El país de lo no calculable

No pode­mos esca­par aun­que apa­gue­mos la pan­ta­lla o nos refu­gie­mos en una cueva. Admi­ta­mos que ya el ere­mita o el santo no son posi­bles. Desde que el hom­bre se hizo seden­ta­rio comenzó a defen­der un terri­to­rio y desde enton­ces no puede esca­par de las obse­sio­nes. Los desier­tos ya no exis­ten como espa­cio de fuga, entre otras cosas, por­que no hay manera de fugarse. Somos, ahora, per­fec­tos engra­na­jes de la gran máquina uni­ver­sal, o mejor, de lo que en otra parte he citado como gran con­dón uni­ver­sal. Derrida habla de un “feti­chismo toxi­có­mano”. Debe­mos admi­tir que los hom­bres tuvie­ron siem­pre la ten­den­cia a mirar lo par­ti­cu­lar en des­me­dro de la totalidad.

Los polí­ti­cos son el ejem­plo más paté­tico de una par­ti­ci­pa­ción degra­dada en la cons­truc­ción del mundo plano. Los polí­ti­cos, liqui­da­dos por la inefi­cien­cia de las polí­ti­cas públi­cas y por la abso­luta falta de ideas, han sido absor­bi­dos por los mass­me­dia. Han pasado a ser ante­nas repro­duc­to­ras. El inte­lec­tual debe enten­der que esta­mos ante el mundo de lo finito (encar­nado en lo coti­diano por los polí­ti­cos y la cha­tura de la pan­ta­lla) y que la tarea dura de man­te­ner activo el pen­sa­miento impone accio­nes que esca­pan de los vie­jos y obso­le­tos tér­mi­nos de “inte­lec­tual com­pro­me­tido”. Los polí­ti­cos pasa­ron a ser ins­tru­men­tos que conec­tan la infor­ma­ción con la mer­can­cía. Tal vez podría­mos decir que el inte­lec­tual debe ata­car los efec­tos inde­sea­dos de lo mass­me­diá­tico, el prin­ci­pal el de la irrea­li­za­ción. En otras pala­bras, debe com­ba­tir el can­san­cio. Es la imi­ta­tio un enemigo a ser desbancado.

La filo­so­fía ha pro­cu­rado rom­per el esquema mani­queo. María Zam­brano habló de la “razón poé­tica”, una que tiene que vér­se­las con todo lo que ha sido men­guado del espa­cio lógico. Si vemos bien, de ese espa­cio han sido eli­mi­na­dos infi­ni­dad de pen­sa­mien­tos y com­por­ta­mien­tos, hasta el punto de impo­nerse, al menos en nues­tro mundo occi­den­tal, una estre­chez que inevi­ta­ble­mente con­dujo al abo­chor­na­miento actual. La tesis era, pues, recon­si­de­rar a la metá­fora y al sím­bolo como únicos vehícu­los del pen­sa­miento. Si toma­mos en cuenta que la filo­so­fía más actual con­si­dera al mundo una trampa y al hom­bre un ser que la asume como mundo, pode­mos deter­mi­nar como los meca­nis­mos per­ver­sos de la “dicha” han podido ser injer­ta­dos como nue­vos sentidos.

Las vie­jas ideo­lo­gías tota­li­zan­tes se derrum­ba­ron. Las pre­mi­sas de un espí­ritu reli­gioso domi­nando el siglo XXI resul­ta­ron fal­sas. La triun­fante “lite­ra­tura” de la auto-ayuda pro­cura dar lec­cio­nes para el éxito den­tro del sis­tema injer­tado. Todos, o casi todos, acep­ta­mos que la demo­cra­cia es el único sis­tema polí­tico acep­ta­ble y, a pesar de las per­ver­sio­nes que bro­tan de su seno, con­fir­ma­mos que la liber­tad es la única posi­bi­li­dad. En el plano polí­tico el hom­bre espera res­pues­tas tota­les sin darse cuenta que ellas no exis­ten, o son tan sim­ples que no logran ver­las. La pri­mera de todas es que el hom­bre debe renun­ciar a la socie­dad per­fecta que las ideo­lo­gías le ofre­cie­ron y admi­tir que tal cosa no es posi­ble. La segunda, que el sis­tema polí­tico lla­mado demo­cra­cia sólo es per­fec­ti­ble en su con­ti­nuo ejer­ci­cio y riesgo y que, como todo cuerpo, es sus­cep­ti­ble de vie­jas y de nue­vas enfer­me­da­des. La uni­for­mi­dad debe ser com­ba­tida y ello pasa por la amplia­ción de la razón hacia eso que los filó­so­fos lla­man “lo no cal­cu­la­ble” o “lo no condicionado”.

Autor: Teódulo López Meléndez

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