí­tica y la poli­ti­za­ción de la teo­ría. Por ello habla­mos de los pro­ble­mas del mundo.

Tiene que haber una rela­ción entre la teo­ría polí­tica y el fun­cio­na­miento de las demo­cra­cias, hay que darle una res­puesta común a las exi­gen­cias coti­dia­nas de la demo­cra­cia, por la muy sen­ci­lla razón de que la glo­ba­li­za­ción ha tenido un efecto par­ti­cu­lar: todos los hom­bres, en buena medida, se están enfren­tado a los mis­mos pro­ble­mas, lo que para nada lleva al olvido de las par­ti­cu­la­ri­da­des, las que, por el con­tra­rio, se hacen mani­fies­tas al pedir polí­ti­cas de reconocimiento.

Sin pen­sa­miento demo­crá­tico reno­vado la ten­den­cia será fuerte al enfren­ta­miento y al totalitarismo.

En medio de la actual cri­sis de tran­si­ción el pen­sa­miento es recha­zado y los polí­ti­cos no ejer­cen lo polí­tico, no recu­rren a la forma de cono­ci­miento supe­rior que per­mita hacer inte­li­gi­ble la reali­dad polí­tica. Tal vez el quid se encuen­tre en una racio­na­li­za­ción efec­tista de la prác­tica polí­tica y en una con­se­cuen­cia de la lla­mada muerte de las ideo­lo­gías, sin darse cuenta que lo que esto último implica no es el aban­dono de un cor­pus de ideas sino una liber­tad adi­cio­nal para afron­tar los pro­ble­mas con­cre­tos sin tapaojos.

Las mani­fes­ta­cio­nes de “indig­na­dos” este último fin de semana mues­tran el naci­miento de una socie­dad civil glo­bal que rompe los lími­tes del Estado-nación y con­vierte la pro­testa en asunto común. La cri­sis excede de lo mera­mente eco­nó­mico. En ver­dad lo es de existencia.

Autor: Teódulo López Meléndez

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