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	<title>La historia paralela &#187; Gabriel Boragina</title>
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	<description>Periodico Digital</description>
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		<title>Apuntes para una reforma política</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jan 2012 11:58:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[Los magros resultados obtenidos por la democracia en casi todos los campos, obligan, a esta altura de la circunstancias, a delinear e insistir en la necesidad de revisar el sistema para que se acerque a su ideal, ya sea que se entienda este como mecanismo de elección de gobiernos o sistema de gobierno en sí [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />Los magros resultados obtenidos por la democracia en casi todos los campos, obligan, a esta altura de la circunstancias, a delinear e insistir en la necesidad de revisar el sistema para que se acerque a su ideal, ya sea que se entienda este como mecanismo de elección de gobiernos o sistema de gobierno en sí mismo.</strong><span id="more-61598"></span></p>
<p>Las experiencias democráticas en distintas partes del mundo y en diferentes épocas pero, con especial relieve en Latinoamérica, han demostrado con poquísimas excepciones y mas allá de las etiquetas, que la democracia no ha ni limitado ni dispersado el poder, sino que lo ha expandido temporal y espacialmente, y concentrado en poquísimas manos, aun mas que muchas denominadas “dictaduras” .</p>
<p>Muy sintéticamente vamos a proponer algunas medidas de fondo que creemos pueden contribuir sino a fortalecer el sistema, si –al menos– a no desvirtuarlo tanto como lo ha sido hoy en día.</p>
<p>La propuesta que haremos tiene algún parentesco con otra similar esbozada muy esquemáticamente por<a href="http://www.libertadyprogresonline.org/2011/11/16/homenaje-a-juan-bautista-alberdi/"> Alberto Benegas Lynch (h)</a> aunque no seguimos con total exactitud la misma.</p>
<p>En primer lugar, y considerando la concentración de poder que el sistema presidencial unipersonal conlleva en sí mismo, consideramos plausible una reforma constitucional que incorpore la figura de un Triunvirato como expresa Alberto Benegas Lynch (h) “al efecto de evitar los caudillos o ‘líderes iluminados´ y tamizar las decisiones”.<strong> (2)</strong> En dicho sentido, es interesante recordar que esta institución no es novedosa en la Argentina, ya que fue el sistema de gobierno que sucedió al de la Junta Grande tras la Revolución de Mayo de 1810. Este fue abandonado no porque fuera malo en sí mismo, sino por las particulares condiciones históricas e intereses de la época (fundamentalmente las vacilaciones de los primeros patriotas en torno al destino todavía incierto del movimiento emancipador, lo que a su vez impedía avanzar sobre otras materias vitales políticamente, tales como la necesidad de una constitución política, entonces y hasta mucho después inexistente, y las tendencias indefinidas, y tensiones internas entre unitarios y federales y algunas otras, que determinaron la brevedad de aquella experiencia. Pero hoy en día, las cosas son diferentes a dicha época y superadas tales dificultades, tenemos ahora al menos, independencia política, una constitución y partidos políticos, pese a que no tengamos resuelta del todo la controversia del unitarismo-federalismo, que –en términos más modernos– podríamos re denominar como de centralismo –descentralismo, habida cuenta que, si bien nuestra constitución política proclama en su articulado un federalismo formal, en los hechos y desde aquellos lejanos tiempos y con pocos intervalos, rige entre nosotros un centralismo (unitarismo, al fin de cuentas) real.</p>
<p>En este contexto actual, dividir el órgano ejecutivo en un Triunvirato contribuiría en mucho a descentralizar el poder, ya que en naciones como la nuestra, ya es práctica recurrente que el poder político total tiende a concentrarse en “el ejecutivo”, que al ser ejercido por una sola persona genera excelentes oportunidades de abuso las que, a juzgar retrospectivamente por la experiencia, siempre se han aprovechado en la mayor extensión y medida posible.</p>
<p>La elección de los triunviros podría hacerse por elección directa del pueblo, y los tres más votados –siempre y cuando pertenezcan a diferentes partidos o alianzas políticas– serían los “presidentes” electos. En otros términos, ya no habría “un” presidente, sino tres con idénticas facultades y potestades, en un pie de igualdad el uno con los dos restantes, provenientes de diferentes partidos políticos, lo que haría el sistema mucho más representativo y más democrático, y permitiría un mayor y mejor control de uno respecto del otro. Las decisiones de los triunviros se adoptarían por mayoría de votos, y al ser un número impar impediría cualquier clase de empate. Nada que decidiera unilateralmente uno de ellos podría ejecutarse sin la conformidad y firma de los restantes o, al menos, de uno de los dos restantes. Durarían en sus cargos cuatro años y podrían ser reelectos, siempre y cuando mediara un periodo intermedio entre uno y otro mandato.</p>
<p>Si se prefiriese mantener el actual mecanismo de una presidencia unipersonal, debería impedirse, entonces, que en el poder legislativo existiera ningún tipo de representación por parte del partido oficialista, lo que –nuevamente– permitiría un mayor control y equilibro que el vigente hoy, donde al existir la posibilidad de que el legislativo tenga mayoría oficialista implica –en los hechos– que el presidente asume la suma del poder público, tornando a la oposición en meramente figurativa e inoperante. Tal es el caso recurrente en la Argentina,<a href="http://www.accionhumana.com/2009/05/argentina.html"> por ejemplo.</a></p>
<p>Es clave en esta modalidad, que la misma persona que ejerce la presidencia no pueda ser reelecta, sino con el intervalo de un periodo, por las razones que<a href="http://www.accionhumana.com/2011/10/benefician-la-gente-las-reelecciones.html"> ya hemos dado antes.</a></p>
<p>En cuanto al poder judicial, suscribimos la propuesta de Alberto Benegas Lynch (h) que mencionamos al comienzo, pero alternativamente, sugerimos que los miembros de la corte suprema de justicia deberían ser electos por el cuerpo de abogados de la nación (comprendiendo por ellos a los jueces inferiores y abogados que actúan particularmente, fuera de la estructura del poder judicial, como ser profesores universitarios, docentes y profesionales liberales) y no como ahora, en que los jueces de la corte son elegidos por el presidente con acuerdo del senado, lo que politiza enormemente la función jurisdiccional, a la par que compromete la independencia del supremo tribunal. Circunscribimos, en este caso, el voto a los abogados, dado que aquel es el único poder del estado en que para ser miembro del mismo se requiere una formación y una graduación especifica en una disciplina técnica-legal como es la abogacía. De esta suerte, por ejemplo, un profesor emérito de una prestigiosa universidad –aunque desconocido para el resto de la población lega– podría ser electo por sus pares, alumnos y ex alumnos para ocupar un cargo en la corte, teniendo en cuenta sus antecedentes académicos e intelectuales, aun cuando no perteneciera anteriormente a la estructura del poder judicial, y no como hoy donde al nombrarlo, lo que el presidente nacional evalúa, no son los méritos académicos ni docentes del candidato (y ni siquiera su carrera judicial) sino la afinidad ideológica o futura lealtad del candidato respecto del poder ejecutivo que lo elige, lo que definirá decisivamente su elección al cargo o no.</p>
<p>Podrá objetarse que, aun adoptadas estas reformas, todavía será posible que los finalmente electos realicen acuerdos espurios entre sí para concentrar el poder en sus manos y continuar acumulándolo como sucede con el sistema actual. Y no vamos a negarlo: es factible. Pero con todo, seguimos creyendo que, en el camino a la descentralización total del poder, constituye una mejora importante que, de acumularse en pocas manos pase a acumularse en muchas. En algún sentido, será un paso más a la dispersión del poder al que apunta una genuina sociedad liberal. Podrá parecer un paso pequeño, pero continuamos considerando una mejora el intentar –al menos– ir en la dirección opuesta a la de la concentración unipersonal, que es la tendencia actual.</p>
<p>Creemos que estas ideas, si bien no fortalecerán la democracia, si la mejorarían bastante, a la luz de los desafortunados resultados que ha venido dando la democracia en la mayor parte de los países del mundo, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX a esta parte, pero con especial énfasis en América latina y, muy particularmente, en el caso de Argentina.</p>
<p><a href="http://www.libertadyprogresonline.org/2011/11/16/homenaje-a-juan-bautista-alberdi/">(2) véase www. Libertad y Progreso.org</a></p>
<p> </p>
