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Lo Aprendido y Las Infalibles Verdades
Un buen libro no es aquel que piensa por ti, sino aquel que te hace pensar.
James McCosh
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Muchos se jactan de lo que saben, pero a mí me deleita lo que he aprendido.
Mis maestros no fueron los únicos que me educaron, fue la realidad quien me ilustró, la realidad me civilizó y me hizo independiente, puliendo en mi mente el determinismo oscuro y oculto tras las enseñanzas viciadas de oscurantismo (esa forma tenebrosa para ocultar la vacuidad y que considera a la gente intelectualmente incapaz de conocer los hechos y la verdad sobre los gobiernos y sus actores). Así, se fue borrando de mi pensamiento lo relativo y se potenció en mis sentidos lo real, dejando totalmente de lado lo ficticio e ilusorio, lo mezquino y obsecuente, lo egoísta y clientélico.
Saber no significa comprender, entender y mucho menos vislumbrar el futuro. Aprender representa estar siempre en contacto con la realidad, lo que sumado a lo consabido puede ayudarnos a distinguir los matices que representan los colores del escenario y del contexto en que vivimos.
La verdad es uno de los temas centrales de la teoría del conocimiento. En la filosofía platónica, la verdad era el reconocimiento de la idea. El aristotelismo impuso el criterio de la verdad vinculando el juicio con el objeto, concepción aceptada por la escolástica y prolongada incluso en el pensamiento kantiano.
Para el marxismo, la verdad es el resultado de la correlación entre la actividad humana y unas actitudes de transformación del proceso histórico. Para las corrientes existencialistas, la verdad consiste en el desvelamiento de la realidad auténtica, el ser en contraposición con la apariencia.
Existen verdades viejas y verdades nuevas; hay verdades centrales y verdades superficiales.
Las viejas son aquellas que fueron tales en determinado momento histórico y sostenidas por la realidad del momento, luego suplantadas por verdades nuevas nacidas como consecuencia de una situación y un contexto distinto y actualizadas al instante concreto del reloj de la historia.
No obstante, la verdad central es aquella que se sostiene a través del tiempo en contraste con las verdades superficiales o simples sofismas, tan en boga en este transitorio y perverso presente.
Muchos son los que pretenden ser dueños de la verdad al momento de postularse como potencial candidato o ejercer su apoyo a determinada candidatura. Para ello, si les resulta necesario y conveniente transformar una evidencia en una mentira, lo hacen con total desparpajo y naturalidad.
Y se dicen políticos… Confunden el objeto de la política, ésta debe ser utilizada para transformar la realidad circundante y no para desvirtuar la realidad dominante.
Este pensamiento negligente posterga la solución de los conflictos, pues estos políticos que viven con buena conciencia por mala memoria, poseen una ceguera parcial y selectiva que atenta contra ese protagonismo y compromiso adquirido en su momento, cuando eran simples aspirantes o postulantes.
Estos personajes que mienten, engañan, difaman…, en definitiva, no hacen otra cosa más que atentar contra las verdades centrales.
En ese afán de demostrar lo que en realidad no son, cometen deslices que los muestran como indefinidos e inciertos.
En el juego de las “roscas”, pactos, enroques y componendas, se juntan la Biblia con el calefón, el derecho con el traidor, el que “labura” con el ladrón; resultan más creíbles los embusteros que los evidentes y claros.
La mayoría de nuestra clase política resulta un cambalache de sofistas, de embaucadores y de caóticos petardistas de nuestra cruel realidad.
Son muy pocos los que ante una realidad, basándose en la verdad central, promueven o intentan llegar al cambio con honestidad, capacidad, racionabilidad y virtudes verdaderas.
(*) El autor es el Director de Crónica y Análisis Periódico On line y Comisario Inspector (R.A.) de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
Autor: Juan de Dios González (*)
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