La “Cueva Del Diablo”

(dedi­cado a mi hijo Hugo)

Durante el verano o comien­zos del otoño y empe­zando a fines de los años 70 hasta casi el final de la década siguiente fue la época en que dis­fruté con más fre­cuen­cia mi deporte favo­rito. En esas oca­sio­nes acos­tum­braba a levan­tarme muy tem­prano cada segundo o ter­cer sábado. Tan tem­prano me levan­taba que en reali­dad ape­nas dor­mía la noche del vier­nes. Me reco­gía en la puerta de mi casa en las pri­me­ras horas de la mañana un buen amigo y gran caza­dor, el mejor tira­dor de esco­peta que he cono­cido. Otras veces era yo quien con­du­cía. Mi auto era un Gene­ral Motors “Sub­ur­ban” modelo del año 74 que com­pré 4 años más tarde.

El “Sub­ur­ban” tenía dos asien­tos de puerta a puerta que aco­mo­da­ban amplia­mente a seis per­so­nas (cinco pasa­je­ros ade­más del con­duc­tor). En el “Sub­ur­ban” todo era grande: ade­más de los asien­tos tenía una sec­ción de carga en la parte pos­te­rior de gran capa­ci­dad, la que doblaba su espa­cio al ple­gar el asiento tra­sero. El “Sub­ur­ban era un “gas guzz­ler”: por­taba un tan­que de 50 galo­nes y el gasto en gaso­lina era grande, aun­que el pre­cio por galón enton­ces era una frac­ción ínfima del contemporáneo.

Nunca olvi­daré el día en que lle­gué a mi casa con­du­ciendo el Sub­ur­ban. Lo que mejor recuerdo de esa feliz oca­sión es la expre­sión de ale­gría en mi hijo Hugo, mien­tras corría en direc­ción al auto. Hugo enton­ces tenía 8 ó 9 años y durante el verano siem­pre estaba fuera de la casa jugando con los demás “terro­ris­tas” del barrio.

El sur de Cali­for­nia es muy extenso y las dis­tan­cias se miden siem­pre por el tiempo que toman. Ergo: “vivo a 45 minu­tos de aquí y a dos horas del cen­tro”. Nues­tro viaje matu­tino nos con­du­cía al norte por la carre­tera 5. Tor­ná­ba­mos al oeste por la carre­tera 46, como quien se dirige al Con­dado de San Luis Obispo y por último doblá­ba­mos por la carre­tera 33, de nuevo hacia el norte. En un recodo de esa carre­tera bifur­caba un camino de tie­rra que pasaba a tra­vés del des­tino de nues­tro viaje: una extensa granja de miles de acres lla­mada “Devil’s Den” (“La cueva del dia­blo”), en el extremo oeste del Con­dado de Kern. Apro­ve­chando el trá­fico ligero de la mañana lle­gá­ba­mos allí en menos de cinco horas.

Durante fines de esa década y prin­ci­pios de la siguiente “La cueva” era pro­pie­dad de una cor­po­ra­ción y admi­nis­trada por fun­cio­na­rios loca­les. Sus jor­na­le­ros eran casi todos tra­ba­ja­do­res migra­to­rios, excepto los capa­ta­ces que tenían allí sus casas y fami­lias. Los jor­na­le­ros per­noc­ta­ban en dos gran­des barra­cas mili­ta­res de dos pisos que data­ban de la Segunda Gue­rra Mun­dial, esen­cial­mente igua­les a las que usá­ba­mos las Uni­da­des Cuba­nas de Fort Jack­son en 1963.

Las más exten­sas siem­bras eran de algo­dón, las que cubrían miles y miles de acres, aun­que tam­bién se cose­chaba maíz y san­día. En adi­ción había reba­ños de ove­jas y en la finca colin­dante al norte se criaba ganado vacuno. La vege­ta­ción era verde en muchas par­tes, con varios árbo­les fron­do­sos estra­té­gi­ca­mente situa­dos. Las cose­chas se obte­nían por un efi­ciente sis­tema de rega­dío que incluía cana­les para­le­los a bien api­so­na­dos cami­nos de tie­rra, desde los que se les daba man­te­ni­miento coti­diano. La finca colin­daba con un acue­ducto y un reser­vo­rio de agua pro­pie­dad del Estado de California.

Los caza­do­res de este grupo, quie­nes nunca éramos más de seis a menos que nos divi­dié­ra­mos en varios autos, tenía­mos como obje­tivo prin­ci­pal la paloma “rabi­che”, la que cazá­ba­mos estric­ta­mente durante sus tem­po­ra­das lega­les. Mi pieza pre­fe­rida era un ave de aspecto lla­ma­tivo, la que creo fuera intro­du­cida en Cali­for­nia a pri­ci­pios del siglo pasado por el mag­nate de perió­di­cos William Ran­dolph Hearst: el fai­sán con ani­llo al cue­llo, o “Ring-neck phea­sant”. Tam­bién cono­cido sim­ple­mente como “gallo” por los mexicanos.