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		<title>La importancia del voto negativo</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Oct 2011 18:21:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo que llamaremos voto negativo en este título, son en realidad, varias cosas que reciben denominaciones diferentes. En ellas encuadraremos el llamado voto en blanco, el voto nulo, el anulable, y el ausentismo electoral (no presentarse a votar) entre los más importantes. En países como Argentina, el voto negativo constituye una sumatoria importante (alrededor de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />Lo que llamaremos voto negativo en este título, son en realidad, varias cosas que reciben denominaciones diferentes. En ellas encuadraremos el llamado voto en blanco, el voto nulo, el anulable, y el ausentismo electoral (no presentarse a votar) entre los más importantes.</strong></p>
<p><strong>En países como Argentina, el voto negativo constituye una sumatoria importante (alrededor de un 25 % por elección, o más) si tenemos en cuenta que los candidatos que más votos obtienen –en promedio histórico– rondan entre el 30 % y el 45 %. También, en países como la Argentina, la clase política (o para mejor decir, la casta política) se las ha arreglado para que los votos negativos no se contabilicen en el escrutinio final, con lo cual, en los hechos, los votos negativos vienen a ser como votos “inexistentes”. Consideramos que esto es un error, aunque en el fondo, nos parece más bien una picardía de la casta política, sobre todo de aquella casta política que se rasga las vestiduras clamando defender la “democracia”.</strong><span id="more-58183"></span></p>
<p>Indudablemente, el voto negativo es una forma o modo de expresar una decisión (en este caso, de rechazo hacia los candidatos, y en especial, respecto de los de mayores posibilidades de ganar). Si por democracia entendemos, ya sea el gobierno del pueblo, ya sea el de la mayoría, resulta también indiscutible que todas las decisiones cuentan, incluso aquellas que expresan un rechazo hacia los candidatos en oferta. En conclusión, sostenemos que los votos negativos deben computarse en el recuento final de las elecciones. Y así como los votos positivos deben sumarse, los negativos deben restarse, como sus propias denominaciones lo indican con claridad. Pero ¿cuándo y a quienes se le deben restar los votos negativos? El espíritu de justicia y democracia nos indica que los votos negativos deben restarse a aquellos candidatos que hubieren obtenido votos positivos por una cifra mayor a la del total de los votos negativos. De tal suerte que, si un candidato lograre, por ejemplo, el 50 % de los votos positivos, en tanto que los votos negativos totalizaren el 24 % del padrón electoral, estos últimos deberían restarse a los positivos, de modo tal que, el resultado final del candidato en cuestión vendría a ser, después de la operación antedicha: 50–24=26. Es decir un 26 % como resultado final. Si por caso, dos candidatos obtuvieren porcentajes mayores al del total de los votos negativos, en este supuesto, pensamos que deberían dividirse estos últimos por dos y restarse a los positivos de cada uno de esos candidatos.</p>
<p>Por supuesto que los políticos protestarán ante un mecanismo como este, con el consabido estribillo de que, si se adopta este sistema, entonces sería difícil –por no decir casi imposible– que cualquier candidato alcanzare el 40 % o 45 % que exige la Constitución de la Nación Argentina para ser ungido presidente de la nación. Ante esta objeción cabe preguntarles a estos señores ¿por qué clase de “democracia” abogan? ¿Por una en la que se consulte la voluntad de todo el pueblo, incluyendo a la de los disidentes con los candidatos en oferta? O en cambio ¿están defendiendo una oligarquía? (recordemos que la definición de oligarquía es gobierno de pocos). Porque intentar proscribir o declarar “inexistentes” los votos negativos, siendo de personas que figuran en el padrón electoral implica, claramente, una proscripción a una franja numerosa de ciudadanos en condiciones de votar. Esta proscripción, reduce –claro está- la cantidad significativa de votos, con lo que el pueblo gobierna menos que si estuviera en una genuina democracia, ante lo cual habría que sincerarse y dejar de hablar de “democracia” y pasar a hablar de oligarquía (gobierno de unos pocos). Pues bien, el sistema que se niega a contabilizar los votos negativos es indudablemente un sistema oligárquico. Nada tiene de democrático.</p>
<p>¿Realmente nunca alcanzaría el piso mínimo de votos ningún candidato con este sistema? Creemos que con un régimen de vueltas sucesivas, alguno de los candidatos no tendría mayores dificultades en obtenerlo. Una posible reforma constitucional debiera contemplarlo, porque posiblemente no fuera suficiente una segunda vuelta, y se necesitarían más de dos. Es decir, las necesarias hasta que alguno de los dos candidatos más votados obtengan el piso mínimo de votos exigidos, pero, eso sí, siempre contabilizando (restándolos) los votos negativos, que irían disminuyendo paulatinamente cuantas mayores rondas electorales se fueren sucediendo. La meta debería ser lograr que gane un candidato verdaderamente representativo de la voluntad de una mayoría genuina, la que siempre será resultante de la diferencia entre los votos positivos y los negativos. Insistimos en esto si lo que queremos es establecer una auténtica democracia representativa y participativa. Ello implica abrir la posibilidad de intervención a los votos negativos y no proscribirlos como se hace actualmente, en el sólo interés de una casta política que busca achicar el mercado electoral para tener un coto de caza de votos cautivos.</p>
<p>El procedimiento que aquí sugerimos permite solucionar de cuajo varios problemas que viene arrastrando el sistema electoral argentino, y que pese a haber demostrado su inutilidad, todavía se mantienen, por ejemplo el del mal llamado voto “obligatorio”. Los altos porcentajes de ausentismo electoral que, elección tras elección, se registran en forma creciente, prueban acabadamente, de una vez y para siempre, lo absurdo de mantener formalmente una obligación de votar a la que literalmente casi un tercio del padrón jamás presta atención. El voto “obligatorio” ya no asusta a nadie y, además, Argentina es uno de los pocos países que lo mantiene. Paradójicamente, es una “institución” de inspiración fascista y servía a organizaciones de este tipo (o afines) para controlar cuáles miembros de la facción, efectivamente concurrían o no a votar “al Jefe” (por lo general, el único candidato disponible). Fue muy empleado por los regímenes de partido único (mal llamados populares). Los soviets de la URSS lo utilizaban. Que Argentina conserve este anacronismo del totalitarismo mas rancio habla mucho de la ideología de nuestros políticos cuando defienden la vigencia del voto “obligatorio”.<br />
El sistema que proponemos también soluciona de modo definitivo el eterno problema al que se enfrenta el votante argentino (y posiblemente el de otros países): el de verse obligado a votar al candidato que le desagrada menos para evitar que gane el que le repugna mas. Computando el voto negativo como lo que es (negativo) el sufragante no se verá nuevamente jamás ante dicho dilema.</p>
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		<title>A confesión de parte relevo de prueba</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Oct 2011 17:47:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[La candidata del oficialismo adoptó como consigna de campaña el eslogan “Cuenten conmigo para lo que falta”. Cuando me enteré, no pude evitar reflexionar que no podía resumir de forma más perfecta la completa ineptitud que ha demostrado en su gestión de gobierno. En efecto, un candidato político al aspirar a un cargo de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />La candidata del oficialismo adoptó como consigna de campaña el eslogan “Cuenten conmigo para lo que falta”. Cuando me enteré, no pude evitar reflexionar que no podía resumir de forma más perfecta la completa ineptitud que ha demostrado en su gestión de gobierno.</strong></p>
<p><strong>En efecto, un candidato político al aspirar a un cargo de la misma naturaleza, normalmente procede a presentar a la sociedad de la que espera sus votos, su plan o programa de gobierno, o en el caso argentino y en los últimos tiempos, los políticos habitualmente se limitan a declamar frente a las cámaras y micrófonos las promesas que, según nos dicen, “cumplirán” durante sus respectivos gobiernos.</strong><span id="more-58010"></span><br />
Va de suyo que, todos estos programas, planes o promesas, declamaciones o como quiera el lector llamarlas, contemplan las “realizaciones” a cumplir durante los cuatro años que, ya sabe el político en cuestión de antemano, durará su mandato. La señora de la cual hablamos aquí, desde luego, no ha sido una excepción a esta regla, ya que nadie como ella ha declamado y usado tanto cámaras y micrófonos para hacerle saber a todo aquel quien quisiera escucharla qué es lo que “haría” durante el periodo de su gestión.</p>
<p>Pues bien, resulta ser que al finalizar este periodo, nos venimos a enterar por boca de la propia candidata que aun “le faltan cosas por hacer”, con lo que ella misma esta confesando que mintió a sus electores aquella vez que la eligieron, prometiendo que haría lo que ahora admite que no hizo, porque nos dice que “le falta” por hacer, y que “necesita” otros cuatro años más para “hacerlo”.</p>
