Las Navidades Del Pasado

El Colum­nista Invi­tado de Hoy : Hugo J. Byrne

Soy oriundo de la ciu­dad de Matan­zas, donde residí per­ma­nen­te­mente hasta 1953 y en esa época nunca ima­giné que pasa­ría la mayor parte de mi vida en suelo extran­jero a miles de millas de dis­tan­cia de allí. Mucho menos en medio de la vorá­gine que implica vivir en áreas de gran den­si­dad popu­lar. Mi patria chica tenía a prin­ci­pios de los años cua­renta una pobla­ción de apro­xi­ma­da­mente 50, 000 habitantes.

Recuerdo en mi niñez con­tem­plar avio­nes desde el bal­cón de mi casa y mirar­los hasta que se per­dían en el hori­zonte. Me pre­gun­taba enton­ces quié­nes serían los pasa­je­ros y por qué via­ja­ban. Cuando el avión ya era un punto en el infi­nito o cuando final­mente des­a­pa­re­cía de vista, a pesar mío sen­tía una extraña nos­tal­gia. ¿Pre­mo­ni­ción? Nunca he creído en esas cosas. Pero sen­tir el rugido de moto­res ansio­sos de dis­tan­cias, ver acer­carse la nave para minu­tos des­pués verla des­a­pa­re­cer en el azul, se me antoja hoy como una pará­bola de lo efí­mero de la vida y de las cosas.

Mi vida en esa ciu­dad, la que se extiende alre­de­dor de una amplia y her­mosa bahía de con­si­de­ra­ble capa­ci­dad por­tua­ria, abarca mi ya lejana niñez y los pri­me­ros años de mi juven­tud. A fina­les de los años cua­renta recuerdo haber visi­tado un car­guero ita­liano fon­deado en el puerto. El capi­tán del barco, o el pri­mer ofi­cial, hablaba algo de espa­ñol y con el pare­cido foné­tico entre ambos idio­mas, mi padre y el ita­liano se comu­ni­ca­ron sin pro­ble­mas. Me impre­sionó lo que ese señor dijo sobre la bahía de Matan­zas. La com­paró favo­ra­ble­mente a la de Nápo­les, afir­mando que era la más bella que había visto.

El lec­tor segu­ra­mente detec­tará año­ranza en estas cuar­ti­llas. Y es que esa época para mí no es sim­ple­mente una lejana etapa, sino más bien otra vida sepa­rada y dife­rente. En Matan­zas trans­cu­rrie­ron mis años for­ma­ti­vos y somos lo que apren­de­mos. Mis memo­rias más feli­ces están rela­cio­na­das con mi casa de Matan­zas, mi niñez y la tem­po­rada navi­deña. Durante las Navi­da­des se podía obser­var un reno­vado entu­siasmo entre todos mis fami­lia­res y en mi padre en par­ti­cu­lar. Mi her­mano y yo fui­mos muy feli­ces durante nues­tra niñez, pero lo éramos en espe­cial durante esa parte del año.

Nin­guno de mis tíos tuvo des­cen­den­cia y la ausen­cia de pri­mos nos con­ver­tía en el cen­tro de toda la aten­ción y de las mala­crian­zas. Mis tíos eran seis: el her­mano mayor de mi padre, algu­nas de cuyas carac­te­rís­ti­cas más nota­bles, muy pocas de las bue­nas y todas las malas, dicen mis detrac­to­res que heredé. Admi­raba en mi tío paterno su per­so­na­li­dad, elo­cuen­cia y porte impo­nente. Le envi­diaba su inme­diata popu­la­ri­dad entre las damas, don que curio­sa­mente con­ser­va­ría hasta avan­zada edad. La her­mana menor de mi padre fue la mujer más inte­li­gente y culta que he conocí en mi juven­tud. De esa tía paterna (tengo una nieta del mismo nom­bre) aprendí gra­má­tica cas­te­llana y mis pri­me­ras nocio­nes del idioma inglés. Esa tía, a pesar de ser muy agra­ciada, nunca se casó y a pesar de ser la más joven, fue de los tres her­ma­nos la pri­mera en morir.

Mi madre era la mayor de tres her­ma­nas, todas maes­tras. Los res­pec­ti­vos espo­sos de mis dos tías mater­nas eran tan tíos nues­tros como el resto. Esos dos matri­mo­nios cele­bra­ban siem­pre la noche­buena con noso­tros. Mi padre, quien fue siem­pre mi guía, men­tor y el objeto de mi devo­ción incon­di­cio­nal, pre­si­día la mesa. Él dis­po­nía que yo me sen­tara siem­pre a su dere­cha, de lo que me sen­tía muy orondo. Sin embargo, con el uso de la razón me per­caté de que sólo lo hacía para mejor con­tro­lar las accio­nes impre­de­ci­bles de su hijo más joven.

