Del Individuo Y La Comunidad

Si algo impor­tante logra­ron los cas­tris­tas para con­tro­lar la socie­dad cubana fue la desa­pa­ri­ción total del indi­vi­duo, al que for­za­ron a disol­verse entre esa amal­gama malea­ble que es la comu­ni­dad.  Por supuesto, la revo­lu­ción retró­grada que cono­ce­mos por socia­lismo fue impuesta en Cuba mediante la vio­len­cia y mediante la misma se ha man­te­nido en el poder por casi 53 años.

Pero no fue­ron nece­sa­rios los méto­dos vio­len­tos para crear pre­via­mente un acon­di­cio­na­miento men­tal sus­cep­ti­ble al colec­ti­vismo en un impor­tante sec­tor de la pobla­ción.  La noción obtusa de que el estado era capaz de ope­rar jus­ti­ciera y efi­cien­te­mente la vida social y eco­nó­mica de Cuba estaba amplia­mente difun­dida. Tam­bién el error de que los comu­nis­tas eran una mino­ría insig­ni­fi­cante y ano­dina, inca­paz de obte­ner el poder.

Durante fines de la década de los cua­renta y prin­ci­pios de la siguiente, el Par­tido Socia­lista Popu­lar de Cuba (comu­nista) tenía más de 100,000 afi­lia­dos entre un gran total de apro­xi­ma­da­mente tres millo­nes de votan­tes.  Eso lo situaba como uno de los mayo­res par­ti­dos comu­nis­tas de Amé­rica his­pana de esa época, en pro­por­ción al número de habi­tan­tes con voto.

La pro­ba­bi­li­dad de que los tota­li­ta­rios alcan­za­ran el poder se hizo reali­dad tan­gi­ble des­pués de la caída del gobierno de Machado en 1933.  Por un tiempo los socia­lis­tas uti­li­za­ron coa­li­cio­nes con otros par­ti­dos para obte­ner influen­cia polí­tica en caso de que sus alia­dos lle­ga­ran al poder.  Mediante esos méto­dos obtu­vie­ron con­trol tem­po­ral sobre los sin­di­ca­tos labo­ra­les de Cuba y hasta dos minis­te­rios “sin car­tera” durante el pri­mer gobierno de Batista (1940–1944).

El cuar­te­lazo de marzo de 1952 les brindó a los socia­lis­tas cuba­nos la gran opor­tu­ni­dad “revo­lu­cio­na­ria”.  Escép­ti­cos al prin­ci­pio, una vez per­ci­bida la obvia debi­li­dad del régi­men impuesto por Batista y el hecho de que los revo­lu­cio­na­rios tenían posi­bi­li­da­des de vic­to­ria, los mar­xis­tas del P.S.P. no duda­ron en ofre­cer cola­bo­ra­ción a Cas­tro, quien tenía sóli­das cre­den­cia­les izquier­dis­tas, tota­li­ta­rias y cri­mi­na­les.  El resto es historia.

Los colec­ti­vis­tas avan­zan la noción de que lo único que interesa en el terreno social es la comu­ni­dad y que el indi­vi­dua­lismo y su coro­la­rio, la liber­tad comer­cial, están con­de­na­dos a des­a­pa­re­cer.  Sin embargo, al revés de lo que afir­man, esa teo­ría ha sido emi­nen­te­mente des­car­tada por la his­to­ria y el des­plome de la Unión Sovié­tica lo demuestra.

A pesar de lo cual el estri­bi­llo can­són del bene­fi­cio a “la comu­ni­dad” ha sido repe­tido hasta la sacie­dad por los per­so­ne­ros del colec­ti­vismo, ya fue­ran estos revo­lu­cio­na­rios vio­len­tos al estilo de Mus­so­lini, Hitler, Lenín, Mao y Cas­tro, o quie­nes aspi­ran con más disi­mulo a lograr un con­senso a favor de esas teo­rías, cómo Obama, Zapa­tero o Hillary Clin­ton.  Un caso que merece aten­ción en par­ti­cu­lar es el del ex Vice­pre­si­dente Al Gore y su sem­pi­terna refe­ren­cia a “la comu­ni­dad cien­tí­fica”, grupo que según él ha pro­bado sin duda que el calen­ta­miento glo­bal es cau­sado por el hom­bre en su afán por sobre­vi­vir y pro­gre­sar. Por supuesto, Gore nunca ha defi­nido esa comu­ni­dad cien­tí­fica a la que tanto se refiere.