<p>En realidad, si la Sra. Kirchner lo que quiso decir es que le falta por hacer todo lo bueno que prometió y no cumplió, bueno, en este último caso, es indudable que está diciendo la verdad, ya que resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, encontrar alguna cosa buena en su gestión. No obstante, no nos parece que sea ese el sentido de lo que esta mujer ahora nos está diciendo, ya que, precisamente no se trata de una persona que se haya caracterizado por decirnos jamás la verdad, sino que, por el contrario, siempre que ha podido nos ha mentido.</p>
<p>Si en cambio, lo que la señora quiere decirnos es que le falta por hacer más de lo que ya ha hecho de mal, estamos frente a un caso de patología, en la que el paciente no reconoce el completo desacierto de sus actos (aunque, como ya hemos explicado en otra parte, estamos seguros que no es la señora la que gobierna, sino que otros lo están haciendo por ella. Una persona de las características de la Sra. Kirchner no está condiciones de gobernar, ni siquiera su jardín, no digamos ya su casa).</p>
<p>Pero lo importante es volver al eslogan de su campaña, que en vísperas de su aspiración a la reelección, resulta un excelente resumen hecho por ella misma de toda su gestión. Y como dijimos, admite con sinceridad (quizás la primera vez que hace uso de este atributo desde que asumió su cargo) que al final de su gestión no ha hecho todo lo que nos prometió y nos pide que le demos otra oportunidad para que lo haga. Pero cabe reflexionar sobre ese “todo” que nos dice “le faltó hacer” ¿cuánto será realmente en tiempo lo que necesitará para “completarlo”? y ¿qué garantías concretas tenemos que, si no pudo cumplir en los pasados cuatro años, cómo podemos estar seguros que esta vez sí cumplirá en los próximos cuatro? y ¿si al cabo de los venideros cuatro años, nos vuelve a confesar que “le faltan” cosas por hacer y nos pide cuatro años más? La realidad es que la señora no está en condiciones de hacer cosa alguna en política, las prometa o no las prometa. No puede cumplir con nada. En primer lugar, porque no tiene plan alguno, y lo más importante: no tiene capacidad intelectual alguna para forjar plan de ninguna índole. Esta es pues, la triste realidad. Y sólo es triste para los argentinos, porque en lo que atañe a la Sra. Kirchner no parece darse cuenta de cosa alguna, excepto que –según ella– vivimos “en el mejor de los mundos”.</p>
<p>La señora sólo está en condiciones de hacer lo que esos “otros”, que son los que gobiernan el país desde las sombras y los que, por consecuencia, también la gobiernan a ella, le indiquen y le programen minuciosamente. Sus allegados políticos, que fungen como asesores, ya sean formales o informales, usan a la señora como un símbolo (la llevan a decir discursos, la entrenan para que gesticule en la tribuna, ante las cámaras, y… no mucho mas). No le pidamos a la señora Kirchner lo que la señora no está en condiciones de ofrecernos, por mucho que ella quisiera, suponiendo –además– que se tratara de una “buena persona”, aspecto este último que también ofrece algunas dudas.</p>
<p>Ciertamente, a la señora le falta mucho por “hacer” o mejor dicho, todo por hacer, el punto no es este, sino que no tiene ninguna capacidad ni intelectual, y –mucho menos– política, ni habilidad alguna para poder hacerlo. Si consideramos, además, que conforme hemos venido afirmando desde hace tiempo, la señora coejerció el poder con su esposo desde el año 2003 y se supone que su gobierno iba a constituir una “profundización” de lo hecho por Néstor Kirchner (lo que fue declamado hasta la saturación por esta mujer), resulta más alarmante su confesión de que, aun así y todo, todavía “le faltan” cosas por hacer. Significa, hablando claramente, que en los últimos ocho años, ni su marido ni ella han cumplido con lo que han prometido. Si no fuera este el caso, y siendo que la señora se jacta de ser una continuadora de la gestión de Néstor Kirchner, podemos afirmar, sin lugar a ninguna duda, que la administración de ambos ha sido el más absoluto y profundo fracaso de toda la historia argentina y ¿todavía nos piden más tiempo que los ocho años que estuvieron al frente del poder? ¿Cómo calificaría el lector una petición de tal naturaleza?</p>
<p>En realidad, lo que a la señora le falta (pero, por lógica, no puede decirlo abiertamente) es tiempo para seguir enriqueciéndose en lo personal, familiar, con sus amigos, conocidos, partidarios, sus sindicalistas obsecuentes, etc., los que –al fin de cuentas-, y por muchos que sean, no dejan de constituir una minoría, en contraste con la inmensa población argentina que los sufre. Este es, verdaderamente, el tiempo que la señora “necesita”, lo que le falta para poder seguir expoliándonos a su gusto y al gusto de su séquito de obsecuentes.</p>
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		<title>¿Benefician a la gente las reelecciones?</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Oct 2011 10:41:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[A esta altura de los hechos, parece quedar claro que el famoso “modelo” político tan pregonado por el matrimonio Kirchner, consistió y sigue consistiendo en la eternización en el poder. A ser honestos, no han sido los primeros en aspirar a perpetuarse al mando. El fundador de su partido y ex-presidente, J.D.Perón, impulsó la reforma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />A esta altura de los hechos, parece quedar claro que el famoso “modelo” político tan pregonado por el matrimonio Kirchner, consistió y sigue consistiendo en la eternización en el poder. A ser honestos, no han sido los primeros en aspirar a perpetuarse al mando. El fundador de su partido y ex-presidente, J.D.Perón, impulsó la reforma constitucional (que finalmente logró) con ese mismo propósito en 1949. Más tarde, otro presidente (Raúl Alfonsín) de otro partido (Unión Cívica Radical) intentó reformar nuevamente la constitución con el mismo objetivo (reelegirse indefinidamente). Felizmente, su intentona no prosperó. Sin embargo, algunos años más tarde, un nuevo presidente (Carlos Menem, del mismo partido peronista, en alianza con Alfonsín para tal propósito) logró la tan ansiada reforma, la que le permitió haber sido reelegido por un segundo periodo consecutivo. La Sra. Kirchner, siguiendo esta misma línea de sus predecesores, intenta, como ellos, eternizarse en el poder. Aunque el caso de esta mujer ofrece diferencias notables con las de los anteriores.</strong><span id="more-57696"></span></p>
<p>En efecto, la Sra. Kirchner sucede en el gobierno a su esposo, Néstor Kirchner, sin embargo, durante el gobierno de este, sólo a algún despistado pudo habérsele escapado que su esposa co-ejercía el mando con aquel, naturalmente en un segundo plano, pero a nadie se le podría escapar que esta señora se desempeñaba como una vicepresidente de facto, ya que se necesita ser extremadamente distraído para creer que un pusilánime como Daniel Scioli (el entonces vicepresidente formal) tuvo algún tipo de influencia sobre Néstor Kirchner o su consejo fuera requerido por este para algún acto de gobierno. Todo lo cual, indica a las claras que, lo correcto es hablar de tres gobiernos “Kirchner”. Primero, el iniciado en 2003 del matrimonio en forma conjunta (el marido como presidente legal y su mujer como vicepresidente de facto, con un vicepresidente formal (Scioli) pero en los hechos, políticamente inoperante) y un segundo gobierno de la Sra. Kirchner sucediendo al de su esposo. Por lo tanto, si esta mujer fuera reelecta en las próximas elecciones, el venidero vendría a ser su tercer gobierno (aunque formalmente se le considere el “segundo”).</p>
<p>La constante en todos los casos mencionados es que los anhelos reeleccionistas intentan justificarse invocando repetitivamente la palabra “democracia”, tan bastardeada ésta como lo está. Entonces, cabe preguntarse ¿es de la esencia de la democracia la perpetuación de los mismos personajes o de sus cónyuges, familiares o amigos, indefinidamente en la cúspide del poder? Y desde un punto de vista práctico, si no fuera así, ¿es de todos modos conveniente permitir que así ocurriera? Creemos, como tuvimos oportunidad de exponer en otra parte, que la respuesta no puede ser sino negativa. Desde una perspectiva de una democracia de tipo republicano, que vendría a ser, más o menos, la que pretendería tener la Argentina (a juzgar –al menos– por lo que dice su actual texto constitucional), consideramos que la esencia de la misma es (debería serlo, mejor dicho) la limitación del poder, limitación que no solamente entendemos como la típica división horizontal de poderes, la que estimamos necesaria pero insuficiente, sino que juzgamos indispensable la limitación temporal del poder. Claro que, mencionarles la palabra limitación a los déspotas que hemos citado más arriba, es objeto de anatema para ellos y sus seguidores. Sin embargo, si lo que pretendemos es seguir declamando por una democracia republicana (que pensamos– ya no tenemos desde larga data), consideramos que debemos aceptar el concepto de limitación temporal del poder e integrarlo al de división del poder.</p>