Aun­que en teo­ría la caza estaba prohi­bida en esa pro­pie­dad, la admi­nis­tra­ción hacía exep­ción con nues­tro grupo por­que mi amigo siem­pre man­tuvo su pro­mesa de nunca dañar las cose­chas. En lo posi­ble nos encar­gá­ba­mos tam­bién de algún coyote que se pusiera a tiro. Estos últi­mos cau­sa­ban gran­des estra­gos en los rebaños.

Mi hijo Hugo apren­dió a con­du­cir por sí sólo en la Cueva del Dia­blo debido a su poco común des­treza y uti­li­zando el noto­rio Sub­ur­ban. Cuando aún era muy joven legal­mente para ese deporte, ayu­daba a dis­tri­buir a los caza­do­res, reco­gién­do­los al atar­de­cer. Allí apren­dió tam­bién a tirar con esco­peta y cazó sus pri­me­ras palo­mas y fai­sa­nes. Imi­tando a mi amigo, quien era con cre­ces el mejor caza­dor del grupo y, qui­zás por esa misma razón, Hugo pre­fe­ría la cali­bre 20 semi­au­to­má­tica sobre mi favo­rita cal. 12 de dos cañones.

Los años y sus vai­ve­nes que todo lo des­tru­yen, ter­mi­na­ron tam­bién con aque­llas inol­vi­da­bles jor­na­das de caza de have más de treinta años en la “Cueva del Dia­blo”, aun­que siem­pre las recuerdo con inmensa nos­tal­gia. Todo eso vino de golpe a mi mente con motivo de una reciente con­ver­sa­ción con mi hijo.

Hugo es hoy un hom­bre de seis pies y dos pul­ga­das de esta­tura y más de 40 años de edad, pero siem­pre recuerda esas cace­rías en el Con­dado de Kern desde cuando era un ado­les­cente. Hugo trata de man­te­nerse al tanto de cuanto sucede y había estu­diado en deta­lles recien­te­mente unas fotos de saté­lite de lo que queda hoy de “La Cueva… ” y en resu­men, des­gra­cia­da­mente no queda nada.

Los árbo­les han sido tala­dos, las barra­cas demo­li­das, las dos o tres anti­guas casas de capa­ta­ces están en rui­nas y des­ha­bi­ta­das. Los anti­guos cana­les de irri­ga­ción son hoy trin­che­ras secas. Los miles de acres de algo­dón se tor­na­ron en un desierto y han des­a­pa­re­cido los reba­ños. Pro­ba­ble­mente tam­bién los coyo­tes, los que han sido vis­tos recien­te­mente en luga­res tan leja­nos y pobla­dos como el Con­dado de Orange, ace­chando a gatos domésticos.

Amigo lec­tor, aun­que no lo sé por seguro, sos­pe­cho que este es el resul­tado de la falta de agua para las siem­bras, la que ha sido des­viada en Cali­for­nia por el gobierno fede­ral, con la com­pli­ci­dad de su con­tra­par­tida esta­tal en Sacra­mento. Esto se ha hecho supues­ta­mente para ase­gu­rar la super­vi­ven­cia de una espe­cie que se dice en peli­gro: un pece­cito cuya lon­gi­tud es de menos de dos pul­ga­das. ¿Es esto igual a la supuesta extin­ción de osos pola­res que tanto denun­cia Al Gore? Esos osos nunca se han con­tado en núme­ros supe­rio­res a los actua­les y su pro­ba­ble extin­ción es una patraña. ¿Pro­tec­ción del medio ambiente? ¡Pamplinas!

Des­truir cose­chas, arrui­nar reba­ños, des­po­jar de su modus vivendi a miles de tra­ba­ja­do­res del agro, devas­tando por caram­bola el habi­tat de la fauna sil­ves­tre de Nor­te­amé­rica, ¿tiene excusa?. El obje­tivo real, cons­ciente o nó, es arrui­nar lo poco que aún queda de libre empresa rural en el estado de Cali­for­nia. El Valle de San Joa­quín, otrora la zona agrí­cola más feraz y pro­duc­tiva en el mundo, se ha con­ver­tido en un páramo.

Los votan­tes con­ti­núan enviando al Senado y a la Asam­blea de Cali­for­nia a todos estos ván­da­los de la buro­cra­cia. Quie­nes los recha­za­mos no los mere­ce­mos, pero mien­tras sea­mos mino­ría segui­re­mos pagando todos por su incom­pe­ten­cia y abuso.

Autor: Hugo J. Byrne

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