Amor incondicional
de Sócrates por el trabajo

La Colum­nista Invi­tada de Hoy:
Nélida Rebo­llo de Montes

El espí­ritu demo­crá­tico del filó­sofo se mani­fes­taba en la valo­ra­ción de la labor honrada

Recu­rría a menudo a la sen­ten­cia de Hesíodo que dice: “El tra­bajo no es ver­güenza; el ocio sí es ver­güenza. Por eso sobre­sale la dig­ni­dad moral del esfuerzo propio”.

Sólo a con­di­ción de tra­ba­jar para no ser pará­sito se puede lle­gar a ser sabio y justo.

La medida de múl­ti­ples feria­dos decre­ta­dos por la Jefe de Estado Cris­tina Fer­nán­dez de Kir­ch­ner me ha traído el recuerdo imbo­rra­ble de las ense­ñan­zas que ha dejado Sócra­tes quien ocupa un lugar excep­cio­nal en la his­to­ria de la filo­so­fía. Él hon­raba el tra­bajo por­que lo reco­no­cía como una acti­vi­dad edu­ca­dora que crea cono­ci­mien­tos enri­que­ciendo la con­cien­cia de lo que se hace y de por qué se lo hace.

A Sócra­tes le agra­daba, en sus inves­ti­ga­cio­nes con­cep­tua­das, par­tir de ejem­plos pro­pios de los ver­da­de­ros arte­sa­nos. De ahí que no per­mi­tió que le impi­die­ran que actuara como maes­tro. Incluía, en res­pon­sa­bi­li­da­des impor­tan­tes, a los zapa­te­ros, los herre­ros, los vaque­ros y cuan­tos se sacri­fi­ca­ban con ale­gría tra­ba­jando ponién­do­los como ejem­plos en sus famo­sos diá­lo­gos. Ala­baba el tra­bajo, no menos que a la exi­gen­cia del diá­logo, que reco­noce la liber­tad de pen­sa­miento y de expre­sión para todos.

Sócra­tes era la evi­den­cia de ser pro­fun­da­mente demo­crá­tico. No es exa­ge­rado reco­no­cer que per­so­ni­fi­caba el espí­ritu de la demo­cra­cia ate­niense como defen­sor de la demo­cra­cia de la com­pe­ten­cia; es decir del gobierno de los mejores.

Sócra­tes era –como lo reco­noce G. de Sanc­tis en la his­to­ria de Gre­cia– “un demo­crá­tico de alma pero tam­bién era adver­sa­rio en parte de alguna ins­ti­tu­ción de la demo­cra­cia ateniense”.

La ense­ñanza socrá­tica es el diá­logo en donde el maes­tro pre­gunta más que con­testa para exci­tar la refle­xión activa del dis­cí­pulo pro­vo­cando su res­puesta para obli­garlo a bus­car como un ver­da­dero des­per­ta­dor de con­cien­cias e inte­li­gen­cia, no un mero pro­vo­ca­dor de cono­ci­mien­tos. Su magis­te­rio exi­gía el dia­logo viviente y libre.

Sócra­tes, el defen­sor del tra­bajo en cual­quier cir­cuns­tan­cia, no par­ti­ci­paba cons­tan­te­mente en la vida polí­tica. No solo cum­plía con su deber de sol­dado y magis­trado cada vez que le corres­pon­día. Nunca tuvo en cuenta los peli­gros. Creía cum­plir una misión pública sagrada al ejer­cer su apos­to­lado de des­per­ta­dor de con­cien­cias que estaba al ser­vi­cio de una edu­ca­ción polí­tica sacri­fi­cando en ese ser­vi­cio todo inte­rés per­so­nal y familiar.

Su crí­tica a cier­tas leyes e ins­ti­tu­cio­nes que le pare­cían con­tra­rias al bien de la demo­cra­cia la com­ple­men­taba con un pro­fundo res­peto a la majes­tad de la ley. Esto le hizo sacri­fi­car su vida en el altar de las leyes. Exi­gía que los magis­tra­dos fue­sen capa­ces y tuvie­sen la pre­pa­ra­ción necesaria.

La crí­tica que for­mu­laba al sis­tema de sor­teo no sig­ni­fi­caba que recla­mase leyes aris­to­crá­ti­cas, de pri­vi­le­gios sino un lla­mado a la con­cien­cia de los polí­ti­cos que debían con­si­de­rar el ejer­ci­cio de las magis­tra­tu­ras como una misión com­pa­ra­ble a la del médico o a cual­quier otro espe­cia­lista, acti­vi­da­des que exi­gen cono­ci­miento e ido­nei­dad. Queda demos­trada la exi­gen­cia de per­fec­ción de la demo­cra­cia para que estu­viese al ser­vi­cio del bien público.

El espí­ritu de res­peto al dere­cho ajeno de Sócra­tes se mani­fes­taba tam­bién en la valo­ra­ción del tra­bajo. En opo­si­ción a los pre­jui­cios y al des­pre­cio de las cla­ses supe­rio­res, se com­pla­cía en recu­rrir a menudo a la sen­ten­cia de Hesíodo: “El tra­bajo no es ver­güenza; el ocio sí es vergüenza”.

Sócra­tes no solo repite que el tra­bajo es el pre­cio al que los dio­ses “no ven­den los bie­nes” sino que ade­más afirma la dig­ni­dad moral del tra­bajo y ase­vera que para los hom­bres y muje­res libres no es nin­guna des­honra ejer­cer un ofi­cio manual, solo a con­di­ción de tra­ba­jar y de no ser pará­sito se puede lle­gar a sabio y justo.

Valga el ejem­plo de amor incon­di­cio­nal del filó­sofo Sócra­tes por el tra­bajo y no el ocio impro­duc­tivo que rebaja al que vive de dádi­vas. Val­gan tam­bién sus ense­ñan­zas y ejem­pli­fi­ca­ción de la vir­tud. Elegí a Sócra­tes por­que fue fiel a sus res­pon­sa­bi­li­da­des socia­les; por­que sacri­fi­caba todo inte­rés per­so­nal y fami­liar al ser­vi­cio de una edu­ca­ción política.

La farsa espe­cu­la­tiva se vuelve más som­bría en la medida que se pro­mueve el ocio y cunde la pobreza de los que deben sos­te­ner, a tra­vés del pago de múl­ti­ples impues­tos, a quie­nes han deser­tado de la res­pon­sa­bi­li­dad de hon­rar el pan ganado con esfuerzo y dignidad.

(*) Colum­nista de Radio La Red en su Revista Plural

Autor: Nélida Rebollo de Montes (*)

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