<p>¿Obtienen alguna ventaja los pueblos con las reelecciones indefinidas? Indudablemente tampoco. ¿Por qué? Por varias razones. Entre ellas: el poder político no es otra cosa que un medio o trampolín por el cual se llega al poder económico. El acceso al gobierno otorga al gobernante la facultad de dictar leyes impositivas o regulatorias de la economía, de las cuales la fundamental es la de crear dinero, mediante la emisión monetaria, lo que le otorga un control casi omnicomprensivo sobre el total de las vidas de los ciudadanos que, a partir de allí, pasan a convertirse en súbditos. Los impuestos y la inflación (que es otro impuesto encubierto) no son otra cosa que transferencias de dinero de los bolsillos de la gente a los de los burócratas. El o la presidente de un país, no es otra cosa que un Gran Burócrata, o en otras palabras, El Jefe de Todos los Burócratas de un país. Sus ingresos son los egresos que sufren sus súbditos. En la medida que un presidente es reelegido indefinidamente siente en su interior que su poder se expande también indefinidamente, y en ese sentido tenderá a comportarse como tal, ampliando su poder todo lo que le sea posible. Como la política es un juego de suma cero (lo que gana A, lo pierde B) todo poder que gana un presidente es un poder que pierde el que lo vota (si *B* vota a *A*, en realidad *B* esta cediéndole parte su poder a *A*. El voto de B será una cuota del poder de A. El poder de A será el resultado de la sumatoria de todos los votos que obtenga). Esto es así porque a partir de ese momento el poder cedido no será ejercido por el cedente sino por el cesionario, de tal suerte que toda cesión de poder implica una pérdida para quien lo cede y una ganancia para quien lo recibe. El candidato ganador lo sabe y –a no dudarlo– estará dispuesto a utilizar todo ese poder ganado y cedido por sus votantes en su propio favor, porque sabe que sus votantes ya no tienen ese poder (al menos hasta los próximos comicios).</p>
<p>En este punto, recordemos la sentencia de Lord Acton: “El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente”. Esta sentencia, según nos enseña la historia, se ha cumplido en todo tiempo y lugar en forma inexorable. La experiencia histórica también nos ha instruido que todo político que aspira al poder, una vez que lo logra se fija como meta siguiente a obtener precisamente ese poder absoluto, pero ¿por qué? Porque recordemos que el poder político sólo es un medio que utilizan los políticos para obtener poder económico. Y existe un axioma básico de la economía que nos informa que “los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas”. Las reelecciones indefinidas potencian superlativamente todo este proceso. El juego de suma cero se repite en cada reelección: los reelectos ganan cada vez más y los votantes cada vez menos. Y así ad infinutum.</p>
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		<title>El extraño “triunfo” del oficialismo</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Aug 2011 23:40:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
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		<description><![CDATA[Los resultados de las llamadas “elecciones primarias” que se llevaron a cabo en la Argentina, confirman algunas de las tesis que hemos venido sosteniendo en estos últimos tiempos a contramano (por lo que sabemos) de la opinión de la mayoría de los analistas políticos. Hemos ya expresado en otra parte[1] nuestro escepticismo en cuanto a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />Los resultados de las llamadas “elecciones primarias” que se llevaron a cabo en la Argentina, confirman algunas de las tesis que hemos venido sosteniendo en estos últimos tiempos a contramano (por lo que sabemos) de la opinión de la mayoría de los analistas políticos.</strong></p>
<p><strong>Hemos ya expresado en otra parte[1] nuestro escepticismo en cuanto a las bondades celestiales del mecanismo democrático entendido este como sistema de medición de la voluntad popular. En el mejor de los casos, este sistema de medición se agota en el mismo acto electoral, para disiparse una vez concluido este.</strong><span id="more-54984"></span></p>
<p>En este contexto, el “triunfo” del oficialismo K en un marco de aguda crisis como es en el que se halla la Argentina, sólo puede explicarse por dos vías, a saber:</p>
<p>1.de la sociología y la psicología de masas, fuera ya de la órbita de los mecanismos meramente democráticos y/o políticos. Lo que no encuentra una razón política, ni económica, ni lógica, hay que buscarla en la sociología y la psicología. O bien :</p>
<p>2. el fraude electoral o comunicacional. Este último está vinculado con el anterior como veremos.</p>
<p>El oficialismo se ha caracterizado siempre, desde su ascenso al poder por su fuerte y persistente propaganda, en pos de convencer a todo el mundo de la “bondad” de sus actos y del éxito de sus políticas. A su turno, el argentino medio es profundamente susceptible a este tipo de influencias, habida cuenta su elevado grado de ingenuidad, que lo lleva a niveles mayores de credulidad, todo lo cual, lo conduce con extrema sencillez a dar por cierto todo aquello que se repite locuazmente con la suficiente frecuencia y cadencia.</p>
<p>El gobierno de turno viene utilizando esta técnica persuasiva prácticamente desde su ya lejano acceso al poder. Es decir, continuamente, con persistencia y por largo tiempo.</p>
<p>Ese fino trabajo psicológico, ha logrado neutralizar el impacto negativo de la crisis económica, política, educativa y moral en la que este mismo gobierno ha sumido al país a partir del inicio de su gestión, desviando la atención del ciudadano medio desde las verdaderas causas (políticas desastrosas del propio gobierno) hacia factores ajenos a este. En otros términos, el “éxito” del gobierno radica en esta campaña de lavado de cerebro que le ha permitido desvincularse –en el subconsciente colectivo– de las desastradas políticas que ha venido implementando desde sus mismos comienzos.</p>
<p>La técnica no es en modo alguno novedosa, la mayoría de los políticos de la historia han echado mano a ella, siendo el caso más paradigmático –posiblemente– el del Ministro de Propaganda del Partido Nazi Alemán Joseph Goebbels, quien consagró la fórmula por la cual sostenía (palabras más, palabras menos) que “Una mentira repetida la suficiente cantidad de veces, pasaba a convertirse en una realidad”. Si esta técnica surtió efecto sobre la mente de millones de alemanes, pueblo culto si lo hubo en todas las épocas y lo hay, ¿por qué no habría de hacerlo sobre la de los argentinos, los cuales –por término medio-, no pueden destacarse en casi nada cultural? (aunque el argentino medio crea que si).</p>
<p>Si analizamos lo que se ha dado en llamar la “gestión de gobierno” de la Sra. Kirchner lo único que podemos encontrar, son sus interminables peroratas (mal llamados discursos). En la historia política argentina, posiblemente, haya batido records de horas frente al micrófono o las cámaras de TV.  Lo que le dio a Goebbels excelentes resultados para Hitler y su partido, ¿Por qué no iba a reportárselos a ella sobre un pueblo como el argentino, muchísimo más crédulo que cualquiera otro?</p>
<p>Si la anterior explicación no fuera exacta, habría que pensar, pues, en el fraude electoral, hipótesis que de ningún modo resulta descabellada, ya que se hizo uso de él (en una medida no poco importante) en la anterior elección presidencial nacional. Pero a nuestro juicio, más importante es el fraude comunicacional, esto es: la falsedad en la información transmitida. Este último, no necesita del fraude electoral en sí mismo, sino que sólo le basta dar a conocer resultados diferentes a los reales. Lo que en una elección nacional no es tan difícil obtener, en virtud de la dispersión de las fuentes de información.</p>
<p>Cuando recibimos una información X (por ejemplo, Fulanito obtuvo X votos) rara vez podemos comprobar la veracidad de la data. En el mejor de los casos, si fuimos fiscales de alguna mesa electoral, sólo podemos estar seguros (a veces) de los resultados registrados en nuestra mesa. Sin embargo, cuando se trata de una mesa vecina, terminamos confiando en los datos que como “finales” nos transmiten otros (fiscales o presidentes de mesa). Si extendemos el ejemplo al resto de las mesas del circuito, circunscripción, distrito, etc. el resultado será siempre el mismo: confiamos “de buena fe” en los datos que otros (que muchas veces ni siquiera conocemos) nos dan. Estos datos que obtenemos “de buena fe” en las mesas, son los que se transmiten a la prensa, los que –a su turno-, son los que los medios retransmiten a la ciudadanía toda. Si analizamos toda la cadena de transmisión, observaremos que ninguno de los eslabones de la misma constató y comprobó personal y empíricamente la veracidad de los datos recibidos del eslabón precedente. Simplemente, cada eslabón de la cadena los toma como “buenos” y “fiables”. Y punto.</p>
<p>Ahora bien, si el dato original es falso o, siendo verdadero, se falsea total o parcialmente en alguna de las etapas de transmisión y retransmisión, el resultado final será un conjunto de datos viciados o directamente falsos en su totalidad, ya sea en su origen o bien en alguna de las etapas posteriores.</p>
<p>El proceso descripto anteriormente es inevitable, porque dada la enorme masa de datos a computar, ninguna persona puede humanamente en forma individual encarar una minuciosa tarea de comprobación de voto por voto, mesa por mesa, circuito por circuito, distrito por distrito, etc. No queda más salida que creer o no creer en lo que otros que afirman X resultado nos dicen. En resumidas cuentas, no es humanamente posible tener certeza alguna, empírica y personalmente comprobada, acerca de la realidad de X resultado, sea positivo o negativo. La única salida humana a este dilema es la de creer o no creer en la información recibida.</p>