Desde unos días antes del 25 de diciem­bre la zona comer­cial más impor­tante de Matan­zas se veía inun­dada por una miríada de peque­ños ven­de­do­res tem­po­ra­les, en cuyo bene­fi­cio se cerraba el trá­fico moto­ri­zado por una o dos cua­dras. Eran comer­cian­tes impro­vi­sa­dos, quie­nes habían pagado a priori por su mer­can­cía, en la espe­ranza de ven­der lo sufi­ciente para repo­ner la inver­sión y obte­ner una dis­creta ganan­cia. La gran mayo­ría de ellos lograba con cre­ces ese obje­tivo. Enton­ces allí no se sufrían regu­la­cio­nes absur­das ni gra­vá­me­nes estú­pi­dos. La mer­can­cía pri­mor­dial de estos inver­sio­nis­tas impro­vi­sa­dos era juguetes.

Una acti­vi­dad corriente durante las Navi­da­des para los matan­ce­ros y para todos los cuba­nos que vivían en áreas urba­nas era visi­tar los “naci­mien­tos” y otras ale­go­rías de la Nati­vi­dad que habían cons­truído con devo­ción y pacien­cia ami­gos y veci­nos. Algu­nos naci­mien­tos eran ver­da­de­ras obras de arte. Otros eran incon­gruen­tes y hasta invo­lun­ta­ria­mente ofen­si­vos. Un ser­vi­dor de los lec­to­res vio en una casa un muñe­quito mon­tado en una moto, con gorra y anti­pa­rras, bajando por la ladera de una mon­taña que era parte del naci­miento. En otro lugar ví una Nati­vi­dad que tenía más allá del pese­bre, de los pas­to­res y los Reyes Magos, a un maria­chi mexi­cano con gui­ta­rra, som­bre­rote, revól­ver y un letrero que decía “Negrete”.

Algu­nos dedi­ca­ban una habi­ta­ción de su casa a una exhi­bi­ción per­ma­nente que durante las navi­da­des era un naci­miento artís­ti­ca­mente repre­sen­tado, con luces de colo­res y otros efec­tos. Durante el resto del año el “exhi­bit” se con­ver­tía en un tren eléc­trico que corría entre mon­ta­ñas cubier­tas de pinos, com­pleto con túne­les, caba­ñas, aldeas, para­de­ros y estaciones.

Nada se com­para en mi memo­ria a los pre­pa­ra­ti­vos para la Noche­buena. El cerdo asado (“lechón”), era plato de rigor, o al menos una pierna de cerdo asada en las mesas más modes­tas. Menos popu­lar que el cerdo era el pavo (“gua­najo”), pero un ser­vi­dor lo comía con gusto. No había una mesa decente en Noche­buena que care­ciera de una buena fuente de fri­jo­les negros. Las pri­me­ras com­pe­ten­cias culi­na­rias que pre­sen­cié en mi vida eran sobre cómo pre­para mejor los fri­jo­les negros. Vinos, turro­nes espa­ño­les (aun­que un ser­vi­dor pre­fe­ría los cuba­ní­si­mos buñue­los de yuca) y otras con­fi­tu­ras com­ple­ta­ban esa gran cena.

En Matan­zas, como en el resto de Cuba antes de lle­gar la pes­ti­len­cia cas­trista, nadie olvi­daba el ver­da­dero sig­ni­fi­cado de la Navi­dad. Asis­tir a la lla­mada misa “del gallo” a media noche, era parte inte­gral de la cele­bra­ción. Los matan­ce­ros éramos cris­tia­nos devo­tos, sin estri­den­cias o intolerancias.

Esas son las memo­rias que tengo de las Navi­da­des en Matan­zas, cuando Cuba era una nación, donde a pesar de las difi­cul­ta­des polí­ti­cas, toda­vía se podía vivir y ser buen cubano al mismo tiempo. Des­cri­bir estos recuer­dos míos de las Navi­da­des de nues­tro pasado es mi humilde manera de desear a todos los lec­to­res y sus fami­lias mis mejo­res deseos por unas Navi­da­des muy feli­ces, en una tie­rra libre que, qui­zás con la ayuda de un mila­gro divino, con­ti­núe siendo libre.

Autor: Hugo J. Byrne

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