Quie­nes pres­ten aten­ción a su cri­te­rio con­clu­yen que por comu­ni­dad cien­tí­fica Gore se refiere a la mayo­ría de los ambien­ta­lis­tas y meteo­ró­lo­gos que han estu­diado el tema con dedi­ca­ción y minu­cio­si­dad. No creo que Gore ni otros tan­tos como él hayan rea­li­zado una encuesta rigu­rosa de todos ellos.  Pero si en reali­dad la hicie­ron, sus con­clu­sio­nes care­cen de impor­tan­cia. Nada prue­ban.  Nada demuestran.

Me explico: la his­to­ria de la huma­ni­dad des­cribe una con­fron­ta­ción con­ti­núa entre reales hom­bres de cien­cia e inven­to­res que indi­vi­dual­mente com­pren­die­ron la ver­da­dera natu­ra­leza del uni­verso que nos rodea de una parte y la comu­ni­dad cien­tí­fica de la otra.  Para la demo­cra­cia griega y los cien­tí­fi­cos de su época, las ense­ñan­zas socrá­ti­cas sobre el pen­sa­miento humano eran sub­ver­si­vas y por lo tanto corrup­to­ras.  En con­se­cuen­cia, Sócra­tes fue con­de­nado a muerte.

Aun­que la con­fron­ta­ción entre Colón y los cate­drá­ti­cos de Sala­manca no tuvo una con­clu­sión tan san­grienta como la de Sócra­tes, demos­tró sin la menor duda que los segun­dos, quie­nes repre­sen­ta­ban la comu­ni­dad cien­tí­fica de su tiempo, esta­ban erra­dos en la idea de que la Tie­rra era plana y rodeada de abis­mos inson­da­bles.  Por su parte, el nave­gante geno­vés había lle­gado a la con­clu­sión correcta:  la tie­rra tenía forma esférica.

En la ter­cera década del siglo XVII, el genial mate­má­tico y astró­nomo nacido en Pisa, Gali­leo Gali­lei, se vio ase­diado por la comu­ni­dad cien­tí­fica de su tiempo.  Gali­leo no comul­gaba con las ense­ñan­zas de los sabios de la anti­güe­dad, en las que aún se basaba la astro­no­mía enton­ces. La Inqui­si­ción lo arrestó y lo inte­rrogó seve­ra­mente por apo­yar los tra­ba­jos de Copér­nico sobre el uni­verso.  Gali­leo fue for­zado a negar a Copér­nico y des­pués con­de­nado al arresto domi­ci­lia­rio en su villa de Florencia.

Uno de los cien­tí­fi­cos más nota­bles de tiem­pos recien­tes, el fran­cés Luis Pas­teur, fue con gran fre­cuen­cia víc­tima de los pre­jui­cios e intere­ses de la comu­ni­dad cien­tí­fica del siglo XIX y la igno­ran­cia de sus con­tem­po­rá­neos.  A pesar de ello sus vacu­nas sal­va­ron incon­ta­bles vidas y obtuvo con el pro­ce­di­miento lla­mado “pas­teu­ri­za­ción” eli­mi­nar las bac­te­rias que ame­na­za­ban des­truir la indus­tria del vino entre otras.

El avión o aero­plano, pri­mer vehículo más pesado que el aire en levan­tar vuelo con­tro­lado, voló por la pri­mera vez en Kill Devil Hill, Kitty Hawk, Caro­lina del Norte, el 17 de diciem­bre de 1903.  Sus inven­to­res, los her­ma­nos Orvi­lle y Wil­bur Wright, quie­nes fabri­ca­ban bici­cle­tas, no reci­bie­ron enton­ces gran cré­dito de la comu­ni­dad cien­tí­fica por un vuelo de 12 segun­dos en el que Orvi­lle Wright alcan­zara la dis­tan­cia de unos 120 pies en el aire. Esa comu­ni­dad cien­tí­fica en esa época se ocu­paba casi con exclu­si­vi­dad del pro­greso de glo­bos aeros­tá­ti­cos y diri­gi­bles, los que con­si­de­raba el ver­da­dero futuro del vuelo.  Nunca hizo la prensa una des­crip­ción cien­tí­fica del vuelo hasta marzo del siguiente año.

La lista es interminable.

El pro­greso humano no lo desa­rro­lla una comu­ni­dad cien­tí­fica, sino el esfuerzo y la genia­li­dad de indi­vi­duos como New­ton, Mar­coni, Edi­son y otros que his­tó­ri­ca­mente han poseído más célu­las gri­ses que todos los “ocu­pan­tes” de Wall Street juntos.

Autor: Hugo J. Byrne

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