<p>¿Por qué la opinión pública no duda –en general– de los resultados? Hay dos razones fundamentales:</p>
<p>En primer lugar, cada persona sabe (o sin haberlo pensado antes, lo admitiría al leer lo anterior) que verificar física y personalmente la realidad de cada dato (o en el caso de cada voto), sería una tarea humanamente imposible para cualquiera. Tan imposible, como la sería la de aquel que quisiera confirmar por sí mismo y sin confiar en ninguna otra fuente, la cantidad exacta de habitantes que existen en el país contándolos uno por uno personalmente.</p>
<p>En segundo lugar –y teniendo presente lo anterior– la gente sabe que no le queda mas remedio que creer o no creer. Todo lo que puede hacer es, pues, seleccionar la fuente de información que considere mas confiable y creer lo que esta diga, sin creer en lo que otra fuente, menos confiable, diga en contrario. No existe para nadie una tercera posibilidad, y menos en este terreno. Como en las sociedades modernas los encargados de difundir las noticias son los periodistas, recaerá en ellos, sin duda, la confiabilidad o in-confiabilidad  de la ciudadanía acerca de lo que ellos le transmitan.</p>
<p><strong>[1] Véase nuestro libro, La democracia</strong>. <strong><a href="http://libros-gb.blogspot.com/">http://libros-gb.blogspot</a></strong></p>
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		<title>Un país fácil de gobernar</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jul 2011 08:41:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
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		<description><![CDATA[Si bien en abstracto no es fácil gobernar, en concreto, y más específicamente, en relación a la Argentina, la experiencia histórica de, digamos, poco antes de la mitad del siglo pasado hasta el presente, demuestra que, al menos en el caso argentino, a los personajes que, por diversos motivos, accedieron al poder, ya hayan sido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="112" height="106" />Si bien en abstracto<a href="http://www.accionhumana.com/2010/02/gobierno.html" target="_blank"> no es fácil gobernar</a>, en concreto, y más específicamente, en relación a la Argentina, la experiencia histórica de, digamos, poco antes de la mitad del siglo pasado hasta el presente, demuestra que, al menos en el caso argentino, a los personajes que, por diversos motivos, accedieron al poder, ya hayan sido estos sujetos militares o civiles, no les ha costado demasiado gobernar el país. </strong><span id="more-53471"></span></p>
<p>Por supuesto que esto no tendría nada de peculiar ni de extraño si hubieran concurrido mínimamente dos factores, a saber:</p>
<p>1.que todos ellos hubieran recibido el más amplio apoyo mayoritario de la población y</p>
<p>2.que hubieran gobernado bien o, al menos, medianamente bien.</p>
<p>Lamentablemente, ninguno de estos dos factores se dio durante el periodo analizado, no sólo porque ha habido varios golpes de estado en dicho lapso, sino porque –incluso– en aquellos casos en que los gobiernos llegaron por medio de elecciones, tampoco se han verificado, ninguno de los dos puntos señalados antes.</p>
<p>En cuanto al punto uno, es innegable que unos pocos presidentes fueron electos con importante caudal de votos (Perón, Alfonsín y Menem, durante el periodo en estudio) lo que no es igual a decir que hubieran recibido el más amplio apoyo mayoritario de la población ya que, en el mejor de los casos, y tras sus elecciones, sus apoyos se limitaron a sus partidarios y a medida de que sus errores y desaciertos crecían, perdían –además– quizás en idéntica medida, el apoyo de los mismos. Las tremendas crisis políticas y económicas desatadas por los dos primeros de los nombrados, no les impidieron, con todo, gobernar con facilidad (y el que se les haya permitido llevar el país a extremos caóticos es una buena demostración de lo que dejamos dicho en el punto). El caso de Menem se distancia de los dos anteriores y, aunque lejos de hacer un buen gobierno, tampoco encontró mayores obstáculos en su gestión. Lo mismo se puede decir para las tristes experiencias de: De la Rúa, Duhalde y el nefasto matrimonio Kirchner.</p>
<p>Cada uno de los nombrados llegó sin mayores méritos –ni personales, ni académicos, ni mucho menos intelectuales– a la cima del poder y obraron con la mayor de las libertades, siempre en relación (y en comparación) con la que hubieran gozado en otras latitudes foráneas. Su único límite residió en la propia potencialidad de cada uno de hacer daño, y en este sentido, el país se benefició con aquellos de los cuales su capacidad de inferir graves daños a la población era menor a la de sus pares. Las crisis que generaron y de las cuales, adicionalmente, fueron –a la larga– sus propias víctimas, hallaron sus orígenes en sus propias y notorias incapacidades, más que en los obstáculos que sus gobernados pudieran haberles opuesto.</p>
<p>Siempre sostuve que estos personajes no fueron más que productos de la sociedad de la cual emergieron. Hasta podría decirse que cada uno de ellos representa cada una de las distintas facetas que pueden encontrarse en el argentino medio, del llano o como a veces se dice “de a pie”, cuyo notable punto de coincidencia puede fijarse en la obsesiva manía de descargar las propias culpas en la “responsabilidad” de los demás, los otros, “los diferentes a uno”. Un síndrome típicamente argentino.</p>
<p>El análisis político no puede prescindir de la relación sociológica y psicológica existente entre gobernantes y gobernados. Y en el caso argentino esta relación es engañosamente incompatible entre sí. Prueba de ello es que en el periodo que analizamos no han existido conflictos violentos entre ambas categorías[1]. Los gobernados se han acoplado –más o menos bien– a los caprichos de sus diferentes gobernantes porque, en esencia, repitamos, ni psicológica ni sociológicamente, se diferencian en sustancia unos de otros. Ya hemos hablado antes, de las peculiares contradicciones que existen entre la mayoría de los argentinos, por ejemplo, el rechazo de estos hacia los políticos pero –a la vez– el beneplácito con que confían sus destinos a ese ente inmaterial y amorfo llamado “política partidaria”. Y es una contradicción porque, si se confía en la política como panacea y “solución” a todos los males, no se puede prescindir de los políticos, sin embargo, los argentinos –en su mayoría– pretenden que la política “resuelva” todos sus problemas en forma completa, pero –paradójicamente– sin recurrir a los políticos. Hasta que la sociología (o la psicología quizás) argentina no supere estas antinomias, el pueblo no encontrará su rumbo ni estabilidad.</p>
<p>Todas estas características, y otras muchas que hemos estudiado en detalle en otra parte[2] hacen que el pueblo argentino sea visto por sus políticos como una masa de gente quejosa y, a veces, ruidosa[3] pero, al fin de cuentas –y para lo que les interesa a tales políticos– dócil y, en última instancia, resignada a su suerte, dispuesta a aceptar a cualquier idiota, energúmeno e impresentable (hombre o mujer) que acceda a las más altas magistraturas, tal y como ha venido sucediendo en la vida política argentina hasta nuestros días. La cultura del rebaño (como prefiero denominar a las características enumeradas antes) parece profundamente afianzada y afincada entre los argentinos, el menos en su mayoría, lo que no permite realizar –al momento– pronósticos optimistas con miras al futuro.</p>
<p><strong>[1] </strong>Los hechos sucedidos en la década del 70 –tremendamente magnificados hoy día– no fueron un enfrentamiento entre gobernantes y gobernados. Sino que fueron un enfrentamiento entre grupos guerrilleros terroristas CONTRA gobernantes y gobernados.</p>
<p><strong>[2]</strong> Véase mi libro Apuntes sobre filosofía política y económica en <a href="http://libros-gb.blogspot.com" target="_blank"><strong>Libros-gb</strong></a></p>
<p><strong>[3]</strong> Como en los hechos que determinaron la caída del presidente De la Rúa .</p>
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		<title>La democracia</title>
		<link>http://www.lahistoriaparalela.com.ar/2010/03/19/la-democracia-2/</link>
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		<pubDate>Sat, 20 Mar 2010 01:36:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[La democracia como forma de gobierno es un sistema ideal con todo lo que esta afirmación implica y con peculiar énfasis en la última palabra “ideal”. Como gobierno ideal, muy pocas veces en la historia pudo ser realizada y ello –además– en muy pocos y focalizados lugares del mundo. Durante la mayor parte de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />La democracia como forma de gobierno es un sistema ideal con todo lo que esta afirmación implica y con peculiar énfasis en la última palabra “ideal”. Como gobierno ideal, muy pocas veces en la historia pudo ser realizada y ello –además– en muy pocos y focalizados lugares del mundo. Durante la mayor parte de la historia y en gran parte de los países del planeta, la democracia fue y es una utopía (sobre el “será”, obviamente nada podemos anticipar). Hoy por hoy, resulta sumamente complicado y casi imposible encontrar democracias plenas en el mundo.</strong><span id="more-42564"></span></p>
