- May 2012
- April 2012
- March 2012
- February 2012
- January 2012
- December 2011
- November 2011
- October 2011
- September 2011
- August 2011
- July 2011
- June 2011
- May 2011
- April 2011
- March 2011
- December 2010
- June 2010
- May 2010
- April 2010
- March 2010
- February 2010
- January 2010
- December 2009
- November 2009
- October 2009
- September 2009
- August 2009
- July 2009
- June 2009
- May 2009
- April 2009
- March 2009
- February 2009
- January 2009
- December 2008
- November 2008
- October 2008
- September 2008
- August 2008
- July 2008
- June 2008
- May 2008
- April 2008
- March 2008
- February 2008
- January 2008
- December 2007
- November 2007
- October 2007
- September 2007
- August 2007
- July 2007
- June 2007
- May 2007
- April 2007
- March 2007
- February 2007
- January 2007
- December 2006
- November 2006
- October 2006
- September 2006
- August 2006
- July 2006
- June 2006
- May 2006
La importancia del voto negativo
Lo que llamaremos voto negativo en este título, son en realidad, varias cosas que reciben denominaciones diferentes. En ellas encuadraremos el llamado voto en blanco, el voto nulo, el anulable, y el ausentismo electoral (no presentarse a votar) entre los más importantes.
En países como Argentina, el voto negativo constituye una sumatoria importante (alrededor de un 25 % por elección, o más) si tenemos en cuenta que los candidatos que más votos obtienen –en promedio histórico– rondan entre el 30 % y el 45 %. También, en países como la Argentina, la clase política (o para mejor decir, la casta política) se las ha arreglado para que los votos negativos no se contabilicen en el escrutinio final, con lo cual, en los hechos, los votos negativos vienen a ser como votos “inexistentes”. Consideramos que esto es un error, aunque en el fondo, nos parece más bien una picardía de la casta política, sobre todo de aquella casta política que se rasga las vestiduras clamando defender la “democracia”.
Indudablemente, el voto negativo es una forma o modo de expresar una decisión (en este caso, de rechazo hacia los candidatos, y en especial, respecto de los de mayores posibilidades de ganar). Si por democracia entendemos, ya sea el gobierno del pueblo, ya sea el de la mayoría, resulta también indiscutible que todas las decisiones cuentan, incluso aquellas que expresan un rechazo hacia los candidatos en oferta. En conclusión, sostenemos que los votos negativos deben computarse en el recuento final de las elecciones. Y así como los votos positivos deben sumarse, los negativos deben restarse, como sus propias denominaciones lo indican con claridad. Pero ¿cuándo y a quienes se le deben restar los votos negativos? El espíritu de justicia y democracia nos indica que los votos negativos deben restarse a aquellos candidatos que hubieren obtenido votos positivos por una cifra mayor a la del total de los votos negativos. De tal suerte que, si un candidato lograre, por ejemplo, el 50 % de los votos positivos, en tanto que los votos negativos totalizaren el 24 % del padrón electoral, estos últimos deberían restarse a los positivos, de modo tal que, el resultado final del candidato en cuestión vendría a ser, después de la operación antedicha: 50–24=26. Es decir un 26 % como resultado final. Si por caso, dos candidatos obtuvieren porcentajes mayores al del total de los votos negativos, en este supuesto, pensamos que deberían dividirse estos últimos por dos y restarse a los positivos de cada uno de esos candidatos.