<p>Lo mejor que se puede decir de la democracia lo ha dicho –a nuestro juicio– el profesor Ludwig von Mises, cuando la caracterizó –palabras más, palabras menos– como un buen sistema de elección de gobiernos. Nosotros compartimos, claro está, esa definición de Ludwig von Mises, que –nos parece– marca muy bien la diferencia entre un sistema de gobierno (lo que la democracia no es) y un sistema de elección de gobiernos (lo que la democracia sí, es). La confusión reinante entre un sistema de gobierno y un sistema para elegir gobiernos, o mejor dicho, la fusión de ambos en el concepto de “democracia”, sirven de poco o –mas claramente expresado– no sirve de nada, excepto por el daño que ha causado en la historia del mundo.</p>
<p>La democracia no es un sistema de gobierno –en nuestra opinión– pero como sistema de elección de gobiernos es el menos violento como también ha enseñado el mismo profesor Ludwig von Mises. Un sistema de gobierno es –por ejemplo– la república, caracterizada por sus rasgos típicos, tales como la división de poderes en ramas o departamentos (tradicionalmente legislativo, ejecutivo y judicial); otro es –por ejemplo– la monarquía, que puede, a su vez, ser absoluta o limitada (esta última llamada –con alguna imprecisión– “constitucional”)</p>
<p>Es decir, como vemos, diferentes sistemas de gobierno pueden convivir o emplear –mejor dicho– a la democracia, entendida en un sentido misiano: la democracia como medio para un fin: el pacifico traspaso de poder (o del gobierno) de unas manos a otras. Este sería el contenido del sistema democrático y en él se agotaría. Porque la historia nos enseña que se puede elegir democráticamente una tiranía ya sea de uno o de muchos, aunque sean más famosos los casos históricos de tiranías de uno (por ejemplo, Hitler, Perón, Chávez, etc…) son frecuentes también los casos de tiranías de masas; menos célebres por no existir una cabeza notable, ni visible con el cual identificarlas y mucho más peligrosas, porque la tiranía –en las masas– se diluye entre la multitud amorfa. La noción, pues, que en una democracia gobiernan-o deben gobernar– las mayorías, es altamente peligrosa, porque el gobierno de las mayorías es tiranía, por cuanto significa que las minorías han de obedecer los dictados y designios de la mayoría, cualesquiera que estos fueren, ya que una noción de este tipo, implica que también la mayoría podría decidir qué es un derecho y que no lo es, y esto si es así, sin duda dará lugar a injusticias y sobran casos en la historia de esto último. Dado que las mayorías pueden cambiar, por ejemplo, unas mayorías por otras de contenido diverso, cambiaría de sentido la injusticia, y si las minorías (antes sojuzgadas por una mayoría), en un segundo momento se llegan a transformar en mayorías, la injusticia cambiaría de sentido y se daría mediante la revancha o la ley del talión. Esto sería una verdadera lucha de clases, donde las clases serían dos, a saber: la mayoría y la minoría, con la peculiaridad de que estas clases podrían mutar una en la otra, lo que implicaría cambiar de manos la decisión sobre lo que “es” o “no es justo”. Resulta claro que la justicia no puede quedar sujeta al capricho de mayorías o minorías circunstanciales, porque nadie en absoluto –en semejante sistema– tendría garantizado que sería justo o injusto siempre. Sin embargo, este no es el único problema con la democracia, cuando se la mal entiende como “sistema de gobierno” y cuando se la peor entiende como gobierno de las mayorías, donde estas pueden hacer –prácticamente– lo que se les da la gana por el solo hecho de tener un circunstancial número de sufragios mayoritarios.</p>
<p>Conforme estas consideraciones, advertimos un profundo conflicto entre la democracia y la justicia, máxime en esta época de creciente relativismo moral y social, en el cual se tiende a utilizar términos claramente disimiles para expresar una misma idea, pretendiendo que palabras que representan cosas diferentes vengan a decir –en última instancia– la misma cosa. Ya nos hemos referido en forma abundante a la popularidad del término democracia, hasta el punto que la palabra gusta tanto a muchos que esos muchos no se privan de emplearla para aplicársela a cualquier cosa o idea que les convenga y que quieran imponer a los demás. Pero como hemos intentado explicar en este libro, la democracia no es cualquier cosa, ni menos aun es lo que quiere que sea cualquier persona que usa la palabra para menospreciar o desplazar los derechos de sus semejantes. Y fundamentalmente, la democracia no es sinónimo ni de libertad ni de justicia, ese es –del algún modo– uno de los mensajes esenciales que intentó transmitir el presente volumen.</p>
<p>(El presente es un extracto del libro del autor del mismo titulo)</p>
<p>Gabriel Boragina es autor –entre otros– de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo; Apuntes sobre filosofía política y económica; Impuestos (una muy breve introducción al tema); Educación (una primera mirada); etc.</p>
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		<title>Liberalismo vs. socialismo</title>
		<link>http://www.lahistoriaparalela.com.ar/2010/03/16/liberalismo-vs-socialismo/</link>
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		<pubDate>Tue, 16 Mar 2010 17:46:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[1. Las ideas socialistas En su magnífico libro publicado en 1927, titulado Liberalismo, Ludwig von Mises, entre muchas otras cosas, explicaba las razones por las cuales el liberalismo era rechazado por las masas a pesar de demostrar cuanto había mejorado la condición social y económica de esas masas ese mismo liberalismo que objetaban. Explicaba que, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>1. Las ideas socialistas</em></strong></p>
<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />En su magnífico libro publicado en 1927, titulado Liberalismo, Ludwig von Mises, entre muchas otras cosas, explicaba las razones por las cuales el liberalismo era rechazado por las masas a pesar de demostrar cuanto había mejorado la condición social y económica de esas masas ese mismo liberalismo que objetaban.</strong><span id="more-42191"></span></p>
<p>Explicaba que, obra de los intelectuales socialistas, desde los utópicos hasta Karl Marx, se había logrado convencer a esas masas que la producción de bienes y servicios era un mero dato, es decir, algo dado, producto de una evolución necesaria en un sentido claramente determinista, y así lo llamó las “fuerzas materiales de producción”.</p>
<p>Puesto que conforme a la enseñanza de socialistas y marxistas, la producción de bienes y servicios era algo “inevitable” y que ya estaba instalado entre nosotros, el problema social y económico se reducía –siempre según los socialistas– a la “injusta” distribución de esos bienes y servicios. En realidad, la idea de la “injusta” distribución de la riqueza es muy antigua, comienza casi con el dogma de Montaigne en el siglo XV, que la formula de manera imperfecta y es desarrollada por John Stuart Mill[1], de quien, tanto los socialistas utópicos como los marxistas, la adoptaron con entusiasmo.</p>
<p>A partir de allí, puede decirse que el daño ideológico ya estaba hecho, y tanto el liberalismo como el capitalismo quedaron seriamente heridos por la aceptación popular de tales falacias “distribucionistas” y esto al menos, en el terreno de la divulgación de ideas y de la enseñanza.</p>
<p>Aceptada por las masas, entonces, el dogma socialista que el problema económico y social solo radica en la “justa” distribución de una riqueza que se producía y se produce en forma “automática” (los actuales socialistas siguen sosteniendo esta *descabellada* tesis), el socialismo pudo empezar a expandirse políticamente, incluso y a pesar de sus notorios fracasos económicos.</p>
<p>Pero hay más puntos que hacen del socialismo algo más atractivo para las masas que el capitalismo. En tanto los liberales hacen hincapié en la idea de ahorro, los socialistas propician la del gasto y es obviamente más simpático para las masas esta última idea que la primera. Resulta seductor para la mayoría que, una doctrina como la socialista, les diga a las gentes que es posible “ser rico” gastando (lo ajeno) en lugar de ahorrar. Esto trae votos y adherentes.</p>
<p>Una mayoría ha aceptado consciente o inconscientemente la tesis central del marxismo: la teoría de la explotación. Esta es la razón por la cual, esa misma mayoría piensa que, por ejemplo, su salario es “bajo” porque el patrón le “roba” parte del mismo, del mismo modo que el cliente –en general– piensa (y dice) tan a menudo que el comerciante “le roba” al venderle el producto. Son todas ideas marxistas, lo sepa la gente o no lo sepa. Solo saben que son ideas atrayentes, que les “suenan bien” y que hay que votar a quien la sostenga.</p>
<p>No pueden dejarse de lado los factores emocionales, que los marxistas explotan en su favor, atacando a todo aquel que discrepe con ellos de “egoísta, inhumano, perverso, explotador”, y falsedades de la misma calaña, quedando los colectivistas en pose de “altruistas, humanos, impolutos”, etc. es decir de falsedades del mismo tipo, pero en sentido contrario.</p>
<p><em><strong>2. Política y economía.</strong></em></p>
<p>Hoy en día, nos seguimos debatiendo en la contradicción señalada: el triunfo político del socialismo y sus recurrentes fracasos económicos; es que el socialismo es una imposibilidad económica, como ha demostrado la Escuela Austriaca de Economía y esto no es sencillo de percibir por las masas votantes, de allí, que ignorantes las masas de las enseñanzas austriacas, poco cabe hacer desde la prédica política, toda vez que el discurso político socialista y marxista es muchísimo más simple y mas encantador intelectualmente hablando, y por ello, muchísimo más aceptable a las masas que el discurso político liberal o libertario (en términos estadounidenses).</p>
<p>Es más simple y más entendible para las masas la idea de *distribución* que la de *producción* y hasta mucho más aceptable para ellas; no es intuitivo para la gente sencilla y no versada en economía comprender nociones tales como las del proceso de producción, distribución, redistribución, moneda, precios, cálculo económico, fiscalidad, utilidad marginal, función ahorro-consumo, etc. y sin estos conceptos básicos, de los cuales una enorme mayoría de personas carecen por completo, un discurso político de corte liberal está de antemano condenado al fracaso más rotundo.</p>
<p>Ello explica, de alguna manera, la frustración de las políticas de los partidos liberales, a lo largo del mundo durante la mayor parte del siglo XX y lo que va del presente; no han tenido en cuenta este aspecto, en parte porque muchos políticos liberales –varios con, incluso, grados académicos– no son versados en economía austriaca, y he verificado casos en que algunos ni siquiera manejan mínimas herramientas de economía general, no se diga ya austriaca. A propósito, recuerdo una discusión con un ingeniero muy famoso y culto, que no podía comprender la diferencia entre producción y productividad.</p>
<p>El movimiento liberal, ni en su forma partidaria ni extra partidaria, no pudo lograr ensamblar armoniosamente sus alas políticas y económicas, y no solo ello, los liberales se empeñan, en muchos casos, en mantenerlas separadas y lo que es peor, en mostrarlas como contrapuestas. Este factor de división junto a lo poco intuitivo de las verdades del liberalismo, sumado a los enormes recursos que las izquierdas vuelcan en materia de propaganda y difusión de sus falsedades, hacen que las explicaciones liberales sean muy poco conocidas para las masas y cuando llegan –en un grado muy pequeño– frecuentemente no son entendidas por ellas.</p>
<p>Gabriel Boragina es autor –entre otros– de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo; Apuntes sobre filosofía política y económica; Impuestos (una muy breve introducción al tema); Educación (una primera mirada); etc.</p>
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		<title>El mito del pueblo trabajador</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Feb 2010 09:48:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnistas]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Quién no ha oído más de una vez ensalzarse los argentinos a sí mismos diciéndose y diciéndole a quien quisiera oírlos que el suyo es un “pueblo trabajador”? No sé el lector, pero yo al menos lo he escuchado muchísimas veces. Y debo confesar que hasta que no comencé a desempeñarme como consultor laboral de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />¿Quién no ha oído más de una vez ensalzarse los argentinos a sí mismos diciéndose y diciéndole a quien quisiera oírlos que el suyo es un “pueblo trabajador”? No sé el lector, pero yo al menos lo he escuchado muchísimas veces. Y debo confesar que hasta que no comencé a desempeñarme como consultor laboral de varias empresas, comercios y particulares, incluyendo mi propio Estudio, hasta yo llegué a creer en ese mito tan popular ayer y hoy. ¿Qué sucedió para que dejara de creer en la supuesta laboriosidad “innata” del argentino medio y pasara a sostener que la misma no es más que uno de los tantos mitos absurdos que sostienen los argentinos? Y es que desde los mismos comienzos de mi experiencia como consultor laboral y selector de personal, referida anteriormente, empecé a observar un fenómeno que, al principio, me llamó poderosamente la atención, pero que con su repetición pasó a ser algo a lo que me acostumbré a ver.</strong><span id="more-40318"></span></p>
<p>Para encuadrar el tema, hay que decir preliminarmente que el desempleo (económicamente hablando) reconoce varias causas que no es este el lugar ni el momento para que sean desarrolladas, pero que haciendo un esfuerzo por sintetizarla digamos que pueden reducirse a dos tipos: 1º lo que podemos llamar desempleo involuntario y 2º otro voluntario. El involuntario se dice en economía cuando el aspirante a trabajador quiere trabajar, está dispuesto a hacerlo al salario ofrecido por su potencial empleador, pero –sin embargo– no encuentra trabajo. El segundo tipo (voluntario) se dice cuando pudiendo conseguir trabajo al salario que desea ganar, no obstante decide no hacerlo, es decir, no emplearse. En Argentina, como en muchos otros países, existen por supuesto, ambos tipos de desempleo, pero el dato curioso (al menos para mí al principio) es que el desempleo voluntario muchas veces iguala o supera en cantidad al involuntario. Como consultor laboral me ha tocado trabajar para distintos grupos de empresas, comercios y particulares, los que ofrecían diferentes condiciones laborales de contratación, no obstante, he notado repetitivamente que aun ofreciendo muy buenos puestos de trabajo y muy bien remunerados los candidatos eran reticentes a aceptarlos, o directamente, los rechazaban. Y no estoy hablando de personas que ya tuvieran un empleo previo en el cual se estaban desempeñando al momento de la búsqueda, sino que me estoy refiriendo a personas que, al momento de presentarse en la búsqueda, se encontraban sin empleo. Es decir, que la alternativa que tenían no era la de pasar de una ocupación a otra, sino la de obtener un empleo desde la posición de desocupado.</p>
<p>Siguiendo a Ludwig von Mises, que dice que toda acción por ser acción es racional, la conclusión que he sacado, tras una considerable experiencia en este rubro y analizando otros factores concomitantes como las crisis recurrentes que vive la Argentina, su tendencia a caer en altos índices de pobreza, recesión, inflación, etc. es que el argentino, en particular, valora el ocio muchísimo más alto que el salario más elevado que el mercado pueda ofrecerle al momento de la decisión. Y me consta personalmente, por haber sido yo mismo el que he ofrecido salarios por encima de cualquier cifra que pudiera considerarse y calificarse como excelente.</p>
<p>Otro fenómeno observado repetitivamente en el mundo laboral argentino es la inestabilidad del empleado en un puesto fijo de trabajo. Atención que no estoy hablando de la inestabilidad del empleo que es cosa diferente. Sino que me refiero a la de la persona del empleado. A diferencia de otras culturas, el argentino medio no ve la estabilidad laboral en su lugar de trabajo como un medio para desarrollarse y crecer laboralmente dentro de la organización, como lugar donde proyectarse y hacer carrera, sino que ve a su empleador meramente como un simple escalón sin importancia, en una interminable escalera sin fin de empleos consecutivos. Es decir, se toma un empleo para probar suerte en el mismo, ganarse unos pesos durante un tiempo y luego de allí migrar a otro, o –preferentemente– hacia la inactividad completa, o sea, el desempleo, lo cual para la mayor parte de los argentinos, no es, en sí mismo, un problema, siempre y cuando se le pueda echar la culpa de la situación al “sistema”.</p>
<p>Lo verdaderamente curioso del fenómeno, es que este hábito de saltar de un empleo a otro, en un lapso relativamente breve entre una empresa y la siguiente, tampoco tiene una motivación económica en sí misma, ya que en países como Argentina, el nivel de los salarios, en los distintos tipos de actividad, suele ser bastante parejo, habida cuenta la baja o escasa competitividad laboral existente. Si, por otra parte, se tiene en mira la escasa o nula proclividad que tienen muchos empleadores –lógicamente– a tomar personal que en sus antecedentes laborales demuestran un alto grado de rotación de un lugar de trabajo a otro, cosa que, por supuesto, también es sabida por quien aspira a ocupar un puesto de trabajo, se comprenderá con mayor facilidad que esta tesis de la aguda propensión del argentino medio al ocio tiene bastante fundamento.</p>
<p>No hay otra forma de explicar que muchos argentinos prefieran quedarse sin trabajo a pasar a otro empleo que, con mayor esfuerzo, les asegure un superior ingreso al que tenían en el anterior. Esta inestabilidad del empleado en su puesto de trabajo la he observado –incluso– en puestos muy bien remunerados, con lo que se confirma la regla que tiende a ser una constante.</p>
<p>A lo dicho hay que añadir que, los últimos gobiernos que el país ha padecido y padece, alientan la cultura del ocio, a la que ya es afecta de por si la masa media argentina, mediante subsidios estatales de todo tipo, tamaño y color. No es extraño que ante la opción de elegir un subsidio del estado sin esfuerzo ninguno y aceptar un puesto de trabajo en cualquier parte, el ciudadano medio se volcará decididamente por cobrar el subsidio, lo que a su vez, anima y alimenta el clientelismo político.</p>