Por supuesto que los políticos protestarán ante un mecanismo como este, con el consabido estribillo de que, si se adopta este sistema, entonces sería difícil –por no decir casi imposible– que cualquier candidato alcanzare el 40 % o 45 % que exige la Constitución de la Nación Argentina para ser ungido presidente de la nación. Ante esta objeción cabe preguntarles a estos señores ¿por qué clase de “democracia” abogan? ¿Por una en la que se consulte la voluntad de todo el pueblo, incluyendo a la de los disidentes con los candidatos en oferta? O en cambio ¿están defendiendo una oligarquía? (recordemos que la definición de oligarquía es gobierno de pocos). Porque intentar proscribir o declarar “inexistentes” los votos negativos, siendo de personas que figuran en el padrón electoral implica, claramente, una proscripción a una franja numerosa de ciudadanos en condiciones de votar. Esta proscripción, reduce –claro está- la cantidad significativa de votos, con lo que el pueblo gobierna menos que si estuviera en una genuina democracia, ante lo cual habría que sincerarse y dejar de hablar de “democracia” y pasar a hablar de oligarquía (gobierno de unos pocos). Pues bien, el sistema que se niega a contabilizar los votos negativos es indudablemente un sistema oligárquico. Nada tiene de democrático.
¿Realmente nunca alcanzaría el piso mínimo de votos ningún candidato con este sistema? Creemos que con un régimen de vueltas sucesivas, alguno de los candidatos no tendría mayores dificultades en obtenerlo. Una posible reforma constitucional debiera contemplarlo, porque posiblemente no fuera suficiente una segunda vuelta, y se necesitarían más de dos. Es decir, las necesarias hasta que alguno de los dos candidatos más votados obtengan el piso mínimo de votos exigidos, pero, eso sí, siempre contabilizando (restándolos) los votos negativos, que irían disminuyendo paulatinamente cuantas mayores rondas electorales se fueren sucediendo. La meta debería ser lograr que gane un candidato verdaderamente representativo de la voluntad de una mayoría genuina, la que siempre será resultante de la diferencia entre los votos positivos y los negativos. Insistimos en esto si lo que queremos es establecer una auténtica democracia representativa y participativa. Ello implica abrir la posibilidad de intervención a los votos negativos y no proscribirlos como se hace actualmente, en el sólo interés de una casta política que busca achicar el mercado electoral para tener un coto de caza de votos cautivos.
El procedimiento que aquí sugerimos permite solucionar de cuajo varios problemas que viene arrastrando el sistema electoral argentino, y que pese a haber demostrado su inutilidad, todavía se mantienen, por ejemplo el del mal llamado voto “obligatorio”. Los altos porcentajes de ausentismo electoral que, elección tras elección, se registran en forma creciente, prueban acabadamente, de una vez y para siempre, lo absurdo de mantener formalmente una obligación de votar a la que literalmente casi un tercio del padrón jamás presta atención. El voto “obligatorio” ya no asusta a nadie y, además, Argentina es uno de los pocos países que lo mantiene. Paradójicamente, es una “institución” de inspiración fascista y servía a organizaciones de este tipo (o afines) para controlar cuáles miembros de la facción, efectivamente concurrían o no a votar “al Jefe” (por lo general, el único candidato disponible). Fue muy empleado por los regímenes de partido único (mal llamados populares). Los soviets de la URSS lo utilizaban. Que Argentina conserve este anacronismo del totalitarismo mas rancio habla mucho de la ideología de nuestros políticos cuando defienden la vigencia del voto “obligatorio”.
El sistema que proponemos también soluciona de modo definitivo el eterno problema al que se enfrenta el votante argentino (y posiblemente el de otros países): el de verse obligado a votar al candidato que le desagrada menos para evitar que gane el que le repugna mas. Computando el voto negativo como lo que es (negativo) el sufragante no se verá nuevamente jamás ante dicho dilema.
Autor: Gabriel Boragina ©
Link Rss para esta publicación
Link permanente al articulo
Enviar a un amigo
7 Comentarios en “La importancia del voto negativo”
Porfavor espere...


















Estimado Señor Boragina:
Desde hace mucho que comparto su idea, negada hasta el paroxismo por la por Usted llamada “Casta Politica” y Yo defino como “CORPORACION POLITICA PARA EL LATROCINIO”, la cual empezo a gestarse en 1916; recibio un “envion” importante en 1947 y a estas alturas es tan “indecente” que acepta como “Presidente de la Nacion Argentina” a un ignoto Gobernador de Provincia con un 8 % de caudal electoral propio, quien aplica sostenido por sus “compinches”, el “clientismo” que lo mantuvo en el poder provincial por años, llamandolo “modelo”.