<p>Y hay que agregar otro factor más que confirma el alto valor del ocio para el argentino, y que se revela al observar detenidamente la conducta del empleado dentro de su puesto de trabajo. Como promedio, puede decirse que el empleado se comporta laboriosamente durante los tres primeros meses de trabajo, digamos entre los 3 y 6 primeros meses de trabajo, lapso a partir del cual su rendimiento laboral se va paulatinamente relajando, no obstante lo cual, pretenderá, desde luego, conservar su empleo en la medida que su baja productividad no afecte su salario en el mismo sentido. De esta suerte, la brecha entre su productividad laboral y el salario que percibe se va ensanchando paulatinamente en su propio beneficio y en perjuicio de su empleador y también de sus compañeros más activos, que son los que normalmente deben cargar con el trabajo que el empleado ocioso deja de cumplir. Este último, es un comportamiento típico en la burocracia y claramente observable en todas las oficinas públicas, lo que ya es algo lamentablemente típico entre los argentinos, no obstante ello, también lo he observado, si bien en menor medida en empresas y comercios privados.</p>
<p>El cuadro resultante de todo lo dicho es: una minoría genuinamente trabajadora frente a una enorme mayoría proclive al ocio que, en definitiva, como consecuencia, querida o no, se termina convirtiendo en una clase parasitaria.</p>
<p>Atención que esto que digo no pretende liberar de responsabilidad al elenco gobernante, que sigue siendo el principal causante de la desocupación en cualquier país que se trate. Y desde luego, nuestra generalización tiene en cuenta –y mucho– las cuantiosas excepciones que existen para tal regla. Pero en este caso, como en muchos otros, la excepción confirma la regla. En realidad, los gobiernos forman parte de la clase parasitaria a la que hemos aludido antes.</p>
<p>Como comencé diciendo, las presentes reflexiones son aplicables al pueblo argentino, no en su totalidad, pero si en su mayoría, sin excluir, pese a todo, los posibles casos que existan en otras latitudes. Y hago esta aclaración porque me consta personalmente que existe si, una cultura positiva del trabajo en otras naciones y lugares.</p>
<p>Con semejante “cultura” negativa del trabajo no es extraño que un país se encuentre en crisis recurrentes, tal como le sucede a la Argentina.</p>
<p><strong>© Gabriel Boragina es autor –entre otros– de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo; Apuntes sobre filosofía política y económica; Impuestos (una muy breve introducción al tema); Educación (una primera mirada); etc.</strong></p>
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		<title>¿Qué es el Capitalismo?</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Feb 2010 18:02:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lahistoriaparalela</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Gabriel Boragina]]></category>
		<category><![CDATA[Opinion]]></category>

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		<description><![CDATA[Es normal entre quienes carecen de mínimos conocimientos acerca de lo que el capitalismo es, confundir ciertos elementos de ese capitalismo con el capitalismo mismo. Digamos que esta es la situación general que se plantea, no solamente entre la gente común y corriente, sino que también, y lo que para algunos es sorprendente, entre muchos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft" title="Gabriel-Boragina" src="http://www.lahistoriaparalela.com.ar/umedia/images/Gabriel-Boragina.jpg" alt="" width="125" height="118" />Es normal entre quienes carecen de mínimos conocimientos acerca de lo que el capitalismo es, confundir ciertos elementos de ese capitalismo con el capitalismo mismo. Digamos que esta es la situación general que se plantea, no solamente entre la gente común y corriente, sino que también, y lo que para algunos es sorprendente, entre muchos autodenominados intelectuales.</strong></p>
<p><strong>Esto es lo que lleva a otro error muy generalizado, a confundir el actual sistema socioeconómico político con uno de orden capitalista. Esta mezcolanza esta tan extendida que, hoy en día, cualquier fenómeno de casi cualquier orden, sea natural, biológico, físico, (atmosférico o hasta astronómico) suele atribuirse y –sobre todo– culpabilizarse de su ocurrencia al capitalismo.</strong><span id="more-39982"></span></p>
<p>Lo curioso del caso es que, ciertos autores que apoyan un orden capitalista, tienen algunos trabajos publicados en los que asumen que vivimos dentro de un sistema de esa naturaleza. Un caso es, por ejemplo, el del filósofo americano Robert Nozick en su ensayo ¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?[1] En dicho ensayo, el autor hace una serie de interesantes reflexiones sobre el tema, tratando de responder a su propia pregunta, pero la premisa implícita de la cual parte es que nos encontraríamos viviendo en una suerte de “sociedad capitalista”.</p>
<p>La confusión puede provenir –creo– por el hecho de que el intervencionismo (el sistema en el cual considero que nos encontramos) pretende ser una suerte de mix entre el capitalismo y el socialismo, constituyendo la “doctrina” económica de la llamada socialdemocracia. No son pocos los autores, aun ilustrados, que parecen creer que un sistema capitalista es posible dentro de una socialdemocracia, pese a que –lamentablemente– los ejemplos históricos (y recientes) demuestran claramente lo contrario. Sin embargo, son esos elementos comunes (en realidad diferentes, pero convertidos en “comunes” dentro del saco o coctelera del intervencionismo) los que mueven a la confusión y en muchos casos, desconcierto en buen número de autores, haciéndoles ver y creer, entre otras cosas, que –por ejemplo– hoy en día “nos encontramos” en un sistema capitalista (al menos a un nivel global).</p>
<p>Se trata del mismo error que hace decir a muchos, plenamente convencidos que, con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética se habría “demostrado” que el capitalismo “reemplazó” al socialismo. Hay que hacer ciertos matices en un mundo donde “los blancos y los negros” no existen, sin toda una policromía de situaciones intermedias que rigurosamente no son ni blanco ni negro. Sin lugar a dudas, tanto la caída del Muro como la desaparición de la U. R.S. S. representaron triunfos del capitalismo sobre el socialismo, pero una cosa es visualizar este fenómeno y otra muy diferente es afirmar que el sistema triunfante reemplazó al sistema vencido, porque el más superficial examen de los hechos nos demuestra que en modo alguno fue eso lo que sucedió.</p>
<p>El mundo que, de la mano de sus intelectuales, reconoció el triunfo del capitalismo sobre el socialismo no entronizó al primero en lugar del segundo, sino que, en su lugar, reemplazó el sistema socialista por otro intervencionista, es decir, aquella suerte de mix del que hablamos antes y muchas otras veces. ¿La razón? Es que muchos, genuinamente y de buena fe, e incluso, haciendo explicaciones pseudo académicas, intentan convencer que el intervencionismo es compatible con el capitalismo (y por carácter transitivo, con la socialdemocracia) lo cual es algo descabellado, como la mayoría de los socialdemócratas aceptarán y solo unos muy pocos negarán. Otros muchos, también creen que el intervencionismo es una especie de capitalismo con “rostro humano” (curioso, porque nunca vi el “rostro diabólico” del capitalismo, es más, ni siquiera sabía que un sistema económico podía tener un rostro) o un capitalismo moderado (como si el capitalismo real fuera un “extremo”). Todas estas teorías, muy en boga en nuestros días y popularizadas por pseudo intelectuales, inciden en graves errores y desconceptos, sobre los cuales nos hemos explayado en nuestro libro Socialismo y capitalismo. Véase en: http: //ceefip. com/socialismo. htm</p>
<p>Como ya nos enseñara el magistral Ludwig von Mises, son los intelectuales los que dirigen y modelan la vida de la gente común, aun cuando esta gente común no lo sepa o, incluso, lo niegue. Esto es tan cierto que, hace muy poco, conversando con un ama de casa, señora sin estudios universitarios, yo le comentaba que en la mayoría de las editoriales rechazaban mis libros por causa de mi ideología. Como un rayo la señora preguntó si yo era socialista. Le tuve que aclarar no sin esfuerzo, que por el contrario, era precisamente porque yo no era socialista el motivo por el cual se miraba con recelo mi trabajo. No sé si llegó a entenderme del todo, posiblemente no. Pero la anécdota es sumamente significativa en cuanto a demostrar que el grueso de la gente cree que vivimos en un sistema capitalista, cuando resulta justamente al revés.</p>
<p>© Gabriel Boragina es autor –entre otros– de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo; Apuntes sobre filosofía política y económica; Impuestos (una muy breve introducción al tema); Educación (una primera mirada); etc.</p>
<p>[1] Robert Nozick “¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?” versión (revisada) que se presentó para su publicación en 1984 en el volumen de ensayos que recogía esa serie de conferencias pero, accidentalmente, fue el primer manuscrito lo que se publicó en The future of Private Enterprise, ed. Craig Aronoff et al. (Atlanta, Georgia State University Business Press, 1986). Hay una edición en español incluida en la obra de Robert Nozick Puzzles socráticos, ed. Cátedra, 1997, Madrid -</p>
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