Mi “definicion” y certeza, nace de un tramo de un discurso.…“NINGUNA CORPORACION HARA NADA QUE ANULE SU RAZON DE SER”…; pronunciada en 1876 en la Camara de los Lores, Londres.
Un saludo apreciado.
Para la democracia el voto siempre es importante, razón demás si se trata de “voto negativo” porque expresa una crucial voluntad: la de no nominar a ningún candidato.
Tremenda decisión de renunciamiento ciudadano, con seguridad fundada en desconfianza, falta de credibilidad en la capacidad de realización y honestidad de las propuestas, sus omisiones o la mera personalidad de los candidateados.
Sin duda que esta voluntad no debe ser conculcada por el sistema que pretende ser calificado como democracia (gobierno de la voluntad popular). El modo en que debe incidir en los resultados puede ser cuestión de opinión, debate y necesario acuerdo político, pero no computarla como “voto válido” constituye otro modo de fraude: fraude preelectoral.
Estimados Víctor y Claudio:
Muchísimas gracias por vuestras opiniones, las que comparto y aprecio.
Cordiales saludos.
Gabriel
Como siempre …claro y honesto.
Rescato especialmente los conceptos sobre la contradicción del “voto obligatorio”.
Una incoherencia más del sistema que presume de contemplar las minorías.
Que me dice de la gente que, como yo, piensa que la democracia es el sistema más perverso y contrario a la libertad que la humanidad a conocido en toda su historia.
Fundamentar lo que afirmo demandaría un extenso ensayo (tal vez lo haga… cuando tenga ganas).
De cualquier modo voy a opinar sobre esta cosa loca que llaman democracia.
Creo que la obligatoriedad del voto está deliberadamente impuesta para sostener el sistema que la gente rechaza por intuición y desconfía por experiencia.
La obligatoriedad autoriza a pensar que: los votos “en blanco”, “impugnados deliberadamente” y los que como yo no asistimos a votar; sumados a los que votan “el menos malo para cumplir”: sumarian mayoría. Y según la formula de Don Boragina; los votos negativos superarían a los positivos.
Para finalizar; propongo como, Don Boragina, un perfeccionamiento:
Sortear con los bolilleros de la Lotería Nacional, los candidatos “auto-propuestos”.
Con este sistema tendríamos probabilidad de encontrar honestos y buenos gobernantes. Si así no fuera sería “mala suerte” y nadie tendría la culpa.
Con el sistema actual la probabilidad de que el candidato de cualquier partido sea un hombre probo y capaz; es nula por dos motivos:
a) De la organización partidaria nada bueno puede salir. Cada peldaño en la escalera de los partidos significa aceptar la corrupción y asumir compromisos que luego deben pagarse (entre otras cosas).
b) El pueblo siempre se equivoca; cuando acierta es por error.
¿Parece loco?.
Estoy seguro que mi propuesta ganaría en una encuesta y certificaría que tengo razón en el punto b.
MUY BUENO EL ARTÍCULO. ES VERDAD, EL VOTO NEGATIVO DEBE SER RESPETADO COMO LOS VOTOS POSITIVOS. EL VOTO NEGATIVO TIENE UN SIGNIFICADO QUE LOS POLÍTICOS NO QUIEREN VER. NO LES CONVIENE QUE SE SEPAN NI LAS CANTIDADES DE ESAS EXPRESIONES, POR ESO PROHIBEN SU PUBLICACIÓN. ESTO NO ES DEMOCRACIA NI ES NADA, ES UNA PARODIA.
Gracias Darío y Jaimito por vuestras opiniones.
Darío: interesante tu idea. Es para pensar. Prometo hacerlo.
Saludos a los dos.
Gabriel.
Supongo que es un chiste !!!